
La capacidad de Donald Trump para reproducir narrativas y discursos que escapan de los márgenes de la lógica política es algo que el electorado estadounidense ya asimiló durante la campaña presidencial de 2016, en la que derrotó a la candidata demócrata Hillary Clinton. En aquel entonces, se presentaba ante los votantes como un outsider que llegaba a la política para desmantelar un sistema que, según su discurso, estaba dominado por unas élites demócratas corruptas que habían abandonado a las familias blancas de clase media.
Trump afirmaba que las políticas desarrolladas por los demócratas fomentaban la llegada masiva de inmigrantes que arrebataban los empleos de los ciudadanos estadounidenses. Las polémicas declaraciones dirigidas contra las personas llegadas principalmente de América Latina no eran nuevas en su trayectoria; ya en sus años como magnate de los negocios y figura pública había protagonizado denuncias por discriminación racial y episodios en los que adoptaba un discurso que criminalizaba a minorías vulnerables, especialmente a los colectivos afroamericanos y a las comunidades de inmigrantes, vinculándoles con la delincuencia y la inseguridad.
Depresión y declive en el medio oeste
El discurso antiinmigración y el señalamiento de colectivos han sido ejes centrales desde sus inicios. La maquinaria política de la nueva derecha radical estadounidense, liderada por Trump y que había tomado el poder absoluto del Partido Republicano, fue capaz de detectar un malestar que permanecía latente en ciertos grupos poblacionales, provocado en parte por una globalización que, desde la perspectiva de estos sectores, en lugar de haber generado beneficios y progreso para sus comunidades, únicamente había producido efectos negativos.
Es bien conocido que muchas corporaciones, incluidas las estadounidenses, adoptaron medidas de desinversión y deslocalización, trasladando plantas de producción a países como China o México y generando sistemas logísticos absolutamente globalizados. Los inversores movían su capital fuera de Europa y Estados Unidos, donde los salarios eran más altos, con el objetivo de aprovechar la desprotección social, la falta de derechos laborales y la mano de obra barata de países del Sur Global para maximizar sus beneficios.
La globalización, entendida así, dio lugar a cadenas de suministro optimizadas al máximo, que en aquel momento parecían sistemas robustos perfectamente engrasados, capaces de resistir cualquier embate. Sin embargo, esa misma lógica generó un profundo malestar social y un cambio en las prioridades y en el enfoque político de amplias masas demográficas. Es muy posible que, durante aquella vorágine globalizadora, los efectos socioeconómicos de esas políticas y el malestar que iban a generar a medio plazo no se calibraran en toda su magnitud.
Aunque el foco parecía estar en el auge de las nuevas tecnologías y las historias de éxito de Silicon Valley, en Estados Unidos coexistían otras realidades que no replicaban ese paradigma. La industria manufacturera, la agricultura y el sector energético siempre han sido pilares fundamentales de la economía estadounidense, pero los efectos de una globalización diseñada únicamente para maximizar beneficios golpearon de manera frontal a los trabajadores de estos sectores.
Cuando Donella Meadows, doctora en Biofísica por la Universidad de Harvard, reflexionaba sobre teoría de sistemas, planteaba que todo sistema mínimamente complejo, independientemente del ámbito en que opere, suele estar acompañado de bucles de retroalimentación. Estos mecanismos sistémicos actúan como elementos de causalidad que buscan alcanzar un equilibrio y que, si se activan en el momento y con la intensidad adecuada, pueden estabilizar el sistema y aumentar su resiliencia ante los cambios.
Siguiendo esta mirada, se puede plantear que los cambios que desestabilizaron las economías locales del medio oeste no fueron adecuadamente compensados. Administraciones de ambos signos políticos, como las de George W. Bush y Barack Obama, no lograron ofrecer mecanismos compensatorios suficientemente relevantes que estabilizaran las golpeadas economías y maltrechos mercados laborales de las regiones más perjudicadas.
Áreas y grupos poblacionales que, teniendo en cuenta la realidad demográfica y el sistema de sufragio presidencial en Estados Unidos, eran muy relevantes –al menos, desde el punto de vista electoral– se vieron afectados. Estados del sur, como Tennessee o las Carolinas, y del medio oeste, como Michigan o Pensilvania, vieron el cierre de fábricas textiles, de automoción y de electrodomésticos, entre otras, y la consecuente pérdida de empleos.
Territorios mineros como el de los Apalaches, que históricamente han experimentado un desarrollo menor en comparación con las áreas costeras, también se vieron afectados por las políticas energéticas y acusaron el impacto socioeconómico del declive de la industria del carbón, hasta entonces una de sus principales fuentes de riqueza. De manera similar, comarcas rurales se vieron afectadas por la entrada de alimentos importados a precios con los que no podían competir.
La revancha que prometía Trump
Ciertamente, los efectos de la globalización en comunidades como las mencionadas fueron más profundos de lo que en un principio podría parecer y generaron una realidad dual, en la que las costas disfrutaban de un potente desarrollo a lomos de las empresas tecnológicas, al tiempo que otros territorios sufrían una dolorosa decadencia. Las políticas demócratas de la era Obama, que en gran medida mantuvieron un enfoque continuista respecto a las prácticas de deslocalización impulsadas por la globalización, bien podrían haber sido la gota que colmó el vaso.
Prácticamente desde el inicio de su carrera presidencial, Obama fue tildado de elitista y percibido como un político distante respecto de la realidad de los trabajadores manuales que veían desaparecer la economía que sustentaba sus puestos de trabajo. De este modo, en ciertos sectores comenzó a adquirir una imagen snob, como un político que favorecía a las élites sociales urbanas con formación universitaria, mientras dejaba a los trabajadores de manufactura a su suerte. En la nueva época que se abría, donde las placas tectónicas del poder global estaban acelerando su movimiento, estos trabajadores, perdedores en definitiva de una guerra comercial, eran en su mayoría personas blancas de clase media trabajadora.

En este contexto, se crearon las condiciones perfectas para el surgimiento de un movimiento reaccionario, encabezado por un político oportunista capaz de capitalizar un descontento ya palpable en regiones que serían decisivas para alcanzar el poder en Washington; se abrió una ventana de oportunidad para una narrativa de corte populista que lograra modular un discurso dirigido a los left behind, profundamente enfadados con un sistema que sentían que los ninguneaba y les daba la espalda; alguien que les prometiera volver a ser los protagonistas de una América para los blancos y, al mismo tiempo, les ofreciera un enemigo al que culpar de sus males.
El personaje que reunía todos los requisitos necesarios apareció, y estaba excepcionalmente cualificado para la tarea. Donald Trump les ofreció un discurso cargado de resentimiento, dándoles la oportunidad de canalizar su ira hacia aquellos que se encontraban en una situación más precaria. A quienes, durante los últimos 20 años, habían sido testigos del deterioro constante de sus ciudades, el cierre de fábricas y la pérdida de empleos, les aseguró que eran víctimas de una élite globalista que acabaría con su modo de vida y les arrebataría sus puestos de trabajo, ya fuera para llevarlos a China o para que los ocuparan inmigrantes llegados de países centroamericanos y sudamericanos.
Les presentó un mensaje sencillo y emocional, un eslogan absoluto y directo en el que se identificaban, principalmente, a dos responsables de su situación: por un lado, las políticas woke impulsadas por la administración Obama, que los había abandonado; y, por otro, los inmigrantes que venían a robarles sus empleos. Sin embargo, la retórica de Trump no quedó ahí, ni mucho menos.
El líder republicano extendió su discurso radical para incluir una serie de atributos que criminalizaban a todo el colectivo de inmigrantes latinoamericanos, colocándolo en el centro de la diana: violadores, asesinos, convictos o "locos", entre otros descalificativos. Donald Trump dirigía su ataque hacia uno de los grupos más vulnerables, el de los inmigrantes pobres que cruzaban el Río Grande. Les aseguró a todos aquellos estadounidenses blancos de clase media del medio oeste que se sentían traicionados por el sistema que, además de venir a quedarse sus empleos, estos elevarían los niveles de inseguridad.
A partir de este discurso, Trump escaló en sus declaraciones y lanzó propuestas que, por irracionales que puedan parecer, resonaron en el electorado al que él persuade y lograron moldear su imaginario. Con su discurso de odio, Trump mide hasta dónde puede llegar, sin líneas rojas que no esté dispuesto a cruzar. Trump observa sus propias fuerzas y su propia capacidad para incitar a sus seguidores a una posible revuelta violenta, si es necesario.
Cuando el expresidente, durante un acto de campaña en Pensilvania, sugirió un “día realmente violento” para acabar con una delincuencia descontrolada que, según él, azota al país, estaba marcando un camino. Una vez más, apuntaba hacia las personas inmigrantes como responsables de un supuesto aumento de la delincuencia e inseguridad en las calles de las ciudades estadounidenses. La lógica era simple: primero se denuncia que decenas de miles de criminales están invadiendo la frontera sur de manera ilegal y, después, se les culpa de una falsa crisis de seguridad.
Muchos compararon la ocurrencia con el guión de la saga de películas La Purga, ambientada en un Estados Unidos distópico y de corte fascista que es gobernado por unos nuevos "Padres Fundadores". En estas las películas, una vez al año y durante una noche, todos los crímenes, incluido el asesinato, están permitidos y quedan eximidos de consecuencias legales. En la ficción, los gobernantes que dirigen Estados Unidos justifican la medida argumentando que permite a la población liberar su ira acumulada y “limpiar” la sociedad de los individuos más “indeseables”. En cualquier caso, semejante afirmación evidenciaba la capacidad de Trump de empujar hacia los límites el tablero político estadounidense, consolidando así una dinámica que ha persistido con el paso de los años.
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