Pakistán, entre el caos y una posible transición

El flamante primer ministro de Pakistán, Imran Khan, se juega su futuro este viernes en medio de una confusa moción de censura presentada por la oposición. Sus cuatro años de gobierno marcadamente personalista pueden llegar a su fin estas semanas. ¿Por qué se ha llegado a esta situación?, ¿qué puede ocurrir en los próximos días?

Imran Khan (1952) es el actual primer ministro de Pakistán desde 2018. Un famoso jugador de cricket, filántropo y playboy reconvertido en político.

Imran Khan fue elegido primer ministro tras vencer su partido Pakistán Tehreek-e-Insaaf (PTI) las elecciones generales del 25 de julio de 2018. El famoso  jugador de cricket, playboy y filántropo llevaba metido en política desde 1996, cuando fundó su propio partido. La ideología de este es una especie de nacionalismo populista liberal, centrado en su carisma personal y muy crítico con las desigualdades y la corrupción de los partidos civiles con sus dinastías.

Si bien en un principio coqueteó con la dictadura militar de Pervez Musharraf (1999-2008), lo cual le permitió aterrizar en política con comodidad, al final de la misma pasó a la disidencia, siendo incluso encarcelado. En este proceso obtuvo una inmensa popularidad, mostrando músculo en masivos mítines y criticando el programa de drones y la militarización de las zonas tribales en la llamada “guerra contra el terror”. Gracias a todo ello, en las elecciones generales de 2013 el PTI fue el tercer partido más votado, detrás la Liga Musulmana de Pakistán (PML) y el Partido del Pueblo Pakistaní (PPP). Estos dos grandes partidos, los tradicionales civiles, aspiraban a construir un bipartidismo civil entorno a la Carta de Democracia (2006) tras la dictadura. Y sobre ellos se lanzó Imran Khan con una gran fuerte campaña de agitación desde la oposición, acusando al partido gobernante de fraude, pidiendo una solución pacífica con los talibán pakistaníes y acusándoles de corrupción.

Tras la dictadura militar, Imran Khan se convertirá en una figura clave criticando la corrupción de sus partidos y con enormes manifestaciones como esta Lahore en 2011.

De esta forma, cada vez fue aglutinando más apoyos y aliados, presentando un proyecto por un nuevo Pakistán sin corrupción que atrajo a muchos jóvenes y llegó a derrocar al primer ministro, Nawaz Sharif (PML). Finalmente, arrasó en 2018 en lo que unos vieron como un soplo de aire fresco, otros como un populista peligroso y, algunos, como una maniobra de las fuerzas armadas para evitar que los partidos tradicionales recuperasen el poder.

Su victoria y estilo no han sido un fenómeno aislado, ya que se enmarcan en los múltiples personalismos anti-establishment populistas propios de nuestro tiempo. Ahora bien, el sistema político pakistaní tiene poco que ver con los que nos son familiares a nosotros, sujeto a un muy difícil equilibrio político, unos retos económicos gigantescos, diversos conflictos endémicos y la continua Espada de Damocles de sus fuerzas armadas. Precisamente por ello, la tarea a la que se enfrentó como demagogo sin experiencia siempre ha sido siempre titánica. Imran Khan ha gobernando un Pakistán endeudado en una situación económica límite, lo cual ha intentado solventar acercándose al FMI y a todo posible inversor, especialmente China. Los conflictos endémicos del país también han estado muy presentes estos años: los talibán, frente a los que el primer ministro siempre ha sido conciliador, han triunfado en Afganistán, amenazando de nuevo con contagiar las delicadas zonas tribales; Pakistán ha seguido chocando con su archienemigo indio en Kashmir, con un estallido en 2019; la insurrección en Baluchistán ha cogido cierta fuerza en los últimos meses.  

Pakistán es un país que sufre una serie de conflictos endémicos: en Kashmir con su archirrival India, en la frontera oeste con los pastunes de las zonas tribales y en la provincia de Balochistán con independentistas.
Las elecciones del 25 de julio de 2018 formaron una asamblea en la cual el primer ministro tiene una posición extremadamente débil.

Todo lo anterior enmarca las dificultades del gobierno del PTI pero ya 2018 se perfiló la gran debilidad del nuevo gobierno: cómo gobernar con 176 parlamentarios, el menor número jamás obtenido, una asamblea donde la mayoría es de 172.  Para añadir más leña al fuego, su constante condena al bipartidismo PPP-PML como fuente de corrupción y males del país impidió un funcionamiento tranquilo de las cámaras y sus comités. Estas acusaciones de corrupción a los gobiernos previos se produjo un rosario de imputaciones y detenciones de políticos de los dos partidos opositores, la mayor parte de los cuales quedaron en nada, salvo el anterior primer ministro Nawaz Sharif y su hija (PML). En todo caso, este martilleo ha boicoteado cualquier labor legislativa del gobierno, aunque por otro lado también ha mantenido viva su base social.

Tampoco hay que olvidar la política local, fundamental en un país federalista y muy difícil de manejar para un partido de nueva implantación. Durante estos años ha sido una constante sangría de credibilidad para el mandatario el gobierno del Punjab, dirigido por Usman Buzdar, una apuesta personal del primer ministro para la principal región del país que ha generado un rosario de escándalos sin fin. Muchos dentro del PTI exigen su dimisión y han llegado a asegurar que no apoyarán al mandatario en la moción.

Esta ruptura con el sistema político anterior representado por la oposición y la fragilidad de la mayoría parlamentaria del primer ministro son los ingredientes principales de la moción de censura que se plantea. Es un movimiento muy raro en Pakistán y extremadamente arriesgado, con dos experiencias en el pasado que terminaron en fracaso: la de 1989 contra Benazir Bhutto y la de 2006 contra Shaukat Aziz.

A pesar de todo, los principales partidos de la oposición han decidido que este es el momento de lanzar el reto, encabezados por el PML, el PPP y el Movimiento Democrático de Pakistán (PDM), una alianza de partidos pequeños junto al PML. El 8 de marzo lanzaron definitivamente el órdago, y desde entonces aseguran a los cuatro vientos que cuentan con los 172 votos de sobra. La ley marca que la votación se debería producir entre el 25 y el 29 de marzo, mientras que el gobierno está reforzando toda su maquinaria de presión en la calle, en los despachos y con letrados para salvarse en el último momento. Un ejemplo de ello es que el presidente de la cámara ha convocado la sesión el 25, cuando debería haberlo hecho el 22. ¿Una treta para iniciar una batalla legal?

Los líderes de los tres principales bloques opositores (PDM, PLM-N y PDM) teatralizan su unidad al presentar la moción de censura el 8 de marzo.

Por un lado se critica la creciente persecución política, la inflación, el corrupto gobierno de Punjab, el trato a la religión y la política exterior de mano blanda con los talibán a la vez que se potencia la educación religiosa. Por el otro, sin embargo, se reivindica la figura del mandatario como ruptura frente a la corrupción anterior, sus avances en el bienestar, el rechazo a la guerra en las zonas tribales y su política exterior de no alineación. Unos y otros realizan llamamientos alternativos al establishment (jueces y militares) y a sus partidarios, con un Imran Khan cada vez más desesperado y agresivo conforme se acerca la fecha de la moción.

La clave está en la decisión individual de los 155 parlamentarios del PTI y los 21 restantes de partidos pequeños, los cuales extorsionan a Imran Khan con sus propias agendas locales. Ejemplos de estos últimos son el PML-Q, una escisión del PML favorable a la dictadura militar de Pervez Musharraf que quiere controlar Lahore, el MQM, el GDA… Sobre algunos parlamentarios del PTI también sobrevuela la duda como he señalado, muchos son disidentes por naturaleza y otros son advenedizos a la política que no se sabe muy bien lo que harán. Tal es la volatilidad, que ambos grupos tratan en estos días de tener controlados a sus parlamentarios para evitar que sean presionados y cambien de bando o, incluso, se les impida físicamente acudir a la votación.

En este contexto de altísima tensión, con el primer ministro usando su demoledora retórica para atacar salvajemente a sus oponentes, llegando incluso a amenazar directamente, las marchas y contramarchas convocadas pueden dar lugar a graves altercados. Todo esto sin entrar en las consecuencias de un resultado u otro. Si la oposición obtiene los 172 votos que parece ha asegurado, el primer ministro y todo su gabinete deberían ser cesados de inmediato, tomando las riendas el presidente Arif Alvi.

¿Será capaz en este escenario el PTI de aceptar una transición pacífica? Algunos en Pakistán ya comparan a Imran Khan con Donald Trump, asegurando que las movilizaciones que prepara para este domingo 27 de marzo pueden desembocar en algo similar o peor que el asalto al Capitolio.

En los últimos días, conforme se acerca la fecha de la moción de censura, el primer ministro ha aumentado el tono de su dialéctica, amenazando a rivales y llamando a sus partidarios a las calles.

En caso de que la inestabilidad se descontrole y la policía se incapaz de controlar la situación en la capital, será necesario acudir a las fuerzas armadas. ¿Mantendrán estas la neutralidad?, ¿tomarán partido por uno de los bandos?, ¿o tal vez decidirán tomar las riendas del país como tantas veces han hecho en la breve historia del país? Estas semanas tendremos las respuestas todos estos interrogantes.

Las fuerzas armadas han tenido siempre un papel predominante en Pakistán, hasta el punto que los gobiernos civiles prácticamente son islas en medio de dictaduras y títeres.

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Historiador, profesor, filólogo, voluntario e interesado en geoestrategia, mundo actual (especialmente Oriente Medio y América Latina) y política nacional.

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