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La demonización de la migración haitiana en Estados Unidos

Repatriado haitiano es examinados antes de abordar el barco de la Guardia Costera estadounidense BOUTWELL para regresar a Haití
Repatriado haitiano es examinados antes de abordar el barco de la Guardia Costera estadounidense BOUTWELL para regresar a Haití

El 10 de septiembre de 2024 se celebró el primer debate entre la demócrata Kamala Harris y el republicano Donald Trump, candidatos de los principales partidos en las elecciones presidenciales de Estados Unidos, que se celebraron el 5 de noviembre. Horas antes, Trump y sus asesores de campaña agitaban un fantasma ya conocido en el imaginario colectivo del votante medio estadounidense: la migración haitiana.

Si, en general, los ciudadanos estadounidenses tienden a manifestar su recelo hacia quienes vienen de fuera, concretamente de los países que integran el sur global, hay un migrante concreto al que no solo repudian, sino que también temen: el haitiano.

Precisamente con los naturales de esta nacionalidad se ha cebado el último exabrupto de Trump, quien ha contribuido a difundir el falso rumor de que los haitianos establecidos en el estado de Ohio habrían sembrado el pánico, raptando y devorando las mascotas de sus respetables vecinos, concretamente en Springfield –ejemplo que él cita explícitamente en su alocución–. Probablemente, el votante republicano medio no se detenga a contrastar el bulo propagado por el aparato propagandístico que rodea al presidente electo.

Haitianos en Estados Unidos

Sea como fuere, interesa, primero, refutar la afirmación difundida por los altavoces republicanos: los haitianos exiliados, o refugiados, en Estados Unidos, ni raptan, ni comen mascotas. Y, a continuación, conviene explicar la aparición de esta noticia falsa: en un contexto en el que el Partido Demócrata “resucitó” de la mano de Harris, tras la renuncia del presidente Joe Biden a una nueva carrera presidencial, Trump y sus asesores eran conscientes de que la balanza se decantaba entonces del lado de sus adversarios.

Por consiguiente, hicieron buena la máxima de “situaciones desesperadas reclaman medidas desesperadas” y apelaron, como se ha indicado, a lo fácil: al elemento propagandístico que, cierto o no, podía remover las conciencias asustadizas de su electorado y, previsiblemente, lo arrojaría en brazos del exinquilino de la Casa Blanca. 

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Como se apuntaba al principio, el fantasma de la migración haitiana en Estados Unidos ha existido desde que este país proclamó su independencia y, casi de inmediato, debió convivir con una colonia francesa de mayoría aplastante africana que, dos décadas más tarde, proclamaría también su independencia: la República de Haití. De hecho, esta última, nacida el 1 de enero de 1804, dejó atrás el logro de la joven nación norteamericana, al convertirse en la primera república negra independiente de la historia.

Entonces comenzó, en el norte, a hacer acto de presencia el miedo a los vecinos caribeños del sur. Primero fue el miedo a la propagación de la migración haitiana, no en tanto que migración económica buscando un futuro mejor en Norteamérica, sino como factor de contagio de un “espíritu insurreccional” negro poco o nada deseable, considerando las ingentes cantidades de esclavos africanos que trabajaban en las plantaciones de los estados del sur de Estados Unidos.

A este miedo inicial al negro haitiano siguió su demonización absoluta, común al resto de naciones “civilizadas” europeas: aunque Estados Unidos hubiese proclamado su independencia liberándose del yugo de Gran Bretaña, británicos, estadounidenses, franceses, españoles y, en general, todas las naciones compartían su común repudio a la República de Haití, cuyo ejemplo no debía cundir en ninguna otra parte del planeta. 

El siglo XIX estuvo jalonado de manifestaciones de un protoimperialismo mediador estadounidense, en el contexto de tensiones permanentes entre Haití y la República Dominicana, por su parte independizada en 1844.

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En el decenio siguiente, la nación dominicana, necesitada de apoyo internacional ante una eventual invasión de Haití, apeló al respaldo estadounidense que, en esta ocasión, se ofreció a prestar su auxilio militar a cambio de dos concesiones: la primera, de naturaleza estratégica, consistía en acceso comercial a la bahía de Samaná, en el sur de La Española, en territorio de jurisdicción dominicana; la segunda, de carácter cultural.

Precisamente esta segunda concesión es determinante, pues si los dominicanos querían que Estados Unidos, entonces un país todavía esclavista, mantuviese relaciones de amistad con ellos, en su mayor parte también con ascendencia africana, debían eliminar cualquier elemento de africanidad en la definición de su nueva identidad nacional. Solo de esta forma el apoyo a la República Dominicana sería comprendido, e incluso respaldado, por los miembros de la buena sociedad estadounidense, que entonces aún consideraban a los africanos y sus descendientes como “salvajes”. 

El siglo XX

Las complicadas relaciones entre Estados Unidos y Haití, marcadas por la demonización de este último por aquel, reaparecerían a comienzos del siglo XX, de la mano de un episodio terrible de la historia haitiana: el brutal asesinato del presidente Guillaume Sam, en 1915.

Asesinado por la élite de Port-au-Prince, que lo persiguió hasta la embajada francesa, donde Sam se había refugiado, para apresarlo, darle muerte y descuartizar su cadáver en las calles de la capital, Sam ejemplificó para el gobierno de Woodrow Wilson el extremo al que podía llegar la “barbarie” de un pueblo como el haitiano, a menos que, otra vez, su “civilizado” vecino del norte mediase para poner calma y restablecer el orden.

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Como suele suceder con las intervenciones armadas occidentales imbuidas de un “mesiánico espíritu civilizador”, los motivos reales tras la intervención de Estados Unidos eran mucho más prosaicos: el deseo de expulsar a los comerciantes alemanes que operaban en Port-au-Prince, posibilitando el suministro exterior del país, para de esta forma conjurar la posibilidad de que, en plena Primera Guerra Mundial, Haití se convirtiese en una base alemana de operaciones contra Estados Unidos.

Y, de paso, el inicio de una ocupación norteamericana de Haití que se prolongó 19 años, hasta que en 1934 Franklin D. Roosevelt decidió evacuar el país, que había sido “esquilmado” por empresas norteamericanas, había vivido una guerra interna contra la ocupación –por los guerrilleros conocidos como cacos–, y que respondió al racismo extremo de la administración estadounidense con un movimiento de reivindicación de su propio orgullo cultural: el noirismo

Las intervenciones de los vecinos septentrionales, lejos de solucionar el caos, no hicieron sino empeorarlo. De este modo, originaron una desintegración estatal plena en Haití que, conforme avanzamos hacia la mitad del siglo XX, y en las décadas de la posguerra mundial, empujó irremediablemente a la población a huir, buscando, ahora sí, un porvenir mejor fuera de sus fronteras. Tal ocurrió durante la Era Duvalier, protagonizada por François Duvalier (1957-1971), papa doc, y su hijo Jean-Claude Duvalier (1971-1986), baby doc.

Mapa "Etnias en Estados Unidos"
Mapa "Etnias en Estados Unidos". Fuente: Descifrando la Guerra

Durante tres décadas, el Estado haitiano se convirtió en una herramienta de terror represor, personalizado en los tristemente célebres tontons macoûtes, que ejercieron una violencia despiadada contra cualquier intento de disidencia o contestación al clan gobernante (Abbott, 1991). Sumida en la pobreza más absoluta, pues la ayuda económica de la Alianza para el Progreso se canalizaba a través de los Duvalier, y amenazada de muerte, la población haitiana migró en masa a Estados Unidos. 

Ya entonces fue objeto de severos controles en la entrada al país, y originó una controversia entre el procurador Benjamin Civiletti y el obispo de Brooklyn, Francis J. Mugavero, a finales de los 70. Empeñado este último en que se acogiese a quienes huían para escapar de la represión, la tortura y la miseria, concediéndoseles el asilo, chocó con el afán de Civiletti de sobreponer los intereses de la seguridad nacional a la cuestión humanitaria.

Fue la administración de Jimmy Carter la que se interesó por seguir la pista de los emigrados que regresaban a Haití, organizando una comisión que, en el año 1979, recorrió varios enclaves haitianos, con el fin de interrogar a los retornados e indagar sobre sus razones para huir, primero, y para volver, después.

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Más allá de constatar la supuesta persecución política, alegada a su entrada en Estados Unidos, pero que apenas se mencionaba una vez habían regresado a Haití, el tono y la intensidad de la investigación parecería revelar una cierta preocupación por detectar los motivos que provocaban esa migración, tan preocupante para los estadounidenses, con miras a erradicarla y, de este modo, tranquilizar los ciudadanos de la superpotencia.

Los años 90 asistieron a otro episodio de xenofobia y bulos asociados a los migrantes haitianos, que fluyeron en cantidades ingentes a Estados Unidos tras la operación militar que derrocó el primer gobierno de Jean-Bretrand Aristide, en 1991, para instaurar en su lugar la dictadura de Raoul Cédras (1991-1994). En los años de ascenso de los contagios de SIDA, los haitianos fueron culpados de provocar un incremento de los casos en el país, suscitando una oleada de pánico que, entre otros factores, movió a la administración Clinton a dar marcha atrás y consentir en el regreso de Aristide al poder en 1994.

Siempre y cuando, eso sí, el ahora restaurado presidente abandonase su programa inicial y se plegase a los dictados económicos de Washington y la OEA. En décadas venideras, hasta fechas recientes, quien encarnaría el nuevo miedo visceral al haitiano, o mejor dicho lo redoblaría, sería el gobierno dominicano, cuya Corte Constitucional, en 2013, llegó al extremo de aprobar una ley que anulaba la ciudadanía de los dominicanos descendientes de haitianos, con carácter retroactivo, entre 1929 y 2010.

Recapitulando, el último episodio protagonizado por Donald Trump y sus asesores de campaña en el Partido Republicano recuperaba el grito de “que viene el lobo”, aplicado, otra vez, a un contexto cuya inseguridad se explica, en buena medida, por la indolencia de las naciones que le rodean. Haití se desangra desde hace décadas, pero en especial desde el 7 de julio de 2021, cuando el presidente, Jovenel Moÿse, murió asesinado, sin que a día de hoy se haya esclarecido el caso, ni se haya procedido a designar a un sucesor.

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Ariel Henry, quien asumió ese cargo con carácter interino, en medio de fuertes protestas y luchas entre facciones políticas, ha sido incapaz de retomar el control de la situación interna del país. Hasta el extremo de que, el pasado mes de marzo de 2024, las bandas y guerrillas, que han proliferado a lo largo y ancho de la geografía haitiana, impidieron su regreso al país desde Nairobi, donde había acudido para obtener apoyo militar con el fin de restablecer la gobernabilidad en Haití.

Toda ayuda externa será probablemente bienvenida en el país, siempre y cuando se limite a observar, preguntar, ofrecer y retirarse cuando la situación vuelva a su cauce, en algún momento que se aventura más lejano que cercano. Mientras se prolongue la interinidad, a la espera de optar por un candidato presidencial que goce del visto bueno de los actores transnacionales de la región, la población haitiana seguirá pereciendo, víctima de la violencia, de la miseria, o de ambas.

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