
Las elecciones legislativas de mitad de mandato –las célebres mid-term elections o midterms– renuevan los 435 escaños de la Cámara de Representantes cada dos años. Cada escaño corresponde a un distrito uninominal y se decide por mayoría simple: gana quien obtiene más votos, sin segunda vuelta ni reparto proporcional.
El vencedor de cada distrito se queda con el asiento aunque su ventaja sea mínima, de modo que la composición de la Cámara puede separarse notablemente de la proporción de votos nacionales de cada partido.
Un sistema así amplifica la fuerza de las bases regionales concentradas y castiga a aquellas dispersas por todo el territorio. En este sentido, conviene señalar que los distritos no son iguales en población, y que precisamente ahí está la clave del reparto.
Minorías ajustadas, mayorías decisivas
En las midterms, cada estado recibe escaños según su población en el censo decenal, con un mínimo de uno, de modo que los estados pequeños quedan sobrerrepresentados. Con unos 331 millones de habitantes en 2020, la media ronda los 761.000 habitantes por escaño.
Wyoming, con unos 577.000 habitantes para un solo representante, tiene más peso per cápita que Utah, donde cada diputado representa cerca de 818.000 personas, o que Delaware, con casi 990.000 habitantes en su único distrito.
En términos de población total, un habitante de Wyoming pesa lo que casi 1,7 habitantes de Delaware. Esa diferencia no la corrige el sistema y se suma al trazado de los límites distritales, que en la mayoría de los estados lo dibujan las legislaturas locales.
En las presidenciales, se acostumbra a hablar de feudos demócratas o republicanos y swing states. En el caso de las legislativas, pueden establecerse categorías parecidas, si bien los márgenes son distintos, pues los comicios a la Cámara de Representantes son más representativos que los presidenciales, que aplican el criterio mayoritario, pero a la totalidad del estado, de forma que un partido que gane por un solo voto en un estado se lleva la totalidad de los compromisarios de ese territorio.

En el caso de las legislativas, puede definirse a un estado como un “feudo” partidista cuando una formación controla al menos el 70% de sus escaños en los tres últimos años, y "favorable" cuando ese porcentaje se sitúa entre el 55% y el 70%. Este criterio porcentual es en todo caso relativo, tanto en su definición como en su puesta en práctica.
Los estados que no cumplen ninguna de esas condiciones pueden considerarse claramente "en disputa", aunque en cualquier caso se trata de un continuum cambiante, y no de una categorización exclusiva y definitiva. Esta clasificación no mide el voto de cada estado, sino el resultado de su reparto de diputados, que es lo que determina el control de la cámara baja en última instancia.
Los feudos demócratas son sólidos y concentrados en grandes áreas metropolitanas de la costa y el noreste. En 2020, 2022 y 2024, California otorgó 42, 40 y 43 escaños a los Dems frente a 11, 12 y 9 a los republicanos; Illinois dio 13, 14 y 14 también a los demócratas; y Massachusetts hizo lo mismo con 9 escaños en cada uno de los años. Nueva York o Virginia, por su parte, son estados favorables a los demócratas: el primero dio 19, 15 y 19, y el segundo otorgó 7, 6 y 6.
En el extremo opuesto, Texas, con 23, 25 y 25 diputados para el Grand Old Party, junto a Florida u Ohio, son favorables a los republicanos, y otros más pequeños como Utah, Tennesee u Oklahoma son feudos de la formación liderada por Donald Trump. Los estados del sur y el Medio Oeste, reiteradamente republicanos, gozan de una ligera sobrerrepresentación en conjunto.
Los estados en disputa, como Pensilvania –9, 9 y 7 demócratas frente a 9, 8 y 10 republicanos– o Arizona –5, 3 y 3 demócratas frente a 4, 6 y 6 republicanos–, son donde un desplazamiento de unos pocos sufragios altera el control del territorio y puede hacer bailar varios asientos.
Qué dicen las encuestas para las midterms
El escenario más probable para las midterms del 3 de noviembre de 2026 es una mayoría simple demócrata en ambas cámaras: entre 218 y 236 diputados en la Cámara de Representantes y entre 51 y 54 senadores.
Ninguna cifra de esa horquilla llega a los tres quintos –261 diputados y 60 senadores– ni a los dos tercios –290 diputados, 67 senadores–. Si las cifras se confirman, los demócratas recuperarían el control de la agenda de la Cámara de Representantes sin la mayoría cualificada necesaria para anular vetos o ejercer una presión asfixiante sobre Donald Trump.
El peor escenario posible de acuerdo a las encuestas, incluyendo los diputados que posiblemente serán republicanos, es insuficiente para presionar al presidente: 243 diputados y 58 senadores demócratas, según NBC. Incluso en ese caso, la oposición se quedaría lejos de los dos tercios.
Estas proyecciones deben leerse con cautela, porque el mapa de la Cámara de Representantes depende de unas pocas decenas de distritos competitivos y el margen de error es amplio. De todos modos, los demócratas no alcanzarían los tres quintos en ninguna de las dos cámaras.
Incluso un resultado más favorable a los demócratas, el peor escenario imaginable para los republicanos, con los asientos que las encuestas dan como probablemente republicanos virando en favor de los Dems, tampoco alteraría de forma sustancial los límites a Trump.

Sí, podría dar hasta 276 escaños a los demócratas y, por ende, tres quintos en la Cámara de Representantes, y la oposición ganaría capacidad para condicionar el presupuesto y la defensa, pero el poder de veto presidencial seguiría plenamente vigente.
En otras palabras: cambiaría el escenario político, no la aritmética específica ni la relación formal entre el poder Ejecutivo y el Legislativo. De hecho, el Senado seguiría sin alcanzar los tres quintos demócratas incluso incluyendo como azules los asientos considerados como probablemente republicanos.
El objetivo más ambicioso para el Partido Demócrata sería una Cámara de tres quintos, o cerca de ello, y un Senado de 58 escaños, también cercano a los tres quintos. Desde esa posición, la estrategia no pasaría por anular vetos, sino por lograr apoyos republicanos puntuales a lo largo de la legislatura. En cualquier caso, el poder de veto del Congreso frente a Trump seguiría siendo, en la práctica, casi inexistente, pues depende de las mayorías de dos tercios.
El principal riesgo para el presidente no es perder por completo el control de las cámaras, algo que exigiría dos tercios demócratas y resulta virtualmente imposible. Considerándose los límites que otorgan las encuestas, lo más peligroso para el Grand Old Party sería, a priori, que se diera un resultado tan malo para el oficialismo, con menos de 170 diputados y menos de 45 senadores republicanos, que haga dudar a parte de sus legisladores.
Si eso ocurriese, podrían llegar a pactar con los demócratas para bloquear el Gobierno o impulsar un impeachment. Si nada de eso se materializa –aunque no puede descartarse, dados los nefastos índices de aprobación con los que cuenta el jefe de la Casa Blanca–, Trump seguirá gobernando como en estos dos años, sin impedimentos legislativos estructurales.
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