
Luiz Inácio Lula da Silva gobernará Brasil por cuarta vez, más de dos décadas después de su primera investidura. El Tribunal Superior Electoral (TSE) certificó el 25 de octubre una victoria escueta en términos relativos –51,79% frente a 48,21%–, pero nada desdeñable en términos absolutos: 64.256.232 sufragios para el candidato del Partido de los Trabajadores (PT) y 59.826.041 para el senador del Partido Liberal.
Quizá el dato más revelador sea la remontada: tres semanas antes, Flávio había ganado la primera ronda por dos puntos. El vuelco ha coincidido con un descenso de la abstención del 21,08% hasta poco más del 19%. Bolsonaro, sin embargo, ha anunciado que solicitará la anulación, siguiendo la estela de su padre, Jair Bolsonaro, que impulsó un complot golpista tras las elecciones de 2022.
Brasil, el gigante latinoamericano
La atención con la que las cancillerías latinoamericanas siguieron el recuento no es un dato menor. Brasil aporta cerca del 31% del producto interior bruto regional, según datos del Banco Mundial, y articula a su alrededor una densa red de intercambios.
Para Argentina constituye el principal socio: el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) contabilizó 31.195 millones de dólares en intercambio bilateral durante 2025, más que con China –27.753 millones– o Estados Unidos –15.042 millones–.
Paraguay ocupa una posición análoga –7.271 millones de dólares el año anterior–, mientras que Bolivia y Uruguay sitúan al gigante sudamericano en segundo lugar y Chile, en tercero. Más al norte la presencia se diluye, aunque no desaparece. Brasil figura entre los cuatro primeros orígenes de importaciones de Perú, Ecuador, Colombia, República Dominicana y Costa Rica.
El mapa regional se ha desplazado hacia la extrema derecha –José Antonio Kast, Javier Milei, Rodrigo Paz, Santiago Peña, Keiko Fujimori, Alberto De la Espriella, Daniel Noboa, etcétera– y varios de estos dirigentes mostraron abiertamente su simpatía por el candidato bolsonarista. Por ejemplo, el argentino Milei participó en su presentación y el chileno Kast le recibió en su investidura.
Lula, no obstante, recibió al presidente boliviano en marzo para tratar el suministro gasífero, dio por cerrada con Asunción la disputa provocada por las escuchas de la Abin, reabrió la negociación del Anexo C de Itaipú y saludó al nuevo mandatario colombiano Abelardo De La Espriella apelando a una amistad que "transcende ideologias".
Solo Buenos Aires rompió el patrón: los insultos de Milei, que llamó “presidiario” y “ladrón” al presidente brasileño, llevaron a Lula da Silva a retirar temporalmente a su representante en Buenos Aires.
Mientras Noboa o Kast, conscientes del enorme peso de Brasil en la región, han felicitado a Lula da Silva, Washington ha guardado silencio durante horas: ni Donald Trump ni su secretario de Estado, Marco Rubio, se pronunciaron durante la noche del 25 de octubre. Cabe recordar que una victoria de Flávio Bolsonaro habría ratificado definitivamente el eje de extrema derecha alineado con la Casa Blanca en América Latina.
La política exterior de Lula da Silva
La campaña enfrentó dos concepciones del lugar de Brasil en el mundo. Lula da Silva ha defendido el multilateralismo y la autonomía estratégica; de hecho, su programa prometía estrechar la aproximación a los BRICS. Flávio Bolsonaro proponía un realineamiento con Washington y Tel Aviv que, finalmente, no ocurrirá.
En Oriente Medio, la distancia es máxima. El Gobierno brasileño se adhirió a la demanda sudafricana contra Israel ante el tribunal de La Haya y mantiene sin embajador su legación, mientras el senador del Partido Liberal se comprometió a llevar la representación diplomática a Jerusalén.
Ante los ataques sobre Irán de febrero de 2026, Lula da Silva condenó el accionar de Estados Unidos e Israel, pero Flávio Bolsonaro replicó que Brasil se situaba “del lado equivocado".
Frente a Trump, Lula se opuso al tarifaço –el gravamen del 50% anunciado por Washington en 2025– y declinó sumarse al Escudo de las Américas, el dispositivo hemisférico de dominación militar y de inteligencia impulsado por la Administración republicana; el candidato del PL, en cambio, visitó el Despacho Oval en mayo. Con China y Venezuela también han existido diferencias de fondo entre el PT y el PL.

Por su parte, Cuba condensa ambas visiones. Desde enero, una orden ejecutiva estadounidense amenaza con gravar a quien suministre crudo a la isla, lo que ha agudizado su penuria eléctrica y de alimentos. En el marco de la campaña de asfixia, Brasil ha respondido en clave humanitaria y ha acordado con Madrid y Ciudad de México ampliar la asistencia.
Ante la conferencia regional de la FAO, en marzo, preguntó: “¿No vamos a ayudar a Cuba porque es un país comunista?”. En Hannover se declaró “contra cualquier bloqueo y contra cualquier intervención de cualquier país". Flávio, por el contrario, apenas ha aludido a la isla: en un acto del PL, acusó a Lula de querer convertir Brasil en otra Cuba, sin mención alguna al cerco estadounidense.
En conjunto, el resultado preserva la principal pieza latinoamericana alejada de la Doctrina Monroe del siglo XXI que impulsa Trump. Brasil gobernará rodeado de ejecutivos conservadores, con escaso margen legislativo y frente a una Casa Blanca hostil.
Su capacidad para articular la región dependerá menos de la afinidad ideológica que de los intereses materiales –gas, soja, energía, infraestructuras– que atan a sus vecinos, aunque apunta a jugar un rol destacado en futuras elecciones latinoamericanas.
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