
La estrategia de Taiwán contra China ha evolucionado condicionada por el creciente desarrollo militar de Pekín y por la ambigüedad en la alianza con Estados Unidos, que comenzó tras el reemplazo del Tratado de Defensa Mutua por la Ley de Relaciones con Taiwán en 1980.
Este proceso ha llevado a Taipéi de una postura inicialmente ofensiva a una defensiva, marcada por una desconfianza en sus capacidades militares convencionales y en su poder disuasorio. Con ello, desde 2017, el enfoque de la guerra asimétrica ha alcanzado un lugar predominante, gracias al Concepto Integral de Defensa (ODC) impulsado por el almirante Lee Hsi-min.
Debemos poner sobre relieve que, de acuerdo con Morán Blanco, la guerra asimétrica se refiere a un enfoque estratégico, operacional y táctico adoptado generalmente por la parte débil en un conflicto armado, y responde a un gran desbalance tecnológico y en tamaño de ejército.
De este modo, según la autora, el Estado débil abandona el modelo de guerra convencional basado en derrotar a las fuerzas enemigas o adquirir territorio y desarrollar una estrategia disruptiva que busca explotar las debilidades del contrincante. Así pretende desgastar al adversario e influir en la opinión pública y en la toma de decisiones de los dirigentes enemigos para acabar con el conflicto.
Efectivamente, el desbalance material del ejército chino y taiwanés es muy notable. Según el Global Firepower Index de 2025, la fortaleza militar china es la tercera del mundo, frente al 22º puesto taiwanés.
Y, además, mientras la potencia asiática ha alcanzado la competición por el liderazgo tecnológico militar, Taiwán ha reconstruido su defensa nacional lentamente. A partir de 1994, el gasto en defensa de la isla comenzó a caer por debajo del 5% del PIB; en 2018 alcanzó el 1,7% y, desde entonces, solo ha ascendido a aproximadamente el 2,1%.
En consecuencia, la estrategia taiwanesa se ha volcado en la guerra asimétrica. El 2025 Quadrienial Defense Review (QDR) no recoge explícitamente el ODC, pero expone que las fuerzas armadas de Taiwán lanzarán ataques precisos dirigidos a las debilidades chinas en una postura que maximice la defensa.
Asimismo, señala que dichas fuerzas tendrán el objetivo de “interrumpir y frustrar las intenciones del enemigo en todas las fases ofensivas”, y que tendrán el objetivo de generar a China un tamaño de pérdidas que le obligue a retirarse.
Con ello, el 2025 QDR expone una serie de fases operacionales que pueden ser englobadas en tres etapas de respuesta: primero, responder a la guerra de zona gris –"Gestión Rutinaria de Crisis”–; segundo, responder inmediatamente al ataque chino –“Despliegue de Preparación de Combate”–; y tercero, responder a la invasión china –“Antidesembarco Conjunto”, “Combate Costero y Litoral”, “Defensa en Profundidad” y “Operaciones Prolongadas”–.
Para las tres etapas, el documento expone el desarrollo de capacidades militares para convencer a China de que la invasión sería costosa e inútil, de manera que se retrase la invasión.
Las claves de la guerra asimétrica de Taiwán
La actual guerra de cuarta generación está definida por la guerra asimétrica, pero no abandona el uso de armamento convencional. En el caso de Taiwán esto se vuelve más notorio al tratarse de un Estado de facto con recursos.
Los medios militares convencionales cobran especial importancia en las fases de respuesta a la guerra de zona gris y de respuesta inmediata al ataque chino. Su intención es responder a las incursiones y evitar un intento chino de bloqueo y de dominio aéreo y marítimo. Así, estos escenarios dan lugar al empleo de buques de guerra, aviones de combate, misiles y submarinos junto con sistemas ISR y de alerta temprana.
A este respecto, el presidente Lai Ching-te enfatiza que el ejercicio naval anual Hai Chiang “es vital para reforzar la capacidad militar para contrarrestar el bloqueo chino”.
Además, Taiwán continua aumentando y mejorando sus capacidades aéreas y marítimas convencionales. Por ejemplo, recientemente ha anunciado la creación de un sistema multicapa llamado T-Dome dedicado a interceptar misiles, drones y aeronaves. Al mismo tiempo, espera los resultados de proyectos pasados, como la retrasada llegada de 66 aviones de combate F-16 Block 70 de Estados Unidos o la retrasada creación del primer submarino indígena Hai-kun.
Complementariamente, el almirante Lee Hsi-min afirma que las capacidades asimétricas tienen poca utilidad para responder a una guerra de zona gris, pero en un enfrentamiento total con China su utilidad se vuelve imprescindible.
La razón del almirante es que las capacidades “grandes y avanzadas” requieren un largo desarrollo y un coste alto y que en las primeras fases del enfrentamiento serían destruidas. Por tanto, sugiere destinar un porcentaje mínimo del 60% del gasto en defensa a las capacidades asimétricas.
El 2021 QDR se desvió del ODC y abogó por un balance de las fuerzas asimétricas y convencionales, lo que supuso una amenaza a la coherencia estratégica. Frente a ello, el 2025 QDR parece retomar el enfoque inicial planteado por el almirante exponiendo que las “inversiones militares se centrarán en la construcción de capacidades asimétricas”.

No obstante, aunque el documento asume que la infraestructura militar, aviones y barcos serían destruidos por los misiles y cohetes del Ejército Popular de Liberación (EPL), también enfatiza la continuación del desarrollo de barcos y aviones indígenas. Por ejemplo, el gobierno ha recuperado un programa para el diseño y construcción de fragatas de 6.000 toneladas. Es decir, la estrategia asimétrica parece no terminar de recuperar la coherencia estratégica inicial.
Por otro lado, en la fase de respuesta a la guerra de zona gris, destaca la participación del gobierno de Taiwán en la guerra cognitiva con China, especialmente porque es una vía de preparación para el despliegue completo de los fines y medios asimétricos en la etapa de invasión.
En la guerra cognitiva, la Agencia de Movilización de la Defensa Total de Taiwán está buscando mantener una moral alta y patriótica en la población y se preocupa por ser un punto de difusión de información al que contribuya la población.
Esto es de vital importancia para sostener las siguientes fases de resistencia donde, según Aznar Fernández-Montesinos, en una guerra asimétrica, el monólogo contra el adversario que genera el débil luchando por su existencia es “clave para la vertebración y movilización de la violencia”.
La respuesta a la invasión china
Taiwán asume que un bloqueo chino tiene la capacidad de transformarse en una invasión de la isla, y es ante esta situación cuando la estrategia asimétrica cobra todo su protagonismo. En este escenario, Taiwán se prepara para utilizar armas convencionales, como el empleo de los tanques estadounidenses M1A2T Abrams.
No obstante, destaca el empleo de medios baratos como armas antitanques portátiles y montadas en vehículos y, sobre todo, vehículos aéreos no tripulados (UAVs). De esta manera sigue la referencia ucraniana en su respuesta a la invasión rusa. En ella, el empleo de UAVs se ha convertido en un arma disruptiva contra el gran tamaño de la estructura militar rusa por sus precisión y adaptabilidad.
Por otro lado, la estrategia militar del 2025 QDR demuestra la preparación de Taiwán para la guerra de guerrillas, un modelo táctico propio de la guerra asimétrica. De acuerdo con Morán Blanco, en la guerra de guerrillas se busca acosar en el territorio propio a un ejército enemigo por lo general invasor, se evitan batallas con un coste alto en las que se ataca y huye, y se trata de eliminar al adversario aprovechando la ventaja de la información.
Según la autora, este modelo implica buscar refugio en áreas rurales o entre la población, trasladar el conflicto a zonas donde exista ventaja de movilidad y emplear fuerzas descentralizadas sostenidas gracias al respaldo de la población civil.
En esta línea, en primer lugar, el 2025 QDR aboga por un modelo de operaciones descentralizadas y en el que se emplea el concepto “mando tipo misión”. En concreto, el “mando tipo misión” es una forma de mando y control del ejército que se centra en la “toma de decisiones de los subordinados y la ejecución descentralizada según la situación”.
Aunque este tipo de mando puede surgir de forma orgánica en el campo de batalla como resultado del entrenamiento, Taiwán lo incorpora expresamente en su estrategia nacional como un elemento clave para desarrollar capacidades militares resilientes.
En segundo lugar, el 2025 QDR explica que la estrategia militar de Taiwán se construye sobre los principios “movilidad, agilidad, letalidad, coste-efectividad y sigilo” y expone que “las fuerzas deben intentar primero preservar su capacidad frente al fuego enemigo antes del combate [y] aprovechar los terrenos cercanos y las barreras para mejorar la resistencia en operaciones prolongadas“.
En tercer lugar, Taiwán le otorga a la población un papel especial de apoyo al ejército a partir del concepto “whole-of-society defense resilience”. Para abordar dicho apoyo, es importante resaltar la reorganización de las fuerzas armadas anunciada en 2022 por la expresidenta Tsai-Ing wen.
Esta reorganización consistió en: una fuerza de combate principal de “personal voluntario en servicio activo”, una fuerza de guarnición permanente de “personal del servicio obligatorio”, un sistema de reservistas para el apoyo de los dos primeros grupos y un sistema de defensa civil.
Según la expresidenta, dicho sistema de defensa civil se encargaría de actividades destinadas a asegurar la continuidad de la sociedad, pero también a apoyar las operaciones militares y, según la Ley de Defensa Civil, los cuarteles, equipos y ramas de defensa civil estarían formados por los adultos menores de 70 años, con excepciones.
Asimismo, el 2025 QDR expone mecanismos de integración civil-militar que se fortalecerían durante una invasión. En caso de conflicto, por un lado, el Ministerio de Defensa se coordinará con los Centros Conjuntos de Mando y Control de Emergencias locales para asignar fuerzas civiles a operaciones defensivas. Por otro lado, funcionarios civiles de defensa formados previamente servirán para “promover mejores relaciones entre personal civil y militar”.
Aprovechar las vulnerabilidades chinas
A fin de entender la intención de Taiwán de alargar el conflicto con China frente a la voluntad del segundo de lograr una invasión rápida, tenemos que resaltar que, según Aznar Fernández-Montesinos, en la guerra asimétrica la guerra se realiza ”verticalmente y en otros planos –político, social, económico, etcétera–” y se aprovechan las limitaciones del fuerte “que pueden ser legales […] políticas […], geográficas […], temporales[…], o relativas al empleo de los medios militares".
En primer lugar, esta dimensión de la estrategia de Taiwán se construye sobre su intención de internacionalizar el conflicto con China en la defensa de los valores liberales. De ese modo, la isla expone que es estratégica para frenar la expansión del autoritarismo y que busca colaborar con otros Estados para responder a amenazas potenciales y proteger la libertad y la democracia.
En referencia a la invasión de la isla, China ha reiterado en su libro blanco de 2025, titulado La Seguridad Nacional de China en la Nueva Era que Taiwán es una parte inseparable de su territorio y que se “reserva la opción de tomar todas las medidas necesarias”.
Aún con ello, la Ley Antisecesión de China de 2005, en su artículo 9, presta atención a la versión limitada para conflictos internos del ius in bello –derecho en la guerra–. La ley alega que Pekín hará “todo lo posible por proteger las vidas, los bienes y otros derechos e intereses legítimos de los civiles taiwaneses y los ciudadanos extranjeros en Taiwán, y minimizar las pérdidas”.
En cambio, Taiwán, aun siendo un Estado de facto pero no de iure, revindica su soberanía y ha mostrado compromiso por el cumplimiento de la versión completa ius in bello en sus nuevas Reglas de Compromiso (ROE) de 2024. Además, Taipéi parece asumir, al menos discursivamente, un ataque chino sobre objetivos civiles.

Esto lo podemos observar, por ejemplo, en la forma en que el 2025 QDR destaca la “defensa de ataque aéreo” en la resiliencia urbana para proteger la infraestructura crítica, o la forma en que anualmente realiza ejercicios civiles de retirada a refugios antiaéreos.
Por lo tanto, en caso de invasión, Taiwán seguirá la línea discursiva empleada contra Rusia en apoyo a Ucrania, y difundirá en los medios internacionales una narrativa que sitúe a China como un Estado agresor, abusón, contrario al derecho internacional, a los valores universales y al orden internacional.
De esta manera, al menos en Occidente, Taipéi promoverá la imposición de sanciones y amenazará la Iniciativa de Seguridad Global china, cuya retórica destaca la no injerencia en cuestiones internas, pero se sostiene en el respeto del derecho internacional. Además, todo apoyo externo a Taiwán será enfatizado por su importancia en las cadenas de suministro globales –especialmente en semiconductores– y en el comercio marítimo en general.
En segundo lugar, Taipéi podría aprovechar el impacto del descontento de la población china por un conflicto prolongado, aunque el país tenga un régimen no democrático liberal. La razón es que la sociedad china no ha experimentado una guerra real desde 1979 y que Taiwán es una de sus principales cuestiones nacionales, por lo que la legitimidad del Partido Comunista, parcialmente basada en resultados, se podría ver afectada.
Las masivas protestas registradas en China durante la pandemia estuvieron motivadas, en gran medida, por el impacto económico de la política de cero COVID. En este sentido, unas movilizaciones similares podrían resultar determinantes si se cumplen previsiones como una caída del 7% del PIB chino en el primer año de un bloqueo a Taiwán.
Finalmente, Pekín será reticente a provocar una gran destrucción en Taiwán pues lo considera parte de su soberanía y guarda una gran dependencia con su industria de semiconductores, que puede ser empleada a su favor. Esta será otra circunstancia que las guerrillas taiwanesas podrán explotar en un conflicto prolongado en perjuicio de la potencia asiática.
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