
Una de las prácticas más impactantes y, al mismo tiempo, menos teorizadas de Hezbolá es el martirio de algunos de sus miembros. La mayoría de los análisis se enfocan en una perspectiva material, sin tener en cuenta las posibles dimensiones políticas de esta práctica. Al mismo tiempo, estos estudios se fundamentan en una diferenciación absoluta entre política y violencia, respondiendo más a una dimensión ideológica que a una descriptiva.
Este artículo, por tanto, tiene como objetivo arrojar luz sobre lo que se podría denominar el concepto martiriológico en Hezbolá y sus fundamentos discursivos. También se buscará problematizar la idea de la separación absoluta entre violencia y política, siguiendo el trabajo de Roxanne Euben en Jihad and Political Violence.
Hezbolá y el concepto del martirio
En primer lugar, es importante destacar que la lucha contra Israel, considerado por Hezbolá como el máximo exponente de la categoría de "opresor", se percibe como una obligación tanto en términos nacionales como islámicos. Desde el punto de vista islámico, la justificación de Hezbolá para esta lucha se basa en el paradigma de la llamada yihad defensiva.
Desde la visión de la organización libanesa, la yihad implica la defensa de la causa de Dios, la cual se define por extensión como la causa de los oprimidos que defienden lo sagrado, el islam y los valores que el grupo considera como "valores de la humanidad". Es esta idea de defender la causa de Dios lo que convierte la yihad defensiva en el punto central de Hezbolá respecto a la cuestión del martirio.
Siguiendo este análisis, se comprende que cualquier acción en defensa de los valores mencionados anteriormente se considera yihad y que cualquier individuo que muera defendiendo esos valores, aunque no sea en el campo de batalla, es considerado un mártir.
Hezbolá entiende que la llamada "gran yihad", cuyo objetivo es la lucha contra los propios deseos para enfocarse en el camino de Dios y el más allá, es mucho más importante que la considerada como "yihad menor", representada por la lucha militar. Sin embargo, no se deben ver estas dos categorías como antagónicas. Según los discursos del antiguo secretario general de Hezbolá, Hasán Nasralá –asesinado por Israel en septiembre de 2024–, la diferenciación entre ambas es prácticamente imperceptible. Nasralá incluía la resistencia al enemigo, tanto en términos políticos como culturales, dentro de la categoría de “gran yihad”.
Si bien la idea de yihad defensiva se puede encontrar tanto en la tradición suní, mayoritaria dentro del islam, como en la chií, representada por Hezbolá y la República Islámica de Irán, entre otros, la historia de sacrificio y martirio que caracteriza al chiismo es lo que diferencia ambas tradiciones. En este sentido, Hezbolá, como grupo chií, fundamenta todo su aparato discursivo sobre el martirio en la tradición histórica de los eventos ocurridos en Kerbala, situado en el actual Irak, en el año 680 de la era cristiana o en el 61 del calendario islámico.
De manera resumida se puede decir que en Kerbala tuvo lugar la batalla entre el califa Yazid I y el grupo de partidarios de Ali, encabezados por su hijo Husáin ibn Ali. Este último se negó a reconocer a Yazid como califa y denunció su opresión y tiranía. Husáin y el resto de sus seguidores fueron masacrados brutalmente por las fuerzas de Yazid después de pasar varios días sin agua ni alimento. En la tradición chií, el martirio del Imam Ali no solo se ha convertido en un ejemplo histórico, sino también en un paradigma onto-político de lucha contra la opresión.
Por tanto, para Hezbolá, cada acto de martirio se enmarca en esa tradición política que se inauguró en Kerbala. Desde esta perspectiva, el grupo establece un claro paralelismo entre esa lucha histórica y la actual, en la que Israel representa de manera específica al "opresor". Esto lleva a Hezbolá a considerar como actos de martirio tanto las muertes premeditadas como las no premeditadas en el contexto del enfrentamiento con el Estado sionista.
Esta voluntad por el martirio es lo que, desde su propia narrativa, les separa del "enemigo israelí". Según varios expertos en Hezbolá, el soldado israelí puede contar con armamento avanzado, pero carece de esta "voluntad" ya que "lucha, pero no desea morir", lo que le hace "inferior" al combatiente del Eje de la Resistencia. Nasralá dejó esto claro al explicar que "la fuerza y superioridad del luchador no provienen del tipo de arma que lleva, sino más bien de su voluntad... y su disposición hacia la muerte".
La superioridad del miembro del Eje de la Resistencia se articula en su relación especial con Dios y, al mismo tiempo, en su lucha constante contra lo que consideran "opresión", definida en términos existenciales. Es esencial recordar que la "lucha contra la opresión" y el "establecimiento de la justicia" son elementos fundamentales en el lenguaje coránico. En particular, se encuentra la historia de Moisés y el Faraón, donde este último deja de ser simplemente el nombre de un individuo para convertirse en una referencia simbólica de toda dominación que transgrede los preceptos de la equidad –véase Corán 28,4–. Es decir, para Hezbolá existe una conexión ontológica entre el paradigma del Faraón, Yazid e Israel, ya que todos estos símbolos señalan una transgresión de la justicia.
El martirio y la lucha contra Israel
Otro de los elementos que Hezbolá asegura que le distingue de Israel es que, enfrentados a la dicotomía entre combatir hasta el final o preservar la vida, los integrantes de la organización chií elegirán la primera opción, a diferencia de los soldados israelíes. Pero esta elección martiriológica se comprende mejor si se visualiza el mundo no desde una perspectiva meramente material y como un valor en sí mismo, sino como una preparación para la vida después de la muerte.
Es crucial no reducir esto a un mero rechazo del mundo terrenal y una supervaloración del mundo después de la muerte. Este enfoque simplista es el análisis más común al explicar el concepto de martirio en el grupo chií. Suele caracterizarse por hablar de una cultura de la muerte que facilita las acciones de martirio. Sin embargo, este enfoque tiende a confundir martirio con suicidio sin considerar las enormes diferencias entre ambas acciones.
El suicidio, explícitamente prohibido en el islam, implica un acto de auto-sacrificio que no se ajusta a las normas de la lucha contra la "opresión". En contraste, como se ha mencionado, el martirio se considera una herramienta en manos de los "oprimidos". Además, existe una justificación existencial del martirio como una lucha perpetua entre el partido de Dios (Hizb-Allah) y el partido de Satán (Hizb al-Shaytan), algo ausente en la acción suicida.
Además, Hezbolá intenta ejercer cierto control sobre las acciones de martirio, lo que agrega una dimensión de pragmatismo al discurso islámico. En este sentido, es relevante mencionar las declaraciones de Nai’m Qasim, el segundo al mando de Hezbolá después de Nasralá. En una de sus apariciones públicas, Qasim afirmó que "antes de que alguien decida sacrificarse, debe obtener el permiso de un líder religioso, ya que el alma es invaluable y solo se puede sacrificar por razones religiosas. Además, esta decisión solo se toma después de que el movimiento político haya evaluado las ventajas políticas y militares de dicho sacrificio".
Esto significa que no es intelectualmente inconsistente para Hezbolá buscar el martirio como un medio para enfrentar con éxito la "opresión" por un lado, y buscar la preservación de la vida en casos donde el martirio es ineficaz, innecesario o cuando no hay "opresión" que enfrentar, por otro. Esta dimensión pragmática sirve para cuestionar tanto la supuesta división entre el más allá y el mundo de los vivos como la separación entre violencia y política.
Como señala la especialista en política del Islam, Roxanne Euben, la idea de una distinción nítida entre violencia y política es una construcción autoimpuesta por Occidente que oscurece la relación entre ambas categorías en la propia historia occidental. Euben destaca que la historia política de Occidente está marcada por momentos fundacionales profundamente violentos –como el ejemplo de la democracia ateniense, basada en la exclusión de mujeres y extranjeros–.
Además, Euben argumenta que la yihad no puede ser clasificada como pura violencia, ya que tiene una clara dimensión política: la instauración de la soberanía divina en la tierra. Desde este punto de vista, la idea de que el martirio de los miembros de Hezbolá implica un desprecio por el mundo de los vivos debe ser reconsiderada.
Es cierto que, desde una perspectiva articulada en torno al islam, tanto la resistencia como el martirio no se perciben como fines en sí mismos, sino como comportamientos santificados en la medida en que representan caminos hacia la vida después de la muerte, específicamente hacia el paraíso. Sin embargo, esto no implica que el mundo de los vivos no sea una preocupación para Hezbolá.
Las acciones de martirio también sirven para remodelar el mundo según las condiciones de justicia establecidas por los imperativos coránicos. En otras palabras, aunque los mujahidines puedan anhelar las recompensas inalcanzables de la vida después de esta, la yihad y el martirio implican una lucha política para establecer una "comunidad justa" que represente la soberanía divina en este mundo.

Se podría concluir afirmando que la mayoría de los expertos occidentales no comprenden los conceptos básicos necesarios para entender a Hezbolá, especialmente su voluntad de martirio. Esta disposición al martirio es vista por el grupo libanés como una "lucha contra la opresión", particularmente representada por Israel. Desde esta perspectiva martiriológica, se cree que a Tel Aviv le resulta difícil entender que las bajas en Hezbolá no implican automáticamente una derrota, porque la milicia no comparte la aversión israelí a sufrir pérdidas.
Hezbolá considera que su mayor arma es esta "voluntad de martirio" o disposición a morir, lo que se convierte en un factor a su favor en la guerra asimétrica contra Israel. Uno de los ejemplos que mejor refleja esa “voluntad de martirio” fue la reacción de Nasralá a la muerte de su hijo en 1987 a manos del ejército israelí. En una aparición pública pocas horas después de conocerse el fallecimiento, declaró: “Mi hijo mártir eligió este camino por su propia voluntad. Israel podría pensar que ha logrado la victoria al matar al hijo del secretario general. Pero este combatiente no estaba caminando por la calle cuando lo mataron. Estaba junto a sus camaradas en la línea del frente”.
Como señala la experta en Hezbolá, Amal Saad: "Israel está esencialmente enfrentándose a un enemigo que nunca podrá comprender completamente. Un enemigo que celebra las muertes de sus combatientes como mártires y que se fundamenta en una doctrina que proclama 'ven y mátanos'".
Para Hezbolá, la obligación de combatir a Israel no se fundamenta principalmente en la defensa del territorio libanés. Aunque la preservación de la integridad territorial es una preocupación política, no es el tema principal en la resistencia contra Israel. Más bien, al entender la resistencia en términos existenciales, como se mencionó anteriormente, se explica cómo Hezbolá percibe esta lucha como un enfrentamiento entre la "justicia" y la "opresión" que trasciende la mera defensa territorial.
Como ejemplo de esta lucha existencial, se pueden citar las críticas vertidas por Naim Qasim en 2017 cuando Hamás decidió modificar sus estatutos y aceptar la posibilidad de establecer un Estado palestino dentro de las fronteras de 1967, lo que suponía la aceptación de facto del Estado israelí. En estas críticas se observa cómo para Hezbolá la resistencia tiene un carácter preeminentemente existencial.
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