
Nueva Zelanda decide sumarse a la competencia entre potencias por la hegemonía en el Pacífico sur. La expansión cuadrática de la influencia de China en la Polinesia está cuestionando las bases de la primacía regional neozelandesa. Y la gota que ha colmado el vaso han sido las Islas Cook. Este Estado libre asociado de Nueva Zelanda está protagonizando un fuerte acercamiento al gigante asiático.
Mark Brown, el primer ministro, realizó una visita a Pekín en la que se firmó un plan de acción para la asociación estratégica cuyos puntos principales son la inversión china en infraestructuras que aumenten la conectividad del interior del archipiélago y la exploración de su subsuelo marino rico en cobalto, níquel, cobre y manganeso. Sin embargo, el acuerdo choca frontalmente con la legalidad vigente.
Como Estado libre asociado, Avarua tiene la obligación de consultar con Wellington sus decisiones relacionadas con la política exterior y la defensa. El descontento en Nueva Zelanda ha sido evidente. Desde su Ministerio de Exteriores, se exige más información sobre el contenido del pacto y se reprocha la vulneración del protocolo.
Como resultado, en los círculos políticos de la capital comienzan a surgir voces que exigen la aplicación de una cláusula de “confianza estratégica” en futuras asociaciones. Esto implicaría que, en sus próximos acuerdos con vecinos en el Pacífico Sur, Nueva Zelanda buscará evitar formalmente que sus socios establezcan pactos con el gigante asiático.
El nuevo enfoque de Nueva Zelanda
La propuesta está basada en la Unión Falepili entre Australia y Tuvalu, la cual, en su borrador original, impedía la asociación del segundo con cualquier otra potencia que no fuera Canberra. Con ello, Nueva Zelanda iniciaría una nueva etapa tanto en el plano geopolítico como en el nacional, que pondría punto y final a la narrativa estratégica empleada por el país durante décadas.
Wellington ha decidido dejar de ser el “policía bueno” en Oceanía y dejar en un segundo plano las preocupaciones relativas al cambio climático y los derechos indígenas en su política exterior para centrarse en la contención de China. Interpretado como un acto pragmático, el gobierno de Christopher Luxon se arriesga a exacerbar la polarización interna y confrontar con los ejecutivos de sus vecinos septentrionales.
El cambio climático y los derechos indígenas son precisamente dos de los principales tópicos de preocupación en el continente; dejarlos de lado podrían generar vacíos de poder contraproducentes. En paralelo, dicha decisión vincula la estabilidad del ejecutivo a la aceptación popular de la retórica que emana de su socio de gobierno: New Zealand First (NZF). Este partido, encabezado por Winston Peters, actual ministro de Exteriores, está generando un pulso político con la sociedad civil maorí en un enfrentamiento que amenaza las bases de la coexistencia interétnica.
Así, Polinesia se perfila como un nuevo escenario de disputa entre Pekín y sus potencias rivales. Y las consecuencias ya se están dejando sentir. Por el momento, el foco del conflicto se halla concentrado en Kiribati. En dicha micronación, el acercamiento del presidente Taneti Maamau a China y la consecuente tensión con las potencias anglosajonas han llevado a que Nueva Zelanda opte por revisar la ayuda al desarrollo encauzado a este país.
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