
Tras las elecciones de noviembre de 2025, Irak ha permanecido paralizado tanto por el flanco kurdo como por el chií, sin consensos para formar un nuevo gobierno.
En el frente kurdo, continuaba la disputa surgida tras las elecciones regionales de 2024 entre el Partido Democrático del Kurdistán (KDP) y la Unión Patriótica del Kurdistán (PUK), lo que impedía elegir a un nuevo presidente, cargo que tradicionalmente recae en un kurdo.
Mientras tanto, en el bloque chií, el primer ministro Mohammed Shia’ al-Sudani buscaba la reelección, enfrentándose al rechazo del resto de partidos chiíes, que respaldaron la candidatura de Nouri al-Maliki como contrapeso.
De fondo a toda la disputa política se encontraba el conflicto entre Estados Unidos e Irán, cuya guerra ha agravado todavía más las tensiones internas. Sin embargo, el alto el fuego de abril ha dado un respiro y varios actores han comenzado a mover ficha.
El PUK y la presidencia de Irak
El intento del KDP de conseguir la presidencia de Irak, como parte de su estrategia para hacerse con todos los puestos de liderazgo kurdos tanto en el Kurdistán como en Bagdad, ha fracasado.
Frente al monopolio que quería imponer el KDP sobre la política kurda, la PUK ha logrado romper el cerco trazando una alianza con los partidos sunitas y una parte de los partidos chiíes, tendiendo la mano al primer ministro Sudani.
Esto ha permitido la elección, el 11 de abril, de Nazir Amedi como nuevo presidente de la república. Amedi obtuvo 227 votos en la segunda vuelta. Su rival, Fuad Hussein, candidato del KDP y hasta ese día ministro de Asuntos Exteriores de Irak, quedó eliminado en la primera vuelta con solo 16 votos.
Esta ruptura de consenso fue consecuencia del colapso del PUK tras la muerte de su fundador en 2017, el presidente Jalal Talabani, lo que permitió al KDP convertirse en el partido kurdo dominante.
El líder del PUK, Bafel Talabani, ha trabajado sin descanso para recuperar el prestigio de su formación. Entre sus movimientos estuvo forzar al partido opositor Nueva Generación a formar una alianza mediante la detención de su líder, Shalwar Abdulwahid, a quien solo liberó tras cinco meses cuando este accedió a alinearse con el PUK.
En las elecciones kurdas de 2024, el KDP obtuvo 39 escaños frente a los 23 del PUK. Con los 15 asientos de Nueva Generación, Talabani cuenta ahora con 38. En Bagdad, Talabani también tendió la mano al destacado político suní Mohammed Halbusi y a Asaib Ahl Al-Haq, que empataron en tercer lugar en las elecciones, junto con Hikma, de Ammar Hakim, y el primer ministro Sudani, lo que facilitó la elección de Amedi.
Desde entonces, el KDP ha anunciado un boicot al Parlamento y ha propuesto que se celebren nuevas elecciones en el Kurdistán, ya que allí no se ha formado ningún nuevo gobierno desde los comicios de octubre de 2024.
El resultado podría desembocar en otro bloqueo prolongado en las instituciones kurdas o se podría estabilizar la situación en el Kurdistán iraquí volviendo al tradicional statu quo KDP-PUK de reparto del poder.
Sin embargo, este episodio reveló otro cambio más profundo en la política iraquí: la ruptura de los consensos tradicionales intra-kurdos. El PUK ya no se comporta como el socio menor en una ecuación kurda. Ha forjado un papel nacional independiente a través de sus alianzas con sunitas y chiíes, y está construyendo gradualmente relaciones externas que antes se mediaban a través de Erbil.
Si la presidencia del gobierno sigue ahora el mismo camino en el bloque chií, entonces los dos principales marcos políticos iraquíes surgidos tras 2003 –uno chií y otro kurdo– habrán quedado quebrados, dando paso a una nueva realidad política más fragmentada.
El campo chií, frágil unidad
El Marco de Coordinación chií ha nominado al empresario Ali al-Zaidi para el cargo de primer ministro. Se trata de un candidato de consenso entre los partidarios de Maliki y Sudani, actual primer ministro iraquí, que hace unas semanas publicó un artículo en Newsweek para intentar convencer a Washington de que respaldara un segundo mandato suyo.
Zaidi, que cuenta con un máster en Finanzas y Banca, es director del Banco Islámico Al-Janoob y director ejecutivo de Dijlah TV. También se encarga de la distribución de las tarjetas de racionamiento para el Ministerio de Comercio. Además, es propietario de los centros comerciales Taawon Hypermarket en Bagdad.
Su nominación parece contar con el visto bueno de Estados Unidos, que desde las elecciones de noviembre ha intervenido para influenciar en el proceso. Washington ha mostrado su desacuerdo con cualquier candidato que se perciba como demasiado cercano a Teherán.
Como parte de sus presiones, ha suspendido temporalmente la cooperación en contraterrorismo y el envío de dólares procedentes de las ventas de petróleo iraquí depositados en el Banco de la Reserva Federal de Nueva York.
Irak es el país más dependiente del petróleo del mundo, ya que más del 90% de su presupuesto se financia con las exportaciones de crudo. El cierre del estrecho de Ormuz ha colocado así a su economía en una situación muy delicada.
El objetivo de la Casa Blanca es conseguir un gobierno dispuesto a desarmar a las Fuerzas de Movilización Popular (PMF) y a la Resistencia Islámica de Irak, fuerza alineada con el Eje de la Resistencia e Irán. Pero esto pone a Bagdad en una posición imposible, viéndose obligado a intentar mantener un equilibrio entre las demandas estadounidenses y sus lazos con Teherán.
Aunque quisiera, el Estado no puede tomar medidas decisivas porque la propia Resistencia Islámica forma parte del gobierno. La detención de cualquier líder perturbaría a la élite iraquí y podría dar lugar a violencia. Se podría arrestar a oficiales de bajo rango como chivos expiatorios, pero en el pasado, cuando eso ha ocurrido, nunca han sido juzgados debido al poder de sus partidos.
Irán, además, es el mayor socio comercial de Irak. Bagdad depende del gas natural y la electricidad iraníes para alimentar su red eléctrica. Esto coloca al país árabe entre la espada y la pared.

Debe mantener su buena relación con Estados Unidos para retener acceso a sus ingresos petroleros para financiar el Estado, pero solo puede satisfacer superficialmente el deseo de Washington de acabar con la influencia iraní. Bagdad puede intentar apaciguar a la administración de Donald Trump, pero, en última instancia, su única esperanza es que pierda interés y ponga fin a las sanciones.
La elección de Ali al-Zaidi es ilustrativa de este equilibrio. Por un lado es una alternativa a Maliki, que ha sido rechazado por los estadounidenses como un candidato aceptable.
Pero, por otro, el empresario fue elegido en la residencia del presidente de las PMF, Falih al-Fayyadh, y con la presencia de Ahmad al-Hamidawi, líder de Kataeb Hezbolá, por quien Estados Unidos anunció recientemente una recompensa de hasta 10 millones de dólares por cualquier información sobre su paradero.
Además, el Banco Islámico Al-Janoob para la Inversión y las Finanzas que dirige Zaidi está sujeto a sanciones estadounidenses desde 2024 por acusaciones de blanqueo de capitales, fraude y uso ilegal de dólares. Esto muestra hasta qué punto todas estas redes están entrelazadas en la política iraquí y forman parte consustancial del sistema que ayuda a crear Washington tras la invasión de Irak.
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