
El calendario de 2025 en el continente africano tenía una fecha marcada en rojo: las elecciones presidenciales de Costa de Marfil del 25 de octubre. En estos comicios, el presidente Alassane Ouattara aspira a obtener un cuarto mandato. La campaña electoral ha sido especialmente tensa, con protestas contra la inhabilitación de varios candidatos violentamente reprimidas. En este ambiente tan caldeado, muchos recuerdan con temor la crisis postelectoral de 2010 en la que murieron centenares de personas.
Desde julio de este año, miles de marfileños han salido a las calles de las principales ciudades del país tras el anuncio de Alassane Ouattara de presentarse de nuevo como candidato. La oposición acusa al mandatario de querer perpetuarse en el poder y de incumplir el límite de dos mandatos previsto en la Constitución.
Para el actual presidente, la aprobación de una nueva carta magna en 2016 habría puesto el contador a cero, por lo que, de volver a ganar, se trataría del segundo mandato y no del cuarto. Entre parte de la población y en ciertos medios no han dudado en calificar las elecciones como la “coronación” de Ouattara como “monarca”.
Contexto de las elecciones en Costa de Marfil
La oposición también denuncia la falta de garantías democráticas para considerarlos como unos comicios justos. De las más de cincuenta candidaturas presentadas, solo cinco han pasado el filtro del Consejo Constitucional y pueden postularse.
Entre los rechazados se encuentra el expresidente y líder del Partido Popular Africano, Laurent Gbagbo, quien, tras ser encarcelado y posteriormente absuelto por la Corte Penal Internacional (CPI), mantiene una condena por saqueos de fondos públicos que le inhabilitaría como candidato.
Otro de los principales rivales de Oauttara, Tidjiane Thiam, ha sido excluido por tener doble nacionalidad y para otros casos se han alegado multitud de motivos que van desde defectos de forma en sus expedientes a insuficientes garantías económicas.
Todo ello ha reducido mucho la competencia electoral, allanando el camino a una nueva victoria de Ouattara. También se ha visto favorecido por las tensiones entre parte de la oposición, que, tras varios intentos de formar una candidatura única, finalmente se presenta por separado. Entre las pocas figuras aceptadas se encuentra Simone Ehivet Gbagbo, esposa del expresidente y que busca canalizar el apoyo popular que este aún conserva.
Mucho se ha hablado de su posible alianza con Ahoua Don Mello, exportavoz de Gbagbo y que se presenta como independiente centrando su discurso en la "justicia social". Por su parte, Jean-Louis Billon es un empresario y exministro de Comercio que se postula como una opción liberal y que ha basado su campaña en el desarrollo económico.
Precisamente la economía es uno de los pilares con los que Ouattara busca garantizar su reelección. Las tasas de crecimiento desde su llegada al cargo en 2011 se encuentran entre las más altas de África occidental, impulsadas por las exportaciones de productos agrícolas como el cacao –Costa de Marfil es el principal productor mundial–, la construcción de grandes infraestructuras y la atracción de la inversión extranjera.
En contraste, cuando Ouattara llegó al poder, Costa de Marfil se encontraba devastado tras una guerra civil y la crisis postelectoral, registrándose índices de pobreza cercanos al 55%. Su prioridad se centró en la reconstrucción económica, alcanzando tasas de crecimiento de hasta el 6% y reduciendo la pobreza al 37%.
Sus críticos señalan que este “milagro” económico se debe al punto tan bajo desde el que partía, así como que, a pesar de este, se mantiene una gran desigualdad dentro de la sociedad marfileña, altos niveles de paro juvenil y una gran dependencia de la exportación de materias primas.
No obstante, Ouattara ha centrado su campaña en presentarse como el garante de la estabilidad y de la continuidad en la confianza de los inversores internacionales, defendiendo que una alternancia política pondría en riesgo los logros cosechados hasta la fecha.
Los violentos antecedentes de 2010
En un intento de evitar las protestas durante la campaña y garantizar una jornada electoral tranquila, el gobierno marfileño ha desplegado hasta 44.000 miembros de las fuerzas de seguridad en las calles de las principales ciudades.
El 2 de octubre, el Consejo de Seguridad Nacional anunció que se tomarían “todas las medidas necesarias” para mantener el orden durante el periodo electoral, lo que incluye la prohibición de cualquier tipo de protesta. A pesar de ello, las movilizaciones contra la manipulación del proceso han sido casi diarias, produciéndose más de 700 detenidos y, según algunos medios, la muerte de tres personas: dos manifestantes y un policía.
La situación extremadamente tensa que vive el país hace recordar a muchos un episodio que sigue siendo una herida abierta en la sociedad marfileña. A finales de 2010, el entonces presidente Gbagbo se negó a aceptar los resultados de las elecciones que daban como vencedor a Alassane Ouattara. Aquello derivó en violentos enfrentamientos entre los partidarios de ambos candidatos que, según Human Rights Watch, habrían causado más de 3.000 muertos.
La división dentro de las Fuerzas Armadas hizo temer por el reinicio de la guerra civil que había concluido apenas tres años antes. Finalmente, las fuerzas leales a Ouattara lograron capturar a Gbagbo y colocar al mando al actual presidente, aunque la polarización entre los defensores de ambos sigue muy presente a día de hoy.

Por otro lado, la situación internacional también es uno de los puntos que están marcando la campaña, especialmente los golpes militares registrados en varios países del Sahel en los últimos años y una insurgencia yihadista en expansión que amenaza la seguridad marfileña. Ouattara se ha convertido en uno de los principales rivales de la Alianza de Estados del Sahel, lo que muchos lo explican por su relación con Francia.
Para la oposición, la alianza de Ouattara con París le convierte en su socio privilegiado para evitar un efecto contagio de los golpes de la AES, influyendo para garantizar su mantenimiento en el poder. Sin embargo, en un clima general en el continente de resentimiento contra el neocolonialismo galo, Oauttara ha sabido jugar sus cartas anunciando la salida de las tropas francesas del país.
En todo este contexto, las elecciones de este sábado se presentan como una prueba decisiva para la estabilidad de Costa de Marfil. La instrumentalización del sistema electoral por parte de Alassane Oauttara y su propia interpretación de la Constitución auguran un panorama postelectoral complicado, centrándose parte del debate en sí pueden repetirse los sucesos de 2010.
Salvo sorpresa, el actual presidente debería hacerse de nuevo con la victoria en los comicios e iniciar un cuarto mandato al frente del país, pero lo que no está tan claro es si la oposición política y la sociedad civil aceptarán los resultados.
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