
Con la disputa entre China y Estados Unidos por el dominio de Asia-Pacífico, la carrera por las islas del Pacífico Sur adquiere protagonismo al suponer una ventana de oportunidad para la consolidación de la influencia de nuevos actores. Su bajo peso demográfico, el legado del colonialismo, su centralidad en los esquemas militares regionales y la amenaza climática hacen de Oceanía un escenario ideal para la competencia entre superpotencias y potencias medias.
En la actualidad, la tradicional hegemonía occidental –Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Australia y Nueva Zelanda– está siendo zarandeada por la imparable expansión de la influencia de Pekín. Desde la política de “una sola China” hasta la contención militar del gigante asiático, pasando por el cambio climático y el neocolonialismo, todos y cada uno de los grandes temas del siglo XXI están encontrando acomodo en el litigio por esta región.
La geopolítica del Pacífico Sur
El área comprende 14 Estados soberanos –Estados Federados de Micronesia, Fiyi, Islas Cook, Islas Marshall, Islas Salomón, Kiribati, Nauru, Niue, Palau, Papúa Nueva Guinea, Samoa, Tonga, Tuvalu, y Vanuatu– y siete territorios dependientes de potencias occidentales: Islas Marianas, Guam y Samoa Americana están bajo el control de Estados Unidos; Nueva Caledonia, Polinesia Francesa y Wallis y Futuna bajo administración francesa; y Tokelau es dependiente de Nueva Zelanda.
Además, algunos de estos Estados soberanos se mantienen libremente asociados con Estados Unidos –es el caso de Palaos, los Estados Federados de Micronesia y las Islas Marshall– y Nueva Zelanda –Islas Cook y Niue–. Este vínculo implica, por lo general, aunque no siempre, la asunción de responsabilidades en materia de defensa y relaciones exteriores, así como una estrecha cooperación en ámbitos como migración, sanidad y asistencia ante desastres naturales.
El legado colonial se materializa en la existencia de seis territorios pendientes de descolonizar: Guam, Nueva Caledonia, Islas Pitcairn, Polinesia Francesa, Samoa Americana y Tokelau. Este legado constituye, al mismo tiempo, la principal baza y la mayor debilidad de las estrategias de Canberra, Wellington y París en el mantenimiento de sus respectivas áreas de influencia en las islas del Pacífico.
La debilidad de las metrópolis exacerba su rol clave en el conflicto entre China y Taiwán. Nauru, Kiribati y las Islas Salomón han dejado de reconocer a Taipéi en lo que va de siglo, dejando a Palaos, Islas Marshall y Tuvalu como los únicos Estados del Pacífico Sur que aún mantienen relaciones diplomáticas oficiales con la isla. Tras los cambios de reconocimiento se asoma una compleja realidad política y geopolítica.
La gravedad económica que ejerce China sobre las islas del Pacífico amenaza con invalidar la lógica detrás de la estrategia de cadenas de islas y la capacidad estadounidense de contener efectivamente a la potencia asiática. Eventos como la ruptura de relaciones entre Nauru y Taiwán en 2024 o la firma del acuerdo de seguridad entre China y las Islas Salomón en 2022 son solo pequeños indicios de la feroz lucha de fondo. Un enfrentamiento que entrecruza sistemáticamente la coyuntura geopolítica global con las problemáticas estructurales de los escenarios en disputa.
Reza el refranero castellano que el “diablo está en los detalles”. Pues bien, el Pacífico –sede del poder político, económico y militar mundial– se halla repleto de estos; detalles aparentemente nimios que, en su conjunto, pueden terminar definiendo el siglo XXI.
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