Portada | África Subsahariana | Esuatini, la última monarquía absoluta de África

Esuatini, la última monarquía absoluta de África

Esuatini mantiene la última monarquía absoluta de África, donde la tradición, el poder del rey Mswati III y la desigualdad marcan la vida política.
Esuatini mantiene la última monarquía absoluta de África, donde la tradición, el poder del rey Mswati III y la desigualdad marcan la vida política. Fuente: 總統府 - bajo CC BY 2.0

Mswati III cumplió, en abril de 2026, 40 años como rey de Esuatini. La celebración no estuvo exenta de ostentación y costosos regalos y contó con la presencia de jefes de Estado como los de Mozambique, Botsuana o Zimbabue. El lujo mostrado contrasta con los altos niveles de pobreza de este pequeño país del África austral, considerado la última monarquía absoluta del continente y una de las pocas que quedan en el mundo. 

Esuatini es el segundo país más pequeño del África continental y se encuentra enclavado entre Sudáfrica y Mozambique. Su situación geográfica no le ha impedido llevar a cabo una política exterior singular, siendo, por ejemplo, el único Estado africano que mantiene relaciones diplomáticas con Taiwán.

En el plano interno, el rey es la figura central de todo el sistema político, concentrando amplios poderes y con escasos límites a su autoridad. En conjunto, Esuatini presenta una serie de particularidades históricas e institucionales que lo convierten en uno de los casos más atípicos del continente.

Esuatini durante la etapa colonial

Esuatini fue llamado Suazilandia hasta 2018, año en el que el actual rey, Mswati III, cambió el nombre del país como un modo de distanciarse del legado colonial y evitar las habituales confusiones con Switzerland (Suiza).

En ambos casos significa “tierra de los suazis”, en inglés y en lengua suazi. La gran mayoría de la población de Esuatini pertenece a este grupo étnico, existiendo también una comunidad importante en Sudáfrica. Tanto el pueblo como el país toman su nombre de Mswati I, un rey suazi del siglo XIX.

Los orígenes del reino actual se encuentran en el siglo XVIII, aunque será en el siglo siguiente cuando este se consolide y adquiera una dimensión territorial superior a la que tiene hoy en día. Con el rey Sobhuza I, el reino desarrolla un sistema político centralizado en torno a la figura del monarca. Sin embargo, en su momento de máximo apogeo, se convertirá en objeto de deseo tanto de los bóers procedentes de Sudáfrica como del colonialismo británico.

Su interés en el Reino suazi se enmarca dentro de la colonización europea del sur de África, con los bóers en pleno proceso de expansión en búsqueda de nuevas y mejores tierras y los británicos aspirando controlar las rutas estratégicas y los recursos naturales.

Esta penetración no se produjo mediante la conquista y la colonización directa, sino de forma gradual a través de comerciantes, misioneros y, sobre todo, de concesiones sobre grandes extensiones de tierras y derechos de explotación minera otorgadas a colonos europeos.

Bóers y británicos lo convirtieron en un espacio de competencia económica, influyendo notablemente en el reino pero sin incorporarlo formalmente a las estructuras coloniales. Esto le permitió conservar durante décadas una autonomía significativa, manteniendo la monarquía y sus estructuras de poder tradicionales.

Mapa de Esuatini, país rodeado por Sudáfrica y Mozambique.
Mapa de Esuatini, país rodeado por Sudáfrica y Mozambique. Fuente: Perry-Castañeda Library Map Collection - bajo CC BY-SA 3.0

A pesar de ello, esta autonomía fue progresivamente erosionada a medida que avanzaba la influencia europea, mediante mecanismos jurídicos como la exclusión de los colonos de la jurisdicción tradicional suazi, lo que en la práctica limitaba su soberanía. Finalmente, tras la Segunda Guerra Bóer, los británicos asumieron el control formal del territorio, estableciendo un protectorado a principios del siglo XX.

Aunque mantuvieron a la monarquía como autoridad tradicional, dominaban ámbitos clave como la política exterior o el control sobre los recursos, consolidando un sistema de dominación indirecta. Este modelo permitió la continuidad de gran parte de las estructuras políticas de los suazi, aunque con un alcance limitado y una pérdida evidente de soberanía sobre su territorio.

Con el establecimiento de la Unión Sudafricana en 1910, se plantearon distintas opciones para la integración del territorio suazi en el sistema sudafricano. Sin embargo, contaron con el rechazo de las elites suazi, que preferían mantener una soberanía limitada bajo administración británica que su incorporación a un Estado dominado por los colonos. Esta posibilidad quedó todavía más descartada con la instauración del apartheid, reforzando a su vez la separación política entre ambos territorios.

El proceso de descolonización en África austral avanzó de forma progresiva durante la segunda mitad del siglo XX, siendo parte Esuatini del Alto Comisionado para el África Meridional junto a Botsuana y Lesoto.

Este marco institucional permitió una transición ordenada hacia la independencia, sin romper con las estructuras de poder tradicionales. En 1968, la entonces Suazilandia se convierte en un Estado soberano dentro de la Commonwealth, manteniendo la monarquía como eje del sistema político. 

El rey Sobhuza II, figura central del periodo colonial, lideró la transición hacia la independencia, garantizando la continuidad dinástica, consolidando su autoridad e instaurando un sistema político fuertemente centralizado.

En 1973 suspendió la Constitución y prohibió los partidos políticos, estableciendo muchas de las bases del sistema actual. Tras su muerte en 1982 y un breve periodo de regencia, el trono pasó en 1986 a Mswati III, quien continúa siendo la figura central del sistema político del país en la actualidad.

Monarquía absoluta y tradición

Desde su acceso al trono en 1986, Mswati III ha mantenido y profundizado las bases del sistema político heredado de su padre. A pesar de ciertos cambios formales como la adopción de una nueva Constitución en 2005, la estructura de poder sigue siendo esencialmente la misma, consolidando un modelo en el que la figura del monarca sigue ocupando una posición central. 

Esuatini carece de una verdadera separación de poderes, controlando el rey, directa o indirectamente, el poder ejecutivo, legislativo y judicial. Mswati III es el encargado de nombrar al primer ministro y al resto de miembros del gobierno, pudiéndolos destituir cuando lo considere necesario.

A su vez, influye notablemente en cualquier decisión en áreas estratégicas como la defensa, la seguridad o la política exterior, por lo que el gobierno no tiene una verdadera autonomía en la toma de decisiones.

El país cuenta formalmente con dos cámaras legislativas –Asamblea y Senado–, siendo muchos de sus miembros nombrados directamente por el rey y teniendo este capacidad para bloquear cualquier ley que se apruebe. Los parlamentarios se escogen a través del sistema llamado tinkhundladonde cada circunscripción local escoge a su propio candidato individual, que debe ser leal al rey y tiene prohibido formar parte de ningún partido político.

Aunque con ello pretende mostrar cierto grado de pluralidad política, esta se encuentra fuertemente condicionada por las estructuras de poder tradicionales y locales, limitando cualquier competencia ideológica o contraria al statu quo y dificultando la articulación de una oposición estructurada. 

Al mismo tiempo, la monarquía no se limita a ser una institución política, sino que también desempeña un papel central en la construcción de la identidad cultural del país. A través de las ceremonias tradicionales, el rey intenta proyectar su imagen como figura de autoridad que trasciende lo político, extendiéndose al ámbito social, cultural e incluso religioso.

Para ampliar: Revuelta antimonárquica en Eswatini

Estas prácticas tienen una fuerte carga simbólica, ya que contribuyen a consolidar la legitimidad del monarca al vincularla con la tradición y los valores comunitarios. De este modo, poder político y tradición cultural aparecen estrechamente entrelazados, reforzándose mutuamente y garantizando la continuidad del sistema. 

Entre las ceremonias de carácter nacional destacan eventos como el Umhlanga, que, además de su componente cultural, cumple una función de cohesión social y de proyección de la monarquía como eje de identidad nacional.

Entre sus actos más destacados destaca la danza de la caña, donde miles de mujeres jóvenes de todo el país realizan un baile ritual. En ocasiones algunas de las participantes han pasado a integrarse posteriormente en la estructura de la casa real como esposas del monarca, manteniendo actualmente Mswati III unas 15 cónyuges.  

A pesar del férreo control político, el poder del monarca no está exento de contestación. En los últimos años, el país ha experimentado ciclos de protestas sin precedentes desde la independencia, siendo especialmente relevantes las de 2021, que pusieron en jaque la continuidad del sistema.

Las movilizaciones fueron impulsadas principalmente por los sectores más jóvenes, mezclando demandas de apertura democrática y libertad política con la denuncia de la desigualdad y la mala situación económica. A pesar de que estas acabaron diluyéndose, reflejaron un creciente malestar entre amplios sectores de la población y un cuestionamiento de la monarquía hasta entonces aparentemente minoritario.

Lejos de mostrar cierto grado de aperturismo, la respuesta del Estado tras las protestas ha sido de mayor contundencia hacia cualquier disidencia política. Las autoridades han recurrido a la prohibición de manifestaciones, detenciones de activistas y el uso de la fuerza por parte de las fuerzas de seguridad. 

Organizaciones internacionales han denunciado el empleo de munición real contra manifestantes, así como restricciones a derechos fundamentales como la libertad de expresión y de reunión. Así, aunque la intensidad de las protestas ha disminuido en los últimos años, las tensiones estructurales persisten e incluso aumentan, por lo que no es nada descartable un nuevo estallido social en un futuro próximo. 

La política exterior de Esuatini

La posición internacional de Esuatini está condicionada por su tamaño, su localización geográfica y su dependencia económica. Enclavado entre Sudáfrica y Mozambique, el país no tiene salida al mar y depende en gran medida de sus relaciones con los Estados vecinos para el comercio, el empleo y el acceso a infraestructuras estratégicas. Esta condición ha favorecido una política exterior pragmática, centrada más en la supervivencia económica que en la proyección global.

El principal socio del país es su vecina Sudáfrica, con la que mantiene una relación asimétrica y de profunda dependencia. Los vínculos entre ambos han pasado por distintas etapas de cooperación y conflicto, llegando a uno de sus puntos más bajos cuando distintos movimientos antiapartheid usaron el territorio de Esuatini, dando lugar a operaciones transfronterizas de las fuerzas de seguridad sudafricana. 

En la actualidad, la economía suazi está integrada en gran medida en la Unión Aduanera del África Austral, lo que facilita el comercio pero también refuerza una fuerte dependencia de las transferencias aduaneras y del mercado sudafricano.

Además, una parte significativa de la población de Esuatini trabaja en Sudáfrica, lo que convierte esta relación en un elemento estructural para la estabilidad económica y social del país.

El rey Mswati III de Esuatini junto a Tsai Ing-wen, presidenta de Taiwán entre 2016 y 2024. Fuente: 總統府 - bajo CC BY 2.0

Esta dependencia no es únicamente económica, sino también política. Su relación con Sudáfrica condiciona su margen de maniobra en el plano regional, ya que Pretoria tiene un papel de liderazgo en las dinámicas de todo el sur de África. Esto hace que cualquier tensión interna en Esuatini sea observada con atención en el entorno sudafricano, lo que influye en la forma en que se gestionan las crisis políticas. 

En este contexto, el margen de actuación del país se ve limitado por la necesidad de mantener unas relaciones estables con su entorno inmediato. A ello se suma el papel de la Comunidad de Desarrollo de África Austral, que suele evitar presionar de manera directa al gobierno suazi para que lleve a cabo transformaciones políticas profundas, priorizando la estabilidad regional. 

En el plano diplomático, Esuatini ha desarrollado una política exterior basada en alianzas limitadas, pero estratégicas y pragmáticas, buscando apoyo internacional en función de sus necesidades. En este marco, destaca su posición como único país africano que reconoce a Taiwán, manteniendo unos vínculos oficiales que le han permitido acceder a ayuda económica, cooperación sanitaria y asistencia técnica en distintos sectores clave. 

Sin embargo, esta decisión también tiene implicaciones relevantes, ya que el reconocimiento de la República de China implica la ausencia de relaciones diplomáticas oficiales con la República Popular de China.

Esto significa renunciar al acceso directo a inversión, comercio y cooperación financiera a gran escala del gigante asiático, lo que le coloca en desventaja respecto al resto de países africanos. Sin embargo, con esta política, la monarquía de Mswati III intenta mostrar cierto margen de autonomía exterior, aunque dentro de unas restricciones estructurales significativas. 

Para ampliar: China elimina los aranceles a toda África... excepto Esuatini

Por otro lado, la realidad socioeconómica interna destaca por la extrema desigualdad en la distribución de la riqueza. Aunque el país dispone de fuentes de ingresos estables por su integración económica regional, esto no se ve reflejado en la mejora de las condiciones de vida de su población.

En contraste con la opulencia de la monarquía, se calcula que aproximadamente la mitad de la población vive bajo el umbral de la pobreza, llegando a tasas superiores al 70% entre la población rural. A ello se suman problemas estructurales de gran impacto, como la elevada incidencia del VIH/SIDA, que afecta a cerca de un cuarto de la población adulta.

En definitiva, las singularidades que representa Esuatini ponen de manifiesto las dificultades de un sistema político que combina elementos tradicionales con una estructura estatal moderna, pero que no cuenta con mecanismos efectivos de control institucional del poder.

La centralización del poder en la figura del rey, la ausencia de canales efectivos para la oposición o la represión política, son una gran fuente de tensión interna, por lo que la monarquía teme más que nunca el estallido de nuevos levantamientos populares.

Aunque la continuidad del sistema parece incuestionable, esta dependerá en gran medida de su capacidad para gestionar unas demandas sociales y económicas que, aunque contenidas, siguen presentes y podrían intensificarse en los próximos años. 

Suscríbete y accede a los nuevos Artículos Exclusivos desde 3,99€

Si escoges nuestro plan DLG Premium anual tendrás también acceso a todos los seminarios de Descifrando la Guerra, incluyendo directos y grabaciones.