
En las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024, el Consejo Nacional Electoral (CNE) y la oposición ⎻a través de la página web Resultados con Venezuela⎻ difundieron dos narrativas contrapuestas. Según la primera, la institución electoral de más alto rango en la institucionalidad venezolana, Nicolás Maduro había logrado la reelección, siendo esta la línea defendida por las principales cabezas del chavismo como Diosdado Cabello; según la segunda, era Edmundo González, apoyado por María Corina Machado, quien se había alzado con la victoria.
Desde el sector afín al PSUV y a Nicolás Maduro, el capítulo pretendió cerrarse por dos vías: una, la judicial, pues el oficialismo judicializó los resultados empleando un amparo, de forma tal que fuera el Tribunal Supremo quien certificara los resultados preliminares brindados por el CNE, sin que esta institución hiciera públicos los resultados desagregados. Aunque ni la oposición ni sus aliados internacionales dieron por buena esta fórmula de legitimación, el chavismo cerró filas y se preparó para la crisis del 10 de enero de 2024, fecha en la que estaba previsto que ambos líderes, Maduro y González, jurasen paralelamente como presidentes.
La crisis política venezolana, que entró en un nuevo episodio tras las elecciones del 28 de julio, reconfiguró no solo la posición internacional de Venezuela y las relaciones entre el chavismo y la oposición, sino también algunas de las dinámicas internas del bloque oficialista. En este cierre de filas, jugó un papel clave Diosdado Cabello. Antaño crítico con la vertiente “madurista”, y hombre fuerte de Hugo Chávez durante sus años de gobierno, Cabello postuló una línea de confrontación total con la oposición antichavista.
De esta forma, no solo cerró las heridas previas con Maduro y su entorno, sino que se consagró como uno de sus más firmes aliados. De hecho, Nicolás Maduro le nombró ministro de Interior, Justicia y Paz, lo que le concedía un papel absolutamente principal en la guerra contra la oposición.
En consecuencia, Diosdado Cabello se ha consagrado como una de las figuras de mayor peso en la arquitectura de poder chavista, a punto tal que podría tener potencial presidenciable en unas hipotéticas elecciones en las que Nicolás Maduro decidiera dar un paso al lado. Pero, además, Cabello ha sido protagonista en la táctica del oficialismo contra los líderes de la oposición, especialmente María Corina Machado, no solo en su papel de hombre de Estado, sino desde su particular tribuna en el programa Con el Mazo Dando.
Ya en agosto de 2024, Cabello delcaró que “cualquier manifestación de este tipo [refiriéndose a las guarimbas y a la estrategia opositora tras el 28 de julio] debe ser procesada de inmediato” y que “del triunfo nuestro aquí depende en buena parte la paz de este continente y el mundo”. “No hemos erradicado a los fascistas, todavía andan por ahí algunos”, concluyó. En el contexto de la nueva fase de la crisis en torno al 10 de enero, Cabello ha sostenido una prevalencia en la estrategia contra la oposición, llegando a asegurar que “apenas [Edmundo González] ponga un dedo en Venezuela, será detenido”.
Si, en efecto, el chavismo logra conservar su poder estatal y su imbricación con las instituciones, y Nicolás Maduro consigue ejercer efectivamente el poder a través de su gabinete de ministros, Diosdado Cabello seguirá ocupando un papel preeminente en la arquitectura chavista. Cabello fue presidente durante unas horas en el marco del golpe de Estado del 2002, y ha sido desde 2011 vicepresidente del Partido Socialista Unido de Venezuela, el corazón organizativo del chavismo y de su formación de cuadros.
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