Sanidad en el exilio: el reto del pueblo saharaui

El abandono español del Sáhara Occidental, la que hasta 1975 fue su provincia 53, y la posterior ocupación del mismo por Marruecos y Mauritania, dieron lugar a uno de los mayores éxodos humanos de la historia reciente del norte de África. Según el Comité Internacional de Cruz Roja, tan sólo entre los meses de diciembre de 1975 y enero de 1976 unos 40.000 saharauis se internaron en el desierto huyendo de la invasión extranjera e incorporándose a los campamentos “temporales” que el Frente Polisario estaba construyendo en el inescrutable interior del Sáhara, allí donde la hostilidad del clima y el terreno disuadían de entrar a mauritanos y marroquíes.

El 27 de febrero de 1976 el pueblo saharaui proclama la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) un Estado nacido a caballo entre el exilio y la guerra; un pueblo escindido entre quienes permanecieron en territorios ocupados y quienes abandonaron todo. Comenzaba la titánica labor de construir un Estado con ese doble condicionante, exilio y guerra. El objetivo fundamental, garantizar “una vida digna” a la población saharaui, en palabras de los dirigentes del Polisario.

La sanidad fue uno de los pilares del nuevo Estado, no solo por deseo sino por necesidad. Asentados en la rocosa y adversa hammada de Tinduf,(el desierto de los desiertos como lo llaman los autóctonos), territorio argelino fronterizo con el Sáhara Occidental y Mauritania, comenzaron a crearse las bases de un sistema sanitario de subsistencia sostenido, fundamentalmente, gracias a la mujer saharaui, que edificó las nuevas instituciones mientras el hombre permanecía en el frente.

Lo prolongado de la guerra (1975-1991), que permitió la liberación parcial del territorio saharaui, y la violación del Acuerdo de Paz de 1991 -que contemplaba la realización de un referéndum en los seis meses posteriores a su entrada en vigor-, cronificaron la situación de refugio. Paralelamente, la orientación panarabista y progresista del Frente Polisario alumbró una de las Constituciones más avanzadas de la región.

La Constitución de 1999 reflejaba en su Art. 36: “Todos los ciudadanos tienen derecho a la protección y a los cuidados de la salud. El Estado vela por la prevención contra las enfermedades y las epidemias y combate estas últimas.”

Todo un reto, más aún cuando 46 años después de su partida el pueblo saharaui sigue en el exilio. Cabe preguntarse entonces cómo, en uno de los rincones más inhóspitos de la tierra, se intenta construir un sistema de salud. ¿Es posible? ¿Cómo se mantiene? Y sobre todo y obligados por la actualidad ¿Cómo afronta el COVID un país en situación de refugio?

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El reto de la Salud

Insertos en pleno desierto del Sáhara, la vida en Tinduf o en los territorios liberados ya es compleja para sus algo menos de 200.000 habitantes: ausencia de agua potable, falta de infraestructura y comunicación, imposibilidad casi total de desarrollo cualquier actividad económica, clima árido xerotérmico que convierten en quimérico el cultivo de cualquier especie vegetal -con precipitaciones anuales inferiores a 200 ml- etc.

Este marco plantea un problema de base para la salud pública saharaui. La falta de agua es un reto capital. Aunque en los primeros años de exilio el agua se extraía de pozos rudimentarios, esta contenía niveles nocivos de salinidad, fluoruro (casi el doble de la cantidad recomendada por la OMS), nitritos y yodo, lo que provocaba la aparición de enfermedades cardiovasculares, óseas y dentales.

Con el paso del tiempo la estructura de la RASD consiguió proveer de agua a sus habitantes gracias a los enormes camiones cisterna que periódicamente rellenan enormes depósitos. Aun así, no consigue paliar totalmente la escasez de agua y el problema de su conservación; el riesgo de contaminación por agua se eleva hasta al 67% de la población según algunos estudios.

Otra dificultad mayúscula reside en una climatología con temperaturas que superan los 50º en verano y los -3º en invierno; o el polvo en suspensión y las tormentas de arena, que ocasionan entre la población crónicas enfermedades respiratorias, problemas visuales o lesiones en la piel.

A lo anterior se suma una dependencia alimenticia total a través de ayuda humanitaria, por la imposibilidad obvia de aprovechar las tierras del desierto. Ello genera problemas nutricionales debido a los vaivenes de la cooperación internacional y los problemas para trasladar y conservar cierto tipo de alimentos. Aunque la RASD ha conseguido eliminar los efectos más duros de la desnutrición, estos siguen presentes, como es el caso de la anemia, que azota especialmente a las mujeres.

La RASD afronta este punto de partida con una limitación fundamental, no tiene autonomía plena para gestionar los programas sanitarios. La ausencia de presupuestos estables hace que la cooperación y ayuda humanitaria sean vitales. El director del Hospital Nacional de Rabuni, Mulay Ahmed Yumani, resumía la situación afirmando que “el sistema sanitario saharaui es sostenible, pero frágil, porque dependemos de la ayuda humanitaria”.

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El modelo sanitario saharaui se construye a imagen y semejanza del cubano, en gran medida porque, desde 1976 de manera ininterrumpida, la isla ha tenido una Brigada Médica en los campamentos. Este sistema cuenta con tres niveles; la base es la atención primaria (el equivalente a un centro de salud), conformada por un dispensario en cada barrio o “daira”, en total 26; en mitad del escalafón se encuentran los hospitales regionales (similares a los hospitales comarcales), un total de 7, a razón de uno por wilaya; mientras que en el tercer nivel se encuentran los hospitales centrales, donde se realizan cirugías y las necesidades médicas de mayor nivel.

A ello se suma la población nómada que vive en territorios liberados, familias trashumantes que con su ganado de camellos y cabras recorren las dunas del desierto durante meses. Para ellos se cuenta con seis centros de salud en territorios liberados que tampoco consiguen responder a todas las necesidades sanitarias.

Hay dependencia tanto de recursos físicos como humanos. La falta de materias primas limita sustancialmente la fabricación nacional; al no ser miembro de la ONU su acceso al mercado farmacéutico es limitado, y además existen graves problemas logísticos para llevar al interior del desierto maquinaria y medicamentos. Por otro lado, la capacitación de personal ha sido una obsesión del gobierno, y aunque sigue existiendo un déficit, este se ha mitigado mucho. A ello se suma la falta de material y de incentivos y retribución.

El modelo saharaui se ha enfocado en la medida de lo posible a la autosuficiencia para limitar la dependencia externa. Desde 1997 se ha promovido la creación de laboratorios para la producción de medicamentos con los que cubrir la demanda de elementos básicos como suero, algunos antibióticos y antibacterianos. También se ha puesto en marcha la Escuela de Enfermería dentro de la Universidad de Tifariti para paliar la ausencia de personal. Miles de jóvenes emigran para formarse en terceros Estados, volviendo años después para desempeñarse como profesionales en su tierra. Destaca el caso de Cuba, donde a fecha de 2019 se habían graduado en instituciones cubanas del Ministerio de Salud Pública y el Ministerio de Educación Superior más de 2.000 jóvenes según fuentes gubernamentales de la isla.

Cuba es el mayor aliado en el ámbito social de la RASD. Desde 1976 la mayor de las Antillas mantiene brigadas sanitarias y educativas en los campos de Tinduf y forma a jóvenes saharauis. Imagen de la “Escuela Secundaria Básica Simón Bolívar” de la RASD | Sáhara Press Service (SPS)

“La vuelta a las armas plantea una dificultad añadida a los retos que tenemos, pero seguimos pudiendo dar atención sanitaria a la población” dice la voz cálida de Jira Bulahi desde los campamentos de Tinduf. La Ministra de Salud Pública de la RASD asumió el cargo en enero de 2020, pocas semanas antes del estallido de la pandemia. Conversa con Descifrando la Guerra para arrojar luz sobre la vida y la salud de un pueblo refugiado.

La escasez ha hecho que se adopte una política de prevención y concienciación. “La mejor manera de curar es prevenir. Se constata sobre todo cuando los recursos son limitados” afirma Jira.

En todo caso, las limitaciones técnicas restringen el tratamiento de enfermos graves, que deben ser trasladados al hospital argelino de Tinduf y en muchos casos a Argel o incluso al extranjero. “No tenemos bancos de sangre y una muy limitada Unidad de Cuidados Intensivos” afirma Ahmed Yumani.

En todo caso, en los últimos años se está trabajando para incorporar a la sanidad saharaui nuevas líneas de trabajo y “no dejar a nadie atrás”, aseguran. “Hemos incorporado un programa de celiaquía y un programa de salud mental porque, en estas situaciones atípicas de guerra, inestabilidad, desplazamiento y carencias, la cuestión psicológica y psíquica es fundamental que sea atendida”.

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La pandemia, vacunas en el desierto

El Sáhara Occidental no ha sido ajeno a la pandemia, pues pese a su situación geográfica los campos de refugiados cuentan con una gran movilidad de emigrados y cooperantes. En marzo, el gobierno de la RASD decidió evacuar a todos los internacionales que se encontraban en su territorio, decretando un confinamiento, medidas preventivas y la creación de un Comité Especializado el 18 de marzo. Pese a ello, los primeros casos y víctimas llegaron en el mes de abril.

“La cuestión de la pandemia a nivel internacional condicionó el trabajo de todas las áreas, pero en especial se puso a todo el personal de la salud, al ejército de la bata blanca en un desafío. Había que salir de esta situación nueva y atípica que se tenía que afrontar sí o sí, pero según la realidad de cada cual” sentencia Jira.

Jira Bulahi, Ministra de Salud Pública de la RASD y exDelegada del Frente Polisario en España.

Más que el impacto sanitario de la COVID, que ha conseguido mantenerse a raya gracias a la rigidez de las medidas, mucho peor ha sido el económico, es decir, cómo la pandemia ha afectado a la ayuda internacional. Desde el Ministerio son claros, “Al cerrarse las puertas y limitarse la cooperación, la situación afectó claramente a la canasta básica y a las condiciones de vida de los campamentos, que han mejorado gracias a la intervención coordinada con la RASD de muchísimas ONGs”.

A pesar de estas circunstancias impuestas, el gran reto era “mantener todos los programas de salud” afirma la Ministra, que identifica tres grandes líneas de trabajo en la gestión de la pandemia. “Las situaciones de salud no se podían postergar, se trata de la vida de las personas; por lo tanto había que mantener todos los programas. En segundo lugar, había que mantener y lograr que no se produjera una ruptura de stock de medicamentos y garantizar la lista nacional de medicamentos en todas las instalaciones sanitarias, a sabiendas de que estaba paralizado todo el apoyo que se recibía desde el exterior; también el mercado local estaba sumamente presionado por la demanda. La última línea eran los recursos humanos, el Ejército de la bata blanca es esencial en la batalla de la salud en general, y más aún cuando los frentes son varios. Por lo tanto, mantener a este personal motivado, disponible, activo y dispuesto a afrontar todos los riesgos, pues las condiciones de trabajo son un elemento importante, se convirtió en un tema primordial.”

La falta de recursos para afrontar la pandemia hizo que la principal baza del Ministerio fuese la prevención y la concienciación; además de la fabricación de hidrogel en laboratorios nacionales, se ha buscado integrar el uso de la mascarilla desde la opción “típico-cultural saharaui” en las melfas (traje tradicional de las mujeres saharauis) y turbantes, confirman fuentes del Comité de lucha contra la COVID.

Aunque las cifras relativas y absolutas no son especialmente malas, con más de 500 casos y una treintena de muertes, lo cierto es que preocupa la falta de medios para combatir las complicaciones más graves de la enfermedad y la rápida propagación que podría darse en los campos. El contagio del presidente Brahim Gali es un buen ejemplo; el último brote de abril de 2021 ha afectado duramente a los campos. “Nadie está libre y por eso pedimos máxima precaución a la ciudadanía”, afirman fuentes del Ministerio.

Llegada de las primeras 5.000 vacunas de AstraZeneca. La Ministra Jira Bulahi (izquierda) recibe el lote en presencia de autoridades argelinas.

La salida, como para el resto del muno, es clara: la vacunación. La RASD consiguió el 10 de abril las primeras 5.000 dosis de la vacuna de AdstraZeneca donadas por Argelia y ha dado comienzo a un plan de vacunación por el que primero pasarán profesionales sanitarios y personas de avanzada edad y con enfermedades crónicas. Cifras en todo caso insuficientes y que plantean la gran duda de si podrá mantenerse una adquisición y distribución sostenida en el tiempo de dosis que permitan inmunizar a la población saharaui.

Preguntada por esto, la Ministra Jira Bulahi respondió que, aunque las cifras actuales “no son suficientes, como es lógico” sí existen contactos y trabajo para que lo sean. “Hay compromisos en esta materia desde la Unión Africana, de la que somos Estado fundador. Además, también puede darse con organismos de ayuda a refugiados como el Alto Comisionado de la ONU en coordinación con la OMS”. Aunque sin duda, parece que los saharauis obtendrán vacunas gracias a su aliado preferente, Argelia, que en septiembre de este año comenzará con la fabricación de la rusa SputnikV y ya ha anunciado que trabajará para que las dosis también lleguen a países africanos.

Más allá de la pandemia, el reto de la sanidad –y en definitiva del futuro para los saharauis-, pasa por la afirmación del Ingeniero técnico en Química Industrial, Mulay Masud, quien trabaja en Laboratorio Farmacéutico Nacional: “ya basta de analgésicos, de ayuda humanitaria y donaciones; queremos el antibiótico, que mata el virus. Queremos volver a nuestra tierra”.

Para ampliar: Entrevista a Abdulah Arabi, Delegado del Frente Polisario en España.

Estudiante de Ciencia Política en la Universidad de Salamanca. Intentando ofrecer una visión crítica de la geopolítica. Militante. He cubierto y vivido sobre el terreno los procesos migratorios en Grecia, Italia y Melilla. Ahora escribo sobre América Latina.

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