
La maltrecha estructura política de Irán se vio enormemente sacudida tras la muerte del expresidente Ibrahim Raisi en mayo de 2024. Su posición política, claramente cercana al Líder Supremo, Alí Jamenei –con cuya plena confianza contaba–, le había situado como una de las figuras más prominentes de la clase dirigente del país.
Su importancia a la hora de establecer consensos y unidad interna le habían llevado a incluso ser considerado como uno de los potenciales sucesores al Gran Ayatolá, una de las cuestiones más acuciantes que enfrenta la República Islámica a medio plazo y cuya resolución marcará, en uno u otro sentido, la crisis política que atraviesa desde hace 20 años.
Sin embargo, el accidente de helicóptero que puso fin a la vida del conocido como "Carnicero de Teherán" volvió a subrayar la frágil situación que afronta la República de los Ayatolás y su futuro. En este contexto de incertidumbre y de creciente desconexión entre la sociedad iraní y sus estructuras políticas –cada vez más parapetadas sobre sí mismas y ajenas a una base social en declive– ha emergido sorprendentemente la figura de Alí Larijani.
Quién es Alí Larijani
Quien hace un año fuese considerado como uno de los pesos pesados del reformismo junto al expresidente Mohammad Jatamí (1997-2005) y fuese rechazado por el Consejo de los Guardianes para presentarse a las elecciones extraordinarias convocadas para suceder a Raisi, se postula a día de hoy como uno de los mayores apoyos de Jamenei.
Históricamente, la cercanía de Alí Larijani al reformismo ha sido razón de recelo y desconfianza dentro del núcleo duro de aparato burocrático-militar iraní, claramente cooptado por principalistas y ultraconservadores.
De ahí que su nombramiento –y comienzo de su ascenso– en agosto de 2025 como secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional fuese totalmente inesperado. Más aún cuando sucedía en sustitución de Alí Ahmadian tras la Guerra de los 12 Días.
La salida de un conservador y entrada, en un principio, de un reformista en la mayor autoridad política sobre cualquier decisión en materia de seguridad y exteriores se podía leer como signo de descomposición de la alianza entre principalistas y ultraconservadores. Su incapacidad para alcanzar acuerdos y la táctica de apoyarse en diferentes sectores reformistas para debilitar al otro parecía haber ofrecido al reformismo una oportunidad para infiltrarse en lo más hondo del Estado.
Sin embargo, el pasado inmediato de Alí Larijani como figura de referencia del reformismo contrasta, a su vez, con sus posiciones cercanas al principalismo durante la década de 1990 e inicios de los 2000. Hablamos de una persona educada y formada por los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) que ya en 1996 y 2005 fue miembro del Consejo Supremo de Seguridad Nacional.
Cabe recordar que por aquellos años se gestaba una ofensiva conservadora impulsada por la rebelión de la IRGC contra las políticas aperturistas de Akbar Hashemí Rafsanyani y, especialmente, de Jatamí.
Sin embargo, esta fluctuación en las posiciones de Alí Larijani, lejos de responder a simples vaivenes fruto de la confusión o el posibilismo, condensa los cambios que se han producido en el seno de la clase dirigente iraní.
Por así decirlo, Larijani concentra las demandas de un sector que, otrora comprometido con la República Islámica, vio sus intereses gravemente perjudicados por el aislamiento del Irán respecto a Occidente. Las sanciones y presiones impuestas desde Estados Unidos hicieron peligrar sus privilegios sociales, haciendo deseable sellar ciertos acuerdos.
El deterioro de la economía iraní por las sanciones dislocó a esta fracción de la clase dominante y le obligó a plantear formas de concertación que le permitiesen recuperar el terreno social y económico perdido. Es con esta situación que en 2013 Larijani muestra su apoyo abierto a Hasán Rouhani y a las negociaciones del Acuerdo Nuclear (JCPOA), encuadrándose claramente en el sector reformista durante casi una década.
Larijani no ha sido en absoluto un elemento adscrito a la corriente más radical del reformismo, sino una figura cuya imbricación en este refleja con claridad la desintegración del bloque dominante iraní y su fractura en diversas corrientes, todas ellas igualmente incapaces de encontrar una salida al atolladero en el que se encuentra la República Islámica.

Dentro de la clase política iraní, sin embargo, la unidad y la fidelidad en torno a la República Islámica ha sido hasta el momento incuestionable. Ningún sector, al menos con fuerza social significativa, ha desertado. Más bien, la estrategia de hostigamiento lanzada por Estados Unidos y profundizada por Israel ha reforzado la cohesión en el seno de la clase dominante iraní y de la clase política que le representa.
La amenaza existencial que esa estrategia presenta sobre Irán es lo que está de fondo en el nuevo cambio de posiciones de Alí Larijani. La guerra de junio de 2025 supone un momento traumático para el país.
A partir de esta contienda, se asume que las negociaciones con Estados Unidos son fútiles. Sólo pueden ser interpretadas como espacios de tregua entre un conflicto y otro que sirvan para precisamente afrontar desde una mejor posición el siguiente envite.
Esa perspectiva de que toda negociación desemboca en un callejón sin salida también deja su impronta sobre ese sector personalizado en Alí Larijani: la existencia de la República Islámica está en peligro y con ello su posición social de primacía y dominio.
Esta certeza es la que le devuelve al Consejo Supremo de Seguridad Nacional no como un reformista infiltrado que se embosca en las estructuras conservadores, sino como un conservador renovado, con unas posturas y preocupaciones crecientemente alineadas con las de Alí Jamenei.
Además, esta comunidad de percepciones sobre el futuro de Irán y las amenazas que enfrenta, junto con el pasado político del actual secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, es lo que le ha llevado a ser considerado incluso como posible sucesor de Jamenei.
Una guerra, aunque genere un frente nacional común, no soluciona los problemas internos que un Estado arrastra desde décadas atrás. Estos siguen pendientes de resolver. La mera tradición y referencia hacia el Líder Supremo actúan como amortiguador de las contradicciones que sufre la clase dominante iraní, pero nada más.
Una figura de tal consenso necesita ser revalidada, pero, para no convertirse en una mera cáscara vacía, también debe ser capaz de corregir y resolver la crisis iraní. No por casualidad, sobre el Líder Supremo recae la responsabilidad de salvaguardar la República Islámica.
Es aquí donde Alí Larijani aparece. Sus vínculos con sectores moderados del reformismo y su convicción acerca de las amenazas que se ciernen sobre Irán le sitúan como un candidato que podría remendar la fragmentación de la clase dominante iraní, evitando que futuras dislocaciones en su seno puedan, en un futuro, desbordar el respeto al Gran Ayatolá y los fundamentos de la República Islámica.
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