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Alejandro López: "España está cediendo ante los intereses estratégicos de Marruecos"

Alejandro López, analista de política internacional, analiza las claves y los desafíos de la compleja relación entre España y Marruecos.
Alejandro López, analista de política internacional, analiza las claves y los desafíos de la compleja relación entre España y Marruecos. Fuente: Esteve Alonso

Alejandro López Canorea (Madrid, 1996) es autor de varios libros escritos individualmente o en equipo –como Ucrania. El camino hacia la guerra (La Esfera de Libros, 2022) o La pugna por el nuevo orden internacional. Claves para entender la geopolítica de las grandes potencias (Espasa, 2023)– al tiempo que la mayor parte de su tiempo la destina a coordinar el medio Descifrando la Guerra, probablemente durmiendo menos de lo que a uno le gustaría.

Pero, en medio del frenesí que impone la política internacional, Alejandro nos ha dedicado un rato de su tiempo para responder a algunas preguntas sobre el libro que acaba de publicar, centrado en la relación entre España y Marruecos: La Guerra del Estrecho (Catarata, 2025).

En el espacio Dickinson, en Chamberí, rodeados de libros, Alejandro y yo conversamos acerca de las claves y los desafíos que plantea su obra, repleta de análisis y fuentes oficiales de varios gobiernos e instituciones. Todo para entender una relación de poderes que a veces pasa más desapercibida de lo que debería.

[Esteve Alonso] ¿España debe temerle al Estado marroquí?

[Alejandro López] Bueno, depende de lo que entendamos por temor. Desde luego, lo que no se puede es ofrecer la confianza acríticamente. Ni a Marruecos ni a ningún país del mundo, porque todos tienen sus intereses particulares.

Simplemente el pensamiento naif o infantil de que vamos a un mundo en el cual todos somos amigos por la democratización a partir de valores europeos como los derechos humanos, la democracia liberal, etcétera pues no es una estrategia de fondo lo que representa; es la voluntad de no gobernar, de no establecer prioridades estratégicas y ofrecer, como digo, la confianza de forma acrítica.

Son actores que defienden sus propios intereses, como hace Marruecos y como hacen el resto de países, sean o no aliados de España. Por ello, hay mucho que analizar en la acción exterior del Gobierno, especialmente en lo relativo a cómo se priorizan y articulan las estrategias de defensa.

[E.A] ¿Qué hace especial a la relación entre España y Marruecos?

[A.L] Más allá de la cercanía geográfica, influyen los vínculos históricos, culturales, políticos y humanitarios. Se trata de una de las grandes relaciones del Mediterráneo, y eso, por sí solo, ya la hace especial. Precisamente por ello, el tratamiento de estas relaciones también debe serlo, lo que implica asumir y analizar con claridad las estrategias que se están desplegando desde ambos lados.

Y, en este caso, al menos en los últimos años, creo que ha quedado bastante claro: Marruecos ha jugado sus cartas en una dirección que podía chocar con los intereses estratégicos de España, o con aquellos que España afirma defender.

[E.A] ¿Qué elementos concretos te llevan a pensar que una guerra híbrida ya está en marcha, aunque no siempre sea visible para nosotros?

[A.L] La guerra no siempre adopta formas convencionales, con tanques o misiles. Lo que observamos hoy son dinámicas no convencionales: desde la desinformación hasta el uso de herramientas de espionaje e inteligencia, pasando por la judicialización de conflictos, la presión mediática o la gestión interesada de determinados discursos.

Esto se aprecia en cómo se trata la información, en la filtración de reuniones, en ciertas declaraciones públicas entre gobiernos, pero también en el enfoque humanitario de la cuestión migratoria, en las rutas del narcotráfico, en el control de recursos o en la creación de redes clientelares para consolidar presencia externa e interna en el Sáhara Occidental.

En conjunto, Marruecos emplea instrumentos que no son militares en sentido estricto para afianzar objetivos estratégicos, como la reivindicación de su soberanía sobre el Sáhara Occidental, entre otros. Todo ello configura una especie de guerra híbrida que no implica necesariamente el estallido de un conflicto abierto, sino una confrontación de fondo, sostenida en el tiempo, librada con herramientas no convencionales.

[E.A] Una de estas "armas" que a mí me ha llamado mucho la atención es el uso de la migración. ¿Cuál es el efecto que tiene este tipo de arma en la población española? 

[A.L] Esto lo explicamos con bastante detalle en el libro a propósito del uso de las rutas migratorias hacia Europa, que no afectan únicamente a migrantes procedentes de Marruecos, sino también del África subsahariana.

Estos flujos son utilizados de forma instrumental por el Gobierno marroquí para presionar a Europa y, en particular, a España, con quien comparte las fronteras más sensibles. El objetivo es obtener réditos políticos.

Cuando Rabat afirma que puede garantizar la tranquilidad en Canarias o endurecer o relajar el control en Ceuta y Melilla, como ya ha ocurrido en distintos episodios críticos en el pasado, se evidencia con claridad que las personas están siendo utilizadas de manera conveniente como herramienta de presión política.

Para ampliar: Así está modernizando Marruecos sus Fuerzas Armadas Reales

Además, Marruecos ha señalado en distintas ocasiones que, cuando España no se alinea con algunos de sus intereses estratégicos, no tiene por qué asumir el control de los flujos migratorios si no existe una relación de confianza. Esa “confianza” se traduce en la práctica en ceder ante los intereses estratégicos de otro país. De lo contrario, Rabat abre o cierra el grifo de las fronteras como si se tratara de un recurso más a su disposición.

Este mecanismo funciona como una forma de chantaje y favorece una estrategia de rendición preventiva en Europa. El impacto es evidente tanto en España como en el conjunto del continente, donde numerosos grupos de extrema derecha intentan capitalizar cada uno de estos episodios.

Los saltos fronterizos, especialmente cuando involucran a población migrante del África subsahariana o del Magreb, con la que existe una relación más visceral y de mayor rechazo, se convierten en munición política. Cada episodio que se tolera es una oportunidad adicional para que la extrema derecha culpe a los gobiernos de no ser capaces de ejercer un control migratorio efectivo.

[E.A] ¿Hasta qué punto España está atrapada en un imaginario de los años 90 y Marruecos, en cambio, juega en un tablero post-occidental?

[A.L] España está completamente desalineada de la forma en que funciona el mundo actual. El planteamiento heredado de los años 90 partía de la idea de que Occidente podía imponer su voluntad a escala global sin apenas restricciones.

Décadas después, esa estrategia se ha ido erosionando. No ha fracasado de manera abrupta, pero las intervenciones no han generado Estados más estables y, al mismo tiempo, los países no alineados han ido imponiendo su voluntad en sus respectivas regiones, ya sea mediante el uso de la fuerza o a través de estrategias híbridas. Marruecos no es un caso aislado en este sentido.

Este contexto ha permitido que Estados con peso regional desplieguen estrategias destinadas a incrementar su influencia relativa. Marruecos es un ejemplo claro: ha sabido articular un discurso sobre la descolonización, capitalizar la crítica a las imposiciones occidentales en África, aprovechar el auge de potencias regionales en Oriente Medio y consolidar relaciones estratégicas con Israel y con Estados Unidos.

Gracias a ello, ha logrado aspirar a un peso regional muy superior al que cabría esperar únicamente por sus indicadores económicos o macroeconómicos. España, en cambio, ha seguido la trayectoria inversa. Pese al considerable peso económico que se le presupone, no está sabiendo identificar ni canalizar sus intereses estratégicos.

Al menos, esa es la impresión que se desprende de las conversaciones mantenidas con Exteriores y con miembros del Gobierno, todas recogidas en el libro. Más allá de la coordinación con los socios y de la priorización de una red de alianzas, esa política no siempre se traduce en la defensa de intereses estratégicos nacionales.

La prioridad parece ser, ante todo, presentarse como un socio fiable y previsible para Europa y para la alianza euroatlántica, es decir, la OTAN. Apostarlo todo a la Unión Europea y a la OTAN en un contexto en el que cada vez más actores priorizan sus propios intereses implica, sencillamente, quedarse fuera de la lectura real del mundo actual.

[E.A] ¿Siempre ha sido así?

[A.L] No siempre ha sido así. Por eso en los 90 España pudo aprovecharse bien de ese espacio, porque durante esa etapa no solamente estaba en pleno auge con esa democratización liberal incipiente, sino que además la OTAN todavía tenía un peso en el mundo significativo para imponer sus intereses.

Entonces se podía beneficiar de esos beneficios, valga la redundancia, colectivos que tenía la Alianza. Pero hoy en día no solo ese modelo está caduco, no se está pudiendo imponer en absoluto, sino que cada vez más actores pueden contestar.

[E.A] En los últimos años se han producido diversas declaraciones y episodios que han puesto de manifiesto las intenciones de Marruecos respecto a territorios españoles. En el marco de esta política de hechos consumados, ¿qué consideras que ha sido más eficaz o qué elementos destacarías?

[A.L] Lo más relevante, sin duda, es el giro de España respecto al reconocimiento del derecho de autodeterminación del Sáhara Occidental. Este punto lo explicamos con mucho detalle en el libro, porque constituye un auténtico punto de inflexión. A partir de ahí, y tras hablar con miembros del Gobierno, se percibe la convicción de que la crisis política con Marruecos ha quedado resuelta y que se ha abierto una nueva etapa en la relación con el vecino del sur.

Sin embargo, al hablar con representantes del gobierno saharaui o con personas que han estado en el Sáhara Occidental, la percepción es muy distinta. No se ha producido ningún avance real hacia una solución política. La cuestión sigue enquistada y no existen indicios de que el statu quo vaya a cambiar.

Cuando hablamos de una política de hechos consumados, nos referimos precisamente a esto, a la consolidación de una situación que beneficia a la potencia ocupante, es decir, Marruecos desde la Marcha Verde, y que, en la práctica, refuerza una realidad sobre el terreno sin ofrecer una salida política al conflicto.

Portada y contraportada del libro La guerra del estrecho. Escenarios de un conflicto entre España y Marruecos, de Alejandro López.
Portada y contraportada del libro La guerra del estrecho. Escenarios de un conflicto entre España y Marruecos, de Alejandro López.

Lo que se persigue es que otros países acaben reconociendo este statu quo y que sean los hechos consumados los que prevalezcan. Se trata de mantener la situación tal y como está y lograr su aceptación internacional, especialmente por parte de quienes quieren acceder a los recursos del Sáhara Occidental, ya sean agrarios, minerales o pesqueros.

De ahí la importancia de la batalla permanente en Bruselas, orientada a que Marruecos pueda incorporarse a todo tipo de acuerdos, incluidos aquellos que afectan a productos procedentes del Sáhara Occidental. Todo ello es clave para la consolidación de las redes clientelares a las que me refería.

Estas redes no solo integran el Sáhara Occidental ocupado con el resto de Marruecos a través de las élites que participan en la explotación de los recursos, sino que también lo conectan con países extranjeros como España, Francia y otros Estados europeos. Esta dinámica es prioritaria precisamente por la implicación de estos actores en la explotación económica y por los vínculos políticos que se reforzaron a partir de 2021.

[E.A] Hay una frase que en los últimos años se ha popularizado mucho y que a mí personalmente me hace mucha gracia. Y aunque es jerga, responde a uno de los capítulos que tienes en el libro. Te hago la pregunta directamente: ¿qué le debe el PSOE a Marruecos?

[A.L] No sé exactamente qué le debe, pero sí he analizado qué es lo que buscan. Cuando hablas con el Frente Polisario o con miembros del gobierno saharaui, percibes que consideran esta decisión como algo no solo atribuible al PSOE, sino de manera muy personal a Pedro Sánchez. Sin embargo, cuando contrastas esa visión con interlocutores dentro del Gobierno español, esa lectura no parece tan clara.

No da la impresión de que se tratara de una decisión unilateral del presidente tomada en contra de su partido y del conjunto del Parlamento. Es cierto que existen diferencias de discurso. Desde el Frente Polisario se asume que el Partido Popular no les va a apoyar, pero se mantiene la expectativa de que, al menos, podría adoptar una posición más neutra respecto a la política que España ha seguido durante décadas.

Tengo serias dudas de que los partidos situados a la derecha, especialmente aquellos con un componente más nacionalista, vayan a respaldar a un movimiento de liberación nacional en el exilio como el Frente Polisario, ni siquiera mediante una posición de perfil bajo.

Eso implicaría alterar de nuevo el statu quo en las relaciones con Marruecos. Por ello, cuesta pensar que exista una estrategia definida más allá de la oposición sistemática a lo que haga el Gobierno, que es, en gran medida, la línea que han seguido el Partido Popular, Vox y otras formaciones de derechas en los últimos años.

Con todo, la distinta percepción que existe desde Argelia y desde España sobre esta relación contribuye a que el PSOE sea visto como el actor clave en esta dinámica. No digo que esa lectura sea necesariamente incorrecta. Al fin y al cabo, el PSOE es probablemente el partido más representativo del régimen político surgido de la transición y el principal garante de los consensos que se establecieron en aquel periodo.

[E.A] ¿De qué manera pueden afectar o beneficiar las relaciones de España con Argelia y con Marruecos, y qué implicaciones tienen para los intereses estratégicos españoles?

[A.L] Esto ya lo hemos visto en la práctica y es una de las cuestiones que abordo. Argelia forzó a España a posicionarse cuando apoyó la propuesta de soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, porque no se trataba de una solución más entre otras posibles. El propio Gobierno español reconocía en conversaciones privadas que “solo se había cambiado una palabra”.

Sin embargo, ese cambio era sustantivo. La propuesta marroquí dejaba de ser una opción más para convertirse en la opción preferida, la que se consideraba más viable. Y si es la opción más viable, en la práctica pasa a ser la propuesta que se respalda. Eso equivale a un posicionamiento claro a favor del reconocimiento de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental.

Desde la perspectiva argelina, esto se interpreta como una ruptura total. No como un matiz diplomático, sino como una toma de partido explícita, especialmente en un contexto en el que las relaciones entre Argelia y Marruecos están completamente rotas.

Para ampliar: Mapa de la ocupación marroquí del Sáhara Occidental

Además, según interlocutores del propio Gobierno español, Argelia estaría utilizando esta situación para presionar a España, empleándola como una especie de proxy en su confrontación indirecta con Marruecos. Al mantener sus relaciones bilaterales rotas, Argelia fuerza a España a elegir bando en una rivalidad regional que le es ajena, pero cuyas consecuencias sí le afectan directamente.

En un primer momento, esta situación dio lugar a la ruptura de importantes acuerdos de vecindad con Argelia, con consecuencias en los ámbitos energético y comercial. Con el paso del tiempo, esas tensiones se han ido suavizando, pero lo cierto es que España mostró un profundo malestar, ya que su intención era construir lo que en el Magreb y en Argelia denominan literalmente un “colchón de intereses”. Los acontecimientos forzaron a que esa estrategia dejara de ser viable.

España ha buscado tradicionalmente escenarios de win-win, en los que todas las partes ganan a través de la democratización y el multilateralismo. Sin embargo, el contexto actual no siempre permite ese enfoque y empuja hacia una lógica de suma cero. Lo que se consolida con Marruecos dificulta el desarrollo de vínculos con Argelia y, a la inversa, profundizar la relación con Argelia limita el margen de maniobra con Marruecos.

[E.A] ¿Crees que estas decisiones por parte de España se deben a quizá una aproximación más pragmática del asunto?

[A.L] España está apostando claramente por el pragmatismo, pero no está claro hasta qué punto tiene asegurado el retorno de esa apuesta. La opción más cómoda consiste en asumir que el Sáhara Occidental está ocupado y aceptar que la potencia ocupante ofrezca una autonomía cuyo alcance y aplicación real quedarían por ver.

No sería el primer caso en el que este tipo de propuestas se anuncian mientras los hechos consumados se consolidan o el statu quo se mantiene, como ocurrió en otros escenarios comparables como Nagorno-Karabaj.

Además, no existe ninguna garantía de que esa autonomía llegue a materializarse. El proceso va acompañado de una dinámica de colonización, con la llegada de población que ya no es originaria del Sáhara Occidental. En la práctica, España está apostando por la soberanía marroquí, dejando en el aire si habrá o no un régimen de autonomía efectivo.

Se trata de una estrategia pragmática en la medida en que permite eludir los compromisos internacionales de España en materia de descolonización y autodeterminación, amparados por el marco de Naciones Unidas, a cambio de preservar una buena relación con Marruecos y acceder a determinadas ventajas que se han utilizado de forma preventiva para forzar un cambio político.

Entre esas supuestas contrapartidas se incluyen la tranquilidad migratoria, cuyo alcance real está por comprobar, y el acceso a las aduanas comerciales, que en el caso de Ceuta y Melilla se ha retrasado durante años. A día de hoy, no existe ninguna claridad sobre una eventual renuncia marroquí a sus reclamaciones territoriales sobre España, y ya se habla incluso de aspiraciones sobre una parte significativa de los recursos y las aguas de Canarias.

Acceder a esta lógica de pragmatismo mediante cesiones sin garantías ni contrapartidas claras por escrito implica el riesgo de que surjan nuevas demandas en el futuro. En la cumbre de la OTAN, a la que asistí y que también analizo, planteé por qué no se hizo explícita la mención a los territorios españoles de la frontera sur dentro del paraguas militar de la Alianza o en los acuerdos con Marruecos.

El Gobierno español no tiene voluntad de que esa referencia figure por escrito, porque entiende que hacerlo implicaría poner en cuestión la soberanía española sobre esos territorios, algo que considera inaceptable.

[E.A] ¿Crees que España subestima las fuerzas militares marroquíes?

[A.L] Yo creo que no, porque aunque se habla con frecuencia de una carrera armamentística en el Magreb, sobre todo entre Marruecos y Argelia, más que en relación directa con España, las Fuerzas Armadas españolas mantienen todavía una ventaja significativa.

Para mí, la cuestión central no es tanto el estado de las Fuerzas Armadas en sí, que es el gran debate mediático cuando se habla de inversión en defensa, sino el para qué. ¿Qué se quiere hacer con esa inversión?

El problema no es empezar la casa por el tejado comprometiéndose con un 5% del PIB, sino definir primero cuáles son las necesidades reales de defensa de España.

Para ampliar: Mohamed Uleida: "España ha traicionado al Sáhara Occidental, nos está traicionando y nos va a traicionar"

Hay múltiples ámbitos en los que se podría avanzar, desde los cazas hasta los submarinos; existen distintas opciones que podrían evaluarse. Pero la política de defensa debe responder a una estrategia de acción exterior y a unas prioridades claras de política exterior, no al revés.

En gran medida, este debate sobre la carrera armamentística viene impulsado por las exigencias de Estados Unidos y por una lógica de aumento de compras. Mientras tanto, varios proyectos europeos están encallando, especialmente el del caza de sexta generación.

A ello se suma una cuestión clave: ¿qué ocurre con las relaciones militares con Marruecos? Marruecos se está aproximando de forma notable a la OTAN y a sus estándares militares, mientras que España, en cambio, carece de una definición clara de su acción exterior que sirva de guía para su política de defensa.

[E.A] Y para los próximos años, ¿cuál crees que es el territorio español al que más atención o foco debe ponerse en relación a acciones de zona gris?

[A.L] Tradicionalmente, se ha señalado a Ceuta y Melilla como los territorios españoles más expuestos a la instrumentalización de la migración y a otros factores de presión en la relación con Marruecos, especialmente en escenarios de deterioro de las relaciones bilaterales. Son, al fin y al cabo, las dos únicas fronteras físicas terrestres relevantes.

Sin embargo, desde una perspectiva más reciente, las dinámicas en torno a Canarias están adquiriendo un peso mayor. Ya ocurrió en el pasado con la cuestión migratoria y vuelve a manifestarse ahora en otros ámbitos. Las rutas del narcotráfico, por ejemplo, se encuentran en constante actividad, en buena medida por la inestabilidad que atraviesa África Occidental.

Se trata, por tanto, de un frente que no debe subestimarse. Es necesario atender no solo al impacto de la migración en Canarias, sino también a cómo podrían afectar las rutas del narcotráfico y la creciente disputa por los recursos, una batalla que se está librando en un contexto en el que no siempre existe voluntad de jugar con reglas claras.

[E.A] En Marruecos existe un amplio apoyo social a la causa palestina. ¿Cómo interpretas la distancia entre esa posición de la sociedad marroquí y la postura del Gobierno en este conflicto, y qué paralelismos ves con lo que ocurre en el caso del Sáhara Occidental?

[A.L] La disonancia entre las élites y la población marroquí respecto a Palestina es muy evidente. Mientras los países del denominado Eje de la Resistencia han mantenido una defensa firme de la causa palestina, fuera de ese bloque también se han producido movilizaciones masivas en su apoyo, especialmente en el Magreb.

Túnez y Argelia han sido casos particularmente relevantes en este sentido. Marruecos, en cambio, presenta una clara divergencia: una sociedad ampliamente movilizada a favor de Palestina frente a unas élites que han avanzado en acuerdos con Israel, no solo en términos de normalización, sino también de carácter estratégico.

Se está produciendo una confrontación que roza niveles militares, de inteligencia y de competencia por la explotación de recursos, enmarcada en una acción exterior guiada por intereses estratégicos muy marcados. Todo ello choca frontalmente con la voluntad popular.

Sin embargo, a diferencia de lo que ocurre con el Sáhara Occidental, un asunto que moviliza tanto a la sociedad como a las élites marroquíes en torno a la idea de un “Gran Marruecos” de carácter expansionista y rentista, no parece existir en Marruecos un debate profundo sobre la contradicción entre el apoyo social a la causa palestina y la política exterior del Gobierno.

Se apoya retóricamente a Palestina mientras se ignora el derecho del pueblo saharaui a constituir un Estado o, al menos, a decidir su futuro, un derecho que, como señalaba antes, está reconocido por Naciones Unidas. La disonancia es evidente.

En última instancia, la apuesta de Marruecos por Israel es claramente estratégica. De hecho, ha sido un elemento clave para que Estados Unidos haya reconocido, de forma sui generis pero efectiva la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, y para que Marruecos se haya convertido en un socio esencial para Washington en un momento en el que España mantiene abiertas varias disputas políticas y comerciales con Estados Unidos.

[E.A] ¿Crees que ambos casos, es decir, el de Palestina y el del Sáhara Occidental, son equiparables?

[A.L] Ningún caso es exactamente igual, pero el del Sáhara Occidental presenta un nivel de protección jurídica internacional muy específico. España sigue figurando como garante y, aunque no como potencia administradora de iure, ha renunciado en la práctica a su obligación de descolonizar o de impulsar ese proceso mediante un mecanismo internacional efectivo, más allá de la MINURSO, cuyo mandato se limita a la organización del referéndum.

Estos elementos no existen en el caso palestino. En Palestina hubo un acuerdo orientado al establecimiento de dos Estados que Israel no ha aplicado y cuyo objetivo principal ha sido impedir la constitución de un Estado palestino, al margen de los debates sobre limpieza étnica o genocidio.

Para ampliar: La pugna por los recursos naturales del Sáhara Occidental

Por tanto, ambos escenarios no son equiparables. En el Sáhara Occidental, pese a la declaración de estado de guerra por parte del Frente Polisario, no existe una dinámica de violencia ni un nivel de confrontación comparable al de Palestina.

Precisamente por ello, a Marruecos le resulta funcional el mantenimiento del statu quo. Que la situación permanezca intacta y acabe siendo reconocida de facto por la comunidad internacional. En el caso de Israel, en cambio, el interés ha sido transformar activamente la realidad sobre el terreno, mediante la expulsión de población y la modificación de la configuración territorial de Palestina.

[E.A] Pequeña pregunta: ¿qué futuro le espera a la MINURSO?

[A.L] Precisamente uno de los escenarios que planteo al final del libro aborda cómo podría articularse una política de Estado en un contexto de conflicto activo entre España y Marruecos, o de un enfrentamiento proxy a través del Sáhara u otros elementos.

En ese marco, se contempla la posibilidad de que España apueste de forma decidida por la élite marroquí ante eventuales protestas recurrentes, un conflicto civil o incluso un intento de cambio de régimen.

Existen muchas opciones y numerosas eventualidades. Si España apostara de manera decidida y esa apuesta resultara favorable a Marruecos y a la élite de la monarquía –y, por extensión, a la Unión Europea–, no me sorprendería en absoluto que una de las primeras medidas fuera intentar apartar a la MINURSO.

Mapa de la ocupación marroquí del Sáhara Occidental, la presencia de la MINURSO y ubicación de los campos de refugiados saharauis en Argelia.
Mapa de la ocupación marroquí del Sáhara Occidental, la presencia de la MINURSO y ubicación de los campos de refugiados saharauis en Argelia. Fuente: Descifrando la Guerra

Se trata de un objetivo que Marruecos persigue desde hace años, pero para el que necesita un impulso en el marco de Naciones Unidas. Hasta ahora, ese respaldo lo ha proporcionado Francia, que como principal socio europeo de Rabat ha influido de forma decisiva en la definición del mandato de la MINURSO, limitando su alcance y evitando que desempeñe un papel más activo en el Sáhara Occidental.

Que España pudiera implicarse en ese esfuerzo no es descartable. El objetivo de fondo, al igual que ocurre en el caso de Israel con la UNRWA, es impedir que determinadas agencias de la ONU desarrollen plenamente un mandato que entra en conflicto con los intereses estratégicos nacionales.

[E.A] Con este libro abres un debate complejo y sensible, que a menudo genera tensiones en el espacio público. ¿Cómo crees que puede abordarse esta discusión sin caer en tópicos ni alimentar discursos racistas contra la población marroquí?

[A.L] Pues sencillamente evitando una retórica racista. Se puede hablar de la existencia de un conflicto político, porque los conflictos políticos son constantes, como ocurre ahora con la guerra comercial con Estados Unidos. También pueden existir disonancias de intereses con otros países europeos, y no pasa nada por señalarlo. Reconocer que distintos Estados persiguen intereses diferentes no convierte a nadie en partidario de la ruptura de la Unión Europea.

Con Marruecos sucede exactamente lo mismo. Se pueden señalar con claridad los intereses estratégicos de España y, si de verdad existe un compromiso con los valores que se dice defender, ese compromiso debería traducirse en el cumplimiento del mandato que España mantiene en el Sáhara Occidental, por ejemplo.

El problema surge cuando el discurso de los valores se utiliza de forma selectiva o instrumental. Esa incoherencia erosiona la imagen exterior de España y de Europa, y alimenta una de las críticas más recurrentes del sur global hacia los países europeos: dar lecciones constantes que luego no se aplican en la práctica.

Sin embargo, después esos principios no siempre se aplican, como ocurre en el caso de Israel. Y lo mismo puede suceder en otros escenarios, como el de Marruecos.

España puede tener intereses estratégicos legítimos. Evitar un deterioro de la relación en torno a Ceuta y Melilla o Canarias, impedir que la extrema derecha capitalice episodios puntuales de presión migratoria o preservar determinados derechos de explotación de recursos. Incluso si no se opta por ejercer esos derechos, es razonable reivindicar que un país vecino no los ejerza en aguas que afectan al territorio canario.

Hay numerosos elementos políticos y estratégicos que pueden defenderse sin recurrir a una retórica racista. Al contrario, ese tipo de discurso solo beneficia al rival, al desplazar el debate desde un conflicto político cuidadosamente calculado hacia una supuesta animadversión personal. Lo mismo ocurre en el plano geopolítico. En definitiva, no se pueden dar lecciones a otros países que luego no se aplican en la propia acción exterior.

[E.A] ¿Me podrías destacar brevemente la importancia de este libro en el debate de la cuestión marroquí?

[A.L] Creo que esto es muy importante porque existen entrevistas y declaraciones que chocan frontalmente con el discurso oficial. Estaban ahí, eran cristalinas, pero no se les quiso prestar atención. Se insiste, por ejemplo, en que la soberanía de España sobre todos sus territorios está plenamente garantizada y en que sus socios mantienen una política de defensa colectiva indiscutible.

Sin embargo, he podido hablar directamente con personas de la OTAN, incluidos generales de alto rango con un peso muy relevante dentro de la Alianza, planteándoles esta cuestión de forma explícita. Y lo que me transmiten es que no está tan claro que la totalidad del territorio español esté realmente bajo ese paraguas.

Este debate no está hoy en el espacio público en términos de entrada o salida de la OTAN, pero sí lo ha estado recientemente en otro plano: la pervivencia del propio modelo que representa la Alianza, que Emmanuel Macron llegó a calificar de “muerte cerebral”.

Para ampliar: El Sáhara Occidental ante una guerra de alianzas que no se lucha en su tierra

También se cuestiona si la expansión hacia el Este ha servido realmente para algo, como se ha visto en el caso de Ucrania, o si existe de verdad un modelo efectivo de defensa colectiva. Por lo que yo he podido constatar, hay una ambigüedad muy clara. De hecho, estas mismas fuentes me reconocen que no quieren abordar el tema públicamente porque podría perjudicar la coherencia, la unidad y la solidaridad con España.

Lo que sí es claro, según estas conversaciones, es que Ceuta y Melilla no están hoy bajo el paraguas nuclear de Estados Unidos ni de los países miembros de la OTAN, ni tampoco cubiertas explícitamente por el paraguas militar de la Alianza. España, además, se ha negado a clarificar de forma explícita la inclusión o permanencia de estos territorios dentro de ese marco.

Por tanto, creo que el libro aporta elementos relevantes a un debate fundamental: si realmente todo el territorio español está cubierto por la OTAN. Porque, según lo que afirma la propia Alianza, no es una cuestión tan cerrada como se presenta oficialmente. Y, además, existe una voluntad explícita de no profundizar en ello para evitar distorsiones en las relaciones tanto con España como con Marruecos.

[E.A] Muchísimas gracias.

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