
El 11 de enero 2025, desde la ciudad fronteriza de Cúcuta, Colombia, y desde múltiples cuentas en X, se llamó a la guerra en Venezuela. El día anterior, Nicolás Maduro había jurado como presidente del país. Se llamó a una guerra en forma de “intervención militar”, “intervención humanitaria internacional”, “extracción quirurjica del régimen”, diferentes títulos para una misma idea; ante la imposibilidad de sacar al gobierno chavista del poder, parte de la oposición, y más precisamente, aliados de la oposición y seguidores digitales de la misma, pidieron una intervención militar en Venezuela como única salida posible.
Esto, en medio de un ambiente exaltado por los llamados recientes de la fórmula presidencial de oposición, Edmundo González y María Corina Machado, quienes, con asertiva estrategia comunicativa, llamaban al “último round, hasta el final” para sacar a Nicolás Maduro y otras figuras del chavismo del poder. No obstante, una intervención militar en Venezuela es, en primer lugar, poco probable y, en segundo lugar, inefectiva para poner fin al ciclo de gobiernos chavistas en Venezuela para, en su lugar, ubicar a cierto sector de la oposición venezolana.
La intervención militar en Venezuela
El concepto de intervención militar reviste matices considerables. La dificultad de justificar una acción de este tipo se puede constatar con la creación de conceptos y cambio de nombres en diferentes periodos de la historia reciente para definir la decisión de incursionar militarmente de forma bilateral o multilateral en un país. Sin ir más lejos, al inicio de la década de 1990s, se utilizaba el término de “intervenciones humanitarias”, para pasar a la idea de la “responsabilidad de proteger”, hasta llegar a “operaciones militares especiales”, entre otras.
En el nivel operacional, una intervención militar es una compleja empresa que requiere un alto grado de recursos y planificación, así como de particulares intereses a nivel nacional, regional e internacional, que están entrelazados entre sí y deben conseguir cierto nivel de alineación para proceder con la operación.
En otras palabras, para conseguir el aval legal del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (ente con la potestad de autorizar una intervención militar bajo ciertas condiciones) o para conseguir el aval de una potencia internacional capaz de ejecutar o promover ese curso de acción y sostener sus repercusiones. En el caso de Venezuela, el aval sería Estados Unidos. Son muchos los factores operacionales y los intereses transversales que deben coincidir.
Siguiendo las particularidades políticas y operacionales de una intervención militar, el llamado a esta para Venezuela tras la juramentación de Nicolás Maduro para su tercer periodo presidencial (2025-2031), abre un debate aturdido por interéses políticos particulares, mensajes promovidos desde las emociones y el deseo, y las dinámicas propias de la era digital, lo que dificulta que se preste atención a análisis de perspectiva de lo que significaría una intervención militar en Venezuela, sus consecuencias para el país y la región y, en consecuencia, el porqué es poco probable que ocurra.
Venezuela, más allá del ruido
El proyecto chavista logró subsistir a pesar de la crisis política desencadenada por la crisis económica que vivió el país en la última década. Las sanciones, la respuesta estatal y la presión política regional e internacional aislaron al país de la región y de Occidente, pero no consiguieron acabar con el proyecto político en cabeza de Nicolás Maduro tras la muerte de Hugo Chavez. En ese período de tiempo, Caracas resistió diferentes arremetidas en su contra, y mientras resistía, aprendió a vivir aislado de Occidente y sus mercados internacionales, forjando alianzas militares y económicas con actores antagónicos a Occidente como Rusia e Irán.
Diferentes académicos que han estudiado el proyecto chavista han demostrado el nivel de cooperación profunda entre Venezuela y Rusia e Irán en materia militar y de contrainteligencia. Además de la cooperación económica y comercial que ha ayudado a Venezuela a salir de la crisis interna, al menos en materia comercial, supliendo la demanda interna con productos provenientes de Rusia e Irán, en vez de mercados Occidentales, y una informal inyección de dólares para movilizar la micro economía del país ante la debacle del Bolívar (la moneda venezolana).
Es fundamental preguntarse el rol que ha jugado los Estados Unidos en intervenciones militares, para poder tener un marco de referencia respecto a lo que implicaría su rol o beneplacito a una intervención militar en Venezuela. Dos preguntas básicas pueden ayudar a guiar la comprensión sobre la posición de Washington respecto a la idea de una intervención: en primer lugar, ¿cuál ha sido el desempeño de Estados Unidos en sus últimas intervenciones militares y cuáles fueron sus resultados estratégicos?; en segundo lugar, ¿cuándo fue la última intervención militar de Estados Unidos en el hemisferio occidental?
El resultado de las últimas intervenciones militares lideradas o avaladas por Estados Unidos no fue satisfactorio, sin ir más lejos considerando la desordenada retirada de Kabul en 2021 o la imposibilidad de cerrar definitivamente sus frentes abiertos en Oriente Medio. Lejos quedó la Operación Tormenta del Desierto (Primera Guerra del Golfo), corta en su duración y exitosa operacionalmente, donde Estados Unidos demostró su superioridad militar internacional.
En el caso latinoamericano, sería necesario remontarse a Panamá en 1989, más de 30 años atrás, con otro contexto geopolítico con un balance de poder muy diferente al que presenta el actual sistema internacional, que evidencia el crecimiento de centros de poder que contestan la hegemonía de Washington, mientras este busca virar hacia el Asia-Pacífico como región de interés principal.
Considerando esto, y bajo el contexto geopolítico actual y el rol de Venezuela en ese teatro internacional, es poco probable que Washington lidere o avale una intervención militar convencional en Venezuela. Esta tesis cobra aún más fuerza si se analiza la industria minero-energética, las negociaciones entre Washington y Caracas mediadas por Catar, que han llevado a representantes y personal de Chevron y Shell a Venezuela, además de la línea de política exterior que promete el presidente entrante Donald Trump, pretendiendo cerrar flancos abiertos en diferentes regiones, repatriar efectivos militares, y enfocarse en la economía interna del gigante norteamericano.
La complejidad de una intervención militar
Aún así, desde megáfonos locales, personalidades políticas de la región, especialmente en Colombia (país que comparte una historia común con Venezuela y 2.219 km de línea fronteriza), han llamado nuevamente a la necesidad de una intervención militar. En palabras de Álvaro Uribe, ex presidente de Colombia, se requiere una “intervención militar internacional” para para “remover a Maduro del poder”, propuesta que comunicó efusivamente el pasado 11 de enero desde la ciudad fronteriza de Cúcuta, en Colombia.
En Venezuela, la oposición no se ha logrado armar en 25 años de chavismo, y no parece tener organización política ni medios para ello. Por su parte, el chavismo desde sus inicios ha tenido una política de organización popular que contempla armar a sus bases, quienes probablemente han recibido entrenamiento, además de las ya nombradas alianzas de cooperación militar y de inteligencia entre Caracas, Moscú, Teherán, y La Habana.
Por otra parte, tanto en Venezuela como en Colombia opera por lo menos una insurgencia armada (el Ejército de Liberación Nacional -ELN) que lleva más de cinco décadas en un conflicto de baja intensidad pero prolongada duración con el Estado Colombiano, además de otros grupos venezolanos, colombianos, y brasileños involucrados en economías ilegales, con capacidades transnacionales y alianzas internacionales.
Ademas, se debe tener presente que la frontera colombo-venezolana se trata de una frontera porosa con ausencia de un control efectivo del territorio por parte de Caracas y Bogotá. Es decir, se trata de una basta región fronteriza, con variantes condiciones geográficas, y con la presencia de multiples grupos armados no estatales con capacidades transnacionales. No es exactamente el teatro operacional propicio para una intervención militar eficaz.
Una intervención militar en Venezuela estaría más cerca de replicar lo que fue la última década en Siria, que la estrepitosa caída de Assad entre el 27 de noviembre y el 8 de diciembre del 2024, lo que refuerza el argumento de que Washington tiene un bajo interés, o no contempla como viable, una intervención militar en el hemisferio.
Mantener las expectativas
A diferencia de lo que promueve un espectro de la derecha política en América, una intervención militar en Venezuela significaría un conflicto de difícil resolución con repercusiones de carácter militar, humanitario y económico en la región y, particularmente, en Colombia. A menudo, los llamados a la contienda desde lugares como Bogotá parecen responder más a cálculos electorales que a una estrategia real para propiciar un cambio de régimen en Caracas.
Los recientes acontecimientos en Venezuela, tras los llamados de la oposición a salir a las calles en contra de la juramentación de Nicolás Maduro para otro sexenio en Miraflores, además de la infructuosa llegada de Edmundo Gonzales al país, quien prometió llegar a juramentarse en Venezuela el 10 de enero, pero que se abstuvo de viajar y se mantuvo en República Dominicana acompañado de su equipo y expresidentes del llamado “Grupo IDEA”, despertaron expectativas entre venezolanos en el exterior que anhelan la caída del chavismo.

Lo que vino después fueron los llamados a la guerra desde Cúcuta y redes sociales como única posibilidad de mantener encendida la llama de la emocionalidad y la confianza en los opositores ante la falta de opciones viables y estrategias para cambiar el actual panorama.
La idea de una “intervención militar” consigue mantener la atención y las emociones altas. Pero un análisis riguroso de las pasadas intervenciones avaladas o lideradas desde Washington, así como del panorama político y de seguridad regional y global, evidencia que se trata más de una estrategia mediática, pero no representa una opción viable o probable para Venezuela.
Pues en el corazón de Caracas, el núcleo duro del chavismo parece listo para enfrentar otro periodo presidencial aislado de Occidente, pero con la diferencia de que esta vez cuenta con años de experiencia en el poder bajo esas condiciones, y con la compañía de alianzas extrarregionales fortalecidas durante esos años, mientras que la oposición abanderada en Edmundo Gonzales y María Corina Machado corre el riesgo de caer en la misma senda de la intrascendencia, la burla y el desprestigio, como fue la suerte del proyecto opositor de años recientes, retratado en la figura de Juan Guaidó.
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