
Hasta siete grupos armados y políticos de Etiopía han formado una alianza con el objetivo prioritario de derrocar al gobierno de Abiy Ahmed y al Partido de la Prosperidad.
La noche del domingo 20 de septiembre, el líder del Movimiento Nacional Amhara Fano, Zemene Kessie, apareció en la televisión Tigray TV para leer el comunicado conjunto en el que declaraba oficialmente la creación de la Alianza de Fuerzas Populares de Etiopía para la Supervivencia, abreviado como Alianza para la Supervivencia.
Los firmantes tachan al gobierno del Partido de la Prosperidad de “régimen individualista, dictatorial y genocida”, denunciando la caída del país “más allá del estatus de Estado fallido”.
Además, aseguran que, bajo Abiy Ahmed, Etiopía se está encaminando cada vez más hacia la desintegración y le acusan de actuar “como mercenario de potencias extranjeras”. Según defienden, su objetivo sería establecer un gobierno transitorio que garantice la supervivencia de todos los pueblos que componen Etiopía.
Aunque no especifican los métodos a los que pretenden recurrir para lograr derrocar a Ahmed, sí hacen un llamamiento a todas las organizaciones y partidos políticos del país, a las fuerzas armadas y a los dirigentes del régimen a unirse a la lucha, así como a los países vecinos y al conjunto de la comunidad internacional a reconocer que Adís Abeba “carece tanto de la capacidad como de la voluntad para establecer la estabilidad y la paz para Etiopía”.
La declaración también habla de coordinar las capacidades populares y organizativas de sus miembros, aunque no establece la creación de un mando militar conjunto ni detalla posibles operaciones.
Una alianza heterogénea
Una de las cosas que más ha llamado la atención de esta alianza es la extensa dimensión territorial y étnica de sus miembros, abarcando las seis regiones más pobladas y los principales grupos étnicos.
Estos son: el Movimiento Nacional Amhara Fano, el Ejército de Liberación Oromo (OLA), el Frente Popular de Liberación de Tigray (TPLF), el Frente Revolucionario de Unidad Nacional Afar (Ugugumo), el Frente de Liberación Nacional de Ogadén (ONLF), el Movimiento de Liberación Popular de Benishangul (BPLM) y el Movimiento Democrático Popular de Gumuz (GPDM).
De entre todas ellas, Fano, el OLA y el TPLF destacan por su trayectoria insurgente y por el peso que han adquirido en los principales conflictos internos de Etiopía durante los últimos años. Fano es una alianza de milicias amhara y una de las principales fuerzas insurgentes de la región de Amhara, donde mantiene desde 2023 una guerra contra el gobierno federal.
Sus combatientes habían luchado pocos meses antes junto a las fuerzas de Abiy Ahmed contra el TPLF durante la guerra de Tigray. Sin embargo, la intención de Adís Abeba de integrar a las fuerzas amhara en el ejército federal provocó un levantamiento general de estas milicias, que, pese a conservar una estructura fragmentada, han incrementado en los últimos años la coordinación entre sus distintas facciones.
El TPLF, por su parte, gobernó Etiopía durante casi tres décadas como principal fuerza de la coalición que dominó el país hasta la llegada de Abiy Ahmed en 2018. La ruptura entre ambas partes desembocó en la guerra de Tigray en noviembre de 2020.
El conflicto terminó oficialmente con el acuerdo de Pretoria de 2022, pero varias cuestiones quedaron sin resolverse. Asimismo, en los últimos meses se han incrementado las tensiones entre el TPLF y el gobierno federal, e incluso se han producido enfrentamientos, aumentando cada vez más los temores a que se inicie una verdadera guerra.
Por su parte, el OLA es la principal organización armada vinculada al movimiento nacionalista de oromo y mantiene una insurgencia de larga duración en la región más poblada del país.
El grupo surgió como una escisión del histórico Frente de Liberación Oromo (OLF), después de que este abandonara la lucha armada y regresara a la política tras el acuerdo de paz alcanzado en 2018. La población oromo, el principal grupo étnico de Etiopía, ha denunciado históricamente su marginación política y económica, una situación que no ha desaparecido bajo el mandato de Abiy Ahmed.
El resto de organizaciones tienen una implantación más localizada. El ONLF surgió en la región somalí de Etiopía, históricamente conocida como Ogadén, para reivindicar mayores derechos para la población somalí. Llegó a mantener durante décadas una insurgencia contra el gobierno federal, aunque en 2018 firmó un acuerdo de paz y abandonó oficialmente la lucha armada.
En Afar, Ugugumo representa una corriente política y armada vinculada a las reivindicaciones de la población afar, un pueblo asentado en el noreste del país y también presente en Yibuti y Eritrea. El BPLM y el GPDM, por su parte, están vinculados a las comunidades de Benishangul-Gumuz, una región fronteriza con Sudán que también ha sufrido episodios de violencia entre grupos locales y las fuerzas federales.
La alianza resulta especialmente llamativa porque reúne a organizaciones que hasta hace pocos años se encontraban en posiciones enfrentadas. Fano combatió junto al ejército federal contra el TPLF durante la guerra de Tigray, mientras que las fuerzas amhara y el OLA también han protagonizado enfrentamientos por las zonas fronterizas entre Amhara y Oromia.
Más allá de estos conflictos, existen además disputas territoriales entre algunas de las comunidades representadas en la alianza, como la que mantienen Afar y la región Somali por varios territorios fronterizos. Pese a ello, todas estas organizaciones comparten actualmente su oposición a Abiy Ahmed, un elemento que ha permitido agrupar bajo una misma alianza a movimientos con reivindicaciones territoriales y políticas muy diferentes.
¿Hacia una guerra regional?
Si en algo coinciden todos los miembros de la alianza es en su crítica al proceso de centralización de Abiy. El primer ministro ha tratado de reforzar las instituciones federales frente al peso de las administraciones regionales, con el objetivo de desmantelar el sistema de federalismo étnico que rige el país desde 1995, el cual organiza buena parte del territorio en regiones vinculadas a determinadas comunidades y reconoce amplios derechos de autodeterminación a las distintas nacionalidades.
Los detractores de Abiy Ahmed consideran que este proceso ha reducido la autonomía de las regiones y ha concentrado el poder en Adís Abeba. A ello se suma la escasa credibilidad de los procesos electorales celebrados en los últimos años, cuestionados por la oposición y marcados por denuncias de irregularidades, exclusiones y falta de garantías democráticas.
Aunque desde Adís Abeba no se ha emitido por ahora un comunicado oficial específico sobre la creación de la alianza, la portavoz de Abiy Ahmed, Billene Seyoum, afirmó que sus integrantes llevaban tiempo colaborando con apoyo financiero de Eritrea, una acusación que Asmara ha negado en repetidas ocasiones. De momento, la respuesta oficial ha sido la suspensión indefinida de Tigray TV.
La posible implicación eritrea aumenta todavía más la preocupación por una escalada regional. Etiopía y Eritrea ya estuvieron en guerra a finales de siglo, aunque durante la guerra de Tigray se convirtieron en aliados y combatieron conjuntamente contra el TPLF.
Ahora, las relaciones entre ambos países atraviesan de nuevo un periodo de tensión, marcado por las disputas sobre la presencia de tropas eritreas en territorio etíope y por el acceso de Etiopía al mar Rojo.
A ello se suma el deterioro de las relaciones con Sudán, que mantiene sus propias disputas territoriales con Etiopía y ha acusado al gobierno etíope de dar apoyo a las Fuerzas de Apoyo Rápido enfrentadas a las Fuerzas Armadas. Un nuevo conflicto abierto dentro de Etiopía podría, por tanto, superar rápidamente las fronteras nacionales y entrelazarse con las guerras y rivalidades que atraviesan actualmente el Cuerno de África.
La principal incógnita ahora es hasta qué punto la Alianza para la Supervivencia será capaz de convertir su oposición común a Abiy Ahmed en una coordinación política y militar efectiva. Sus integrantes continúan separados por enormes distancias geográficas, diferentes objetivos políticos y disputas territoriales, y la propia estructura de la alianza todavía resulta poco definida.
Sin embargo, su aparición supone un cambio relevante en el escenario etíope, pues, por primera vez en años, las principales fuerzas procedentes de Tigray, Amhara, Oromia y otras regiones han decidido presentar sus conflictos con Adís Abeba como parte de una misma lucha. Si esta cooperación llega a consolidarse, podría abrir un nuevo frente de inestabilidad en Etiopía y complicar todavía más la frágil situación de toda la región.
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