
El Consejo de la Unión Europea ha decidido restablecer la plena aplicación del Acuerdo de Cooperación con Siria, poniendo fin a la suspensión parcial vigente desde 2011 como respuesta a las "violaciones de los derechos humanos" cometidas durante el mandato de Bashar al Asad. La medida supone un paso clave en la normalización de relaciones con Damasco tras la caída del gobierno baazista en diciembre de 2024.
La suspensión afectaba principalmente a disposiciones comerciales, incluyendo restricciones a la importación de productos como petróleo, derivados, oro o metales preciosos.
Su levantamiento implica el retorno completo al marco de cooperación económica establecido en 1977 entre ambas partes, y se enmarca en la estrategia europea de apoyar la transición política y la recuperación socioeconómica siria.
El movimiento se produce después de que la Unión Europea eliminara en 2025 la mayor parte de las sanciones económicas contra Siria –manteniendo únicamente las vinculadas a cuestiones de seguridad– al considerar que habían desaparecido las condiciones que motivaron las medidas restrictivas iniciales.
La decisión europea responde a un interés político y económico. Por un lado, busca estabilizar el país y facilitar una transición “pacífica e inclusiva”. Por otro, pretende posicionarse como un actor relevante en la reconstrucción siria tras más de una década de guerra civil, un proceso que abre numerosas oportunidades para las empresas del bloque comunitario.
En este contexto, el restablecimiento del acuerdo actúa como una herramienta para reintegrar a Siria en el sistema económico internacional y para fortalecer las relaciones bilaterales tras años de ruptura. Además, llega en un momento en el que la Unión Europea busca expandir sus relaciones debido al difícil contexto geopolítico de competición.
Rusia sigue presente en Siria
Sin embargo, la decisión europea plantea una contradicción estratégica evidente. Uno de los elementos implícitos en la política hacia Siria había sido la reducción de la influencia rusa en el país como condición para una normalización completa. En la práctica, esto no se ha cumplido.
Rusia mantiene su presencia militar en Siria, concretamente en la costa del país, en la región de Latakia. Asimismo, lejos de distanciarse de Moscú, el nuevo presidente sirio, Ahmed al Sharaa, ha adoptado un enfoque pragmático: no romper relaciones con el Kremlin y optar por mantenerlas más o menos estables.
Al Sharaa se ha reunido con Vladimir Putin en dos ocasiones –en octubre de 2025 y enero de 2026–, lo que refleja una clara intención de Damasco de preservar los vínculos bilaterales, mostrando también la importancia que tiene Moscú en el país árabe –donde ha sido un actor clave desde su intervención en la guerra en 2015– y la región de Oriente Medio.
Esta estrategia responde a una lógica de diversificación basada en que el nuevo gobierno sirio no quiere depender exclusivamente de la Unión Europea ni de Occidente, sino mantener múltiples apoyos internacionales ante una posición precaria interna –lucha de facciones– y externa –la guerra de Irán y Líbano y la ocupación de Israel en el sur del país–.
El comportamiento del gobierno pone de relieve una diferencia de prioridades. Mientras la Unión Europea aspiraba a una Siria alineada con sus planteamientos políticos y estratégicos, Damasco adopta una política exterior pragmática, basada en equilibrar relaciones. Esto limita la capacidad de influencia de Bruselas y cuestiona hasta qué punto su política de condicionalidad ha funcionado realmente.
Por otro lado, a las tensiones geopolíticas se suma un problema interno aún crítico: la inestabilidad. El gobierno de Al Sharaa no ha logrado consolidar plenamente el control del territorio ni garantizar la seguridad de todas las comunidades.
En particular, se han producido episodios de violencia sectaria con matanzas contra la minoría alauita que evidencian la existencia de profundas divisiones internas. Estas dinámicas ponen en cuestión el relato de transición “inclusiva” adoptado por un presidente que anteriormente pertenecía a las filas del grupo yihadista Hay'at Tahrir al-Sham (HTS).
La incapacidad del nuevo Estado para controlar estas tensiones introduce un elemento de incertidumbre clave para la estrategia europea, que apuesta por la estabilización del país como base de su acercamiento.
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