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Ohio, el estado bisagra que se tiñó de rojo

Donald Trump, candidato del Partido Republicano, y Kamala Harris, candidata del Partido Demócrata. Ohio otorga 17 compromisarios.
Donald Trump, candidato del Partido Republicano, y Kamala Harris, candidata del Partido Demócrata. Ohio otorga 17 compromisarios.

El estado de Ohio se encuentra situado en el Medio Oeste de Estados Unidos. Limita al norte con el lago Erie, que marca la frontera con Canadá; al este, con Pensilvania; al sudeste, con Virginia Occidental; al sudoeste, con Kentucky; al oeste, con Indiana; y al noroeste, con Míchigan. Cubre un área de 116.000 kilómetros cuadrados, que contienen una población de casi 12 millones de habitantes. Su capital y ciudad más poblada es Columbus, seguida de Cleveland, Cincinnati, Toledo, Akron y Dayton.

Ohio se incorporó a la Unión en 1803 como el 17.º estado. A partir de mediados del siglo XIX, sus áreas metropolitanas se transformaron en uno de los grandes motores industriales del país y experimentaron un rápido crecimiento demográfico que se extendió hasta la segunda mitad del siglo XX. Por otra parte, la frontera sudoriental del estado, delimitada por los montes Apalaches, es la zona de la que provienen originariamente los hillbillies a los que se refiere JD Vance en sus memorias superventas

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Los hillbillies son ciudadanos de extracción rural que emigraron a las regiones industriales del país durante la Gran Depresión, y que, a partir de los años 70, sufrieron los efectos de la desindustrialización y el declive económico del Cinturón de Acero, en el que se encontraba inserto Ohio junto a algunos estados contiguos, como Míchigan y Pensilvania.

En la actualidad, esa misma región industrial en decadencia ha pasado a denominarse Cinturón del Óxido. De este modo, aunque Ohio sigue contando con una importante industria manufacturera y automovilística, el peso del sector secundario ha descendido con fuerza en las últimas décadas, reemplazado por el auge de los servicios y de la economía del conocimiento.

La evolución electoral en Ohio

Para las elecciones de 2024, a Ohio le corresponderán 17 compromisarios en el Colegio Electoral, uno menos que en 2020 y un tercio menos de los que disfrutaba en 1960, consecuencia de su lento retroceso demográfico durante los últimos 60 años. Desde las elecciones de 1964, que dieron la victoria a Lyndon B. Johnson, hasta el triunfo de Trump en los comicios de 2016, Ohio se consolidó como uno de los principales swing states o estados bisagra.

Su composición sociodemográfica, que convertía a su población en un microcosmos de la de Estados Unidos, apuntaló además su fama de bellwether: el estado con mayor capacidad predictiva de los resultados electorales a nivel nacional.

En efecto, Ohio contenía muchos elementos que le hacían muy semejante al conjunto del país: contaba con tierras agrícolas y ciudades industriales, fábricas y universidades, suburbios en crecimiento, una serie de condados rurales de rasgos sureños en su franja meridional… En términos estadísticos, la confección étnica, la brecha rural-urbana y la mezcla de industrias y empleos eran muy similares a las de Estados Unidos.

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En el período comprendido entre 1964 y 2016, el candidato ganador en el estado fue siempre el mismo que se hizo con la mayoría de los compromisarios en el Colegio Electoral. De hecho, a lo largo de todo el siglo XX, solamente erró en dos ocasiones: en las elecciones de 1944, que en Ohio ganó Dewey –en uno de los mayores shocks políticos que se recuerdan en la historia estadounidense previa a la irrupción de Trump; Truman se impuso a nivel nacional– y las de 1960, ganadas por Nixon –mientras que, en el total del país, Kennedy le venció por un ajustado 0,17% de los votos–.

Además, en todas las elecciones celebradas entre 1964 y 2012, los porcentajes de voto de los distintos candidatos fueron asombrosamente parecidos a los de la media nacional, si se exceptúa el caso del año 2000, cuando Bush ganó el voto popular en Ohio por un 3,51% pese a perderlo por un 0,52% en el conjunto del país. Precisamente a partir de esas elecciones, Ohio se volvió un estado extremadamente competitivo, donde –a semejanza de lo sucedido a escala federal– las diferencias entre los bloques republicano y demócrata se estrecharon significativamente.

En 2004, Bush ganó por un 2,10%; en 2008, Obama logró la victoria por un 4,59%; y, en 2012, lo hizo por un 2,98%. Además, Ohio jugó un papel fundamental en las dos victorias de Bush, ninguna de las cuales se habría producido si el estado se hubiese inclinado hacia el lado demócrata. Lo ajustado de los resultados y el gran peso de Ohio en el Colegio Electoral –en la actualidad, es el séptimo estado que más compromisarios otorga– lo convirtieron en uno de los principales campos de batalla de los distintos candidatos presidenciales. 

El dominio republicano

Sin embargo, la inesperada victoria de Trump sobre Clinton por una diferencia de 8,07 puntos marcó el inicio de la consolidación del dominio republicano en el estado. Desde 1988, cuando Bush se impuso a Dukakis con un margen del 10,85%, ningún candidato presidencial había obtenido una victoria tan amplia. Por último, en 2020, Ohio rompió su racha de 14 elecciones consecutivas identificando correctamente al siguiente inquilino de la Casa Blanca. Aunque las encuestas pronosticaban un resultado muy ajustado, el electorado de Ohio volvió a dar su apoyo al candidato republicano con una ventaja sobre Biden de 8,03 puntos, prácticamente idéntica a la de cuatro años antes. 

El bellwether state por excelencia, uno de los estados más disputados a lo largo de casi un siglo, se había transformado en una tierra firmemente republicana. Los signos premonitorios de esta metamorfosis, que ha alterado profundamente el mapa político del país, pueden retrotraerse hasta las elecciones midterm de 2010, cuando los republicanos se hicieron con el control de las dos cámaras legislativas estatales y el puesto de gobernador.

Mapa de los feudos electorales y los estados bisagra de Estados Unidos.
Mapa de los feudos electorales y los estados bisagra de Estados Unidos.

El gobernador actual, Mike DeWine, es un hombre de ideas hondamente conservadoras que ha tratado de restringir el derecho al aborto, rehusado oponerse a la pena de muerte e impulsado un rediseño de los distritos electorales para asegurar la preservación de la hegemonía republicana en las instituciones estatales, en una táctica conocida como gerrymandering. Por otro lado, los demócratas mantienen uno de los dos senadores que representan al estado en el Congreso; el otro es, desde 2023, JD Vance, actual candidato republicano a la vicepresidencia y autoproclamado paladín de los left behind.

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En cualquier caso, para entender las razones detrás del realineamiento ideológico de Ohio, es necesario atender a la evolución sociodemográfica. De acuerdo con los datos del censo de 2020, los blancos representan un 79% de su población, seguidos de los afroamericanos (un 14%), los hispanos (un 4%) y los asiáticos (un 3%). La mengua de la población en los últimos años lo ha convertido en un estado más anciano y blanco, factores que tienden a favorecer a los republicanos. 

Así, en las elecciones de 2020, Trump logró hacerse con el control de dos condados tradicionalmente demócratas: Lorain –una antigua ciudad fabril en los suburbios de Cleveland– y Mahoning –que contiene la localidad de Youngstown, uno de los mayores cementerios industriales del Cinturón del Óxido–. El segundo no había votado republicano desde la reelección de Nixon en 1972.

Estos resultados sirvieron para reflejar la ruptura definitiva del histórico vínculo entre el Partido Demócrata y los ciudadanos blancos de clase trabajadora, que se habían pasado en masa a las filas trumpistas, atraídos por su discurso anti-establishment y sus promesas de reindustrializar el país y devolverles los empleos a través de la imposición de aranceles y la guerra comercial con China.

Al mismo tiempo, Biden obtuvo algunos de los mejores resultados de la historia reciente de su partido en las áreas urbanas del estado, especialmente en Columbus, Dayton, Cincinnati y los condados circundantes, acrecentando la supremacía demócrata entre los ciudadanos urbanitas y los graduados universitarios. La transformación del electorado demócrata ha escorado al partido más hacia la izquierda, lo que ha tenido el efecto de ahuyentar a muchos de sus votantes rurales y de clase trabajadora, socialmente más conservadores. 

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Las encuestas realizadas durante la campaña presidencial de 2024 no dejan lugar a dudas: Ohio, el otrora estado bisagra capaz de reflejar con sorprendente acierto los resultados de las elecciones a nivel nacional, ha quedado teñido de rojo, pues todas ellas convienen en adjudicar a Trump una amplia ventaja, similar a la que ya alcanzó en 2016 y 2020. De hecho, Ohio parece estar siguiendo un camino parecido al de Misuri, otro antiguo estado bisagra del Medio Oeste que, tras apoyar al candidato ganador en todas las elecciones celebradas desde 1954 a 2004 –exceptuando las de 1956–, ha pasado desde entonces a votar republicano por márgenes cada vez más amplios.

En definitiva, Ohio ha dejado de estar en juego y, si los demócratas quieren ganar estas elecciones, deberán centrar sus esfuerzos en conquistar el Cinturón del Sol –Georgia, Arizona, Nevada y Carolina del Norte– y los demás estados del Cinturón del Óxido –Míchigan, Wisconsin y Pensilvania–. Es allí donde están los votantes que tendrán en sus manos, en esta ocasión, el futuro de la primera potencia del planeta, y con él, quizá, el del mundo entero.

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