
El papa Francisco ha fallecido a los 88 años de edad, según ha informado la Santa Sede. Su muerte marca el final de una década de pontificado profundamente transformador. A continuación, se iniciará el proceso de elección de un nuevo papa. Durante el período de sede vacante, el Colegio de Cardenales asumirá la administración temporal de la Iglesia, aunque con poderes limitados.
El cónclave para elegir al sucesor está previsto para celebrarse 20 días después del fallecimiento. En este proceso, los cardenales menores de 80 años se reunirán en la Capilla Sixtina, completamente aislados del mundo exterior, y realizarán votaciones secretas hasta que un candidato obtenga una mayoría de dos tercios. La elección se anunciará públicamente mediante humo blanco desde la chimenea de la capilla, seguido por la tradicional proclamación Habemus Papam desde el balcón de la Basílica de San Pedro, en la Ciudad del Vaticano.
El pontificado del papa Francisco
Mientras se prepara la sucesión, conviene recordar la singularidad del pontificado de Francisco. Elegido en 2013, fue el primer pontífice jesuita, el primero procedente de América y el primero no europeo en más de doce siglos. Su figura rompió moldes desde el inicio, y su liderazgo dejó una huella importante en la Iglesia Católica.
En un contexto de crisis de legitimidad, escándalos internos –como los numerosos casos de abuso sexual infantil cometidos por miembros del clero– y fuerte declive de la religiosidad en Occidente, el papa Francisco buscó redefinir la posición de la Iglesia en el mundo, apostando por una apertura a las periferias, tanto geográficas como sociales. Uno de los pilares clave de su legado fue, precisamente, su intensa actividad en el terreno de la política internacional.
Desde el comienzo de su pontificado, el papa Francisco entendió que la diplomacia vaticana podía y debía jugar un papel renovado en el escenario global. La Santa Sede se convirtió en un actor moral y político activo, combinando su tradicional neutralidad con un uso estratégico del soft power. Bajo su liderazgo, el Vaticano medió en conflictos como el proceso de paz en Colombia, la crisis de Venezuela o el deshielo entre Estados Unidos y Cuba. Al mismo tiempo, fortaleció el diálogo ecuménico con las iglesias ortodoxas y protestantes y promovió una renovada relación interreligiosa con el islam y el judaísmo.
Este impulso aperturista se reflejó también en decisiones internas con fuerte impacto simbólico internacional. Un ejemplo clave fue la aprobación, en 2023, de la posibilidad de bendecir a parejas homosexuales y otras uniones consideradas "irregulares", siempre que no se confundan con el sacramento del matrimonio. Aunque no se modificó la doctrina, la medida fue vista como un gesto de acogida pastoral hacia quienes se sentían excluidos y reforzó la imagen del papa Francisco como promotor de una Iglesia compasiva y abierta al mundo actual.
Su compromiso con los derechos humanos, la acogida de migrantes y la protección del medioambiente –reflejado en la encíclica Laudato si– posicionaron al papa Francisco como un referente moral más allá del ámbito religioso. Sus frecuentes viajes a países de mayoría no católica, como Mongolia, Sudán del Sur o los Emiratos Árabes Unidos, enviaron un mensaje claro: la Iglesia debía abandonar el eurocentrismo y proyectarse hacia los márgenes.
A esta estrategia internacional se sumó una reconfiguración profunda del poder dentro de la Iglesia. El papa Francisco reformó el Colegio Cardenalicio para reflejar la diversidad del catolicismo global, nombrando prelados de África, Asia y América Latina. Por primera vez en siglos, los europeos dejaron de tener la mayoría entre los cardenales electores.
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