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La crisis de Nueva Caledonia hace caer al gobierno

Banderas de Nueva Caledonia y Francia
Banderas de Nueva Caledonia y Francia. Fuente: George Louis, bajo CC BY 3.0

Seis meses después del estallido de la violencia intercomunal, y al día siguiente del nombramiento de Manuel Valls como ministro de los Territorios de Ultramar, la crisis política en Nueva Caledonia entra en una nueva etapa. Con la renuncia en bloque del grupo Calédonie Ensemble, no solo cae el gobierno local, sino que la inestabilidad salta a las instituciones.  

El gobierno del nacionalista canaco Louis Mapou era uno de consenso. Las pulsiones independentistas del jefe del ejecutivo y de los otros cinco miembros pertenecientes a opciones políticas de esta línea ideológica resultaban compensadas por la presencia equitativa de figuras adscritas a L’avenir en Confidence, Calédonie Ensemble y L’Éveil Océanie; siendo los primeros representantes de la población europea no independentista moderada, y los últimos haciendo lo propio con los inmigrantes provenientes de Wallis y Futuna.

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De este modo, se pretendía generar estabilidad política en el archipiélago mediante el aislamiento de facto de Les Loyalistes de Sonia Beckès, una escisión del tradicional gaullismo que durante los últimos años ha protagonizado un paulatino acercamiento a Eric Zemmour. Por tanto, con la implosión del gobierno se esfuma la posibilidad de un “cordón sanitario”. 

Por su parte, los dimisionarios alegan como causa de su decisión el mal empleo de los fondos públicos de reconstrucción habilitados tras los disturbios de mayo de 2024. Según sus declaraciones, la administración local estaría actuando como un actor independiente de facto y amenazaría con endeudar por encima de sus capacidades financieras a la región. Estos argumentos han sido secundados por miembros de L’Avenir en Confidence y L’Éveil Océanie. 

Con Mapou perdiendo la hegemonía sobre las instituciones, Joël Tjibaou, hijo del histórico líder secesionista Jean-Marie Tjibaou, en prisión, y la desarticulación de la Unidad de Coordinación de Acciones sobre el Terreno (CCAT) –principal ente responsable de las relaciones entre partidos independentistas y militantes–, la opción separatista se ve empujada a vías de expresión fuera del juego político oficial. Este camino ha sido tanteado por el unionismo con la formación de milicias armadas de individuos étnicamente franceses para proteger los barrios europeos de Noumea durante los disturbios de mayo de 2024.     

Mientras los canales oficiales pierden legitimidad en Nueva Caledonia y la economía entra en recesión, las tensiones locales amenazan con convertirse en una crisis regional. Así se manifestó con la visita oficial de una delegación del Foro de las Islas del Pacífico (PIF) a finales de octubre de 2024. En aquella ocasión, al archipiélago se desplazaron Siaosi Sovaleni, ex primer ministro de Tonga, Mark Brown, primer ministro de las Islas Cook, Sitiveni Rabuka, primer ministro de Fiyi y Peter Agovaka, ministro de Exteriores de las Islas Salomón.  

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La comitiva representaba, además del temor del vecindario a una eventual desestabilización, el interés de las potencias regionales frente a la debilidad del Elíseo. Rabuka y Brown, vinculados cada uno a Australia y Nueva Zelanda respectivamente, actuaban como representantes no oficiales de dichos actores; al mismo tiempo, a la presencia tongana y salomonense se le atribuía una “mano china” al estar el gigante asiático altamente inmiscuido en sus políticas internas.

De este modo, tras las muestras de apoyo públicas a la soberanía francesa, se acumulan los intereses de aliados y rivales. Desde Estados Unidos, Australia y Nueva Zelanda enzarzados en una ofensiva diplomática “antichina” hasta Pekín tratando de consolidar su presencia en la región, pasando por actores terciarios que tratan de capitalizar el vacío de poder. Entran en la ecuación actores como Azerbaiyán, que apoya activamente al movimiento independentista en venganza a la histórica cercanía de París con Armenia.   

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