La segunda presidencia de Donald Trump ha convertido la guerra comercial en una revisión general de las relaciones económicas de Estados Unidos con prácticamente todos sus socios. La estrategia amplía el enfrentamiento iniciado contra China durante su primer mandato y combina objetivos industriales, comerciales y geopolíticos con el uso de los aranceles como mecanismo de negociación.
El cambio parte de una crítica al modelo económico desarrollado durante las décadas posteriores al final de la Guerra Fría. Estados Unidos había impulsado la reducción de aranceles, la liberalización comercial y la expansión de las cadenas globales de producción, un sistema que abarató el precio de los productos y abrió numerosos mercados, pero que también estuvo acompañado por deslocalización industrial y un creciente déficit comercial estadounidense.
Trump convirtió este diagnóstico en uno de los principales ejes de su primera presidencia. Entre 2018 y 2019, Washington impuso aranceles sobre una parte importante de las importaciones chinas, argumentando problemas relacionados con la propiedad intelectual, las transferencias forzosas de tecnología, los subsidios industriales y las restricciones de acceso al mercado.
La llegada de Joe Biden no eliminó este enfoque. La administración demócrata conservó buena parte de los aranceles y añadió nuevas restricciones sobre vehículos eléctricos, baterías, semiconductores y tecnologías relacionadas con la transición energética. La competencia con Pekín se consolidó así como un asunto industrial, tecnológico y de seguridad nacional compartido por ambos partidos.
De China a una guerra comercial global
El regreso de Trump a la Casa Blanca en enero de 2025 llevó esta política mucho más lejos. En febrero comenzaron los llamados aranceles recíprocos y el 2 de abril, durante el denominado “Día de la Liberación”, Washington anunció un gravamen general del 10% sobre prácticamente todas las importaciones, acompañado de tasas superiores para determinados países.
La administración republicana presentó el déficit comercial como una emergencia nacional y fijó tres grandes objetivos: reconstruir la industria estadounidense, proteger las cadenas de suministro y corregir unas relaciones comerciales consideradas carentes de reciprocidad.
Trump interpreta los déficits bilaterales desde una perspectiva marcadamente mercantilista: cuando Estados Unidos importa más de lo que exporta, considera que está transfiriendo riqueza, empleo y capacidad productiva al exterior. Sin embargo, el déficit agregado también depende de otros factores como el ahorro, la inversión, el gasto público, el consumo o la fortaleza de la moneda.
La dimensión industrial tiene un peso central. Estados Unidos continúa siendo una potencia manufacturera, pero ha perdido presencia en numerosos sectores críticos y mantiene una elevada dependencia exterior para determinados productos.
La pandemia del coronavirus, la escasez de semiconductores, la guerra de Ucrania y la creciente competición tecnológica reforzaron las preocupaciones sobre la seguridad de las cadenas de suministro.
Los aranceles también se han convertido en una herramienta de coerción. Washington amenaza con imponerlos o incrementarlos para obtener compromisos económicos, políticos o diplomáticos de otros gobiernos, independientemente de que estén alineados –o no– con Estados Unidos.
¿Cuáles son los resultados?
Esta estrategia ha permitido a Estados Unidos obligar a numerosos socios a negociar directamente sus condiciones de acceso al mercado estadounidense. En julio de 2025, por ejemplo, la Unión Europea aceptó un techo arancelario del 15% para buena parte de sus exportaciones.
A cambio, el club comunitario asumió varios compromisos relacionados con compras energéticas, semiconductores e inversiones. No obstante, parte de estas promesas depende de decisiones futuras de las empresas privadas y no constituye compromisos completamente vinculantes.
La estrategia también ha encontrado límites jurídicos. El Tribunal Supremo determinó el 20 de febrero de 2026 que la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional no permitía al presidente imponer aranceles generales ilimitados. Trump respondió recurriendo a otras herramientas legales para mantener parte de las medidas y conservar los aranceles sectoriales sobre el acero, el aluminio, el cobre y los automóviles.
Por otro lado, los resultados económicos son ambiguos. El déficit estadounidense de bienes con China cayó en 2025 hasta aproximadamente 200.000 millones de dólares, cerca de 100.000 millones menos que el año anterior.
Sin embargo, aumentaron los déficits con países como Vietnam, Taiwán y México, mientras el déficit total de bienes continuó creciendo. Es decir, la dependencia directa de China se ha reducido, pero parte de las importaciones simplemente se ha desplazado hacia otros proveedores, donde la potencia asiática también tiene una presencia importante.
La reindustrialización resulta todavía más difícil de evaluar. Se han anunciado inversiones milmillonarias en semiconductores, automóviles, baterías o productos farmacéuticos, aunque serán necesarios años para comprobar si se traducen en nueva capacidad productiva y empleo.
El proceso apunta así menos hacia una desaparición de la globalización que hacia su reconfiguración. Las cadenas de valor continúan existiendo, pero el comercio internacional está adquiriendo una dimensión cada vez más ligada a la seguridad nacional, la competición geopolítica y la regionalización de la producción.
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