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Asesinan a una figura clave del gobierno talibán en Afganistán

Miembro de los talibán en Kabul, capital de Afganistán
Miembro de los talibán en Kabul, capital de Afganistán. Fuente: Callum Darragh

Khalil Ur-Rahman Haqqani ha sido asesinado en un atentado suicida. El 11 de diciembre de 2024, un individuo disfrazado de mendigo conseguía burlar la seguridad del Ministerio de Refugiados y Repatriación para inmolarse junto al titular de la cartera. Con este acto fallece una de las figuras más prominentes del gobierno talibán y una pieza angular del proceso de estabilización de la frontera afgano-pakistaní y de las relaciones Kabul-Islamabad.

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La familia Haqqani y sus fuerzas armadas son historia viva de Afganistán. Fundados por Jalaluddin Haqqani –hermano de Khalil– en plena guerra contra la Unión Soviética, facilitaron con su estructura y territorio la formación de Al-Qaeda. La yihad hizo de aquellos hermanos que lucharon junto a Osama Bin Laden los más poderosos entre los caudillos pastunes.

Pese a compartir propósitos ideológicos, tales como la aplicación de la ley sharía y la reunificación del pueblo pastún, sus contactos a alto nivel fuera del país y su dominio de los pasos fronterizos han hecho que la relación entre la red Haqqani y el movimiento talibán se produzca en calidad de socios.

Con la evaporación de la presencia estadounidense en el país, la familia ha logrado ser parte integral de la administración pública afgana. Sirajuddin, sobrino del ejecutado, es vicepresidente del Emirato Islámico, mientras que el propio Khalil actuaba con su cargo a modo de emisario no oficial frente a las tribus pastunes de la frontera, las autoridades paquistaníes y Tehreek-i-Taliban-e-Pakistán (TTP). De este modo, el homicidio supone un cuestionamiento integral de la estabilidad regional.

Ambas capitales afrontan un conflicto multifacético plagado de actores no estatales. La división del territorio pastún por la Línea Durand genera constantes roces entre Kabul e Islamabad al haber estallado por los aires los pactos entre el Estado paquistaní y la sucursal meridional del proyecto político talibán, siendo estos últimos respaldados por sus homólogos afganos. Con todo, la paz no resultaría utópica si no fuera por la presencia y expansión del Estado Islámico del Khorasan (ISIS-K).

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El ISIS-K, autor declarado del atentado, está emergiendo a través de las grietas que generan los recelos entre Estados y comunidades. Nacieron de la exportación de combatientes afganos y paquistaníes hacía Siria durante la década pasada. A su regreso, los vínculos de obediencia con sus antiguos comandantes del TTP, la red Haqqani y el talibán afgano se rompieron. Una nueva generación de caudillos surgía y reclamaba sus cuotas de poder. Y en el reclamo encontraba dos ventanas de oportunidad: la explotación de las rivalidades sectarias entre suníes y chiíes y la alianza con grupos pertenecientes a las etnias baluche, uzbeka y tayika.

La muerte de Khalil es la última muestra de una tendencia desestabilizadora: desde transformar la evacuación del aeropuerto de Kabul en una carnicería hasta masacrar miembros de la comunidad chií en la región paquistaní de Khyber Pakhtunkhwa, abocando a la provincia a las puertas de un enfrentamiento sectario masivo. El ISIS-K está alimentando un vacío de poder que puede suponer una de las mayores amenazas para la paz global en el siglo XXI.

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