No, China no invadirá Taiwán a corto plazo

Soldados chinos durante un entrenamiento militar. Fuente: Xinhua

Desde Mao Zedong hasta Xi Jinping, los líderes chinos han utilizado, en forma y fondo, la misma narrativa hacia Taiwán: dicen buscar la “reunificación pacifica” de la “provincia rebelde”, pero no descartan el uso del poder militar para resolver un problema que consideran exclusivamente interno. En línea con esta dicotomía, Beijing ha adoptado una postura más amistosa o belicista para con Taipéi dependiendo de las dinámicas político-sociales que se gestan al otro lado del estrecho.

Desde la llegada de Xi Jinping al poder en 2013, la reunificación se ha convertido en un “requisito inevitable” intrínseco a la noción del “sueño chino”. Es decir, la materialización del “gran rejuvenecimiento de la nación china” es inalcanzable a menos que el gigante asiático logre controlar la isla antes de 2049, año en el que se conmemora el centenario de la proclamación de la República Popular. En este sentido, en el 40º aniversario del primer “mensaje a los compatriotas en Taiwán”, Xi matizó que “China debe ser y será reunificada” puesto que es una “conclusión histórica y una necesidad para el gran rejuvenecimiento de la nación china en la nueva era”. En este mismo discurso, si bien aseguró que “los chinos no luchan contra los chinos”, el líder del PCCh advirtió que no prometían renunciar al uso de la fuerza para eliminar las “actividades separatistas que solamente originan desastre”.

A partir de 2016, la tensión en el estrecho ha ido en aumento. Como consecuencia de la negativa de Tsai Ing-wen a rubricar el Consenso de 1992, el fomento de una agenda independentista y el acercamiento a Estados Unidos, Beijing ha endurecido la presión económica y diplomática sobre Taiwán y ha incrementado las actividades militares alrededor de la isla, realizando “simulacros de combate” con buques de guerra e incursiones en la Zona de Identificación de Defensa Aérea -hasta 354 en los primeros seis meses de 2021-.

En este contexto, muchos analistas consideran que las relaciones están en el punto más tenso desde la tercera crisis del estrecho de 1995-96, pudiendo desembocar en un enfrentamiento armado en la presente década. El Council on Foreign Relations añadió recientemente a Taiwán en el nivel más alto de conflictos que podrían estallar en 2021. The Economist, en su portada de mayo, presentó a la isla como “la zona más peligrosa del mundo”. El almirante estadounidense Philip Davidson advirtió ante el Comité de Servicios Armados del Senado que el gigante asiático podría iniciar un asalto anfibio en los próximos seis años. Se trata de claros ejemplos de un sentimiento prebélico provocado por la actual coyuntura de la región.

No obstante, si bien el peligro siempre está presente, es poco probable que Beijing decida llevar a cabo una operación armada contra Taiwán a corto plazo debido a una serie de factores externos e internos que se expondrán a continuación. El PCCh es consciente de que no es momento adecuado para correr riesgos que podrían poner en peligro el desarrollo socio-económico y su propia legitimidad. Las declaraciones de Xi Jinping y compañía, por tanto, son mensajes dirigidos a movilizar el apoyo popular, satisfacer los intereses del poderoso complejo militar-industrial y proyectar al exterior la imagen de una China fortalecida, dispuesta, si fuese necesario, a utilizar la fuerza para garantizar sus intereses nacionales.

Ejercicio militar anual Han Kuang en Kinmen, Taiwán, septiembre de 2015. Fuente: Pichi Chuang / Reuters

Desarrollo económico y legitimidad del PCCh 

Desde 1978 el objetivo central de Beijing es asegurar un crecimiento económico sostenido que permita transformar China “en un país socialista moderno, próspero y poderoso” para, en última instancia, reforzar la legitimidad del partido. Tras dos décadas registrando un aumento del producto interior bruto en porcentajes de dos dígitos, el gobierno se enfrenta en la actualidad a múltiples retos que pueden poner en peligro sus ambiciones para 2049 trampa de la renta media, crisis demográfica, problemas medioambientales, desigualdades regionales o deuda pública, entre otros-.  

De hecho, en el quinto plenario del XIX Comité Permanente del PCCh, celebrado en noviembre de 2020, se reconoció que el país está sumido en “profundos y complejos cambios” que “desafían el desarrollo del país”, agravan los “problemas inadecuados” e incrementan la “incertidumbre e inestabilidad”. La próxima década, por tanto, será clave para adoptar medidas paliativas y descubrir si China es de verdad una gran potencia mundial o un gigante con pies de barro.

Por este motivo, llevar a cabo una invasión contra Taiwán sería un error estratégico, más aún existiendo el riesgo de que se convierta en un conflicto de larga duración. El aislamiento diplomático y económico internacional, las sanciones -a veces sí funcionan, como el caso de Huawei-, los costes propios de la guerra y el creciente rechazo de la opinión pública global serían terriblemente perjudiciales para las aspiraciones de Beijing. Cabe recordar que la economía del gigante asiático depende en gran medida de las exportaciones -las ventas al exterior representaron el año pasado el 17.65% del PIB-, factor que incrementa notablemente su vulnerabilidad.

Asimismo, empresas como Xiaomi, ZTE, Nio o Alibaba sufrirían boicots por parte de consumidores extranjeros que tienen una imagen cada vez más negativa de China. Entre otros, el 88% de los japoneses, el 80% de los suecos, el 78% de los australianos o 76% de los estadounidenses tienen una opinión desfavorable del gigante asiático, según la última encuesta de Pew Research Center.

Los planes tecnológicos del PCCh podrían ralentizarse si Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC), la mayor fundición mundial, ve afectada su producción, bien como consecuencia de la invasión, bien porque Estados Unidos y la Unión Europea responden bloqueando el envío de propiedad intelectual, herramientas, equipos y software, elementos necesarios para la fabricación. Como dice Mark Liu, presidente de TSMC, “todos los países quieren tener un estrecho pacífico” porque “nadie quiere interrumpir la cadena de suministro de semiconductores”. 

Pese a los avances logrados en los últimos años, China sigue dependiendo de la tecnología de las compañías estadounidenses y de TSMC para la elaboración de sus propios chips. Entre enero y abril de 2021, el gigante asiático importó 210.000 millones de unidades de semiconductores (un 30.8% más respecto al mismo periodo de 2020) por un valor de 126.000 millones de dólares.

Del mismo modo, la invasión de Taiwán perjudicaría otras iniciativas adoptadas por Beijing, como la Nueva Ruta de la Seda -ya de por sí criticada globalmente-, la “construcción de un nuevo patrón de desarrollo” -bautizado como “circulación dual”-, el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (AIIB) o los proyectos Made in China 2025 Standards 2035.

Número de activos militares del ejército chino y taiwanés. Fuente: Departamento de Defensa de Estados Unidos

¿Cómo se traduce todo esto? El gobierno chino podría tener serios problemas para continuar con el desarrollo económico y solventar los desafíos internos que se han agravado en la última década, provocando la deslegitimación del PCCh y erosionando el legado de un Xi Jinping que asumirá su tercer mandato como Secretario General en el vigésimo Congreso Nacional del Partido a finales de 2022.

La victoria no está asegurada

Un informe del departamento de Defensa de Estados Unidos, publicado en 2020, alerta que China dispone de una gran variedad de “campañas militares contra Taiwán, desde un bloqueo aéreo y marítimo hasta una invasión anfibia a gran escala para apoderarse y ocupar parte o la totalidad” de la isla. El gigante asiático, advierte el documento, “continúa desarrollando capacidades que contribuiría a una invasión a gran escala”.

El Ejército Popular de Liberación (EPL) ha experimentado una profunda reorganización y modernización desde que Xi Jinping asumió el poder en 2013. En la actualidad, es una de las fuerzas más poderosas del mundo preparada, según el oficialismo, para “responder a una variedad de situaciones complejas, salvaguardar la soberanía nacional, la seguridad y los intereses de desarrollo”. Los dos comandos que participarían en el asalto anfibio, el Teatro Meridional y Oriental, suman en conjunto 412.000 soldados, un portaaviones, 23 destructores, 37 fragatas, 38 submarinos y decenas de aviones de combate, superando con creces las capacidades del Ejército de la República de China.

No obstante, iniciar un ataque armado contra la isla sería una misión muy compleja. Según Bill Sharp, experto e historiador de Taiwán, la operación se presenta “más difícil que un aterrizaje del Día D” debido a una serie de dificultades que Bloomberg resume a la perfección:

“La isla principal de Taiwán tiene defensas naturales: rodeada de mares agitados con un clima impredecible [es una zona golpeada por tifones], su costa accidentada ofrece pocos lugares con una amplia playa [14 según analistas] adecuada para un gran barco que podría traer suficientes tropas para someter a sus 24 millones de habitantes. El terreno montañoso [el pico más alto ronda los 4.000 metros] está plagado de túneles diseñados para mantener vivos a los líderes y podría proporcionar cobertura a los insurgentes si China estableciera el control”.

Las fuerzas del EPL tendrían que cruzar los 180 kilómetros que separan, de media, ambas costas mientras hacen frente a ataques aéreos y navales, así como a las minas marinas colocadas en las proximidades de las playas de desembarco. Suponiendo que el movimiento es exitoso, las fuerzas de ocupación tendrían que lidiar con una resistencia local compuesta por 170.000 soldados y miles de reservistas que se concentrarían en los grandes núcleos urbanos. Asimismo, según una encuesta realizada por Taiwan Foundation for Democracy, el 79.8% de los taiwaneses estaría dispuesto a defender la isla por la fuerza. “Pelearemos una guerra si necesitamos pelear una guerra, y si necesitamos defendernos hasta el último día, entonces nos defenderemos hasta el último día”, aseguró el ministro de Exteriores taiwanés Joseph Wu. En definitiva, pese al creciente poder del EPL, la victoria inmediata no está ni mucho menos asegurada.

Un conflicto prolongado daría tiempo a las potencias extranjeras a coordinarse y elaborar una respuesta integral a la invasión. Estados Unidos se vería obligado a abandonar su “ambigüedad estratégica” y fortalecer el apoyo militar a Taipéi para evitar la pérdida del liderazgo internacional. Otros países que mantienen disputas territoriales con China podrían adelantar posiciones aprovechando la concentración de tropas del EPL en la isla.

Asimismo, la contienda afectaría directamente a la salud económica del gigante asiático a raíz de las sanciones internacionales, la gran inversión necesaria para controlar Taiwán y las propias características de la guerra. Esta situación podría agravarse significativamente si el ejército chino sufre una derrota. Al igual que ocurrió en el “siglo de la humillación” (1839-1949), la imagen de China experimentaría un deterioro a nivel interno y externo, afectando a los intereses nacionales y la legitimidad del PCCh. 

Mapa de las playas más adecuadas para un desembarco y los principales puntos de defensa de Taiwán. Fuente: Bloomberg

Conclusiones

El PCCh necesita un entorno pacífico para impulsar el desarrollo económico y paliar los problemas internos que enfrenta el país. Beijing todavía tiene un largo camino por recorrer para transformar a China en una “nación plenamente desarrollada” social, económica, militar y tecnológicamente, el objetivo central del “sueño chino”. Un enfrentamiento armado a gran escala obstaculizaría las ambiciones del gobierno debido, principalmente, al asilamiento internacional, las sanciones, los costes propios de la guerra y el creciente rechazo de la opinión pública global.

Por tanto, invadir Taiwán sería un suicidio político de un Xi Jinping que goza de una gran popularidad entre los chinos y que puede alardear de alcanzar otros logros nacionales. Entre otros, someter al campo pan-democrático en Hong Kong, mantener la estabilidad en Xinjiang, hacer valer los reclamos marítimos en el Mar Meridional o convertir a China en una potencia de primer nivel.

Esta coyuntura se agrava teniendo en cuenta que la victoria sobre el ejército taiwanés -con el apoyo directo o indirecto de Estados Unidos y países aliados- no está asegurada y que la invasión podría convertirse en un conflicto de larga duración. Si la operación militar se alarga o falla, el legado de Xi, la reputación del EPL, la imagen internacional de China y la legitimidad del partido se verían cuestionadas para siempre.

En este contexto, si bien la invasión no se descarta por completo, Beijing optará por fortalecer sus capacidades económicas y militares en los próximos años para aumentar las probabilidades de éxito si decide, en un futuro, atacar y seguirá llevando a cabo actividades en la zona gris con la intención de empujar a Taipéi a aceptar la “reunificación nacional” sin el uso de la fuerza.

Como explica Henry Kissinger en su libro On China (2011), los dirigentes de las dinastías chinas “en muy pocas ocasiones se arriesgaron a resolver un conflicto en una confrontación de todo o nada. Mientras la tradición occidental valoraba el choque de fuerzas decisivo que ponía de relieve las gestas heroicas, el ideal chino hacía hincapié en la sutileza, la acción indirecta y la paciente acumulación de ventajas relativas”. Esta doctrina se puede extrapolar a la estrategia que ha adoptado Beijing respecto a Taiwán: una mentalidad largoplacista que busca “debilitar poco a poco el potencial del adversario” y conseguir una superioridad relativa que permita llevar a cabo un “cerco estratégico” sobre la isla.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.