
En 2017, el grupo musical bosnio Dubioza Kolektiv publicó el primer single de su entonces octavo álbum, que llevaba por nombre "Himna generacije". Con su habitual sentido del humor, la banda ironizaba sobre cómo los medios de comunicación de los Balcanes habían generado en la población un sentimiento constante de alarma. Temas como guerras, el fin del mundo, problemas de salud o quién representaría al país a Eurovisión ese año. La canción culminaba con un estribillo que condensaba a la perfección parte de las dinámicas de posguerra en Bosnia y Herzegovina: “Este es el himno de una generación; En el culo de la civilización (Ovo himna je generacije - U šupku civilizacije)”.
La canción refleja un síntoma, o más bien una realidad: la retórica del miedo. Un miedo a que los fantasmas de un pasado no tan lejano, que dividieron a Bosnia y Herzegovina en un Estado fracturado y sin plena soberanía sobre su territorio, vuelvan a resurgir. Algo que ha nutrido a tabloides y ha sido el sustento de los discursos de los líderes partidistas durante casi tres décadas de posguerra. Y ahora, este escenario parece ser más posible que nunca.
Los Acuerdos de Dayton pusieron fin al conflicto bélico que devastó el territorio de la antigua República Socialista de Bosnia y Herzegovina entre 1992 y 1995. Sin embargo, su principal consecuencia fue la homogeneización étnica de ciertos grupos, basada en los resultados de la contienda. En otras palabras, el mapa étnico resultante de la guerra reflejó el avance de los distintos ejércitos y la justificación, en algunos lugares, de la limpieza étnica. Un ejemplo de esto es que, tras la finalización de las hostilidades, apenas dos municipios de toda la república mantenían más de un 10% de población de otra etnia: Tuzla y Sarajevo.
Quizá el mejor ejemplo de esta homogeneización sea la existencia de un país dentro de Bosnia y Herzegovina: la República Srpska, la tierra de los serbios. Este territorio cuenta con su propia Constitución, presidente y ministerios, y hasta 2006 disponía de un ejército propio. Ocupa el 48% del Estado bosnio y limita con Croacia, Serbia y Montenegro, estando separada de estos países principalmente por los ríos Sava y Drina en la mayor parte de sus fronteras.
Muchos expertos coinciden en catalogar el caso de Bosnia y Herzegovina como un Estado fallido. Las decisiones tomadas para frenar la guerra dejaron una composición política y étnica que difícilmente podía terminar derivando en un proceso de reconciliación y hermanamiento entre los pueblos. El hecho de que el gobierno central quedase supeditado a la vigilancia de un Alto Representante de Naciones Unidas propició que los diferentes ejecutivos de la República Srpska desplegaran, como crítica a ese poder, una serie de políticas que iban en la dirección opuesta a lo pactado en 1995.
Eso dio lugar a que la República Srpska se convirtiera en un Estado de facto, complementado con una serie de prácticas de clientelismo y corrupción y el bloqueo institucional que su presidente, Milorad Dodik, ha liderado desde hace ya varios años, incluyendo la prohibición de que el Alto Representante entre en territorio de la República Srpska.
Mientras la República Srpska vuelve a poner sobre la mesa la cuestión de la secesión, la Unión Europea ha acelerado el proceso de adhesión de Bosnia y Herzegovina saltándose sus propios protocolos. Los 14 puntos requeridos incluyen la adaptación del marco constitucional, electoral y judicial a las normas europeas, así como mejoras en la lucha contra el terrorismo, la corrupción y el crimen organizado. En el ámbito económico, Bruselas exige avances hacia una mayor transparencia en el sector público, mejoras en el tejido empresarial, el transporte y la burocracia, entre otros aspectos.
En el lapso transcurrido desde 2019 hasta el anuncio de 2024, los pasos dados por Bosnia y Herzegovina han sido prometedores, pero aún están lejos de cumplir plenamente los requerimientos indicados por la Comisión Europea. Aunque este camino había sido abandonado tiempo atrás, dada la composición geopolítica, las alianzas internacionales y el hecho de que la guerra concluyó hace casi 30 años, existe la posibilidad de que ahora pueda ganar tracción.
El "mundo serbio", la base ideológica de la secesión
La Yugoslavia socialista fue el intento que estuvo más cerca de unir a todos los serbios bajo un único Estado, permitiéndoles establecer su residencia sin atender a cuál era la etnia mayoritaria en el municipio de turno. Su disolución definitiva en 1992 trajo consigo una reacción que tomó forma en lo ideológico con la llamada “Gran Serbia”. Este enfoque pasaba por la expansión territorial de Serbia más allá de las fronteras monárquicas del siglo XIX, cuando Arsenij Gagović lo planteó por primera vez
La Gran Serbia se llevó a la práctica durante los años noventa sobre el terreno de batalla. Superado ese periodo y con todos los acontecimientos políticos que vinieron después, el término quedó denostado y relegado a los espacios más ultranacionalistas y próximos a la Iglesia ortodoxa serbia. Sin embargo, en el último lustro ha emergido una evolución más sofisticada y que hunde sus raíces en la doctrina política del "mundo ruso" (russkiy mir) de la cual toma el nombre y la manera de actuar: srpski svet.
“El mundo serbio significa que los serbios son una nación política única, significa que decidimos juntos los asuntos nacionales más importantes, significa que siempre estamos ahí con nuestra Serbia, así como Serbia está con nosotros sin importar dónde vivamos". Estas palabras enunciadas por el ministro del Interior de la República de Serbia, Aleksandar Vulin, sirven para entender qué hay detrás del concepto. Una línea roja que cruza las fronteras políticas y une a todas aquellas personas de religión ortodoxa y orígenes serbios.
Un Vulin que se ha convertido en la punta de lanza del nacionalismo serbio en los Balcanes occidentales, haciendo suya la lucha por unir a todos bajo un mismo Estado o unión. “El mundo serbio es la única solución. El mundo serbio debe ser nuestra respuesta, debe ser un todo”, afirmó este en mayo de 2024.
La votación realizada en mayo de 2024 en las Naciones Unidas para conmemorar el 11 de julio como día en recuerdo del genocidio de Srebrenica sirvió al "mundo serbio" para conformar un bloque en rechazo a dicho término, argumentando que se equiparaba injustamente a los serbios con los nazis y los perpetradores del genocidio en Ruanda.
La expansión de la idea de "mundo serbio" es tal que, en los momentos posteriores a la votación, se pudo constatar a través de las reacciones de diversos representantes políticos de otras repúblicas. Un ejemplo de esto es Andrija Mandić, presidente del parlamento de Montenegro, quien declaró lo siguiente: "Nos mantendremos firmes y con la frente en alto, lucharemos por un futuro mejor para el pueblo serbio".
Con un sustento ideológico como este, ganando cada vez más fuerza y amplificado por las cámaras de eco que son las redes sociales en los ambientes ultranacionalistas serbios, la idea de la independencia de la República Srpska de Bosnia y Herzegovina parece más posible que nunca.
El papel de la Unión Europea
La Bosnia y Herzegovina actual es un producto de construcción y manufacturación occidental. Su soberanía está controlada por un agente extranjero y no electo, Christian Schmidt, seleccionado por la Unión Europea y que opera bajo los poderes de Bonn. Un Schmidt que desde que accedió al cargo en 2021 ha utilizado estos poderes más que ninguno de sus predecesores, tensionando las relaciones entre un Sarajevo alineado con Bruselas y un Banja Luka más cercano a Moscú.
El club comunitario ha incrementado su interés por integrar a Bosnia y Herzegovina. Sin ir más lejos, el 22 de marzo de 2024, el Consejo Europeo decidió "iniciar las negociaciones de adhesión", instando a la Comisión Europea a preparar el marco adecuado para facilitar su entrada una vez cumpla todos los requisitos. En esa decisión, el Consejo Europeo hacía referencia a las recomendaciones expuestas en 2022, las cuales incluían la extensión del mandato ejecutivo de EUFOR y su presencia en el país, la celebración de elecciones libres, la creación de nuevas autoridades legislativas y ejecutivas, y una serie de leyes y reformas para reducir la corrupción, entre otras.
La situación económica de Bosnia y Herzegovina hace que su potencial adhesión a la Unión Europea sea poco realista en estos momentos. El PIB en 2023 fue de 25.027 millones de euros, lo que colocaría al país solo por delante de Malta (19.418 M€), a pesar de tener 2,7 millones de habitantes más. El PIB per cápita (14.875 dólares) es el tercero más bajo de los Balcanes occidentales, por delante de Albania y Kosovo, aunque lejos de la media de la región (16.065 dólares) y de los miembros de la OCDE (46.047 dólares).
Todo ello sin mencionar el hecho de que la Unión Europea ya es el mayor inversor en el país desde hace tiempo, otorgándole 371 millones de euros en 2022. Junto a esto, Bruselas lanzó en 2020 el Plan económico y de inversión para los Balcanes Occidentales, que hasta 2027 se espera que traiga un retorno de 934 millones para el Estado bosnio.
En cierto sentido, los intereses de Bruselas en la región y, en concreto, en Bosnia y Herzegovina, están relacionados con su condición de territorio fronterizo, a caballo entre Oriente y Occidente. Incorporar a Sarajevo permitiría controlar un espacio potencialmente díscolo con Bruselas y la Alianza Atlántica, a pesar de llevar varias décadas trabajando de manera conjunta. Este temor ha ido en aumento conforme Milorad Dodik ha mejorado sus relaciones tanto con Rusia como con China, ya sea por una cuestión de alineamiento político o en busca de apoyo económico.
El escenario de una secesión
Un reciente ensayo del balcanista Miguel Roan sobre Bosnia y Herzegovina proponía varias soluciones políticas para desbloquear el sistema y superar definitivamente el estado propiciado por Dayton. Entre ellas, destacaba como la opción menos plausible aquella que supondría “remover los cimientos de los Acuerdos de Dayton para desmontar el actual modelo etnocrático”. Es decir, la superación de un sistema compartimentado en base a identidades muy marcadas y categorías culturales y no en relación a una propuesta política concreta. Sin embargo, ese modelo se ha demostrado como un fracaso y no ha hecho más que reforzar la actual situación de división política que vive un país partido en dos.
La emergencia de un movimiento secesionista por parte de la República Srpska es quizá más real que nunca en estos últimos 30 años. Y, al mismo tiempo, la solución de dos Estados puede ser considerada como la vía más beneficiosa en el largo plazo para ambas entidades. No obstante, la Constitución de Bosnia y Herzegovina restringe la posibilidad de que la República Srpska pueda independizarse, al mismo tiempo que la carta magna de este territorio recoge la vía del referéndum para que la población pueda decidir sobre aspectos relevantes.
Existen precedentes, como la crisis acontecida en 2016 con la celebración de un plebiscito de autodeterminación que fue visto como un desafío de Dodik a la comunidad internacional y que no contó con el apoyo del presidente serbio Aleksandar Vucic. Aquel suceso trajo consigo una serie de amenazas para la República Srpska por parte del Alto Representante y el presidente de la Federación que nunca llegaron a cumplirse, fundamentalmente porque solo contó con un 55,77% de participación.
A mediados de mayo de 2024 y al calor de la votación en la ONU sobre el genocidio de Srebrenica, Dodik anunció que tomó la decisión de nombrar un grupo de trabajo para redactar un acuerdo sobre la desvinculación pacífica y añadió que la República Srpska tiene derecho a esa iniciativa de conformidad con la Constitución y los Acuerdos de Dayton. Tiempo antes ya había dejado claras sus intenciones de romper con Bosnia y Herzegovina e integrarse en la República de Serbia. "Nadie impedirá que nosotros [los serbios] nos unamos porque es nuestro derecho y nuestra historia. El siglo pasado fue un siglo de sufrimiento serbio, y este siglo de unificación serbia", declaró en abril de 2023.

Siendo Bosnia y Herzegovina un producto surgido al calor de un armisticio firmado a miles de kilómetros del campo de batalla, la solución impostada sirvió para posponer un choque que tarde o temprano iba a darse. La cuestión actualmente reside en que, de seguir explorando la República Srpska la vía secesionista, ¿cuál sería la reacción internacional? A las pocas horas del anuncio de Dodik, la embajada estadounidense en Sarajevo afirmó lo siguiente:
"Es una acción peligrosa, irresponsable y anti-Dayton, que pone en riesgo la integridad territorial, la soberanía y el carácter multiétnico de Bosnia y Herzegovina. Estos son intereses clave de Estados Unidos. Estados Unidos los defenderá y protegerá, entre otras cosas, pidiendo cuentas a quienes los exponen a riesgos".
Además, la Unión Europea emitió un comunicado en rechazo a la vía secesionista propuesta por Dodik. Por otro lado, es importante recordar que en junio de 2023 la EUFOR –sucesora de la SFOR de la OTAN– dejó claro que intervendría militarmente en caso de independencia de la República Srpska y que en mayo de 2024 el gobierno alemán aumentó el número de tropas desplegadas hasta 2025.
Pese a la vocación secesionista de la República Srpska y su objetivo de ser anexionada a la Serbia actual, es poco probable que el ejecutivo de Belgrado, llegado el momento, se posicionase del lado de Banja Luka pese a los lazos culturales y nacionales. Y la razón reside en que chocaría frontalmente con la cuestión de la independencia de Kosovo, dando argumentos a Pristina para poder justificar su propia existencia.
El escenario más plausible a la vista de los movimientos del ejecutivo de Dodik, tendiendo puentes con Oriente y alejándose de Occidente, así como con este pulso independentista, es que se pueda avanzar hacia un marco de mayor autonomía y competencias para la República Srpska, incluso en un escenario de adhesión a la Unión Europea.
Aunque la hipotética independencia de los serbios de Bosnia rompería los Acuerdos de Dayton y echaría por tierra casi tres décadas de trabajo diplomático, podría abrir un escenario ventajoso tanto para la Federación como para la actual República Srpska. La primera podría unirse a Bruselas, certificando un futuro alineamiento con la Alianza Atlántica, mientras que la segunda se integraría en un país en ascenso. Esto podría poner fin a las tensiones étnicas derivadas de un discurso de polarización y confrontación, promoviendo en su lugar la unidad étnica serbia en la región.
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