La nueva era de Catar tras el bloqueo

Escrito por Alejandro López.

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Mohamed bin Salmán (derecha) recibe a Tamim bin Hamad Al-Thani (izquierda) en Arabia Saudí para la cumbre del Consejo de Cooperación del Golfo en enero de 2021. Fuente: Casa Real Saudí / Bandar Algaloud / Reuters.

El 2021 ha comenzado pretendiendo pacificar una de las orillas del Golfo Pérsico. La crisis de Catar con las monarquías vecinas del Golfo, que se extendió por parte de la Liga Árabe, terminaba. Aunque no se puede decir que el arreglo sea definitivo, sí que supone una fuerte distensión que permite abordar las cuestiones que llevaron a la ruptura de una manera diplomática en lugar de mediante el bloqueo al que fue sometido Catar.

Los Acuerdos de Riad

Arabia Saudí, Emiratos Árabes, Bahréin y Egipto fueron los países más beligerantes que se plantaron ante Catar y su diferencia estratégica. Arabia Saudí venía de liderar la región en confrontación directa con el bloque de la “resistencia” aliado de Irán, una intervención directa en Yemen y un choque indirecto en Siria, así como una colusión de intereses con Israel habían sido los principales motores del choque que pretendía liderar la familia Al Saud con una suerte de bloque suní frente al chií. Nada más lejos de la realidad. Pronto se producirían grandes diferencias en todos los países, muchos matices étnicos, religiosos, económicos y estratégicos.

Un punto de inflexión dentro de la ruptura intra-suní fue la designación de la Hermandad Musulmana como “organización terrorista”, por promover tesis islamistas que se desvían de la postura monárquica de Emiratos Árabes y Arabia Saudí principalmente. En marzo de 2014, el líder saudí tomaba la iniciativa. En noviembre le seguirían los Emiratos Árabes en un batallón de designaciones contra el Estado Islámico, el Frente Al-Nusra, los Hermanos Musulmanes y la también islamista local Al-Islah.

Por un lado esta decisión de 2014 preparaba el terreno del conflicto con Catar, que sería llamado a consultas en repetidas ocasiones desde entonces por su apoyo y acogida de miembros de la Hermandad. A este deshielo de las tensiones se sumaría Egipto en 2013, tras el golpe que derribó al islamista Mohamed Mursi. El nuevo Presidente de Egipto, Abdelfatah Al-Sisi, que continuaría en el poder desde 2013, ilegalizaría después a la Hermandad, promoviendo un acercamiento que daría un vuelco a la política exterior egipcia como un aliado extremadamente seguidista de las monarquías del Golfo, a excepción de Catar, que acogería a miembros cercanos a Mursi tras el golpe.

Todos los países que confrontaron a Catar seguían una línea de acción común con respecto a su postura con respecto a la Hermandad y el islamismo, pero no sería definitiva y en el futuro encontrarían problemas internos. Por lo pronto en 2017 se produjo el plantón ante Catar. En junio se envió un ultimátum de 13 puntos, inasumible por Catar. La ruptura se produjo. Múltiples países siguieron a las demás monarquías del Golfo Pérsico y a Egipto, que posteriormente dejarían en 6 los puntos que basarían las demandas contra la administración catarí. El 5 de julio en El Cairo, se lanzaban las reclamaciones en una cumbre conjunta entre Egipto y los países del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) que se enfrentaron a Catar desde el principio: Arabia Saudí, Emiratos Árabes y Bahréin. Desde allí se reclamó el cumplimiento de varios acuerdos de Riad firmados en 2013 y 2014.

Reunión en El Cairo de las delegaciones de Arabia Saudí, Emiratos Árabes, Egipto y Bahréin en 2017 para presentar las demandas a Catar. Fuente: Khaled Elfiqi / Reuters.

Los acuerdos de Riad fueron una forma de mover a su entonces aliado Catar hacia sus intereses por parte del resto de monarquías del Golfo, ya que con el documento lograron el compromiso de los firmantes para no albergar a miembros de organizaciones de resistencia que amenazaran la estabilidad de los países miembros, de manera que Catar se comprometería –según Al Arabiya- a dejar de prestar apoyo a los Hermanos Musulmanes. El acuerdo firmado en 2013 fue suscrito por el Rey de Arabia Saudí, Abdalá bin Abdulaziz –fallecido en 2015-, el Emir de Kuwait, Sabah al-Ahmad al-Yaber al-Sabah –fallecido en 2020- y el Emir de Catar, Tamim bin Hamad al-Thani. En 2014 se unirían el Rey de Bahréin, el Príncipe heredero de Abu Dhabi (Emiratos Árabes) y el Primer Ministro de los Emiratos Árabes.

La crisis de 2017

En 2017 una de las principales quejas de los miembros del CCG era que Catar seguía estrechando más los lazos con las organizaciones de las que debía desprenderse en virtud de esos acuerdos porque suponían un riesgo para la estabilidad y gobernabilidad de los miembros. Comenzando con el supuesto apoyo a Al-Islah y los HHMM que tanto perturbaba a Emiratos Árabes, pero cuya contienda lideraba por aquel entonces junto a Arabia Saudí.

Por su parte, el gobierno de Bahréin acusaba directamente a Catar de alojar a grupos opositores chiíes. Pero la cuestión más relevante sería el alojamiento a los miembros de la Hermandad Musulmana que habría estado realizando Catar, incluyendo a personal de gran interés para la Justicia de Egipto. Las mencionadas monarquías velaban por los intereses de Egipto, republicano pero igualmente contrario al islamismo del gobierno de Mursi –del que Al Sisi formaba parte- ya que, además, Egipto mantenía una estrecha relación con ellas, especialmente una dependencia de Arabia Saudí. Uno de los contenciosos que más fuerte sacudió a Al Sisi durante la crisis de Catar fue la contestación interna por la gestión, agudizada con la cesión de dos islas a Arabia Saudí –Tirán y Sanafir-, firmado con el Rey Salmán bin Abdulaziz para la reintegración soberana de las islas egipcias en el Mar Rojo.

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Listado de individuos buscados por Bahréin que Catar habría alojado, concediendo la ciudadanía. Fuente: Al Arabiya.

A pesar de que Arabia Saudí liderase el bloqueo a Catar, cortando el único acceso terrestre que existe en el país, y Emiratos Árabes y Bahréin cortasen el acceso a sus puertos y espacio aéreo; otros países aliados seguirían sus pasos. Junto a Egipto que, como es lógico, no forma parte del CCG, otros países ajenos a la región rompieron con Catar: Maldivas, Comoras, Mauritania, el gobierno de Tobruk en Libia, el gobierno de Hadi en Yemen, Senegal –hasta 2017-, Chad –hasta 2018-, Jordania –hasta 2019- o la no reconocida Somalilandia, algunos simplemente con reducción de la presencia diplomática. También se presentó rechazo al apoyo al “terrorismo” y al “extremismo” de Catar desde Níger, Gabón, Eritrea, Djibuti o las regiones somalíes de Puntlandia, HirShabelle y Galmudug. Sin embargo, Somalia decidió no seguir la decisión a nivel federal, siguiendo su cercanía a Turquía. Lo mismo ocurrió con Pakistán, el gobierno de Trípoli en Libia o los países más cercanos al islamismo como Túnez o Argelia. Omán y Kuwait sirvieron un espacio clásico de neutralidad, que en el caso del segundo, además, ejerció de mediación entre los otros miembros del CCG y Catar. Alemania y algunos sectores estadounidenses también se ofrecieron a reducir la tensión, con los primeros proponiendo revisar los vínculos financieros cataríes con el terrorismo.

Desde Emiratos Árabes se publicaría enseguida una serie de documentos que demostrarían su postura sobre los incumplimientos de Catar de los acuerdos de Riad. Por ejemplo, cómo Catar no habría expulsado del país a los militares bahreiníes hostiles con el gobierno de Manama, ofreciéndoles la ciudadanía, ya que su compromiso incluso en 2017 habría sido expulsar a los miembros no-ciudadanos de Catar, también con respecto a los que formaban parte de los Hermanos Musulmanes. Se exigía a Catar revocar la ciudadanía a los individuos perseguidos, dejar de dar cobijo y apoyo a organizaciones hostiles a sus vecinos y romper completamente con el “terrorismo” de Hezbollah, los Taliban y las ya tradicionales Al-Qaeda, Fatah al-Sham (antes mencionado como Frente Al Nusra) o Estado Islámico –a pesar de la mayor cercanía de Arabia Saudí-.

Catar negó en todo momento las acusaciones y criticó el bloqueo terrestre y las otras vías como un ataque a su soberanía. Sin embargo, sus vecinos aprovecharon para reforzar sus tesis la publicación de que Catar había pagado $1.000 millones en rescates de miembros de distintos grupos, incluyendo de la familia real catarí, secuestrados en Irak y Siria por milicias pro-iraníes y grupos yihadistas afiliados a Al-Qaeda. Entre estos pagos se incluiría el grupo Hayat Tahrir al-Sham, uno de los grupos de islamistas extremistas –incluyendo la facción derivada de Al Nusra- que luchaban por derrocar al Presidente Al-Assad en Siria, lo cual fue negado por Catar y calificado de “fake news”. Entre las acusaciones, se reforzó el argumento con la confiscación de varios millones de dólares en Irak que habrían sido enviados, según el gobierno iraquí, por Catar “ilegalmente”, sin saber si formaba parte del pago mencionado o era uno adicional. Catar denunció un hackeo por parte de Emiratos Árabes para introducir la campaña de noticias falsas sobre los diferentes pagos, y que realmente $345 millones fueron enviados al gobierno de Irak, que contactó con los secuestradores y posteriormente confiscó el dinero. Esta afirmación contó con el apoyo de oficiales de inteligencia de Estados Unidos.

Para saber más: Emiratos Árabes frente a Turquía: el origen de una rivalidad.

Catar sobrevive

Precisamente Turquía e Irán fueron los grandes baluartes de la supervivencia de Catar. Ambos países fueron centrales en la decisión de bloquear a Catar, ya que este negoció con Irán la explotación de un yacimiento de gas conjunto en el Golfo Pérsico y, dos meses después de la ruptura, restableció sus relaciones plenas con Irán. La relación comercial cada vez más normalizada y la falta de un boicot chocaban con la campaña saudí anti-iraní. Además Catar es el principal financiador del grupo palestino Hamas, considerado “terrorista” por Estados Unidos, fuerte aliado de Israel y de Arabia Saudí en aquellos momentos. Por otra parte, la presencia de miembros de los Hermanos Musulmanes quedaba fuertemente reforzada por la existencia de una importante base militar de Turquía en Catar. De nuevo, Catar sobrevivió gracias a la ruptura del bloqueo por Irán y Turquía, que comenzarían por aquel entonces a acercar unas posturas que, en el futuro, traerían una nueva división de bloques en Oriente Medio. Así, Catar logró evitar un fuerte desabastecimiento a causa del bloqueo. Además empleó los puertos en Omán para puentear la pérdida de acceso a las infraestructuras emiratíes.

Para saber más: El agresivo futuro de Irán.

La guerra proxy de Yemen ya no lo era tanto y además se convirtió en un atolladero sin salida, de donde Emiratos Árabes comenzó a percibir una diferencia estratégica. Arabia Saudí no consideraba a la Hermandad tan problemática como los Emiratos Árabes Unidos. De hecho, el gobierno títere saudí en Yemen, liderado por Mansour Hadi, estaba en coalición con Al-Islah, la facción local islamista de la Hermandad. Por ello en 2019, Emiratos Unidos desarrolló su ruptura de intereses con Arabia mediante su plasmación en el mapa. El Consejo de Transición del Sur de Yemen, fuertemente vinculado a Emiratos Árabes, ha roto en varias ocasiones el acuerdo de Riad por un gobierno de unidad en Yemen a causa, precisamente, de su animadversión a Al-Islah. Del mismo modo, Emiratos Árabes pasó a liderar la estrategia anti-iraní desde el Golfo Pérsico, aumentando su cooperación con Israel desde su acuerdo histórico de paz en 2020. Igualmente Emiratos Árabes ha protagonizado la campaña libia del LNA contra la intervención de Turquía, convirtiendo a la parte turca en el gran enemigo de los Emiratos por su islamismo, apoyo en la Hermandad Musulmana, condena del gobierno de Egipto y apoyo a Catar.

Por un lado, la salida de Emiratos Árabes de Yemen comenzó en 2019, dejando más sola a Arabia Saudí, ya que con ellos también se fueron los sudaneses. El golpe de Estado de 2019 contra Omar al-Bashir alejó a Sudán de Turquía y le acercó a Emiratos Árabes, por lo que la salida de Sudán de Yemen, aunque menos relevante en números, reforzaba el rechazo de Emiratos a Al-Islah y el islamismo con el que gobernaban los aliados de Arabia Saudí. Sudán, por lo tanto, ha vivido desde entonces un acercamiento a Israel, a Estados Unidos y a Egipto.

Para saber más: La olvidada Guerra de Yemen.

Cabe destacar otro alejamiento que ha seguido agrietando las relaciones y dejan fuera cualquier viso de uniformidad que ha terminado por hacer inviable la negociación conjunta con Catar. Emiratos Árabes, como se ha mencionado, era el principal promotor de la campaña en Libia contra Turquía y el Gobierno de Acuerdo Nacional (GNA) de Trípoli, pero necesitaba un actor potente en el terreno, como podían ser Egipto y los proxies. De ahí que la ruptura de intereses de Arabia Saudí con Emiratos, su reducción de la asertividad desde el fiasco en Yemen y la crisis del petróleo le empujara a hacer una simple declaración de apoyo al Ejército Nacional Libio (LNA) sin implicarse con la fortaleza de otras épocas en la campaña. Con Arabia, Jordania también ofreció un apoyo tibio en comparación con Emiratos y Egipto. Hasta que en 2020, Egipto y Emiratos tomaron caminos separados en la negociación con el GNA, con sendas rupturas entre el LNA del mariscal Haftar, apoyado por Emiratos, y la Cámara de Representantes (HoR) de Tobruk, apoyada por Egipto. La HoR y Egipto evitaron una guerra a gran escala con Turquía en 2020 gracias a la negociación directa con el GNA, rompiendo con la postura de Emiratos Árabes. La negociación permitió acercar a los miembros más pro-turcos del GNA y a la HoR en la formación de un Gobierno de Unidad Nacional (GNU) en Libia.

Fin de la crisis sobre el papel

En los últimos coletazos de la Administración Trump y, de nuevo, con la mediación de Kuwait, las monarquías del Golfo retomaron sus relaciones sin un aparente cambio en las cuestiones que se planteaban en 2017. El 5 de enero de 2021 se produjo la cumbre del CCG en Al-Ula, Medina, Arabia Saudí. Tras el acuerdo, Egipto seguía sus pasos y abría su espacio aéreo a Catar. La decisión llegaba el 12 de enero, tras los pasos dados por Arabia Saudí el día anterior. Los vuelos a Riad se reabrirían el día 11, a Jeddah el día 14 y a la cercana Dammam el 16 del mismo mes. Del mismo modo, se habían reabierto las fronteras.

Cumbre del CCG en Al-Ula, Arabia Saudí. De izquierda a derecha: el Emir de Kuwait, Nawaf Al-Ahmad Al-Sabah; el Emir de Catar, Tamim bin Hamad Al-Thani; el Viceprimer Ministro de Omán, Fahd bin Mahmud; el Príncipe Heredero de Arabia Saudí, Mohamed bin Salmán; el Príncipe Heredero de Bahréin, Salmán bin Hamad Al-Jalifa; el Emir de Dubai y Vicepresidente y PM de los Emiratos Árabes Unidos, Mohamed bin Rashid Al-Maktoum; y el Secretario General del CCG, el kuwaití Nayef al-Hajraf. Fuente: Palacio Real Saudí / Bandar Al-Jaloud / AFP.

Pero Catar no ha firmado en ningún momento la cesión en los puntos exigidos por sus antiguos aliados. La conformación de una nueva relación con Irán y sus otros aliados continúa y se ha potenciado. Desde 2017 el escenario en Oriente Medio ha cambiado sustancialmente. Como se ha explicado, Arabia Saudí mantiene un perfil más bajo en las dinámicas regionales siendo Emiratos Árabes quien las ha movido, especialmente con el acuerdo de normalización de relaciones diplomáticas y comerciales con Israel junto a Bahréin y Sudán. El caso de Marruecos se entiende en otros términos. Pero los Acuerdos de Abraham han permitido que Emiratos y sus aliados conformen una alianza con Israel que ha dejado atrás a Arabia Saudí –se ha negado a la normalización sin un acuerdo con los palestinos- y a Catar –principal financiador de Hamas, facción palestina dominante en Gaza-.

El hecho de que Catar vuelva a mantener relaciones con los países que le bloquearon puede parecer un retroceso diplomático en su alianza con Turquía y, en menor medida, con Irán. Pero la realidad puede distar mucho de eso. El acuerdo con Arabia Saudí ha sido acogido con más entusiasmo que con los Emiratos Unidos, que siguen abanderando la lucha contra la Hermandad, contra Al-Islah y proxies iraníes, especialmente en el contexto de Yemen y los hutíes. Esta vuelta a la normalidad de Catar con sus vecinos implica que cada país lidiará con sus demandas por separado y habiendo cedido en las precondiciones de negociación que impusieron a Catar. De hecho, tanto Bahréin como Emiratos realizaron comunicados asegurando que los problemas pendientes de arreglo con Catar, aunque hayan apoyado la declaración de Al-Ula, deberán ser solventados mediante la creación de comités especiales para las negociaciones bilaterales.

La relación de Catar con sus vecinos sigue lejos de ser buena, especialmente con los Emiratos Árabes, pero el pragmatismo empuja a una normalización con la que algunos de ellos negociarán puntos concretos, como está ocurriendo con Arabia Saudí o Egipto, y de paso evitan la mala imagen que un bloqueo arroja en la arena internacional. Especialmente clave será esta imagen para todos en dos puntos: Arabia Saudí trata de balancear la pésima imagen que mantiene en cada vez más sectores de Occidente y el fiasco de su intervención en Yemen, ofreciendo píldoras de retirada en conflictos, pero Emiratos necesita urgentemente esa imagen ya que, a diferencia de Arabia Saudí, no pretende retirarse de la tensión internacional sino subir el tono en la región.

El segundo punto clave de esta normalización reside en Washington DC. Sin Donald Trump, la Arabia Saudí agresiva pierde a su mayor valedor. Su encrucijada con Israel se balanceó contra la normalización diplomática –a diferencia de lo vivido por Bahréin y Emiratos-, así que sigue dependiendo de Estados Unidos en su animadversión a Irán, más allá de una colusión de intereses anti-iraníes, como ocurrió en la Guerra de Siria. Donald Trump hizo la vista gorda en el asesinato en Estambul del opositor saudí Jamal Khashoggi, de la campaña del príncipe Mohamed bin Salmán para purgar a decenas de díscolos dentro de la Familia Real saudí y, más importante para este caso, ofreció su beneplácito a Arabia Saudí para liderar una ruptura con Catar. La llegada de Joe Biden es vista con reticencias desde la Península Arábiga, así que Arabia, que ya no puede presionar con su posición geopolítica como sí puede Emiratos Árabes, debe jugar sus pocas cartas para balancear que Estados Unidos no convierta en política de Estado su lucha contra Arabia en la defensa de ciertos derechos humanos –como Biden pretende hacer con China y Rusia- y, para ello, puede ofrecer dos bazas: Yemen y Catar. La segunda, además, entró en consonancia con la campaña de retirada de Trump que, desde 2020, ha tratado de firmar numerosos acuerdos –más artificiales que materializados en el terreno- con numerosos socios, entre los que entraría el de Catar.

Para saber más: El caso Khashoggi.

Por su parte, Catar recibió el primer revés en esta revisión unilateral con sus vecinos ya en febrero de 2021, cuando la Corte Internacional de Justicia (CIJ), Tribunal superior de la ONU, desestimó su caso -aunque responde a una demanda previa a este momento-. Catar denunció en 2018 a Emiratos Árabes ante la CIJ por violar la Convención Internacional sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Racial, de 1965. La CIJ sostuvo la objeción presentada por los Emiratos Árabes ya que consideraba que la discriminación racial no podía ser incluida en la nacionalidad, de modo que el ostracismo catarí no respondería ante los estándares del racismo. Asimismo, ante la disyuntiva terminológica, el tribunal de La Haya se declaró incompetente “para examinar la solicitud presentada por Catar”.

La nueva era de Catar tras el bloqueo

Sí es verdad que cabe esperar cesiones por parte de Catar en cuanto a la relación con sus vecinos pero no la demanda inasumible de rendición que suponía el ultimátum de 2017, ya que implicaba un cambio completo de sus relaciones estratégicas con Turquía y de sus relaciones coyunturales con Irán, que ahora han logrado normalizar gracias a la presión, precisamente, para boicotearlas.

Por lo pronto, se podría estar viendo un cambio en cierta línea editorial de Al-Jazeera, el medio de comunicación bandera de Catar. Con la agresividad de Emiratos a causa de la Hermandad, de Bahréin por el alojamiento de opositores, de Egipto por el apoyo a los aliados de Mursi y de Arabia por la relación con Irán como principales patas del contencioso; todos coincidían en que la cadena catarí –probablemente la más importante del mundo árabe- estaba ofreciendo al globo una imagen muy negativa de Arabia Saudí y de Egipto, especialmente a raíz del golpe de Estado de Abdelfatah al-Sisi contra Mohamed Mursi y por su cobertura sobre la Primavera Árabe desde 2011, gracias a la cual llegaron al poder Mursi y los HHMM en Egipto. Por ello exigieron nada menos que su clausura por parte del gobierno catarí. Esta renuncia habría sido absolutamente lesiva para el poder blando del país árabe y habría sido una de las piezas más fuertes para un seguidismo ante Arabia Saudí que no estaban dispuestos a ofrecer. Tras la reconciliación sobre el papel en Al-Ula, Al-Jazeera no estaría siendo tan dura con la cobertura de la asertiva política exterior emiratí, el aniversario de la Primavera Árabe –que cumplía 10 años en 2021- y las críticas a la falta de respeto a los derechos humanos en Arabia Saudí. Por su parte, Egipto ha liberado a un nuevo periodista de Al-Jazeera tras el acuerdo con Catar, desde 2015 con las anteriores liberaciones. La detención fue por su papel en la supuesta difusión de noticias falsas así como su financiación desde el extranjero.

De hecho, a nivel geopolítico parece más probable que Arabia Saudí aproveche esta normalización para terminar de ponerse de perfil en la región, acercándose a países más neutrales como Kuwait u Omán, terminando de buscar una salida de Yemen para no entorpecer más sus relaciones con la Administración Biden y situándose en un tercer grupo entre los pro-turcos y los pro-emiratíes, aunque más cerca del segundo.

Parece más probable esto, como se dice, a que Catar se adjunte por esta “normalización” a las filas pro-emiratíes. Este escenario podría estropear sus actuales alianzas más o menos estrechas con Palestina, Irán y Turquía; así como los potenciales acercamientos que estos le ofrecerían en Libia, los países islamistas, los túrquicos o Yemen. Catar podría ejercer una aproximación así también a países como Afganistán, después de haber alojado, de hecho, las conversaciones de paz entre el gobierno afgano y los talibanes; o Pakistán, dada la excelente relación que ha crecido en estos años con los países túrquicos. Turquía está tejiendo toda una red de alianzas donde Catar es un pilar que podría aprovechar su situación para crecer en la región, como se ha visto que los turcos están favoreciendo alianzas y contratos entre sus socios: el Consejo Túrquico en Asia Central, las inversiones de Irán en Azerbaiyán, etc. Y al mismo tiempo, Catar podría aprovechar su situación como país árabe para mantener buenas relaciones, aunque puedan no ser estratégicas, con todos los países del Golfo, siendo quizás de los pocos capacitados hoy en día para mantener buenas relaciones con los países árabes y los no árabes del mundo musulmán.

Antropólogo, profesor y biólogo especializado en gestión de socioecosistemas. Ahora me dedico al análisis de política internacional.

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