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¿Qué partidos hay en Israel?

Israel se aproxima a unas nuevas elecciones marcado por la fragmentación del sistema de partidos y el empate entre el bloque encabezado por Benjamín Netanyahu y las fuerzas que buscan apartarle del poder. Los comicios del 27 de octubre vuelven a situar en el centro del debate la figura del primer ministro, sus casos de corrupción, la reforma judicial y la exención militar de los ultraortodoxos.

Las encuestas dibujan un escenario sin mayorías claras. El bloque opositor aparece ligeramente por delante, con cerca de 61 escaños, frente a los aproximadamente 50 que obtendrían las fuerzas alineadas con Netanyahu. Dado que la mayoría parlamentaria se sitúa en 61 diputados, ninguno de los dos sectores tendría garantizada por sí solo la capacidad de formar gobierno.

La disputa política israelí ha quedado organizada desde 2019 en torno a la continuidad de Netanyahu. Los casos de corrupción conocidos desde 2018 erosionaron su reputación y provocaron la salida de algunos de sus antiguos aliados. La crisis derivada de esta ruptura condujo a cinco elecciones en cuatro años y a una creciente división de la derecha entre fuerzas favorables y contrarias al primer ministro.

Netanyahu regresó al poder tras las elecciones de 2022 al frente de la coalición más derechista de la historia de Israel. El gobierno incorporó a Poder Judío, encabezado por Itamar Ben Gvir, y al Sionismo Religioso de Bezalel Smotrich. Ben Gvir asumió el Ministerio de Seguridad Nacional, mientras Smotrich recibió el Ministerio de Finanzas y competencias dentro del Ministerio de Defensa.

Los partidos árabes, claves en Israel

La ausencia de una mayoría da a los partidos árabes una posición potencialmente decisiva en Israel. La formación islamista Ra’am y la coalición progresista Hadash-Ta’al podrían obtener alrededor de cinco escaños cada una. Una candidatura conjunta podría elevar su representación hasta los 13 o 15 diputados y convertirla en una de las principales fuerzas de la Knéset.

Sin embargo, los partidos sionistas mantienen su rechazo a incorporar a las formaciones árabes al Gobierno. La oposición necesitaría su respaldo para construir una mayoría estable, pero contempla, como máximo, un apoyo parlamentario externo, sin concederles ministerios ni responsabilidades dentro del Ejecutivo.

Esta cuestión también se ha convertido en un elemento de competencia entre el Likud y las fuerzas vinculadas a Naftali Bennett. Ambos sectores se acusan mutuamente de estar dispuestos a alcanzar acuerdos con los partidos árabes, al tiempo que intentan presentarse ante el electorado como la opción menos proclive a depender de ellos.

Los principales partidos de oposición son, por un lado, la alianza de Bennett y Yair Lapid en la coalición Juntos, cuyo intento de unir sinergias para superar a Netanyahu ha sido un fracaso al quedar en tercer lugar en las encuestas. Su unión no satisfizo ni a los votantes de derecha ni a los liberales.

Por otro lado, Yashar, el nuevo partido impulsado por el antiguo jefe del Estado Mayor Gadi Eisenkot, que podría terminar ganando las elecciones como una figura renovadora aprovechando la fuga de votantes de Juntos.

Otro actor potencial es Yesodot Yisrael, centrado en los intereses de los reservistas y cuyo programa radica en forzar el reclutamiento de los ultraortodoxos. La exención militar de esta comunidad constituye uno de los principales puntos de fricción entre los sectores seculares y religiosos de Israel.

En la izquierda sionista, los antiguos laboristas y Meretz han formado el partido Demócratas. La coalición podría obtener cerca de diez escaños, frente a los cinco diputados con los que contaba el laborismo por separado, y convertirse en una pieza necesaria para cualquier gobierno contrario a Netanyahu.

La cuestión palestina, pese a su centralidad exterior, no constituye el principal eje de competencia electoral. Todas las formaciones sionistas comparten una política de dominación sobre los palestinos, mientras las diferencias internas se concentran en la figura de Netanyahu, el funcionamiento de las instituciones y el peso político de los ultraortodoxos.

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