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El Partido Demócrata, entre el populismo económico y la guerra cultural

El Partido Demócrata debate cómo recuperar a los votantes perdidos frente a Trump entre el populismo económico y la moderación cultural.
El Partido Demócrata debate cómo recuperar a los votantes perdidos frente a Trump entre el populismo económico y la moderación cultural. Fuente: Lorie Shaull - bajo CC BY 2.0

A pocos días de las elecciones legislativas en Estados Unidos, que se celebran el 3 de noviembre, el Partido Demócrata lidera las encuestas por un margen de alrededor de nueve puntos. Pero ese colchón esconde una discusión sin resolver: si la formación debe reconquistar a la clase trabajadora con un mensaje económico combativo o neutralizar el rechazo cultural que le costó la Casa Blanca en 2024. 

Míchigan como síntoma

El 4 de agosto, tras una noche de recuento ajustado, CNN proyectó lo que buena parte de la dirección demócrata quería evitar: que Abdul El-Sayed, exdirector de Salud del condado de Wayne y respaldado por Bernie Sanders, ganara las primarias al Senado por Míchigan.

Su rival, el congresista moderado Haley Stevens, contaba con el apoyo del aparato del partido y, según Slate, con casi 30 millones de dólares del grupo de presión proisraelí Comité de Asuntos Públicos Estados Unidos-Israel (AIPAC, por sus siglas en inglés).

La victoria fue estrecha y el mapa deja una lectura incómoda para ambos bandos. Stevens ganó la mayoría de las zonas rurales y obreras del estado, justo donde los demócratas han perdido terreno en la era Trump, mientras que la secretaria de Estado Jocelyn Benson, de perfil institucional, ganó con holgura la primaria a gobernador. El candidato del populismo económico se llevó la nominación, pero no el voto que venía a recuperar.

Para ampliar: ¿Han muerto las midterms en Estados Unidos? 

Conviene fijar los términos. Por populismo económico entendemos un discurso que enfrenta a la gente corriente con las élites económicas y promete mejoras materiales directas, como alquileres más baratos, sanidad accesible o salarios más altos, sin que implique una ideología cerrada.

Por guerra cultural, la disputa política sobre valores e identidad –aborto, género, raza, inmigración o religión, entre otros–, donde el conflicto se libra más con símbolos que con presupuestos.

Con las elecciones de medio mandato del 3 de noviembre a la vuelta de la esquina, que renuevan toda la Cámara de Representantes y un tercio del Senado, la tesis de este artículo es que el Partido Demócrata necesita lo primero para ganar y que su exposición a lo segundo explica en buena medida por qué dejaron de ganar entre los votantes sin título universitario.

De la política industrial a la asequibilidad

La apuesta económica de Joe Biden fue una política industrial a gran escala: la Ley CHIPS, que destinó 52.700 millones de dólares a los semiconductores, y la Ley de Reducción de la Inflación, con créditos fiscales para fabricar energías limpias.

En términos materiales funcionó. Según las estimaciones de la Oficina del Censo de Estados Unidos recogidas por FactCheck.org, el gasto anual medio en construcción de plantas manufactureras pasó de 75.500 millones de dólares en 2021 a 235.600 millones en 2024, un aumento superior al 200%.

Ese auge no se convirtió en crédito político. Un incentivo fiscal para una fábrica de baterías es invisible para quien paga el alquiler y, además, los efectos de una planta tardan años en llegar a una nómina.

Por otro lado, la tendencia se ha revertido: según la serie de la Oficina del Censo publicada por la Reserva Federal de San Luis, el gasto mensual en construcción manufacturera cayó en julio de 2026 a 169.800 millones en tasa anual, frente a un máximo cercano a los 250.000 millones en 2024. Los economistas citados por FactCheck.org lo atribuyen al final de los megaproyectos relacionados con la Ley CHIPS y a la incertidumbre arancelaria.

Gráfico 1. Construcción de fábricas en Estados Unidos entre 2021 y 2026 (miles de millones de dólares). El gasto se triplicó con la política industrial de Joe Biden y ha caído cerca de un tercio desde su máximo. Datos anuales del Censo recogidos por FactCheck.org y mensuales (tasa anual desestacionalizada) de FRED; el máximo es aproximado.
Gráfico 1. Construcción de fábricas en Estados Unidos entre 2021 y 2026 (miles de millones de dólares). El gasto se triplicó con la política industrial de Joe Biden y ha caído cerca de un tercio desde su máximo. Datos anuales del Censo recogidos por FactCheck.org y mensuales (tasa anual desestacionalizada) de FRED; el máximo es aproximado.

El segundo tiempo del populismo económico demócrata es más reciente y más fácil de explicar: la asequibilidad, es decir, el coste de vida tal como lo perciben los hogares. En noviembre de 2025 tres candidatos muy distintos ganaron con ella.

Zohran Mamdani, socialista democrático, conquistó la alcaldía de Nueva York prometiendo, entre otras cosas, congelar los alquileres de las viviendas estabilizadas y financiar autobuses gratuitos y supermercados municipales con impuestos a los ricos.

Abigail Spanberger en Virginia y Mikie Sherrill en Nueva Jersey, ambas moderadas, ganaron centrándose en el coste de la vida y en las facturas de suministros. El analista Derek Thompson resumió la lección con un dato: Mamdani venció entre los inquilinos por 24 puntos con una promesa concreta.

El contexto actual vuelve a favorecer ese mensaje. La inflación alcanzó el 3,4% interanual en agosto, según la Oficina de Estadísticas Laborales, con la energía un 16,3% más cara que un año antes, aunque la inflación subyacente, que excluye alimentos y energía, se quedó en el 2,4%. La asequibilidad funciona como un paraguas amplio que permite a Mamdani y a Spanberger compartir cartel sin discutir cuánto debe intervenir el Estado. Es el mínimo común denominador del partido.

Guerra cultural: el flanco abierto

La guerra cultural no perjudica por igual en todos los terrenos. Antes que los temas está el mapa: la fractura cultural de Estados Unidos se ha vuelto educativa, geográfica y religiosa.

Según el análisis de votantes validados de Pew Research Center, es decir, de encuestados cuyo voto se verificó contra los registros electorales, Donald Trump ganó en 2024 entre los votantes sin título universitario por 14 puntos –56% a 42%–, el doble que en 2016, mientras que Kamala Harris se impuso entre los titulados por 57% a 41%.

En las zonas rurales, Trump ganó por 69% a 29% y obtuvo el 64% de entre quienes acuden al menos una vez al mes a servicios religiosos. Las estimaciones de la consultora demócrata Catalist dibujan la misma tendencia de largo plazo.

Gráfico 2. Apoyo al candidato demócrata por nivel educativo entre 2012 y 2024 (%). La brecha entre votantes con y sin título pasó de 3 a 11 puntos; entre los no titulados, el apoyo acumula una caída de seis puntos desde 2012. Estimaciones de Catalist
Gráfico 2. Apoyo al candidato demócrata por nivel educativo entre 2012 y 2024 (%). La brecha entre votantes con y sin título pasó de 3 a 11 puntos; entre los no titulados, el apoyo acumula una caída de seis puntos desde 2012. Estimaciones de Catalist

Los temas concretos matizan el cuadro. En el aborto, el Partido Demócrata está del lado de la mayoría: según Pew Research Center, el 60% de los adultos cree que debería ser legal en todos o en la mayoría de los casos, incluido el 84% de los demócratas y simpatizantes, frente al 36% de los republicanos.

Pero incluso en este punto hay una brecha interna: según la ficha de datos de Pew Research Center, el apoyo es del 93% entre los demócratas liberales y del 77% entre los conservadores y moderados.

Donde el Partido Demócrata es más vulnerable es en los asuntos en los que su base activa y la mayoría social se separan. Una encuesta de Quinnipiac de junio, citada por The Boston Globe, halló que unos siete de cada diez votantes registrados creen que las mujeres y niñas trans no deben competir en equipos deportivos femeninos; entre los demócratas, la opinión se reparte casi a partes iguales.

Por eso candidatos como Rob Sand en Iowa o Amy Acton en Ohio han adoptado posturas más cautas, y figuras como Gavin Newsom y Josh Shapiro protagonizan un debate interno sobre cuánto ajustar el mensaje.

Gráfico 3. Aborto legal en todos o la mayoría de los casos, por partido (%). La brecha entre partidos se ha duplicado, sobre todo porque los demócratas pasaron del 63 % al 84 %. Datos de 2007 y 2024 de Pew recogidos por The Hill; datos de 2026 de Pew.
Gráfico 3. Aborto legal en todos o la mayoría de los casos, por partido (%). La brecha entre partidos se ha duplicado, sobre todo porque los demócratas pasaron del 63 % al 84 %. Datos de 2007 y 2024 de Pew recogidos por The Hill; datos de 2026 de Pew.

Conviene no sobrestimar el peso de cada tema. En un sondeo de Gallup, la crítica más frecuente a los demócratas era genérica (tener malas políticas, un 8%), seguida de la inmigración (6%), mientras que las cuestiones trans y el aborto sumaban un 3% cada una. 

Foreign Policy resume otra tensión de fondo: los votantes de clase trabajadora priorizan la frontera, la delincuencia y la policía; los graduados liberales, la defensa de la democracia, los derechos trans, el aborto y el clima. La guerra cultural, más que un tema, es un desajuste de prioridades entre las dos mitades de la coalición.

Tensiones internas en el Partido Demócrata

El debate público reduce la disputa demócrata a un eje, izquierda contra centro. Los datos sugieren al menos dos. El primero es ideológico: según Pew Research Center, el 39% de los demócratas y simpatizantes se sitúa a la izquierda de su partido, el 36% a su derecha y solo el 23% en el mismo punto.

Y quienes discrepan, en cualquier dirección, lo valoran peor (68% y 67% de opiniones favorables, frente al 78%). Gallup detectó que el 45% de los demócratas quería una formación más moderada, once puntos más que en 2021, aunque entre los liberales primaba el deseo de convertirse en una fuerza política más liberal.

El segundo eje no es de ideas sino de actitud: cuánto está dispuesto el partido a pelear. Pew Research Center registró un fuerte aumento de la frustración de los demócratas con su propio partido por no haber plantado cara a Trump con suficiente dureza, y su sondeo más reciente indica que el 44% de los simpatizantes Dems que no se identifican plenamente con el partido alega frustración con sus dirigentes.

Para ampliar: El pulso interno en la izquierda estadounidense

En una encuesta de Strength In Numbers/Verasight, la queja más repetida de los propios demócratas era que el partido es débil o no lucha lo suficiente. Según Pew Research Center, el 59% de los estadounidenses tiene una opinión desfavorable del Partido Demócrata, casi igual que del Republicano (58%).

Ese segundo eje explica el éxito de los insurgentes y también sus riesgos. En Maine, Graham Platner, un ostricultor y veterano que se estrenaba como candidato, derrotó en junio a la gobernadora Janet Mills, apuesta del liderazgo del Senado.

En julio retiró su candidatura tras una acusación de agresión sexual que él negó, y el partido nominó a Troy Jackson, otro aliado de Sanders. Una encuesta de AARP sitúa ahora a la republicana Susan Collins por detrás por un margen estrecho. Brookings identifica además dos líneas de fractura para una eventual mayoría demócrata en el Congreso: la sanidad y la ayuda a Israel, tema en el que AIPAC pesó en Míchigan.

El impacto electoral y un colchón prestado

En 2024 el coste de esa fractura se midió en tres estados. Trump ganó Pensilvania, Míchigan y Wisconsin, el llamado "muro azul" que Biden había recuperado en 2020, por 1,7, 1,4 y 0,9 puntos, respectivamente.

Cuatro años antes, Biden los había ganado por 1,2 puntos en Pensilvania, 2,8 en Míchigan y menos de un punto en Wisconsin. Un análisis de condados del Washington Post muestra que Trump amplió sus márgenes en ciudades medianas y zonas rurales de Pensilvania, y que incluso Filadelfia se movió ligeramente hacia los republicanos.

No era un problema de desmovilización. Pew Research Center calcula que los no votantes se habrían repartido casi a partes iguales, con un 44% para Trump y un 40% para Harris, de modo que una mayor participación no habría cambiado el resultado. El problema era de persuasión, no de censo.

Para ampliar: Cuba, pivote de las elecciones de medio término en Estados Unidos

Noviembre llega con el viento a favor. El promedio de Silver Bulletin sitúa al Partido Demócrata con 9,0 puntos de ventaja en el voto genérico, la encuesta que pregunta por qué formación se votaría en el distrito propio sin dar nombres, frente a 6,7 a comienzos de septiembre. Decision Desk HQ recordaba que, aunque los republicanos han ganado la batalla del redibujo de distritos, una ventaja de seis puntos ya bastaba para que los azules fueran favoritos a recuperar la Cámara.

Pero esa ventaja se parece más a un castigo al oficialismo personificado en Donald Trump que a un respaldo férreo. Una mayoría de estadounidenses ve mal al Partido Demócrata y, aun así, este lidera. Es decir, el colchón descansa en el rechazo al otro lado.

En la encuesta de Strength In Numbers, el 16% de quienes tienen una opinión desfavorable dice que votará al Partido Demócrata igualmente. Y Brookings observa que los candidatos demócratas en distritos disputados evitan los temas más impopulares, como la frontera abierta o el recorte a la policía, y esquivan los detalles sobre los atletas trans.

El orden de las prioridades

La disyuntiva del título es en parte falsa. Los demócratas no tienen que elegir entre la cartera y la trinchera, pero sí ordenarlas. Los resultados de 2025 y la ventaja actual indican que la asequibilidad es el único mensaje capaz de unir a Mamdani, a Spanberger y a un electorado agotado por los precios. Es la base de cualquier mayoría.

Lo que demuestra la política industrial es que gobernar bien en términos materiales no basta. Biden más que triplicó la construcción de fábricas y su partido perdió por 14 puntos entre los votantes sin título.

La explicación más plausible es que la economía llega filtrada por la confianza cultural: quien siente que el partido no lo entiende no descuenta un crédito fiscal de su factura de la luz. La guerra cultural no sustituye a la economía; decide si el mensaje económico se escucha.

El peligro de cara a 2028 es leer la ventaja de 2026 como un mandato. Es una reacción contra un oficialismo en un contexto de precios al alza, y las preguntas pendientes siguen ahí: en qué terrenos librar la batalla cultural, entre el aborto, donde tienen a la mayoría, y la inmigración o el deporte femenino, donde han ido a la defensiva, y cuánta confrontación es rentable en un Partido Demócrata dividido entre insurgentes y el aparato.

En noviembre la asequibilidad puede devolverles el Congreso; en 2028 solo una respuesta convincente a la pregunta cultural, quién cabe en la coalición y a qué precio, les devolverá la presidencia.

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