
En los días posteriores al primer intercambio de ataques entre Israel e Irán en la madrugada del 13 de junio, las hostilidades continuaron sucediéndose y escalando progresivamente. El objetivo israelí de desmantelar los programas de enriquecimiento nuclear y misiles balísticos de la República Islámica resulta difícil de alcanzar sin una campaña extendida de bombardeos y la eventual colaboración activa de Estados Unidos en las operaciones.
Así pues, se presentan dos escenarios alternativos posibles con respecto al desarrollo del conflicto en los próximos días: la claudicación iraní o el comienzo de una contienda a largo plazo propiamente dicha.
No obstante, hasta la fecha, los intercambios de hostilidades de los últimos días han evidenciado claros signos de escalada. A diferencia de los objetivos seleccionados en las primeras oleadas, en las ofensivas posteriores ambos países han comenzado a atacar infraestructuras e instalaciones energéticas de su adversario.
Este desarrollo marca un nuevo paso en la intensificación de los enfrentamientos, con posibles consecuencias significativas para la estabilidad y la economía de Israel e Irán. Asimismo, estos ataques suponen un precedente histórico para ambos países, al tratarse de las primeras ofensivas militares abiertas contra la red energética civil y comercial tras décadas de enemistad.
Instalaciones energéticas, el objetivo de Irán e Israel
El sábado 14 de junio, Israel bombardeó el yacimiento de gas de South Pars, obligando a Irán a suspender parcialmente la actividad. South Pars es, con diferencia, el yacimiento más grande del mundo y genera alrededor de dos tercios del gas del país. Se estima que las disrupciones afectaron a la producción de aproximadamente 12 millones de metros cúbicos, lo cual representa cerca del 1,5% de la producción diaria nacional.
Cabe destacar que, en 2023, Irán produjo un total de 275.000 millones de metros cúbicos de gas, la mayoría de los cuales fueron en principio destinados al consumo doméstico dadas las sanciones existentes sobre el sector energético iraní.
La soberanía de South Pars está compartida entre Irán y Catar, pero los ataques parecen haber sido dirigidos exclusivamente al área de 3.700 kilómetros cuadrados –menos de la mitad del campo– situada en aguas territoriales iraníes, que alberca alrededor del 6% de las reservas mundiales de gas natural, así como a plantas de procesamiento situadas en tierra firme.
Asimismo, Israel atacó las instalaciones del depósito de Shahran en Teherán, el cual representa uno de los principales centros de distribución de la red energética nacional y es vital para el suministro del norte de la capital. También se reportaron disrupciones en la refinería de Teherán, en el distrito de Shahr-e Rey, clave para la logística energética de la ciudad. Sin embargo, más tarde se negó que estas se debieran a un bombardeo israelí, quedando sin aclarar la causa del incendio que paralizó las instalaciones.
Como respuesta, Irán atacó mediante misiles balísticos la refinería del grupo BAZAN en Haifa, produciendo daños limitados en ciertas áreas, aunque no fue obligada a cesar sus actividades de refinación. Hasta el momento, Israel ha centrado sus ataques contra la infraestructura energética iraní en instalaciones cuya disrupción impacta principalmente en el ámbito doméstico.
No obstante, no cabe descartar la posibilidad de que el Estado sionista expanda sus operaciones a instalaciones claves para la exportación de la energía iraní, haciendo a la estratégica isla de Kharg y sus alrededores potenciales objetivos si la situación continua escalando.
El sector energético en Irán
La República Islámica ha incrementado severamente la cantidad de exportaciones en el sector energético en los últimos años. La empresa de consultoría energética FGE pone la cifra de ingresos gracias a las ventas energéticas en 78.000 millones en 2024, casi el cuádruple que hace unos años. Sin embargo, el impacto de las sanciones existentes continúa siendo palpable.
Esto, unido a la antigüedad de la infraestructura energética del país, pone a Irán en una desventaja relativa notable en comparación con otros Estados del golfo. La República Islámica, el tercer país con mayores reservas de petróleo del mundo y el segundo en términos de gas natural, afronta una situación interna de alta incertidumbre energética, donde los apagones planificados son habituales para reducir el consumo nacional de energía.
Asimismo, en términos de su potencial exportador, sufre de una aguda crisis de demanda dadas las sanciones internacionales. La mayoría del petróleo iraní exportado es comprado por pequeñas refinerías independientes chinas que obtienen un importante descuento al adquirir crudo sancionado. Sin embargo, en los últimos meses Estados Unidos ha intensificado sus esfuerzos para aplicar sanciones secundarias a las entidades que comercian con petróleo iraní.
En este contexto, una ofensiva militar contra las capacidades de exportación de petróleo iraníes podría tener ramificaciones para la demanda mundial de crudo al obligar a las compañías chinas a entrar al mercado internacional. Asimismo, el socavamiento –ya en marcha– de la red doméstica de energía promete ser una manera efectiva de aumentar la presión sobre Teherán y contribuir a la inestabilidad política y el descontento social en un escenario interno ya de por sí frágil.
El posible cierre del estrecho de Ormuz
Irán parece estar en desventaja a nivel militar dado el control israelí del espacio aéreo sirio e iraquí y la aparente facilidad de navegación de sus drones sobre territorio iraní, así como la constante sucesión de maniobras de neutralización de lanzadoras de misiles iraníes.
Habiendo Israel abierto el camino a ofensivas estratégicas contra la seguridad nacional y económica mediante ataques a objetivos no puramente militares, Teherán parece estar valorando recurrir a opciones alternativas de carácter drástico.
Según varios reportes, los sectores políticos iraníes más conservadores están barajando la idea del cierre del estrecho de Ormuz, el punto estratégico más importante a nivel mundial para el mercado internacional del petróleo. En vísperas del comienzo de las hostilidades el 13 de junio, JPMorgan publicó un informe en el que estimaba como escenario base un precio del petróleo estabilizado en torno a los 60 dólares por barril a lo largo de 2025 y 2026.

Sin embargo, en el mismo informe, la corporación financiera predecía un precio de más de 120 dólares –es decir, un incremento de aproximadamente el 100%– en caso de que Irán prometiese cargar contra el 20% del comercio de petróleo internacional que transita por el estrecho de Ormuz a diario.
La importancia estratégica del estrecho de Ormuz recae en la complicación para los países del golfo –que en su mayoría las ventas de crudo representan gran parte de su economía nacional– de redirigir el flujo de exportación de petróleo por rutas alternativas, a diferencia de lo ocurrido con la campaña de los hutíes yemeníes sobre el tránsito en el mar Rojo.
No obstante, la iniciativa de cierre del estrecho de Ormuz implicaría casi inevitablemente un ataque directo a los intereses regionales de Estados Unidos, en un contexto en el que Donald Trump está especialmente centrado en mantener estables los precios energéticos ante la presión interna por las expectativas de un incremento de la inflación en los últimos trimestres del año.
El bloqueo del estrecho de Ormuz impactaría de manera directa y a gran escala un mercado internacional del petróleo ya marcado por la incertidumbre tras el inicio de las hostilidades entre Irán e Israel. El intento de Teherán de ganar influencia de cara a un posible final del conflicto podría ser contraproducente y desencadenar una expansión de la crisis, al provocar una mayor implicación ofensiva de las fuerzas estadounidenses, que ya participan activamente en las operaciones israelíes de defensa antiaérea.
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