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Israel e Irán: la geopolítica del fin de los tiempos

En la guerra de Irán existe un subtexto mesiánico que no puede ser ignorado, tanto desde el Estado de Israel como la República Islámica.
En la guerra de Irán existe un subtexto mesiánico que no puede ser ignorado, tanto desde el Estado de Israel como la República Islámica.

El enfrentamiento entre Israel e Irán ha adquirido una dimensión que trasciende la geopolítica tradicional, una dimensión que muchos análisis ignoran o parecen subestimar en diversos medios de comunicación. Más allá de las disputas estratégicas y militares, surgen narrativas religiosas y escatológicas que dan forma a la interpretación de la contienda.

Estas narrativas, arraigadas en tradiciones teológicas y simbólicas, deben incorporarse a cualquier lectura geopolítica, ya que influyen en el discurso político y sustentan la percepción de que estamos presenciando un desenlace histórico inevitable, una idea que, en última instancia, sirve para legitimar las acciones emprendidas por ambas partes.

Es a partir de este punto cuando hay que adoptar una lectura escatológica de los conflictos, entendiendo que es precisamente esta escatología la que prefigura el imaginario de cada uno de los actores implicados y, posteriormente, les impulsa a actuar contra sus adversarios.

Una vez establecido, el conflicto incorpora también dimensiones geopolíticas concretas –como los intereses territoriales, económicos y estratégicos–, pero estas quedan en última instancia subordinadas a un horizonte más profundo: el diseño inscrito en la tradición espiritual y en la visión del fin de los tiempos propias de cada país o civilización, que se hace particularmente visible en ciertos espacios donde esta dimensión simbólica adquiere mayor intensidad.

Israel: mesianismo político y el Tercer Templo

Jerusalén sigue siendo el epicentro espiritual y sagrado de esta disputa en Oriente Medio, revistiendo una enorme importancia tanto para los judíos como para los musulmanes.

En un primer análisis, dentro del imaginario judío, la promesa divina hecha a Abraham y a sus descendientes se invoca como fundamento de la reivindicación territorial en torno al Monte del Templo, un lugar sagrado donde ciertas corrientes del sionismo religioso pretenden reconstruir el "Tercer Templo". Sin embargo, estas corrientes han dejado de habitar exclusivamente los márgenes del espectro religioso, afirmándose ahora de forma pública.

El actual Gobierno del primer ministro Benjamin Netanyahu incluye como socios principales de la coalición a fuerzas políticas cuya visión mesiánica encuentra expresión institucional.

Destacan Otzma Yehudit, un partido de extrema derecha y ultranacionalista que aboga por la expansión de los asentamientos, liderado por Itamar Ben-Gvir, y el Sionismo Religioso, encabezado por Bezalel Smotrich, cuya base ideológica se remonta al movimiento Gush Emunim, fundado tras la Guerra de los Seis Días en 1967, que promovió activamente el establecimiento de asentamientos judíos en los territorios ocupados basándose en argumentos bíblicos.

Cabe destacar que Ben-Gvir, en particular, rompió lo que podría entenderse como un "tabú" político al visitar el Monte del Templo mientras ocupaba el cargo de ministro.

Para ampliar: La crisis del Estado de Israel y la reforma judicial (I)

Además, organizaciones como el Instituto del Templo, que durante décadas se han dedicado, según sus propias declaraciones, a preparar los instrumentos rituales y formar a los sacerdotes para una eventual restauración del culto, encuentran ahora, en los pasillos del poder, interlocutores dispuestos a legitimar esta visión.

Así, la promesa abrahámica, que antes era dominio de la exégesis teológica y escatológica, se traslada sutilmente al ámbito de la política operativa, donde la interpretación espiritual y el elemento estratégico-militar se entrelazan cada vez más, una dinámica visible en la forma en que Netanyahu enmarca su discurso político.

No obstante, el mesianismo político aún no representa la totalidad del panorama religioso judío, ya que coexiste en tensión con corrientes que lo rechazan o lo reinterpretan radicalmente.

Esta ambivalencia persiste, aunque de forma cada vez más atenuada: sectores ultraortodoxos, como los seguidores del rabino Joel Teitelbaum, rechazan la existencia de un Estado judío antes de la llegada del Mesías, mientras que otras corrientes, inspiradas en Zvi Yehuda Kook, consideran la fundación de Israel como parte de un proceso mesiánico en curso.

A su vez, corrientes más secularizadas reinterpretan al Mesías como símbolo de transformación social, en una interpretación progresista, aproximándose al concepto impersonal detikkun olam, entendido como la responsabilidad colectiva de mejorar el mundo. Aun así, todos estos sectores siguen estando, en mayor o menor medida, marcados por referencias religiosas que continúan ejerciendo una influencia significativa.

Estados Unidos: evangelismo y el Armagedón

En lo que respecta al conflicto actual, este enfoque religioso por parte de Israel encuentra eco en Estados Unidos, donde sectores del denominado "sionismo cristiano", de matriz evangélica, interpretan el apoyo a Israel como parte de un plan divino. Figuras como el televangelista John Hagee presentan el enfrentamiento con Irán como parte de la misión de proteger a Israel y cumplir las profecías bíblicas.

En algunos contextos, esta visión va acompañada de referencias al Libro del Apocalipsis, lo que sugiere que el conflicto forma parte de un camino hacia el Armagedón.

Se ha hecho público que, en ciertos círculos militares y políticos estadounidenses, estas interpretaciones coexisten con el análisis estratégico, lo que refuerza la percepción de que el conflicto es una misión no solo política, sino también religiosa.

Se trata de un fenómeno que la Casa Blanca, en ningún momento, pretende negar, como demuestran los vídeos difundidos tras operaciones conjuntas entre Estados Unidos e Israel, en los que se puede observar a pastores evangélicos ofreciendo oraciones en el Despacho Oval.

Irán: el Imán Oculto y el Eje de la Resistencia

En el contexto islámico de Oriente Medio, y más concretamente dentro del chiismo duodecimano, Jerusalén sigue teniendo un peso fundamental, asociado a la mezquita de Al-Aqsa y a las tradiciones relativas al viaje nocturno del profeta Mahoma.

Aunque la Organización para la Liberación de Palestina tuvo un origen estructuralmente laico, el fracaso del Proceso de Oslo abrió el camino al fortalecimiento de movimientos de inspiración religiosa, como Hamás y Hezbolá, que interpretan la liberación de Al-Aqsa no solo como un objetivo nacional, sino también como un deber de la Umma, la comunidad islámica.

Detrás de estos movimientos se encuentra Irán, adversario directo de Israel y Estados Unidos, y artífice del llamado Eje de la Resistencia, que articula una red de aliados regionales –entre los que se incluyen Hamás, Hezbolá, los Hutíes y diversas milicias iraquíes– dentro de una lógica a la vez geopolítica e ideológica.

Mezquita de Al-Aqsa, en Jerusalén.
Mezquita de Al-Aqsa, en Jerusalén. Fuente: Yasir Gürbüz

La República Islámica se presenta como el precursor del regreso del Mahdi, el duodécimo imán, que lleva oculto desde el año 874 d. C. y que, según la escatología chií, aparecerá al final de los tiempos para restaurar la justicia y el orden divino en el mundo.

El hecho de que Irán encabece ideológicamente esta preparación para la llegada del Imán Oculto se ha afirmado desde la Revolución de 1979, liderada por Ruhollah Jomeini, cuando la República Islámica se fundamentó en la doctrina del velayat-e faqih.

Según esta interpretación, controvertida dentro del universo chií, durante la ocultación del Mahdi, el liderazgo debe ser ejercido por una autoridad religiosa. En este marco, el Estado iraní funciona como un instrumento de tamhid, es decir, de preparación material y espiritual para la llegada del Mesías.

Fitna y los signos de la revelación

En la tradición chií, el regreso del Imán Oculto, el Qāʾim –uno de los nombres del Mahdi–, se asocia no solo con la restauración de la justicia, sino también con una profunda transformación espiritual. Su llegada implica el despertar de un camino interior y la revelación del significado oculto de las Escrituras.

Sin embargo, esta visión integra también una idea crucial para la resistencia iraní y, en particular, para su dimensión militar: que el camino hacia la redención pasa por períodos de intensa crisis. La noción de fitna, entendida como un tiempo de caos y prueba, surge como una etapa necesaria antes de la resolución final, que, según ciertas interpretaciones, parece estar acercándose.

Algunos discursos del ámbito político y religioso iraní interpretan la escalada del conflicto como parte de los denominados "signos de la revelación", momentos que preceden al regreso del Imán Oculto, enmarcando la guerra actual dentro de esta lógica.

Para ampliar: Hezbolá: entre la yihad, el martirio y la lucha contra Israel

La intensificación de la presión externa, ya sea económica o social, se percibe como un proceso de prueba y purificación, que distingue a los fieles de los que vacilan y refuerza la convicción de que el orden existente se acerca a su fin.

En lecturas más radicales, los adversarios se asocian con figuras escatológicas, como el falso mesías (Dajjal), insertando el enfrentamiento en una narrativa estrictamente escatológica.

Desde esta perspectiva, y tal y como subrayó el filósofo Henry Corbin, Occidente puede verse como la expresión de una condición espiritual turbada, vulnerable a la influencia de las fuerzas del desorden. Es dentro de este marco donde se designa con frecuencia a Estados Unidos como el "Gran Satán" y a Israel como el "Pequeño Satán", representando al poder hegemónico como antitradicional.

El horizonte del sacrificio

El resultado de todo ello es un enfrentamiento que, aunque profundamente estratégico, no puede entenderse plenamente sin tener en cuenta su dimensión simbólica.

En Israel, la idea de un proceso mesiánico, o de una responsabilidad ética colectiva, legitima la acción política; en Irán, la expectativa del regreso del Imán Oculto ha estructurado la resistencia a lo largo de los años; y en Estados Unidos, el apoyo a Israel se ve reforzado por una lectura religiosa de la historia.

Esta debe ser la interpretación fundamental del conflicto, pues es sobre todo por motivaciones religiosas o, al menos, metafísicas por lo que un ejército se dispone al sacrificio, y no propiamente por razones económicas, las cuales, aunque relevantes para la estrategia, difícilmente pueden sostener ese nivel de compromiso hasta las últimas consecuencias.

Así, este conflicto se desarrolla no solo en el plano de la geografía política, sino también en el de la geografía espiritual, y quien no tenga en cuenta este aspecto se perderá una parte importante del análisis.

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