
“Pasaron mucho tiempo matándose y ahora pasarán mucho tiempo abrazándose, tomándose de las manos y aprovechándose económicamente de Estados Unidos, como cualquier otro país”. Donald Trump hacía estas declaraciones durante la firma del acuerdo de paz entre Ruanda y la República Democrática del Congo (RDC), que contó con la presencia de los líderes de ambos países, Paul Kagame y Félix Tshisekedi.
El escenario escogido fue el anteriormente conocido como Instituto de la Paz de la capital estadounidense, Washington, que esta misma semana ha sido rebautizado con el nombre de Trump.
A pesar de lo grandilocuente de las palabras del dirigente estadounidense, existen serias dudas de que se consolide como un verdadero tratado de paz definitivo que ponga fin a más de tres décadas de conflicto. De hecho, se trata de la rúbrica al más alto nivel de un acuerdo ya firmado en junio por los ministros de Exteriores de los dos países, lo que no ha impedido que la violencia continúe hasta ahora.
Entre otros aspectos, se prevé que Ruanda retire sus tropas del este de la República Democrática del Congo y deje de dar apoyo al grupo armado M-23, así como que Kinsasa combata al Frente Democrático para la Liberación de Ruanda, una milicia contra el gobierno ruandés establecida en territorio congoleño. A su vez, ambos se comprometen a respetar la soberanía e integridad del otro.
Todo ello vino acompañado poco después por el anuncio de la creación de un marco de integración económica regional, que incluye aspectos tan relevantes como la extracción y comercialización de minerales.
La inmensa riqueza mineral del este de la República Democrática del Congo es uno de los factores que explican este largo conflicto, pues Ruanda explota los minerales congoleños a través de los grupos armados que controlan los yacimientos.
Ahora, con este nuevo marco económico, se prevé una mayor inversión extranjera en este sector, teniendo las empresas estadounidenses un acceso preferente. De hecho, el acuerdo de paz ha ido acompañado de varios tratados bilaterales entre Washington y ambos países, que contemplan, entre otros aspectos, el acceso a recursos minerales.
Para Tshisekedi, con el acuerdo “empieza una nueva era de amistad, cooperación y prosperidad”, calificándolo de “punto de inflexión” para la región. Kagame, en cambio, se mostró más prudente, asegurando que “habrá altibajos en el camino que tenemos por delante. No hay duda al respecto”.
Por qué es frágil el acuerdo Ruanda-Congo
Sin embargo, entre organizaciones de derechos humanos y entre la población afectada por el conflicto existen ciertas dudas de que el aparente entendimiento diplomático lleve a resultados tangibles sobre el terreno.
Para empezar, el mismo día de la firma se produjeron importantes combates en la región de Kivu del Sur entre combatientes del M-23 y el ejército congoleño y grupos aliados. La milicia armada y el gobierno de la República Democrática del Congo han llevado a cabo varias rondas de negociaciones en Catar, pero, por ahora, no han logrado poner fin a los enfrentamientos.
Junto a la persistente violencia, uno de los principales obstáculos que enfrenta el acuerdo para lograr el cese de las hostilidades es la ausencia de mecanismos claros y graduales para poner fin a los combates, así como la falta de un sistema de justicia y rendición de cuentas.
A su vez, su cumplimiento depende únicamente de actores estatales, sin incluir a ninguno de los más de 100 grupos armados que operan en la región. Estos acuerdos son “ilegítimos, precarios e incapaces de garantizar una paz duradera”, sentenció el Premio Nobel de la Paz y excandidato presidencial congoleño, Denis Mukwege.
El este de la República Democrática del Congo lleva más de tres décadas de conflicto prácticamente ininterrumpido, cuyo origen podemos encontrar en el genocidio de Ruanda de 1994 y la posterior huida de centenares de miles de ruandeses al por entonces Zaire.
Dos años después, Ruanda invadió la República Democrática del Congo, acabando con el gobierno de Mobutu Sese Seko, tras lo que se iniciaría la conocida como Guerra Mundial Africana. Desde entonces, y con los minerales en el punto de mira, Ruanda ya no volvería a abandonar el este del país, ya sea con tropas sobre el terreno o a través de grupos proxies.
El M-23 surge en 2012 para combatir al gobierno congoleño, estando armado y financiado por Ruanda. A principios de 2025, llevaron a cabo una ofensiva a gran escala en la que tomaron amplios territorios, incluyendo las dos principales ciudades del este del país, Goma y Bukavu. Desde entonces, ha avanzado en la creación de su propia administración y ha consolidado su control sobre los yacimientos mineros.
Este y otros grupos difícilmente van a renunciar al suculento negocio minero, por lo que es esperable que la violencia continúe en sus diversas formas. El enfoque extractivo que Trump ha dado a la paz tampoco incita a pensar en ello.
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