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Irán e Israel ante la guerra por el futuro de Oriente Medio

La guerra entre Irán e Israel trasciende lo puramente militar: es un choque entre dos visiones contrapuestas sobre el futuro de Oriente Medio.
La guerra entre Irán e Israel trasciende lo puramente militar: es un choque entre dos visiones contrapuestas sobre el futuro de Oriente Medio. Fuente: Benjamin Netanyahu

El ataque de Israel contra Irán del pasado 13 de junio ha supuesto no solo el colapso de las negociaciones para alcanzar un acuerdo nuclear, sino también la apertura de un nuevo frente de guerra en Oriente Medio que amenaza con tener consecuencias económicas globales. Si las rutas energéticas clave, como el estrecho de Ormuz, se ven afectadas, las repercusiones llegarán con rapidez a Occidente.

El Estado hebreo ha defendido la ofensiva como una acción “preventiva” frente a una supuesta amenaza inminente de que Irán construyese una bomba nuclear. Sin embargo, no existe evidencia creíble que respalde tal afirmación. Los informes más recientes del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), publicados justo un día antes del ataque, criticaban la falta de transparencia de Irán, pero reiteraban que no estaba desarrollando armamento nuclear.

Incluso la inteligencia estadounidense ha confirmado que la República Islámica no se encuentra actualmente en proceso de construcción de un arma atómica. A pesar de ello, Israel ha interpretado el informe del OIEA como una situación de emergencia. En este contexto, el ataque israelí se presenta como una maniobra unilateral, cuyo verdadero objetivo dista mucho de ser la no proliferación nuclear.

Para ampliar: La doctrina nuclear de Irán ante la rivalidad con Israel

La reacción inicial desde Irán fue de total sorpresa. Los dirigentes iraníes confiaban en que las negociaciones nucleares en curso con Estados Unidos, mediadas por Omán, permitirían establecer un nuevo marco regulador, similar al Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA por sus siglas en inglés) de 2015, y devolverían cierta estabilidad regional.

Sin embargo, esta confianza no era unánime. Desde el inicio, los sectores principalistas del espectro político iraní criticaron duramente el proceso negociador, alegando que las exigencias estadounidenses –como la eliminación total del programa de enriquecimiento– apuntaban más al desmantelamiento de la soberanía nacional que a una solución diplomática real.

La señal más evidente de que algo se gestaba llegó apenas días antes del ataque. El miércoles anterior, se filtraron rumores sobre la evacuación de tropas estadounidenses en Bagdad y en bases del Golfo. Algunos medios estadounidenses hablaron entonces de una ofensiva israelí inminente. No obstante, Teherán, ocupado en preparar la sexta ronda de conversaciones en Omán, desestimó las señales.

El ataque sorpresa: una estrategia conocida

La campaña israelí del jueves 13 se desarrolló con una violencia notable. No sólo se dirigió contra instalaciones militares y nucleares, como Natanz y Fordow, sino que golpeó zonas residenciales. Una táctica ya empleada por Israel en sus campañas contra Hezbolá en Líbano y Hamás en la Franja de Gaza: aprovechar su superioridad en inteligencia para desestabilizar políticamente al adversario.

Natanz, por estar menos fortificada, fue uno de los blancos preferentes. Pero incluso expertos israelíes reconocen que un ataque convencional no puede desmantelar completamente el programa nuclear iraní. Solo podría retrasarlo. Y para que la destrucción fuese efectiva, sería necesaria una intervención terrestre, algo que el Estado sionista no puede hacer en solitario. De ahí que el apoyo estadounidense sea esencial en cualquier estrategia de ataque prolongado.

Diversos think tanks afines a la línea dura de Washington han propuesto un programa de bombardeos mensuales contra Irán para instaurar una guerra permanente de baja intensidad, doctrina que coincide con la estrategia israelí de desgaste regional.

Para ampliar: Israel ataca el programa nuclear iraní

Durante las primeras seis horas del ataque, Irán no activó sus defensas ni respondió. No obstante, desde la tarde del jueves, comenzó a lanzar misiles balísticos contra territorio israelí. Algunos de estos proyectiles, ya probados en la escalada militar de 2024, lograron burlar los sistemas antiaéreos de Israel e impactar en Tel Aviv y otras ciudades.

Irán posee miles de misiles almacenados en bases subterráneas, fuera del alcance de ataques convencionales. Esta capacidad disuasoria deja en evidencia la imposibilidad de destruir por completo su potencial defensivo mediante ataques aéreos.

Además, la ofensiva israelí no ha generado división interna en Irán, al menos hasta la fecha. Por el contrario, ha unificado al país en un momento en el que el gobierno atravesaba una crisis de legitimidad. Incluso sectores tradicionalmente críticos con la República Islámica han cerrado filas ante lo que consideran una agresión externa de carácter existencial.

Netanyahu y la "doctrina del Pulpo"

Desde la perspectiva del gobierno israelí, la guerra en la Franja de Gaza tras el 7 de octubre de 2023 no fue un episodio aislado, sino el inicio de una nueva estrategia regional. La operación se vio seguida por el asesinato de Ismail Haniyeh en un ataque selectivo en Teherán, bombardeos sistemáticos contra posiciones de Hezbolá en el sur de Líbano y objetivos de Ansarolá en Yemen. A finales de 2024, la inestabilidad en Siria derivó en la caída del régimen de Bashar al-Asad.

Lejos de interpretarlos como fenómenos desconectados, el Estado sionista enmarca todos estos acontecimientos en una narrativa de lucha contra lo que denomina los "tentáculos del pulpo iraní". Según esta doctrina –popularizada por altos mandos de seguridad israelíes–, Irán no solo respalda a actores armados en la región, sino que los dirige como extensiones operativas de su política exterior.

En consecuencia, Israel ha pasado de una estrategia centrada en “cortar los brazos” de este eje a una que apunta directamente a la “cabeza”: es decir, al Estado iraní. La contención ya no es suficiente. Ahora se impone, desde esta óptica, una política de neutralización preventiva. Esta transición táctica refleja también un cambio en los objetivos a largo plazo.

Para ampliar: Irán ataca a Israel con cientos de misiles balísticos

Más allá de la disuasión, Israel parece apostar por debilitar el aparato institucional y de seguridad de la República Islámica, con la expectativa –explícita o implícita– de provocar un colapso interno. En este contexto, sectores de la oposición iraní en el exilio han intensificado sus campañas mediáticas. Entre ellos, Reza Pahlaví, hijo del último sha, quien ha reiterado en los últimos días su apoyo a la ofensiva israelí, adoptando en redes sociales una retórica casi idéntica a la del primer ministro Benjamin Netanyahu.

Esa coincidencia discursiva ha generado malestar entre parte de la diáspora iraní, incluso entre quienes se oponen firmemente al régimen actual. En Irán, la reacción ha sido aún más negativa. La distinción que tanto Pahlaví como Tel Aviv insisten en establecer –entre el régimen islamista y “el pueblo iraní”– ha sido percibida como una fórmula ajena a la complejidad política del país y, para muchos, como una expresión de arrogancia externa.

En realidad, el tejido nacional iraní no se articula de forma tan binaria. Numerosos sectores críticos con la República Islámica mantienen, sin embargo, un fuerte sentimiento nacionalista que rechaza cualquier forma de injerencia extranjera. Las referencias al exilio alineado con potencias hostiles evocan memorias históricas dolorosas, como la alianza del grupo Muyahedin-e Khalq (MEK) con Saddam Hussein durante la guerra entre Irán e Irak en los años ochenta.

En este sentido, una visión histórica de largo plazo permite entender por qué ni Estados Unidos ni Israel son percibidos como agentes de mejora para la sociedad iraní, más allá del envoltorio propagandístico. Como señala el investigador Naveed Mansoori, la historia contemporánea de Irán pone de manifiesto la falta de sinceridad de las potencias occidentales respecto a sus promesas hacia el país.

Altas figuras de la cúpula militar iraní abatidas durante los ataques de Israel en junio de 2025.
Altas figuras de la cúpula militar iraní abatidas durante los ataques de Israel en junio de 2025. Fuente: IDF

Desde el golpe de Estado de 1953 contra el primer ministro Mohammad Mosaddeq –tras su decisión de nacionalizar el petróleo iraní–, las intervenciones foráneas no han traído consigo progreso ni estabilidad. Más bien han contribuido, en distintos momentos, a consolidar formas de represión interna o a bloquear procesos de soberanía nacional.

La retórica israelí –centrada en una supuesta “guerra contra el régimen, no contra el pueblo”– ha perdido eficacia dentro de la República Islámica. Para amplios sectores de la sociedad, el bombardeo de infraestructuras clave, la muerte de figuras civiles y los ataques a centros industriales no se interpretan como maniobras quirúrgicas, sino como actos hostiles dirigidos al país en su conjunto. La consecuencia inmediata ha sido un cierre de filas en torno a la soberanía nacional.

Estados Unidos ante la guerra entre Israel e Irán

Estados Unidos mantiene una posición ambigua. Desde hace años participa en ejercicios militares conjuntos con Israel orientados a una posible intervención en Irán. En 2002, una simulación reveló que una guerra directa contra Irán terminaría mal para Washington. Pero estos ejercicios continuaron: el último, en 2023, en el mar Mediterráneo.

A nivel político, el discurso estadounidense hacia Irán ha sido constante: demonizar al régimen, deslegitimar sus intenciones nucleares y tacharlo de Estado irracional. Cualquier voz que defienda el diálogo, como el National Iranian American Council (NIAC), es acusada de difundir propaganda del régimen. Esto impide un debate público sólido sobre la política exterior hacia Irán. Incluso el presidente Donald Trump, a pesar de su retórica agresiva, buscó en varias ocasiones un nuevo acuerdo. Pero la administración actual parece atrapada en la lógica de la escalada.

Algunos analistas iraníes creen que Trump permitió las negociaciones en Omán solo para distraer a Teherán mientras Israel preparaba su ataque. Otros consideran esta hipótesis demasiado sofisticada para una administración notoriamente errática. En ambos casos, se coincide en que Netanyahu ha forzado la mano de Estados Unidos con el objetivo de implicarlo militarmente.

Irán y la amenaza a su supervivencia

El impacto del ataque ha sido profundo. Hasta ahora, las voces moderadas dentro del espectro político iraní apostaban por mantenerse dentro del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) y avanzar hacia un acuerdo. Pero, tras el 13 de junio, incluso estas corrientes se acercan a la tesis principalista: cruzar el umbral nuclear como única garantía de supervivencia.

El politólogo principalista Abolfazl Bazargan ha sido claro en este sentido: solo una disuasión real, basada en armamento nuclear, puede proteger a Irán de una estrategia occidental que ya destruyó Irak, Libia o Siria mediante guerras híbridas y sabotajes prolongados. Desde esta perspectiva, Teherán no sólo defiende su régimen o su programa nuclear; defiende su existencia como Estado. Los objetivos seleccionados por Israel lo demuestran: instalaciones petroleras, depósitos de gas, infraestructura estratégica y asesinatos selectivos de figuras clave. 

Para ampliar: Irán: cultura estratégica y capacidades defensivas

Lo que Israel quiere es un Irán neutralizado, un país es desestabilización casi permanente, tal y como sucede en Siria. Tel Aviv prefiere caos antes que ver un Estado con capacidad militar y política de oponerse a sus diseños de dominación regional

Desde la óptica de Teherán, los asesinatos selectivos de altos mandos del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (IRGC) han revelado una brecha tecnológica muy clara entre Irán y el eje formado por Israel y Estados Unidos. La superioridad occidental en materia de inteligencia, vigilancia satelital y capacidades de infiltración ha quedado demostrada con operaciones ejecutadas mediante drones lanzados, en algunos casos, desde dentro del propio territorio iraní.

Esta dinámica pone en evidencia las debilidades de los sistemas de contrainteligencia iraníes y la capacidad de penetración de redes operativas extranjeras, algo que genera una creciente preocupación en los círculos de seguridad de la República Islámica. Sin embargo, más allá de la dimensión tecnológica, la guerra convencional ofrece un panorama distinto.

Irán ha desarrollado un sistema de disuasión basado en su programa de misiles balísticos, que, a diferencia del sofisticado escudo antimisiles israelí, se caracteriza por su bajo coste y elevada capacidad de producción. La ecuación financiera no es menor: cada misil iraní, relativamente barato, exige a Israel el uso de interceptores cuyo coste supone un gasto de miles de millones de dólares. Estos recursos, además, provienen en buena parte de la asistencia militar estadounidense, una cuestión cada vez más debatida en el Congreso de Washington.

El contexto internacional complica aún más esta dinámica. Analistas como Sina Toossi han señalado que la guerra en Ucrania ha tensado los suministros de interceptores estadounidenses, lo que limita la capacidad de Estados Unidos para abastecer simultáneamente a Kiev y a Tel Aviv. Esta escasez podría repercutir en la eficacia del sistema de defensa israelí.

Para ampliar: Estados Unidos y la próxima guerra con Irán

A este factor se suma una dimensión menos valorada en los análisis occidentales: la capacidad de resiliencia del complejo militar-industrial iraní. Forjado durante más de cuatro décadas de sanciones internacionales, el aparato de defensa de Irán se ha desarrollado con criterios de autosuficiencia y adaptación. Según estimaciones publicadas en medios oficiales iraníes, el país estaría en condiciones de mantener su actual ritmo de producción y lanzamiento de misiles durante un periodo prolongado.

Las imágenes que han trascendido desde Israel muestran algunos fallos en el sistema de defensa multinivel desplegado por Tel Aviv. Estos fallos erosionan la narrativa oficial del gobierno israelí sobre su capacidad de protección ciudadana y alteran el imaginario estratégico en el que se basa buena parte del consenso interno israelí: la idea de que el país puede mantener su seguridad en un entorno regional profundamente hostil.

Esta percepción ha sido explotada por otros actores del Eje de Resistencia, especialmente Ansarolá –el movimiento con base en Yemen–, que ha compartido tácticas y estrategias con Irán. Uno de los objetivos clave de esta colaboración ha sido crear una sensación de inseguridad permanente en la población israelí. A través de ataques sostenidos, buscan forzar a la ciudadanía a permanecer en refugios antiaéreos durante largos periodos, afectando la vida cotidiana y minando la confianza en la capacidad del Estado para garantizar su protección.

El futuro de la guerra entre Irán e Israel

En este escenario, los estrategas iraníes no descartan una eventual expansión del conflicto a otros frentes regionales. El golfo Pérsico, en particular, representa una zona de alta sensibilidad. Irán considera que Emiratos Árabes Unidos es uno de los eslabones más vulnerables de la alianza occidental, debido a su elevada exposición económica y su limitada profundidad estratégica.

No es casual que Abu Dabi se haya abstenido de alinearse claramente con Israel desde el inicio de las hostilidades. Un conflicto regional de gran escala podría golpear de forma devastadora a la economía emiratí, altamente dependiente de la estabilidad y del comercio internacional.

Arabia Saudí, por su parte, ha optado por una política de distensión con Irán en los últimos años, en parte como forma de evitar verse arrastrada a un enfrentamiento de alto coste. El acercamiento diplomático entre Riad y Teherán, materializado en 2023 con la mediación de China, ha sido interpretado por muchos analistas como un intento saudí de proteger su hoja de ruta económica –la llamada "Visión 2030"– de la volatilidad regional.

Equipos de rescate israelíes inspeccionan un edificio dañado por los ataques iraníes contra Tel Aviv.
Equipos de rescate israelíes inspeccionan un edificio dañado por los ataques iraníes contra Tel Aviv. Fuente: IDF

En cuanto al programa nuclear iraní, Teherán lo ha concebido más como una herramienta de negociación que como un camino efectivo hacia la bomba. Esta visión ha sido criticada durante años por los sectores más radicales del espectro político iraní, los llamados principalistas, que consideran excesivamente ingenua la apuesta por el diálogo con Occidente.

Sin embargo, incluso el exdirector de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA), Mohamed ElBaradei, reconocía en sus memorias que el programa nuclear iraní buscaba, más que la confrontación, el reconocimiento internacional como potencia regional. Por ello, en el acuerdo de 2015, la República Islámica aceptó limitaciones significativas, aunque logró mantener intacta su infraestructura de enriquecimiento de uranio.

Durante las cinco rondas de negociación indirecta con Estados Unidos en los últimos años, Teherán insistió en un enfoque basado en garantías verificables: levantamiento efectivo de las sanciones, respeto a su programa nuclear civil y reconocimiento de su papel regional. Para Israel, sin embargo, ese escenario constituía una amenaza estratégica mayor que cualquier arma atómica: un Irán reconocido, estable y no subordinado a la arquitectura de seguridad dominada por Washington y Tel Aviv. Por ello, Netanyahu y sus sucesivos gobiernos trabajaron activamente para torpedear el acuerdo desde sus inicios.

Para ampliar: Reformistas y principalistas iraníes ante el diálogo con Occidente

Desde la perspectiva iraní, el conflicto actual no gira prioritariamente sobre su programa nuclear, sino en torno a una cuestión más profunda: la voluntad política de mantenerse al margen del sistema de dominación regional articulado por Israel y respaldado por Estados Unidos. En este marco, los dirigentes de la República Islámica no ven la confrontación como un episodio más en la larga historia de tensiones con Occidente, sino como una crisis existencial.

Si Irán consigue atravesar esta etapa sin ceder a las exigencias de Washington –que incluyen el desmantelamiento de su autonomía estratégica, la paralización definitiva del enriquecimiento nuclear y el abandono de su presencia e influencia regional–, el desenlace supondría un punto de inflexión en el equilibrio geopolítico del sur global.

En última instancia, para Teherán, el conflicto no se reduce a un desafío militar ni a una mera pugna táctica, sino que se inscribe en una lucha estructural por la soberanía estatal y la posibilidad de resistir un orden regional diseñado desde fuera. Lo que está en juego no es únicamente el papel de Irán en Oriente Próximo, sino la afirmación de que un Estado del sur global puede sostener un proyecto autónomo y soberano frente a una arquitectura internacional que continúa operando bajo la lógica de la subordinación geopolítica.

En definitiva, el conflicto entre Israel e Irán no es un episodio aislado. Es una confrontación estructural entre dos visiones de la región: una, la del dominio militar y estratégico israelí con respaldo occidental; otra, la de un Irán que reclama autonomía, influencia y reconocimiento.

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