
Una propuesta de ley destripada, una haka en sede parlamentaria y la posterior suspensión de la sesión han escenificado las tensiones de fondo que azotan a la potencia por antonomasia de la Polinesia: Nueva Zelanda. Wellington debe hacer frente a su legado colonial en un entorno cambiante a nivel demográfico, discursivo y geopolítico. Así, las decisiones que se tomen en los próximos meses prometen moldear la nación kiwi durante las próximas décadas.
La “manzana de la discordia” ha sido la propuesta del ministro de Justicia, David Seymour, de reinterpretar el Tratado de Waitangi (1840). Esta pretendida segunda lectura del acuerdo fundacional del Estado-nación neozelandés pone el acento sobre la legitimidad del Estado kiwi de gobernar la totalidad del territorio y garantizar tanto la propiedad privada como la igualdad de los ciudadanos. Principios bajo los cuales la autonomía maorí no tiene cabida.
Seymour, líder del partido liberal ACT Nueva Zelanda, reabre con su sugerencia la principal división de la sociedad neozelandesa: el clivaje entre maoríes y pakehas (europeos). La fractura data de la propia llegada europea al archipiélago. Frente a la creciente competencia geopolítica en el Pacífico Sur, la corona británica apostó por controlar ambas ínsulas. En la campaña se emplearían dos grandes instrumentos: los mosquetes y las patatas. Ambos, combinados, cambiarían las sociedades autóctonas al permitir una profesionalización de la guerra.
El resultado sería un siglo XIX bañado en sangre. Tras décadas de conflictos entre iwis (tribus), Londres y sus colonos conseguirían erigirse a modo de elemento pacificador. Con esta baza firmarán con representantes de la nobleza local el Tratado de Waitangi. Dicho escrito garantizaba la condición de súbditos británicos y la preservación de las tierras y tradiciones maoríes. O, al menos, eso decía su versión en maorí. La variante formulada en lengua inglesa anulaba cualquier tipo de pretensión indígena y daba el pistoletazo de salida a la colonización y confiscación de tierras.
Nueva Zelanda se constituirá a imagen y semejanza del resto de dominios británicos. Los maoríes serían derrotados en sucesivos conflictos bélicos para ser posteriormente marginalizados. Contrariamente, los inmigrantes británicos acapararon el poder político y económico a partes iguales. Estos terminaron conformando un sistema bipartidista en el cual las pulsiones conservadoras y progresistas se verían monopolizadas por el Partido Nacional y el Partido Laborista, respectivamente.
Pero el statu quo no iba a poder resistir los cambios demográficos y culturales de la segunda mitad del siglo XX. La paz y la prosperidad económica trajo consigo la multiplicación de la población maorí, y, por ende, un renacimiento de sus demandas políticas. Siendo aproximadamente 1.000.000 de personas en una población de 5.000.000, su peso demográfico les valdría la consecución de sus reclamaciones y el rol de catalizador del resto de demandas igualitarias de la sociedad civil.
La construcción de una narrativa nacional bicultural está llevando a la dependencia de ambos partidos de un creciente número de formaciones bisagras, las cuales representan una faceta u otra de esta misma. En la izquierda, los laboristas deben hacer frente a la emergencia del Partido Verde y del Partido Maorí. Por su parte, en la derecha, los conservadores han de comulgar sus ideales con los del liberal ACT y el populista Nueva Zelanda Primero. Dicha coyuntura ha encontrado su epítome en la cuestión de los derechos maoríes.
Christopher Luxon, el primer ministro conservador, se halla encajonado entre las exigencias programáticas de sus socios y la institucionalidad neozelandesa. Análogamente, un Partido Laborista sin un liderazgo claro desde la caída de Jacinda Ardern, asiste impotente a la dirección del relato progresista por parte del Partido Maorí, el cual encabeza las marchas contra la proposición de Seymour. No obstante, la rotura en el seno de la sociedad kiwi no es un asunto meramente local.
Las implicaciones geopolíticas de la cuestión maorí
Mientras el país afronta una crisis de identidad, el primer ministro observa durante su asistencia a la cumbre del Foro de Cooperación Económica de Asia-Pacífico (APEC) celebrada en Lima, Perú, el que supone el mayor reto futuro: la extensión de la competencia entre Estados Unidos y China a la Polinesia. La inauguración del mega-puerto de Chancay, con capital chino, en el país andino, promete revolucionar el tablero polinesio.
Durante décadas la apuesta bicultural ha dotado a Wellington de un papel regional sensiblemente diferenciado del resto de socios de la Commonwealth y de Estados Unidos. Nueva Zelanda se proyectaba como un punto intermedio entre los hegemones continentales –Washington y Canberra– y las naciones de las Islas del Pacífico. Asimismo, esta flexibilidad era también aplicada en las relaciones con el gigante asiático. China es el mayor socio comercial, al tiempo que es considerado como un competidor estructural.
La ambivalencia kiwi parece llegar a su fin con la actual correlación de fuerzas. El nombramiento de Winston Peters, líder del partido Nueva Zelanda Primero, como ministro de Exteriores supone el final de esta perspectiva. En apenas un año, el nuevo ejecutivo ha revertido la retórica del período anterior en materia de derechos indígenas y de lucha contra el cambio climático. El golpe de timón tiene un solo objetivo: hacer que el país se alinee con sus socios tradicionales.
Con Donald Trump ultimando su regreso a la Casa Blanca, las siglas AUKUS –Australia, Reino Unido y Estados Unidos– retumban sobre el conjunto de la política neozelandesa. La administración de Luxon se está planteando secundar el “Pilar II” de la alianza, lo cual supondrá el intercambio de tecnología militar con los miembros de la coalición. Ante ello, las quejas y advertencias chinas no se han hecho esperar.
Despojada de una retórica amable para con sus vecinos septentrionales, a Wellington se le acumulan los escenarios en los que competir con la potencia asiática. Los destinos de Samoa, Tonga, Kiribati, la Polinesia Francesa e Islas Cook dependen en gran medida de la capacidad que tenga Nueva Zelanda de presentar a élites y población un modelo alternativo a la hegemonía de Pekín. Todo mientras los buques comerciales chinos atraviesan la región en dirección a América Latina.
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