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Yahya Sinwar, de las cárceles israelíes al liderazgo de Hamás

Yahya Sinwar, antiguo líder de Hamás, cuando salió de la cárcel israelí en 2011.
Yahya Sinwar, antiguo líder de Hamás, cuando salió de la cárcel israelí en 2011.

La muerte de Yahya Sinwar en combate contra las fuerzas israelíes ha hecho levantar celebraciones de júbilo en Israel. El gobierno de Benjamin Netanyahu, sin duda, ha ganado unos cuantos puntos políticos, y ello le permite insistir en su lema de “victoria total”. 

La muerte del que Israel ha señalado como “arquitecto del 7 de octubre” junto a las demás caras visibles de Hamás, como Ismail Haniyeh y Mohamed Deif –este solo según Israel, pues su muerte no es reconocida por la organización palestina– parece situar a Tel Aviv a punto de alcanzar esa victoria. Habiendo decapitado a Hamás y Hezbolá, se podría decir que el Estado sionista se encuentra en el cenit de su poder.

Mientras, en Washington, el presidente Joe Biden señala que con la muerte de Sinwar se elimina el “último obstáculo” para alcanzar un acuerdo de alto al fuego, que, ahora sí, permita a los prisioneros israelíes volver a casa.

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No obstante, al contrario de lo que se repite, su muerte no cambiará nada, no marca ni el final de la contienda ni la derrota de Hamás. Tampoco será posible un acuerdo, pues Israel no está dispuesto a ningún compromiso, porque su guerra no es ni era contra Yahya Sinwar, sino contra el pueblo palestino como movimiento nacional. En el Kiyra, la sede del Ministerio de Defensa de Israel, ya tomaron la decisión de que los prisioneros israelíes eran un asunto prescindible en pos del esfuerzo de guerra y sus objetivos reales, que pasan por la limpieza étnica y la conquista de la Franja de Gaza. 

Por lo tanto, aunque la muerte del líder de Hamás tendrá un impacto significativo en la organización palestina, debilitando su mando y afectando a su dirección política en la guerra, la importancia de esta figura reside fundamentalmente en su legado. A ojos de Israel, Sinwar es únicamente un “terrorista” que llevó “la muerte y la destrucción a su propio pueblo”. Su fallecimiento bien puede mandar el mensaje de la precaución y la mesura: “Esto es lo que los palestinos nunca deberían volver a intentar, deben aprender las consecuencias de levantarse en armas”.

Sin embargo, en contra de las apariencias, la muerte de Sinwar no ha hecho más que elevar su figura a la de mártir de la causa palestina. Ese es el resultado más importante: cómo murió. Y es por eso que es ahí donde se da la batalla, en el legado. Al igual que Izz ad-Din al-Qassam, Sinwar podría convertirse en un referente para muchos otros palestinos como combatiente.

¿Quién era Yahya Sinwar?

Como muchos otros palestinos, Yahya Sinwar nació en un campo de refugiados, en Jan Younis, ubicado en la Franja de Gaza, siendo hijo de palestinos forzados a abandonar sus hogares durante la Nakba llevada a cabo por Israel. Sinwar viviría siempre como refugiado, pudiendo ver a través del muro la ciudad de su familia, Majdal 'Asqalan, que con la limpieza étnica se convirtió en Ascalón. 

Así, como tantos otros jóvenes de su época, Sinwar había crecido a la sombra de la opresiva ocupación israelí, que tomó la Franja de Gaza en 1967. Esta nueva generación de palestinos se encontró con una novedad: por primera vez podían acceder de manera generalizada a una educación superior gracias a la generosa financiación de la diáspora palestina y otras donaciones. De este modo, se fundaron centros de enseñanza superior como la Universidad Islámica de Gaza en 1978. Sin embargo, solo el 20% de los diplomados conseguían encontrar un empleo al terminar sus estudios; la mayoría estaba desempleada o de jornaleros en Israel.

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Entre esta generación crecería un sentimiento de impotencia. Podían acceder al conocimiento que le había sido negado a sus padres, pero no podían hacer nada con él. Estaban encerrados entre la realidad de la ocupación y la organización de la resistencia controlada por las élites de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP). En estas circunstancias, los Hermanos Musulmanes ocuparían este hueco de desencanto a través del movimiento estudiantil. 

Así es como comenzó Yahya Sinwar su activismo político durante sus estudios en la Universidad Islámica de Gaza, donde se graduó en Estudios Árabes y Literatura. En este espacio se crearía un fermento ideológico que daría lugar a la primera generación de líderes palestinos de corte islamista: figuras como Abdel Aziz al-Rantisi –segundo líder de Hamás–, Ismail Haniyeh, Ahmed Jabari, Khalil al-Hayya o Fathi Hamad.

El estallido de la Primera Intifada en 1987 dio a los islamistas el terreno propicio para competir por la representación simbólica de la lucha palestina. Frente al vetusto y agotado liderazgo de la OLP, el recién fundado Movimiento de Resistencia Islámico (Hamás) demostró mayor creatividad y rapidez para movilizar a la juventud desheredada, a pesar de su bisoñez. Gaza fue el epicentro de la intifada, lugar donde prendió la chispa y más se prolongó la movilización. 

En esta Franja aislada del resto de territorios, los islamistas tendrían un mayor éxito al ganarse a las clases medias piadosas y conseguir unir a los comerciantes a la huelga general. De esta forma, Hamás (“Celo”) consiguió movilizar a través del celo religioso la iniciativa espontánea y violenta de la juventud, que sirvió como herramienta de virtud frente a los “vicios burgueses” de la “occidentalización”, que se vinculaban al estado de derrota del movimiento nacional. 

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Con estos instrumentos, Hamás fue capaz de resituar a la causa palestina en el mapa, después de que el centro de gravedad del mundo árabe-islámico se hubiese movido tanto ideológica como geográficamente hacia la yihad islámica en Afganistán. Con Hamás, Palestina, que había sido la causa por excelencia del nacionalismo árabe, volvía a ser un punto de referencia, esta vez dentro del campo del islamismo.

Sinwar entraría en escena en estas circunstancias, encuadrado dentro del Munazzamat al Jihad w'al-Dawa –el Servicio de Seguridad y Defensa, abreviado Majd–. Fundado en 1985, el Majd se encargaba de rastrear y eliminar a los colaboracionistas con Israel y pasaría a ser el núcleo del aparato de seguridad de Hamás. Estas actividades le llevaron a su detención en 1988, siendo condenado a cuatro cadenas perpetuas. 

Las prisiones, un nuevo frente de resistencia

En los interrogatorios a los que fue sometido, se destacó por ser una figura fría e impasible. Terminó hablando de los asesinatos de los colaboracionistas, dando detalles concretos, pero siempre mantuvo la calma, según cuentan sus interrogadores, que le señalan como “una figura anómala en su personalidad, sabiduría y nivel de inteligencia. Religiosamente extremo, creyente, que está en paz con sus palabras y sus actos”.

Si habló es porque con lo que decía buscaba incriminarse, pero ocultar la información más importante de la organización. Durante esos momentos llegaba a mostrarse desafiante; en un interrogatorio, Sinwar comentó: “Sabes que un día serás tú el interrogado, y yo estaré aquí como el gobierno, como el interrogador. Te interrogaré”.

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Este relato fue contado anónimamente por uno de los agentes del Shabak –el Servicio General de Seguridad de Israel o Shin Bet– en una entrevista en Haaretz, y según comenta: “Me estremezco cuando digo eso ahora, porque piensen que no está tan lejos de la realidad. Si yo viviera en una comunidad cercana a la Franja de Gaza, podría haberme encontrado en un túnel, frente a ese hombre. Recuerdo perfectamente cómo me lo dijo, como una promesa, con los ojos enrojecidos. «Nuestros papeles se invertirán. El mundo se volverá del revés para ti». Podías ver cuánto creía en sí mismo”.

También amenazaba con que mataría algún día a los agentes del Shin Bet que le interrogaban. “Tienes que entender qué nivel de guerra psicológica empleaba ya entonces, como detenido. Se enfrenta a ti y maldice y amenaza, y no tiene miedo”, cuenta el agente entrevistado en Haaretz. 

“Salí bastante de la habitación durante las sesiones con él, cosa que no suelo hacer. Es uno de esos interrogados que pueden llevarte a un rincón en el que tropiezas y caes, y yo no quería caer en una trampa. Creo que entendí que él buscaba eso. Que veía en mi pérdida de control una debilidad. En cuanto a su crueldad y dureza, sí. No había visto gente así antes. Alguien que se comporta y habla con tanto descaro, no se avergüenza ni teme al interrogador, y te dice: «Tú eres el criminal, y cuando el mundo se vuelva del revés me ocuparé de judíos herejes como tú»”. 

Durante su detención, fue trasladado decenas de veces entre cárceles y pasó la mayor parte de su tiempo en régimen de aislamiento. Pero Sinwar, también conocido como Abu Ibrahim, se adaptó a esta nueva vida; fue precisamente entre las cárceles israelíes donde maduró políticamente y se reforzaron sus convicciones. Los prisioneros palestinos no consideran la cárcel el fin de la lucha, sino un nuevo campo de batalla en el que también deben aprender a desenvolverse. Eso es precisamente lo que hizo Yahya Sinwar, que se convirtió en el principal líder político de Hamás entre los reos palestinos. 

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No tardó en aprender hebreo, con lo que empezó a traducir libros al árabe, como las autobiografías hebreas de los exjefes del Shin Bet, y las compartió con sus compañeros de prisión para estudiar tácticas antiterroristas. Entre las obras que estudió figura La Revuelta. Historia del Irgún del primer ministro de Israel Menachem Begin. Se puede decir que las lecciones de este libro han sido aplicadas por Sinwar en Gaza: 

“A lo largo de su lucha contra los británicos, el Irgún intentó dar publicidad a su causa en todo el mundo. Al humillar a los británicos, intentó centrar la atención mundial en Palestina, con la esperanza de que cualquier reacción exagerada británica fuera ampliamente difundida y, por lo tanto, se tradujera en una mayor presión política contra los británicos. Begin describió esta estrategia como la de convertir a Palestina en una «casa de cristal».”

También aprovechó para estudiar cursos en la Universidad Abierta de Israel, matriculándose a 15 cursos en un lapso de siete años desde 1995. La mayoría eran de historia, y cubrían distintos periodos de los judíos, desde los rabínicos al Primer y Segundo Tempo, el Holocausto y el movimiento sionista. Esto fue acompañado de un curso de ciencias políticas sobre gobernanza y democracia israelí, para conocer la sociedad, el Estado y al gobierno de Israel. Sus calificaciones en general eran altas, y fueron mejorando a medida que su hebreo se hizo más fluido. En su extenso estudio sobre la materia, llegó a definirse a sí mismo como un “especialista en la historia del pueblo judío”.

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Desde entonces, los presos de seguridad ya no pueden estudiar a distancia cursos universitarios. Este derecho fue revocado por orden del ministro de Seguridad Pública, Yitzhak Aharonovitch, en 2011. Abu Ibrahim terminó por conocer muy bien a su enemigo, a entenderlo, y esto es algo peligroso para Tel Aviv. En una ocasión, Sinwar comentó a sus seguidores: 

“Querían que la prisión fuera una tumba para nosotros, un molino para moler nuestra voluntad, determinación y cuerpos. Pero, gracias a Dios, con nuestra fe en nuestra causa convertimos la prisión en santuarios de culto y academias de estudio”. 

Como dijo Ghazi Hamad, un alto funcionario de Hamás, el tiempo que pasó en prisión fue transformador y moldeó sus cualidades de líder. “La cárcel te construye. Sobre todo si eres palestino, porque vives entre puestos de control, muros y restricciones de todo tipo. Sólo en la cárcel conoces por fin a otros palestinos, y tienes tiempo para hablar. [También] piensas en ti mismo. Sobre aquello en lo que crees, el precio que estás dispuesto a pagar”, según dice Sinwar.

La espina y el clavel

Otro de sus proyectos en prisión fue escribir una novela, tardó 15 años en escribirla, y necesitó la ayuda de docenas de compañeros de prisión para sacarla clandestinamente por fragmentos. Este logro demostró que ni siquiera las severas medidas de seguridad y la brutalidad dentro de las prisiones podían impedir que los presos palestinos encontraran formas de comunicar sus mensajes: 

“[La] novela fue escrita en la oscuridad del cautiverio en las prisiones de la ocupación en Palestina. Docenas de personas se esforzaron por copiarla e intentar ocultarla de los ojos y las manos manchadas de los torturadores, realizando un tremendo esfuerzo para ello, trabajando como hormigas para sacarla a la luz”, explica en el prefacio.

Yahya Sinwar durante su estancia en una prisión israelí.
Yahya Sinwar durante su estancia en una prisión israelí.

El libro fue publicado en 2004 bajo el título La espina y el clavel (The Thorn and the Carnation), y narra la experiencia de la lucha palestina desde 1967 hasta la Segunda Intifada. Como él mismo sostiene en el prefacio: “La única ficción de esta obra es su transformación en novela en torno a unos personajes concretos, para cumplir la forma y los requisitos de una obra novelística. Todo lo demás es real”. La novela ofrece una mirada a su forma de ver el mundo, cumpliendo de cierto modo el papel de autobiografía, y sirve también como retrato de una sociedad y una época. 

A esta novela le siguió su segundo libro, Gloria, que explora las operaciones del Servicio General de Seguridad de Israel, el Shin Bet, y los asesinatos llevados a cabo contra líderes de la resistencia. También escribió varios artículos que sentaron las bases para los protocolos de seguridad de Hamás.

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Su papel de líder político consistía en mantener la disciplina, mirar por la buena salud física y mental de los reos, vigilar posibles colaboracionistas, mantener contacto con el exterior y proveer de trabajo político. En cada prisión, un comité se encargaba de tomar decisiones cotidianas; otro imponía castigos a los presuntos colaboracionistas; y otros supervisaban cosas como el reparto del dinero enviado por los dirigentes de Hamás, que podía utilizarse para comprar alimentos en el economato. Un “emir” elegido, junto con los miembros de un alto consejo denominado “haya”, gobernaba esta estructura durante periodos limitados

Durante gran parte de su estancia en prisión, Sinwar alternó el cargo de emir con Rawhi Mushtaha, un confidente que había sido condenado junto a él por asesinar a colaboracionistas. En ese tiempo, Sinwar continuó su campaña contra los colaboracionistas desde detrás de las rejas. Según se dice, en Israel ordenó el asesinato de tres presos; sus cuerpos fueron arrojados a los guardias de seguridad para que “se llevaran las cabezas de sus perros”.

Estos y otros actos, como el asesinato de alrededor de 12 colaboracionistas israelíes durante la intifada, hicieron que los interrogadores le pusieran un apodo: “el Carnicero de Jan Younis”. En los obituarios es posible que el lector encuentre este apodo con bastante frecuencia. Sin embargo, nunca ha sido utilizado por los palestinos. Si uno repasa la hemeroteca, tanto en inglés como en hebreo y en árabe, es fácil encontrar cómo pasó de ser un apodo utilizado por sus interrogadores a que de repente se presentara en los grandes medios como el nombre que le ponen en Gaza. 

Uno tan sólo tiene que irse a mayo de 2021 para ver cuando comienza esto: la imagen de Sinwar comenzó a crecer junto a la escalada militar que se produjo entonces. Israel ha tratado de manufacturar su propio “villano”, y sus servicios de inteligencia han sabido plantar este tipo de ideas para crear un imaginario colectivo a través de exagentes como Nadav Pollak o Michael Koubi, que interrogó a Sinwar durante 180 horas. Basem Naim, miembro de Hamás, al ser preguntado por este apodo declaró: “creo que es una tontería. Es la primera vez que lo oigo”.

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En contra de esta imagen de carnicero sin escrúpulos, Sinwar ofrece en su novela una visión con matices del fenómeno de los colaboracionistas. Es visto como un grave problema social en Gaza, producto de las circunstancias y las privaciones a las que se ven sometidos los palestinos. Su novela relata cómo los agentes eran recibidos con respuestas violentas por parte de diversas facciones palestinas, que incluían asesinatos, flagelaciones e incluso ejecuciones públicas. 

El protagonista describe la violencia continuada y descontrolada como un “gran error”, criticando la falta de soluciones legales que podrían haber dado una respuesta adecuada al tema de los informadores “con el menor grado posible de matanza y evitando la imagen atroz y repulsiva de la misma”.

La novela capta la tensión de esta situación, documentando las complejas realidades y las difíciles decisiones a las que se enfrenta una sociedad ocupada. En esta misma línea se describe la dificultad de mantener la negativa resoluta a trabajar en los territorios ocupados por Israel en 1948, y cómo este principio de la resistencia se fue erosionando bajo el aplastante peso de la pobreza que afligía a la mayoría de los residentes de la Franja:

“En una escena que resume esta compleja situación, Ahmed relata un incidente en el que los combatientes de la resistencia intentaron confiscar un permiso de trabajo a un obrero. El hombre les suplica, explicándoles que sus ocho hijos no tienen nada que comer, y lo poco que les proporciona la agencia de ayuda es insuficiente, dejándoles hambrientos. Los combatientes de la resistencia, divididos entre sus principios nacionales y la dura realidad de la supervivencia, rechazan su justificación y rompen el permiso, con los ojos llenos de lágrimas: un conmovedor reflejo del conflicto interno entre la desesperada necesidad de sobrevivir y el imperativo de defender los principios nacionales”.

Por esto, para entender a Abu Ibrahim y su figura lo mejor es leerle. Las prisiones israelíes forjaron su carácter y le situaron en una posición de liderazgo. Hay que entender que dentro de la lucha palestina los presos ocupan tanto poder de decisión como el resto. Esto se debe a que la mayor parte de los palestinos han pasado alguna vez de su vida por la cárcel o bajo detención, desde bien pequeños. Como dice Sinwar: “[La cárcel] es un rito de paso. Es nuestra mayoría de edad. Porque si hay algo que nos une, algo que realmente nos iguala a todos – a todos los palestinos– es la cárcel.” Hamás no es distinto; dentro de su estructura, el Consejo de la Shura, que gobierna las decisiones de la organización, está compuesto por cuatro shuras “regionales”: Gaza, Cisjordania, diáspora y presos en cárceles israelíes. 

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Todo esto subraya el papel central y la influencia de Sinwar. De ahí que su rol en las prisiones fuera tan importante, mucho antes de que se convirtiera en un nombre conocido en Gaza y Cisjordania. También explica su peso político durante las negociaciones de intercambio de prisioneros que llevaron a su liberación. 

En 2006, Hamás capturó a un soldado israelí, Gilad Shalit, que terminó por ser intercambiado por más de 1.000 presos palestinos. Las negociaciones se alargaron hasta 2011, con Sinwar teniendo un rol central como negociador desde la cárcel. En contra de la opinión de al-Arouri, que aceptaba términos más moderados, Sinwar presionó con arrastrar a 1.600 reos de Hamás a una huelga de hambre para extraer mayores concesiones a Tel Aviv.

Abu Ibrahim quería la puesta en libertad de aquellos condenados a múltiples cadenas perpetuas, como Marwan Barghouti y Abbas al-Sayed. Finalmente, los israelíes le pusieron en régimen de aislamiento hasta que se cerrara el trato para diluir su influencia. Pero su criterio terminó por imponerse parcialmente; se puso en libertad a varios condenados a cadena perpetua, entre ellos al propio Sinwar, ya que “no tenía tanta sangre judía en sus manos” como otros y se quitaban a una figura muy habilidosa en la prisión. Cuando fue liberado, tomó posiciones de liderazgo de mayor responsabilidad. Abu Ibrahim entró con 27 años a la cárcel en 1989, salió tras 22 años, con 49 años. 

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