
Mediodía del viernes 6 de febrero de 2026, en la mezquita chiita de Khadija Tul Kubra, a las afueras de Islamabad. En medio de los fieles, un suicida se inmola dejando 31 muertos a su alrededor e hiriendo a más de 170 personas. El atentado, reivindicado por el Estado Islámico del Jorasán (ISIS-K), será secundado por más acciones armadas contra el Estado paquistaní.
10 días después, en el distrito de Bajaur, en pleno corazón de la región pastún de Jaiber Pastunjuá, Tehreek-e-Taliban-Pakistan (TTP) entró en acción. Un coche bomba estalló en un control de seguridad, lo cual fue seguido de un tiroteo. Dicha acometida dejó un saldo de 11 miembros de las fuerzas de seguridad muertos, 12 militantes del TTP abatidos y un menor de edad civil muerto.
Sendos ataques destrozaron el alto al fuego al que se llegó a finales de octubre de 2025 gracias a la intermediación de Catar, Turquía y Arabia Saudí. Para el alto mando paquistaní, el atentado en Bajaur era una inequívoca declaración de guerra. Y actuaron en consecuencia.
En la noche del 21 al 22 de febrero, los cazas paquistaníes cruzaron la Línea Durand para bombardear supuestos campamentos del ISIS-K y el TTP en las provincias afganas de Paktika y Nangarhar.
Tras ello, Hibatullah Akhundzada, emir de Afganistán, prometió una “respuesta adecuada”. Según las autoridades talibanas, los bombardeos habían matado a 18 civiles, de los cuales 11 serían niños. La jura de una eventual venganza hizo que ambas partes reforzaran la presencia militar en la frontera y que se dieran pequeñas escaramuzas de carácter probatorio.
Pero no sería hasta el 26 de febrero que las promesas empezaron a materializarse. Ese día, Kabul anunció el inicio de una operación ofensiva a gran escala. Acto seguido, inició una oleada de hostilidades en la provincia afgana de Kunar, cuya onda expansiva llegó en cuestión de horas a Nangarhar, Paktia y Paktika.
La “niebla de guerra” no tardó en cubrirlo todo: reportes cruzados de capturas de puestos fronterizos enemigos, de tomas de prisioneros y de bajas multitudinarias entre las filas rivales. Pero entre el caos de la refriega y la desinformación, la superioridad aérea paquistaní volvió a emerger como una de las pocas certezas en este conflicto.
Cazas y misiles tierra-aire paquistaníes efectuaron una ristra de ataques contra posiciones militares y civiles del Emirato afgano en Kandahar, Paktia y Kabul. Tras la nueva oleada de bombardeos, el ministro de Defensa paquistaní, Khawaja Asif, realizó las siguientes declaraciones a la prensa: “Nuestra paciencia se ha agotado. Ahora es una guerra abierta entre nosotros y ustedes [el talibán afgano]”.
Los drones afganos respondieron a las declaraciones del ministro de Defensa paquistaní. Aeronaves no tripuladas cruzaron la Línea Durand para atacar posiciones militares en Swabi, Abbotabad y Nowshera.
Además, portavoces talibanes aseguraron haber atacado en Islamabad, un hecho aún por confirmar. Por su parte, el ejército paquistaní ha prohibido el uso de drones civiles por motivos de seguridad y anunció el abatimiento de hasta 274 miembros del Talibán, la destrucción de 115 vehículos enemigos y la captura de 18 puestos fronterizos.
Mientras tanto, los engranajes de la diplomacia ya se han puesto en marcha. Catar se ha ofrecido a ejercer un papel de mediador entre ambas partes. Un camino que ha seguido Turquía al reportarse contactos entre el personal diplomático de dicho país y sus homólogos paquistaníes y afganos. Finalmente, China, con importantes proyectos económicos en ambos lados de la trinchera, ha instado a las partes a desescalar.
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