
El alto al fuego en la Franja de Gaza entre Israel y Hamás es oficialmente historia. El martes 18 de marzo, el Estado hebreo llevó a cabo la mayor campaña de bombardeos sobre el enclave palestino desde la firma de la tregua en lo que acabaría siendo uno de los días más sangrientos de la guerra. Según el Ministerio de Sanidad gazatí, los bombardeos del primer día provocaron más de 400 víctimas.
En su comunicado, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, dejaba claro que el propósito de esta acción es poner presión para que Hamás acepte los términos de la capitulación; los ataques son la continuación de esta misma política. En este sentido, declaraba que cualquier negociación en adelante se llevaría a cabo “bajo fuego”.
Asimismo, Netanyahu señaló que esta ronda inicial de bombardeos era tan solo “el comienzo” de una campaña de agresión sostenida contra Gaza, proclamando que “a partir de ahora, Israel actuará contra Hamás con creciente fuerza”. La excusa del primer ministro israelí para el fin de las hostilidades es el fracaso de las negociaciones, las mismas que él reiteradamente boicoteó para reanudar la guerra.
Algunas de las víctimas de mayor perfil de los bombardeos por el momento incluyen al líder del gobierno de Hamás en Gaza, Essam Addalees, así como al viceministro de Interior, Mahmud Abu Watfa, y al viceministro de Justicia, Ahmed Al-Hetta.
Israel y el alto al fuego en Gaza
El ataque de Israel hace añicos el alto al fuego acordado en Gaza a principios de año. Pero la realidad es que Tel Aviv viene trabajando desde el momento de su firma para minar lo establecido y continuar con la guerra con el objetivo de exterminar o expulsar a los palestinos. Desde el día 3 de febrero, el Estado hebreo y Hamás debían comenzar a negociar la segunda fase de la tregua.
Sin embargo, el primer ministro primero bloqueó el envío de una delegación y, después, envío a Catar un equipo diplomático sin poderes para firmar un acuerdo. Por lo tanto, fue imposible empezar a negociar propiamente la segunda fase que debería comenzar en marzo con la retirada total del ejército israelí de la Franja de Gaza y que terminaría sellando el fin completo de la guerra.
Además, Israel ha violado repetidamente la tregua con ataques que han matado a cientos de palestinos y no permitiendo la entrada en Gaza de ayuda humanitaria esencial. De las 200.000 tiendas de campaña previstas, solo ha ingresado el 10%; de los 50 camiones con combustible diarios de media –imprescindibles para que funcionen los hospitales, la electricidad, el agua, etcétera–, únicamente han entrado 15; de los 12.000 camiones de ayuda humanitaria, 3.500 no han logrado acceder; y de las 60.000 unidades de vivienda móvil previstas, no se ha desplegado ninguna.
Del mismo modo se podría hablar de la maquinaria necesaria para quitar escombros o de los equipos médicos, vitales para los hospitales. El Estado sionista también ha obligado a los palestinos que son evacuados para recibir ayuda médica en Egipto, según lo estipulado en el acuerdo, a firmar un documento por el que renuncian su derecho a volver a Gaza. Ante estas repetidas violaciones ya se produjo una primera crisis, durante la cual Hamás paró los intercambios de prisioneros, lo que empujó a Israel a ceder parcialmente al permitir la entrada de más ayuda.
No obstante, al poco tiempo, una vez se intercambiaron a todos los prisioneros que estipulaba la primera fase, Israel volvió a hacer todo lo posible para romper las negociaciones, sin mayor preocupación por las vidas de sus propios prisioneros. Y es que cabe recordar que el Estado hebreo ni si quiera ha cumplido con la primera fase, que terminó oficialmente el 2 de marzo, y requería que sus fuerzas abandonaran el Corredor de Filadelfia. Esta decisión también ha elevado las tensiones con Egipto, pues incumple los acuerdos de paz de 1978.

A pesar de ello, Hamás no rompió el alto el fuego e intentó ceñirse a lo acordado, ya que se estipulaba que, mientras se negociase la segunda fase, la tregua se prorrogaría automáticamente para dar espacio a las conversaciones. Es decir, la primera fase no expira ni requiere una renovación formal, sino que se mantiene de forma automática.
El plan diseñado desde entonces por el Estado sionista ha sido tratar de alargar la primera fase todo lo posible para no tener que abandonar la Franja de Gaza y negarse a negociar. Tratando de vender gato por liebre, Israel y Estados Unidos han intentado hacer que Hamás continúe liberando prisioneros, extendiendo la primera fase del acuerdo, a cambio solamente de ganar tiempo con una tregua durante Ramadán y Pascua. Este era el llamado “plan Witkoff”, en honor al enviado especial para Oriente Medio de la administración Trump.
Esto era claramente una trampa. Estaba claro que de esta manera Israel nunca abandonaría la Franja de Gaza y, una vez la resistencia palestina se quedase sin prisioneros con los que negociar, el ejército israelí podría proceder con plena libertad a continuar su genocidio sobre el pueblo palestino. Para presionar a Hamás hacia esta capitulación, Tel Aviv cortó durante los primeros días de marzo el envío de ayuda humanitaria y la electricidad al enclave palestino.
Trump apoya la limpieza étnica de Gaza
La decisión de Israel de romper el alto al fuego en Gaza no puede entenderse sin las declaraciones previas de Trump. Durante la visita de Netanyahu, el 4 de febrero, el presidente de Estados Unidos reveló sus planes para la Franja de Gaza, ahora en acción. Ese día reiteró su apoyo a la limpieza étnica de la población palestina: “Me gustaría que Egipto cogiera gente y que Jordania cogiera más. Hablamos, probablemente, de un millón y medio de personas. Simplemente, limpiamos todo eso y decimos: ¿sabes? Se acabó”.
Trump continúa así el legado de su predecesor Joe Biden, que pidió más discretamente la limpieza étnica de la Franja con el establecimiento de “corredores humanitarios” a Egipto. Ciertamente, el republicano sorprendió todavía más al mundo con otras excentricidades, como la idea de que Estados Unidos ocupase la Franja de Gaza. “Veo una posición de propiedad a largo plazo” que, según él, aportaría “gran estabilidad” a la región. O sus palabras de que el enclave podría ser una “propiedad inmobiliaria” muy valiosa y que Washington invertiría grandes cantidades.
Algo que no es de extrañar porque su yerno, Jared Kushner, empresario inmobiliario, promocionó esta idea en 2024. Pero lo cierto que el objetivo era claro: conseguir mantener unido al gobierno de Netanyahu en medio del alto al fuego en Gaza. Washington necesitaba que, al menos, se cumpliera la fase uno del acuerdo, y después intentar convencer a Hamás para que continuara liberando prisioneros.
Todo esto le granjeó a Trump un enorme apoyo en Israel, siendo celebrado el plan de limpieza étnica por casi todas las fuerzas sionistas del arco parlamentario. El apoyo entre los israelíes se sitúo en el 72%, con solo el 17% en contra. El líder de la oposición, el liberal Yair Lapid, incluso pidió el Nobel de la Paz para Trump. La reanudación de la guerra en Gaza permite poner en marcha esta estrategia de “emigración voluntaria”, que desde el principio han defendido los líderes de los partidos fascistas, Itamar Ben-Gvir y Bezalel Smotrich, quienes han visto reivindicada su posición en las más altas esferas.
Smotrich comentó que “si sacamos a 5.000 personas de Gaza cada día, tardaremos un año en aplicar el plan de Trump” y ya ha dicho que esta política genocida debe extenderse contra los palestinos de Cisjordania. Los ataques a Yenín desde enero apuntan a esto. Cabe recordar que es la operación militar más grande desde 2002, con el despliegue de tanques, la destrucción de barrios enteros y la expulsión forzada de más de 40.000 palestinos, el mayor número desde la Nakba de 1967.
Asimismo, el apoyo de Trump a la limpieza étnica hizo que el ejército israelí empezará a diseñar planes específicos para cuando se reanudase la guerra. En este contexto, se ha barajado a países como Marruecos, Libia, Sudán, Somalilandia o Puntlandia como posibles destinos para expulsar a los palestinos, en una estrategia que recuerda al plan nazi de deportación a Madagascar.
El presidente estadounidense sigue considerando a Jordania y Egipto como receptores potenciales del éxodo palestino, a pesar de su rechazo firme, que ambas capitales ven como una cuestión existencial para la estabilidad de sus regímenes. Trump ha insistido en que acabarán aceptando, dejando entrever que condicionará la ayuda estadounidense.
Por último, la indignación de Arabia Saudí ha sido respondida por Netanyahu diciendo que, si Riad quiere un Estado palestino, se establezca en el desierto de su país. Este poco decoro diplomático contrasta con los intentos de Estados Unidos de forjar una alianza entre los saudíes e Israel a través de los Acuerdos de Abraham.
El plano doméstico
Los desafíos domésticos a los que se enfrenta el gobierno de Netanyahu parecen jugar un papel importante en la decisión israelí de retomar la guerra. En los últimos días, la política interna de Israel ha sido copada por el intento de Netanyahu de relevar de su puesto a Ronen Bar, el líder de Shin Bet, la agencia israelí de seguridad interna, citando una creciente falta de confianza.
Bar acusaba a Netanyahu de demandar extrema lealtad personal. La decisión ha sido recibida como todo un escándalo entre la sociedad, provocando la realización de protestas masivas en las calles de Tel Aviv. La Fiscal General del Estado ha llegado cartas en el asunto, denegando el despido sin el establecimiento de una base legal sólida.
La guerra le ha permitido a Netanyahu opacar esta cuestión, así como sus cuitas con la justicia. Por el momento, el primer ministro no tendrá que prestar testimonio en su juicio por corrupción, previsto para el 18 de marzo, ya que los fiscales han aceptado posponer la sesión debido al retorno de las hostilidades en la Franja de Gaza.

Problemas con la justicia por corrupción a los que recientemente se habían sumado las investigaciones del Shin Bet sobre una trama de filtraciones de información de la inteligencia militar a Qatar. Varias asesores cercanos a Netanyahu ya han sido detenido en este asunto, que pone en cuestión la conducción de la guerra. El intento de despedir a Ronen Bar no hace más que aumentar las sospechas sobre las intenciones del gobierno de acallar el Qatargate.
Asimismo, Ben Gvir, quien renunció a su posición en la coalición tras la consecución del acuerdo de alto al fuego, ha anunciado la intención de su partido supremacista judío, Otzma Yehudit (Poder Judío), de volver a incorporarse al gabinete tras el retorno de la guerra, fortaleciendo a una coalición que contaba hasta el momento con una delgada mayoría parlamentaria. El resto de los ministros de Poder Judío también vuelven a sus puestos: el ministro de Patrimonio y la ministra de las Colonias. Ben-Gvir cumple su promesa y recupera la todo poderosa cartera de Seguridad Nacional, quedando de nuevo al cargo de la policía.
A todo esto se suma la situación en la que quedan los prisioneros con la reanudación de la guerra. Hamás ya ha advertido que la decisión de volver a las hostilidades implica una “sentencia de muerte” de los prisioneros vivos que continúan en cautividad.
A pesar de que Netanyahu ha definido los objetivos de la Operación Fuerza y Espada como “la vuelta de los rehenes, el final de Hamás y la certeza de que Hamás no significa un riesgo para Israel”, las familias de los 24 prisioneros que permanecen aún con vida en Gaza han reaccionado con temor a la noticia de una reanudación de las hostilidades a gran escala, opinando que Israel está tomando el camino equivocado al no priorizar la vuelta en condiciones satisfactorias.
Las reacciones internacionales
Israel Katz, ministro de Defensa, declaró que Israel “no cesaría de luchar hasta que todos los rehenes sean devueltos”. Los países europeos han reaccionado mediante el escarmiento generalizado. Kaja Kallas, Alta Representante de la Unión Europea en materia de asuntos exteriores, tildó directamente lo sucedido de “inaceptable”. No obstante, más allá de la condena abstracta, nada se puede esperar de las cancillerías europeas.
Estados Unidos, por su parte, ha respondido positivamente a los ataques, habiendo sido informado de los mismos con anterioridad. Trump ya expresó previamente su opinión de que, en el caso de que Hamás no entregase a todos los prisioneros, “el infierno debería desatarse”. Tras los bombardeos, Karoline Leavitt, la secretaria de prensa de la Casa Blanca, declaró que “todos los que busquen aterrorizar no solo a Israel, sino también a los Estados Unidos, tienen un precio que pagar”.
Brian Hughes, el portavoz del Consejo de Seguridad Nacional estadounidense, culpó a Hamás de los ataques, alegando que estos “podrían haber entregado a los rehenes para extender el alto al fuego, pero, en su lugar, eligieron la negación y la guerra”. El mensaje es claro: entregar a los prisioneros solo habría dado una extensión temporal.
Estados Unidos se ha mantenido firme en su apoyo a Israel, aunque hace poco se desvelaba que Adam Boehler, enviado especial de la administración Trump, había estado manteniendo reuniones bilaterales con representantes de Hamás. Paralelamente, Washington parece estar considerando la posibilidad de negociar en torno al plan de reconstrucción de Gaza aprobado en la última cumbre de la Liga Árabe celebrada en El Cairo.
Sin embargo, la filtración de toda esta información a la prensa por parte de Israel corto en seco la iniciativa y Boehler fue despedido de su cargo tras protestar en televisión que “somos Estados Unidos, no somos un agente de Israel”.
En el otro lado, entre el Eje de la Resistencia, hemos tenido dos reacciones que contrastan claramente. Por un lado, a los hutíes, que han redoblado su campaña de solidaridad con Palestina. El llamado movimiento Ansar Allah ya había comenzado una campaña de ataques contra el Estado hebreo desde el momento en que cortaron la ayuda humanitaria a Gaza, pero con la vuelta del conflicto han apretado el bloqueo sobre Israel en el mar Rojo.
Esta decisión ha sido respondida por Estados Unidos y Reino Unido con una nueva campaña de bombardeos sostenidos, que parecen de un carácter menos selectivo y más amplio. La determinación del gobierno de Yemen hutí no ha flaqueado, habiendo ampliado su operación de ataques contra los buques estadounidenses.
Por su parte, este compromiso contrasta con la declaración realizada por Hezbolá. Si el 8 de octubre de 2023 lanzaron una campaña gradual de presión sobre Israel para distraer sus fuerzas en un segundo frente, esta vez el Partido de Dios se ha limitado a publicar un escueto comunicado. Hezbolá ha condenado a Israel, pero ni siquiera ha puesto encima de la mesa la posibilidad de abrir otro frente. La estrategia de la "unidad de las arenas" ha desaparecido desde el momento en el que se alcanzó un alto al fuego en Líbano el 27 de noviembre de 2024.
Artículo escrito por Lucas Chilleron y Àngel Marrades
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