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La alianza entre Siria e Irán tras la Revolución Islámica

Hafez al-Assad y Ali Khamenei el 6 de septiembre de 1984 en Damasco. Tras el triunfo de la Revolución Islámica en 1979, Siria e Irán formaron una alianza política y militar que duro hasta la caída de al-Asad.
Hafez al-Assad y Ali Khamenei el 6 de septiembre de 1984 en Damasco. Tras el triunfo de la Revolución Islámica en 1979, Siria e Irán formaron una alianza política y militar que duro hasta la caída de al-Asad. Fuente: Khamenei.ir

En términos generales, la caída de la dinastía Pahlavi, que había gobernado Irán desde 1925 hasta 1979, dio paso a la formación de una alianza entre la Siria baazista y la República Islámica de Irán. Aunque esta asociación se fue consolidando a lo largo de los años, no estuvo exenta de tensiones y divergencias.

Con el triunfo de la Revolución Islámica en 1979, Irán rompió con el bloque occidental y se posicionó como un actor desafiante dentro del sistema bipolar de la Guerra Fría. El nuevo liderazgo proclamó una identidad independiente, desvinculada de los valores predominantes tanto de Oriente como de Occidente, y buscó desarticular las estructuras e instituciones del imperialismo global con consignas como “independencia, libertad, República Islámica”.

El impacto de la revolución trascendió las fronteras iraníes. Para muchas comunidades islámicas, marcadas por la humillación y el sometimiento derivados del colonialismo y el imperialismo occidental, el movimiento iraní representó una fuente de inspiración y una nueva conciencia política. Este cambio alimentó un espíritu antiimperialista, especialmente una postura crítica hacia Estados Unidos, que se ha consolidado y extendido ampliamente en el mundo islámico durante las décadas posteriores.

Los inicios de la alianza Irán-Siria

Tras la firma de los Acuerdos de Camp David entre Israel y Egipto –que en 1978 significaron el reconocimiento de Israel por parte de El Cairo–, Siria se vio marginada en el conflicto árabe-israelí. En este contexto, la Revolución Islámica de 1979, cuyo principal objetivo era la destrucción del Estado sionista, presentó a Damasco una oportunidad estratégica única. No resultó sorprendente, por tanto, que la República Árabe Siria recibiera con gran interés el triunfo de esta revolución liderada por Ruhollah Jomeiní, considerando que este nuevo enfoque revolucionario podía reforzar su posición en la región.

La guerra entre Irán e Irak de 1980-1988 fue el primer escenario en el que se evidenció el desarrollo práctico de la alianza entre Siria e Irán. Tanto Hafez al-Asad como la República Islámica de Irán consideraron fundamental la estrecha coordinación de sus políticas para hacer frente a la amenazas iraquíes. Tras la invasión de Irán por parte de Saddam Hussein, Damasco comenzó a proporcionar un valioso apoyo diplomático y militar a Teherán.

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La alianza entre ambos países se consolidó en marzo de 1982, cuando una delegación siria de alto nivel, encabezada por el ministro de Relaciones Exteriores Abd al-Halim Khaddam visitó Teherán y firmó una serie de acuerdos bilaterales en los ámbitos del petróleo, comercio y militar. Este último pacto permitió el envío de material pesado de armas desde Siria hacia Irán, fortaleciendo aún más la colaboración entre ambos países durante el conflicto. Asimismo, Damasco utilizó sus contactos diplomáticos para intentar presionar a los monarcas de Arabia Saudí y Jordania, instándolos a que convencieran a Hussein para que detuviera la guerra.

A principios de 1983, Siria consolidó su presencia militar en el cuartel general del Ministerio de Defensa iraní, donde comenzó a proporcionar asesoramiento estratégico e inteligencia sobre las tácticas militares de Irak. Además, ofreció formación a las fuerzas iraníes en el uso de armamento soviético.

En paralelo, Damasco emprendió acciones para debilitar económicamente al gobierno de Saddam Hussein, como el corte de los oleoductos iraquíes, lo que le costó a Bagdad un estimado de 17 millones de dólares diarios. Siria también desplegó tropas en la frontera con Jordania, lo que obligó a Irak a redirigir recursos y preparar su frente occidental ante una posible amenaza.

Tensiones en la alianza entre Irán y Siria

Al término de la guerra y a principios de la década de 1990, las relaciones entre la República Islámica de Irán y Siria comenzaron a tensarse debido a diferencias sobre el papel de Líbano y el apoyo iraní a diversas facciones. La creciente fricción entre ambos aliados se intensificó a medida que las actividades de Hezbolá y las operaciones contra Israel se expandieron, generando inquietud en Damasco por dos razones principales:

  1. Las facciones respaldadas por Irán lideraban algunas de las ofensivas más contundentes contra Israel y Estados Unidos, mientras que Siria optaba por una estrategia más moderada, buscando presionar a Tel Aviv de forma menos intensa y más controlada.
  • Las aspiraciones de Hezbolá de establecer una República Islámica en Líbano chocaban directamente con los intereses sirios. Esta divergencia llevó a enfrentamientos derivados de las operaciones de guerrilla en el sur de Líbano. En respuesta, Damasco promovió esfuerzos para desarmar y expulsar a las fuerzas de resistencia islámica, incluido Hezbolá.

El Acuerdo de Taif, firmado en 1989 en Arabia Saudí, puso fin a la guerra civil en Líbano y estableció un nuevo equilibrio político en el país, consolidando la influencia de Siria en la región. No obstante, el respaldo de Damasco a este acuerdo agudizó las tensiones con Irán. Ante la creciente presión de Israel e Irak, Siria optó por fortalecer sus lazos con Egipto, recurriendo a su tradicional aliado árabe en busca de un nuevo apoyo estratégico en un entorno cada vez más complejo.

Después de la Guerra del Golfo en 1991, las capacidades militares de Irak se vieron gravemente debilitadas, lo que redujo su capacidad para perjudicar a Siria e Irán. Por otro lado, el colapso de la Unión Soviética y la posterior unipolaridad de Estados Unidos abrieron espacio para cambiar las afiliaciones regionales, lo que resultó en la creación de nuevos bloques de poder: surgió una alianza estratégica fortalecida entre Turquía, Israel y Estados Unidos. A lo largo de la década de 1990, esta rivalidad se transformó en una competencia liderada por Israel y Turquía, pro-occidentales, por un lado, e Irán y Siria, por el otro.

Hafez al-Asad, presidente de Siria, se reúne con el Líder Supremo Ali Khamenei y el presidente A. H. Rafsanjani el 1 de agosto de 1997.
Hafez al-Asad, presidente de Siria, se reúne con el Líder Supremo Ali Khamenei y el presidente A. H. Rafsanjani el 1 de agosto de 1997. Fuente: Khamenei.ir

En junio de 2000, Hafez al-Asad falleció, a menos de un mes de la retirada de Israel del sur de Líbano y antes de que se consiguiera un acuerdo de normalización de relaciones con Tel Aviv para la devolución de los Altos del Golán. La sucesión de su hijo, Bashar al-Asad, sumió la política exterior del país en un período de incertidumbre.

El comienzo de la presidencia de Bashar al-Asad se caracterizó por la llamada “guerra contra el terrorismo” estadounidense. Estados Unidos, en el contexto posterior al 11 de septiembre de 2001, designó a Irán y Siria como "Estados rebeldes" y "patrocinadores del terrorismo", una situación que, sumada a los desafíos en sus fronteras con Irak por la invasión norteamericana, llevó a ambos países a acercarse aún más.

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A medida que las relaciones se complicaban debido a los cambios y las amenazas regionales e internacionales, la alianza entre Teherán y Damasco se consolidó, transformándose en un pacto estratégico que vino a llamarse el “Eje de la Resistencia”, contraposición del “Eje del Mal” de George Bush. Esto pudo salir adelante a pesar, por ejemplo, de los desacuerdos entre ambos países respecto al Irak post-Saddam. 

En 2005, tras el asesinato del ex primer ministro libanés Rafiq Hariri y las acusaciones de la implicación siria en su muerte, Siria se vio forzada a abandonar Líbano después de 30 años de presencia militar. En este contexto, Damasco y Teherán formalizaron un acuerdo bilateral de defensa.

Las relaciones con la guerra civil siria

Cuando comenzó la llamada “Primavera Árabe”, en el invierno de 2010-2011, con las primeras protestas populares en Túnez que pronto se extendieron a los países árabes vecinos, Teherán expresó en un primer momento su apoyo a los manifestantes. Estos, en su mayoría, desafiaban la autoridad de los regímenes conservadores y pro-occidentales, lo que alineaba a Teherán con los movimientos en busca de cambio en la región.

Sin embargo, desde el inicio de las protestas en Siria, en marzo de 2011, la República Islámica sospechó que fuerzas extranjeras estaban explotando la situación para desestabilizar el país. Según la perspectiva iraní, durante varios años los adversarios regionales e internacionales de Siria habían emprendido esfuerzos encubiertos para socavar el gobierno de Bashar al-Asad y fracturar el eje iraní-sirio.

Estas políticas, particularmente después de la invasión de Irak en 2003, tenían como objetivo castigar a Damasco por su apoyo a la insurgencia en Irak. Para Irán, cualquier intervención externa y la caída del gobierno de al-Asad eran por tanto inaceptables y debían resistirse con firmeza. 

Para ampliar: Las relaciones entre Irán y Siria antes de la Revolución Islámica

A medida que la crisis siria se intensificaba durante el otoño de 2011 y el invierno de 2011-2012, comenzó a adquirir una dimensión tanto regional como internacional. Surgió una guerra por poderes, con la participación activa de actores regionales e internacionales. Turquía, Arabia Saudí y otros Estados árabes del Golfo empezaron a proporcionar apoyo material y financiero a la oposición siria. En respuesta, Irán, Hezbolá y, en cierta medida, Irak, se vieron obligados a respaldar plenamente al gobierno de Bashar al-Asad.

Teherán percibía la crisis siria como una oportunidad para sus rivales regionales de despojarlo de su aliado más valioso y reducir su poder e influencia en Oriente Medio. Irán y sus aliados comenzaron a considerar la situación en Siria como un juego de suma cero, temiendo que la caída del régimen baazista (es decir, de al-Asad y el Partido Baaz) reabriera la puerta a la creación de un nuevo gobierno en Damasco, hostil hacia la República Islámica. 

El rápido ascenso del Estado Islámico (ISIS) en Siria e Irak, facilitado por Estados Unidos y sus aliados con el paso de yihadistas de Irak a Siria, generó gran preocupación en Teherán. A pesar de los esfuerzos iraníes, que incluyeron el envío de asesores militares, equipos y miles de millones de dólares en ayuda y suministros de petróleo desde 2011, la situación del régimen de Bashar al-Asad parecía cada vez más desesperada.

En las semanas siguientes, Irán adoptó medidas decisivas para reforzar la posición del gobierno sirio. Según numerosos informes, Teherán envió entre 7.000 y 15.000 combatientes para defender Damasco y participar en operaciones ofensivas destinadas a recapturar Jisr al-Shughur, en la provincia de Idlib. Estas fuerzas estaban formadas por milicianos chiíes iraníes, paquistaníes, iraquíes y afganos.

Milicias chiíes de Siria, respaldadas por Irán, como uno de los pilares clave de la alianza bilateral.
Milicias chiíes de Siria, respaldadas por Irán, como uno de los pilares clave de la alianza bilateral. Fuente: Mostafameraji

El cambio en el curso de la guerra, sumado a las limitadas capacidades de Irán, llevó a Teherán a solicitar la intervención de Moscú en el conflicto en la primavera de 2015.

Con la intervención rusa y una mayor participación iraní en el conflicto, a principios de noviembre de 2015, las fuerzas del gobierno sirio lograron su primera gran victoria al romper el asedio de dos años del ISIS a la base aérea de Kweiris, al este de Alepo. Durante el invierno de 2015-2016, las fuerzas progubernamentales intentaron recuperar más terreno perdido, especialmente en la región de Alepo, fronteriza con Turquía.

La victoria sobre los rebeldes en Alepo a finales de 2016 por parte de las fuerzas progubernamentales, con el apoyo de Rusia e Irán, fue un gran logro para el gobierno de Bashar al-Asad y sus aliados, marcando un punto de inflexión clave en el conflicto. A partir de ese momento, pareció quedar claro que los rebeldes no prevalecerían, ya que las fuerzas opositoras fueron derrotadas de forma continua entre 2017 y 2019, siendo finalmente confinadas a Idlib, en el noroeste de Siria.

Para ampliar: La intervención iraní en Siria

Además, en 2017, Rusia, Turquía e Irán anunciaron en Astaná, la capital de Kazajistán, su compromiso de actuar como "garantes" de un acuerdo de "desescalada" en Siria. El pacto se centró en cuatro regiones clave del país que habían sido epicentros de enfrentamientos entre las fuerzas de Bashar al-Asad y sus aliados, y las facciones de la oposición armada. Según el documento firmado, el objetivo principal era “poner fin rápidamente a la violencia, mejorar la situación humanitaria y crear condiciones propicias para avanzar hacia una solución política al conflicto en la República Árabe Siria”.

El acuerdo reflejaba un esfuerzo conjunto de los tres países para establecer un marco de estabilidad provisional en un conflicto que había devastado el país durante más de seis años.

El principio del fin de la alianza

De hecho, el conflicto sirio permaneció estancado durante años, lo que dio la impresión, incluso en la República Islámica, de que Bashar al-Asad podría continuar gobernando el país sin mayores contratiempos. Sin embargo, en el fondo, existían una serie de factores que fueron minando al Estado y socavando la capacidad de al-Asad para mantener el poder.

Por ejemplo, hasta 2012, el PIB de Siria alcanzaba los 50.000 millones de dólares, lo que, considerando el valor del dólar en ese momento y la población del país, situaba la economía siria en un nivel promedio. Este panorama económico se sostenía sobre dos pilares: los recursos energéticos, situados principalmente en el noreste del país, y el turismo, concentrado en las costas del mar Mediterráneo.

No obstante, a partir de 2012, con el estallido del conflicto, la industria turística fue devastada, y los turistas comenzaron a reorientar sus destinos. Paralelamente, los recursos energéticos del país quedaron bajo el control de las fuerzas estadounidenses y las Fuerzas Democráticas Sirias (SDF), lo que paralizó un sector clave para la economía nacional.

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A ello se sumaron algunas de las sanciones más duras de la historia, como la Ley César, que agravaron aún más la situación. En 2020, el PIB nacional de Siria se había reducido a tan solo 8.000 millones de dólares, una caída drástica que reflejaba el colapso económico. Este deterioro, junto con los bajos salarios de los empleados del ejército y el creciente descontento popular, contribuyó de manera determinante a la caída del gobierno de Bashar al-Asad.

Otro de los factores que facilitaron su colapso, según varios analistas iraníes, fue que el presidente sirio prácticamente no compartió el poder con otros grupos políticos ni con las élites, concentrando el control en manos de la minoría alauita. 

Además, hay que mencionar que durante la última década, Siria se convirtió en un escenario de competencia entre tres bloques: Irán y sus aliados por un lado, Turquía y Qatar por otro, y Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos y Jordania en el tercero. Cada uno de estos actores respaldaba a diferentes facciones militares o políticas dentro del país. Esta confrontación, sumada al interés de las potencias por controlar Siria como un punto estratégico en los corredores de exportación de energía, agravó aún más la inestabilidad, lo que, a su vez, también contribuyó al debilitamiento y eventual colapso del gobierno de Bashar al-Asad.

En definitiva, y como consecuencia de todos estos factores, la autoridad de Bashar al-Asad se desmoronó en apenas 11 días. La caída de Damasco, primero en el norte y luego en el sur de Siria, dejó al descubierto las profundas fisuras de un aparato estatal agotado: un vacío interno insostenible, una estructura de seguridad fragmentada y una lealtad completamente erosionada. Estas vulnerabilidades, acumuladas a lo largo de 14 años de conflicto, no solo han devastado la economía, sino que también han destruido el tejido social del país.

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