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Mosul reconstruye su memoria tras el terror del Estado Islámico

Situación de la mezquita al-Nuri en verano de 2019, completamente destruida por el Estado Islámico antes de perder el control de Mosul, en Irak.
Estado de la mezquita al-Nuri en verano de 2019, completamente destruida por el Estado Islámico antes de perder el control de Mosul, en Irak. Fuente: Levi Clancy - bajo CC0 1.0

Era la hora en que la ciudad se toma un respiro. En la vieja Mosul, los vendedores cerraban las persianas de sus puestos y el polvo todavía olía a guerra. Un niño, que había nacido cuando la ciudad ardía, corría sin prisa por una calle donde antes no cabía la esperanza.

Al fondo, entre la línea desigual de tejados y fachadas reparadas a trompicones, se recortaba un perfil que muchos habían dado por perdido: el minarete inclinado de al-Hadba, adherido ahora a la mezquita al-Nuri, que vuelve a abrir sus puertas ocho años después de haber sido volada por el Estado Islámico.

La reapertura no es sólo una ceremonia arquitectónica. Es un gesto político, una operación de memoria y un punto de inflexión en la batalla por el relato de Irak. Pero también plantea preguntas incómodas como ¿por qué el Estado Islámico necesitó destruir ese lugar? ¿Qué pretende decir la comunidad internacional –y los Estados que financiaron la reconstrucción– al entregarlo de nuevo a la ciudad?

Proclamar el califato desde Mosul

Cuando Abu Bakr al-Baghdadi, antiguo líder del Estado Islámico, subió al púlpito de al-Nuri en junio de 2014 no era sólo un acto religioso, fue una puesta en escena calculada hasta el último detalle. Elegir el atrio de una mezquita que llevaba ocho siglos marcando el horizonte de Mosul –y su minarete inclinado, la al-Hadba, que los vecinos reconocían a distancia– tenía un valor escénico y semiótico incalculable.

Era, en suma, aprovechar un símbolo local para lanzar una pretensión global. Proclamar un “califato” no en un auditorio cualquiera, sino bajo la bóveda de un lugar que transmitía, por su sola antigüedad, una idea de continuidad histórica. Ese gesto cumplía varias funciones políticas simultáneas.

Primero, servía a la legitimidad: al invocar un espacio consagrado, el Estado Islámico intentaba arroparse en la autoridad religiosa y en la memoria colectiva del Islam para presentarse no como una banda armada, sino como sucesor de una tradición política-religiosa.

Para ampliar: Fotogalería: huellas del califato y la guerra en Mosul

Segundo, era comunicación de poder: la imagen, difundida en vídeo, memética en redes, debía proyectar control territorial y capacidad para instituir un orden, rasgos esenciales para atraer combatientes, inversores en el mercado negro y sometimiento local. Tercero, era teatro de propaganda: la liturgia del anuncio transformaba el patrimonio en escenario del mensaje; la arquitectura antigua se convertía en utilería del proyecto político.

Hay además una dimensión psicológica y comunitaria en ese cálculo: atacar el patrimonio equivale a atacar la continuidad intergeneracional –los lugares donde una ciudad se reconoce– y con ello se siembran fracturas más profundas que la mera pérdida material. Borrar la mezquita buscaba convertir la derrota tangible en una herida simbólica difícil de suturar, una invitación a la fragmentación social que dificulta la reconciliación posterior.

El cálculo del Estado Islámico

En la última primavera de control del Estado Islámico sobre Mosul, la explosión de al-Nuri no fue un acto de furia improvisada, sino un gesto estratégico con varias capas de intención.

En el plano más inmediato, existía una razón militar y práctica. Cuando el cerco se estrecha, dejar detrás un lugar que puede convertirse en símbolo de derrota es inaceptable para un movimiento que vive de apariencias. Borrar la mezquita era, por tanto, impedir la fotografía triunfal que el enemigo –en este caso, la coalición y el gobierno iraquí– podría exhibir. En los conflictos modernos, la imagen vale tanto como el territorio; destruir el telón de fondo de una derrota obliga a reescribir la escena.

Pero la decisión llevaba un cálculo semiótico más profundo. Para una organización que aspiraba a erigir un “califato” con pretensiones de continuidad histórica y autoridad religiosa, apropiarse de los símbolos era medular. Destruirlos, cuando ya no podían conservarlos, era igualmente coherente con su lógica: si no puedes reivindicar la herencia, la eliminas.

Con ello se buscaba producir una amnesia forzada, un vacío simbólico que debilita los lazos intergeneracionales y facilitara la imposición de un nuevo relato. La mezquita no era sólo piedra, era testigo de una pluralidad histórica que contradecía la narrativa excluyente del yihadismo. Y por eso debía desaparecer. La violencia del gesto también cumplía una función instrumental para el propio aparato de control interno del Estado Islámico.

Edificio en ruinas tras los enfrentamientos que se produjeron en Mosul contra el Estados Islámico.
Edificio en ruinas tras los enfrentamientos que se produjeron en Mosul contra el Estados Islámico. Fuente: Ennolenze - bajo CC BY-SA 4.0

Explotar un símbolo compartido equivale a enviar tres mensajes simultáneos: a las poblaciones locales –si no te sometes, te borramos la memoria–; a los combatientes y posibles reclutas –mirad hasta dónde llega nuestra decisión–; y a los rivales externos –no habrá trofeos mediáticos fáciles–. Era, en suma, un uso del terror como gramática política y la destrucción performativa articulaba miedo, autoridad y negación de un pasado considerado “impuro”.

Medioambiental y socioeconómicamente, la explosión también funcionó como técnica de guerra total. Convirtiendo barrios en escombros, no solo se dificulta la rápida vuelta de civiles, sino que encarece y retrasa la reconstrucción, provoca desplazamientos prolongados y desarticula el tejido laboral y comercial. Al borrar el epicentro simbólico y a la vez dinamitar la economía local, la estrategia buscaba fragmentar irreversiblemente la ciudad –una urbe menos capaz de recomponerse es más fácil de controlar o de dejar en el limbo político–.

Desde el punto de vista de la propaganda, las ruinas devinieron materia prima. Los atentados contra el patrimonio fueron narrados y exhibidos de dos maneras contradictorias ya que, por un lado, fueron como prueba de pureza ideológica frente a "ídolos" pretéritos; por otro, como trofeos dramáticos que alimentaban las piezas mediáticas internas y externas del Estado Islámico. 

Irónicamente, el efecto internacional fue atraer la atención global y la condena, y con ella, recursos y discursos sobre la protección del patrimonio que, años después, se traducirían en iniciativas de restauración y diplomacia cultural.

Mosul, la ciudad en ruinas

Caminar por la Mosul de 2025 es hacerlo sobre un palimpsesto urbano. Hay capas de destrucción, reconstrucción y promesas a medio cumplir. En el centro histórico, donde los minaretes se mezclan con los andamios y las calles todavía exhiben cicatrices de metralla, la vida cotidiana se escribe entre contrastes.

Hay casas que han vuelto a latir con patios llenos de niños; hay otras que siguen reducidas a esqueletos de cemento. Entre ambos extremos emergen plazas culturales, bibliotecas y talleres impulsados por organizaciones internacionales, como si la ciudad intentara rehacerse a base de injertos simbólicos.

Para muchos vecinos, la reconstrucción de la mezquita de al-Nuri funciona como una especie de brújula emocional. Mahmoud Thannon, un sastre de 70 años que vive cerca de la mezquita y tiene una sastrería con vistas al minarete, comentó a Reuters que sus dos hijos fueron asesinados antes de que demolieran el minarete de Al-Hadba.

"Cuando lo vi derrumbarse, me sentí aún más triste que cuando perdí a mis hijos", declaró Thannon. "Ver cómo se alza de nuevo el minarete de Hadba es un día de alegría. Siento que nuestro orgullo también crece", sentenció.

Para ampliar: Mosul: cuatro años después de la ocupación del Estado Islámico

Para otros, en cambio, la restauración tiene un sabor ambivalente, ya que la consideran un proyecto espectacular pensado para cámaras y donantes extranjeros, que maquilla problemas más profundos como el desempleo endémico, la falta de servicios básicos o la persistente división sectaria.

La paradoja es evidente, mientras las inauguraciones oficiales proyectan una imagen de renacimiento, en los barrios periféricos persisten cortes de electricidad, escasez de agua potable y escuelas saturadas. Los proyectos de reconstrucción, a menudo financiados por agencias internacionales y fundaciones extranjeras, corren el riesgo de crear “islas de modernidad” en un mar de abandono.

Los cafés del centro histórico, cuidadosamente restaurados, contrastan con mercados enteros aún reducidos a ruinas, donde la economía informal es la única tabla de salvación. En este contexto, la mezquita de al-Nuri se ha convertido en un espejo que refleja tensiones no resueltas, el orgullo por la recuperación del patrimonio y frustración ante la ausencia de justicia y reparación social.

Cuando la restauración se convierte en interrogante

Más allá del titular amable, surgen preguntas que no tienen respuesta fácil como ¿es esta restauración un acto genuino de diplomacia cultural, una forma de reconocimiento del valor patrimonial compartido, o es, en realidad, una estrategia cuidadosamente calculada por los Estados donantes para asegurar influencia y visibilidad en un país profundamente vulnerado?

Cuando se ve la ceremonia desde fuera, con autoridades posando, discursos medidos y fotos para los medios internacionales, la escena parece celebrar el renacimiento de Mosul. Pero mirar de cerca revela capas de complejidad. Cada gesto protocolario, cada aplauso, cada fotografía enviada al mundo funciona también como señal de presencia, de alianzas y de agendas ocultas, recordando que en la reconstrucción del patrimonio conviven intereses locales, nacionales e internacionales que a veces convergen y otras se superponen en tensión.

La reapertura de al-Nuri también plantea un dilema más profundo: ¿puede la restauración de un símbolo histórico revertir, aunque sea parcialmente, la herida social y emocional causada por años de guerra? La “guerra por la memoria” no terminó con la explosión del minarete: continúa en los debates sobre qué se reconstruye, cómo y para quién.

La mezquita al-Nuri de Mosul rehabilitada y reabierta al publico en septiembre de 2025 tras ser destruida por el Estado Islámico.
La mezquita al-Nuri de Mosul rehabilitada y reabierta al publico en septiembre de 2025 tras ser destruida por el Estado Islámico. Fuente: الدبوني - bajo CC BY-SA 4.0

Quienes destruyeron la mezquita lo hicieron para reordenar la historia a su favor ,para borrar la diversidad e imponer un relato excluyente; quienes reconstruyen, aunque con buenas intenciones, entran ahora en una nueva disputa simbólica: ¿quién controla el significado de al-Nuri, quién decide qué narrativa prevalece, quién se beneficia del orgullo que genera su regreso?

Estas preguntas se repiten entre vecinos, activistas y académicos. Algunos celebran la restauración como un acto de resiliencia colectiva, un testimonio de que la ciudad puede volver a sostenerse sobre sus propios cimientos. Otros, más escépticos, señalan que el impulso global puede ocultar desigualdades persistentes: barrios todavía en ruinas, familias desplazadas, servicios insuficientes, y un tejido social que no siempre se reconstruye al mismo ritmo que la piedra.

La ceremonia, con su teatralidad, parece ofrecer respuestas, pero en realidad plantea interrogantes: ¿quién habla por Mosul? ¿Quién define qué partes de la historia se preservan y cuáles se relegan al olvido? Y más allá de las fronteras de la ciudad, estas preguntas adquieren una dimensión geopolítica.

La restauración de al-Nuri se ha convertido en un mensaje para el mundo, en una muestra de cooperación internacional, una apuesta por la cultura como herramienta de diplomacia, y a la vez, un recordatorio de que cada decisión sobre el patrimonio está impregnada de intereses estratégicos. En este sentido, el minarete al-Hadba se convierte en un símbolo ambivalente de esperanza y poder, memoria y política, teatro y vida cotidiana.

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