
En Malula, Siria, la cristiandad se vive no solo como una fe, sino también como un elemento identitario en un contexto donde su presencia enfrenta desafíos. En las calles donde aún resuenan rezos en arameo, la lengua de Cristo se desvanece lentamente. Pese a que la población local ha hecho esfuerzos para su preservación, ni la Iglesia universal ni los organismos culturales internacionales han activado mecanismos reales de protección.
La caída del régimen de Bashar al-Asad en diciembre de 2024 y el auge de Ahmed al-Sharaa han sumido a la comunidad en una etapa de incertidumbre, entre los recuerdos del paso del Estado Islámico y una convivencia vigilada. En este rincón de Siria, donde descansa Santa Tecla, la fe ha dejado de ser un acto íntimo de los cristianos. Creer es también una manera de decir “seguimos vivos”.
Malula se levanta entre montañas calizas, a poco más de 50 kilómetros de Damasco. Desde lejos solo parece un puñado de casas color arena encajadas entre riscos. Aquí el aire es seco.
Aún se escuchan, en algunos patios, palabras en arameo, aunque cada vez menos. Los ancianos las pronuncian con la cadencia de una plegaria antigua y los jóvenes, cuando las repiten, lo hacen más por orgullo que por devoción, me cuenta un joven malulense.
El pueblo conserva la memoria de haber sido uno de los pocos lugares del mundo donde el arameo sobrevivió a los siglos. Hoy esa herencia parece una reliquia más entre las ruinas.
Las escuelas que antes enseñaban la lengua quedaron en manos de maestros improvisados. No hay manuales nuevos, ni grandes programas de revitalización con recursos que se ajustan a las necesidades. Otro caso más del underfunding que sufre el sector de la cooperación y la ayuda.
El turismo, que antes sostenía parte de la economía local, desapareció con la guerra. El mayor símbolo es el hotel, que preside el pueblo desde lo alto de la montaña completamente destruido. En su lugar quedaron los peregrinos ocasionales y los periodistas curiosos.

Las iglesias fueron quemadas o bombardeadas y reconstruidas posteriormente, pero muchos símbolos siguen dañados y vandalizados. Por ejemplo, una imagen de Santa Tecla que integrantes del Estado Islámico dejaron sin cara. Las tiendas que aún abren lo hacen más como acto de fe que por rentabilidad. En la primera de ellas, junto al acceso principal, el mostrador está lleno de botellas de cerveza importada. Cerveza siria y libanesa.
Esa “ostentación”, mínima pero simbólica, se repite en cada rincón del pueblo: una cruz tatuada en la muñeca, un pequeño icono de la Virgen colgando en el retrovisor, un vaso de arak que se ofrece con un orgullo casi desafiante.
Aquí, el cristianismo no se define únicamente por la fe: también por los actos, las costumbres y la forma en que se encarna en gestos y símbolos. En términos butlerianos, es una identidad que se performa, que se hace visible en cada repetición cotidiana.
En la Siria posterior al derrumbe del régimen de al-Asad, esos gestos son más que costumbres. Son declaraciones de identidad, maneras de sostener una pertenencia frente al silencio del Estado y la mirada del nuevo poder.
Algunos cristianos de Malula me cuentan que viven sabiendo que su visibilidad es también su riesgo, que el simple hecho de mantener una iglesia abierta puede ser un posicionamiento en el entorno político y comunitario. Sin embargo, esa exposición es lo único que les queda para afirmar que todavía existen.
Entre los muros de los monasterios, la fe se mezcla con la melancolía. Los rezos en arameo sobreviven más como acto de memoria que de esperanza. Y aunque Santa Tecla sigue siendo el símbolo de protección del pueblo, sus devotos ya no esperan milagros: solo que las campanas sigan sonando.
Malula, una paz sin confianza
El sacerdote me recibe en el interior fresco de la iglesia de San Sergio. El suelo conserva las marcas de las balas que años atrás atravesaron la puerta de madera. Aquí la guerra no terminó, solo se volvió más silenciosa.
Algunos locales cristianos afirman que muchos de los que aplaudieron al Estado Islámico siguen en el pueblo, que nadie los expulsó, y que cada misa es una prueba de prudencia.
La fe les une y los delata. Hay que tener en cuenta que en la capital, durante las celebraciones del aniversario de la caída del régimen, se veía constantemente la bandera secundaria siria, donde se mostraba la Shahada sobre un fondo blanco.
Desde que Hay’at Tahrir al-Sham (HTS) tomó el control, Malula vive en una especie de tregua tácita. Los combatientes islamistas no interfieren en los ritos cristianos directamente. No hay persecución sistémica, pero existen tensiones comunitarias. Es una coexistencia reglamentada por el miedo.

En las calles, las señales del poder son visibles. Los puestos de control de HTS dominan las entradas del pueblo cuando es necesario. Los jóvenes cristianos, sin empleo ni perspectivas, evitan el roce con la autoridad. Aquí uno aprende a no levantar la voz.
Los que podían irse, se fueron. Los que no, viven en una rutina de resignación. En el exilio, el arameo se volvió una forma de pertenencia más que un idioma de uso. Algunos lo enseñan a sus hijos en casa, otros lo conservan en canciones o en las oraciones de las grandes festividades.
Para muchos malulitas dispersos por Canadá y Europa, pronunciar esas palabras antiguas es una manera de recordar de dónde vienen, incluso cuando el pueblo que las vio nacer se desvanece bajo otra autoridad.
Esa dualidad, la fe vivida con cautela en Siria y la fe reconstituida con orgullo en la diáspora, es el espejo roto de una misma historia. En el pueblo, los cristianos sobreviven sin sentirse protegidos; en Canadá, celebran lo que allá ya no pueden mostrar. Entre ambos mundos, el arameo flota como un hilo invisible: se conserva sin garantías en el exilio, pero se desvanece en la cuna que lo vio nacer.
Equilibrio y diversidad
Malula es hoy un pueblo suspendido entre dos desapariciones: la de su lengua y la de su certeza en el futuro. La cristiandad que allí sobrevive no es una continuidad tranquila, sino una forma de resistencia diaria frente al miedo y al olvido. Sus habitantes rezan en la lengua de Cristo, pero saben que quizás sus hijos ya no podrán hacerlo. Conservan iglesias dañadas, rutinas fracturadas, símbolos convertidos en trincheras.
La situación de Malula ilustra cómo las minorías cristianas permanecen atrapadas entre agendas políticas que se presentan como protectoras, pero que en la práctica no garantizan su seguridad ni su continuidad.
La reciente reunión entre Ahmed al-Sharaa y el presidente estadounidense Donald Trump, enmarcada en un intento de reabrir canales diplomáticos entre Damasco y Occidente, proyecta la imagen de una Siria dispuesta a dialogar con potencias que históricamente han reivindicado la defensa de las minorías religiosas, especialmente en el conservadurismo americano, las cristianas.
Sin embargo, esa retórica de protección no ha derivado en mecanismos efectivos ni en condenas firmes ante ataques como los de Wadi al-Masihiyeen o el atentado contra la iglesia de Mar Elias, cuyas investigaciones permanecen estancadas.
La reunión de al-Sharaa con el Patriarca John X Yaziji podría ser un intento de reforzar la narrativa de cohesión interreligiosa, pero también evidencia la instrumentalización del cristianismo como capital político interno y externo, más que como un compromiso de protección real.

En el contexto nacional, la coexistencia forzada que se observa en Malula refleja una fragilidad más amplia del equilibrio sirio posterior a la guerra. Desde la matanza de drusos en Sweida en junio y los posteriores ataques israelíes contra infraestructuras en Damasco, con total impunidad internacional, incluido el Ministerio de Defensa, el Estado ha mostrado una capacidad limitada para controlar su territorio y proteger a las minorías.
El apoyo israelí a sectores drusos y la reconfiguración de alianzas locales en el sur del país acentúan la fragmentación del poder y control del territorio. En ese escenario, los cristianos, como los drusos o los ismaelitas, quedan relegados a una posición ambigua: son útiles como símbolo de pluralidad religiosa, pero marginales en la toma de decisiones políticas.
La persistencia de comunidades como la de Malula es la poca agencia que les queda en este contexto. No solo evidencia resistencia cultural, sino también la ausencia de garantías institucionales en un Estado que aún no ha redefinido su relación con sus propias periferias.
En el mapa político de la Siria que cumple más de un año sin al-Asad al mando, Malula no decide nada. Pero en el mapa moral de la región, su persistencia tiene un peso desproporcionado: recuerda que la diversidad religiosa que definió al Levante está desapareciendo ante la indiferencia general.
Cada oración en arameo, cada botella de cerveza que desafía una norma, cada campana que suena más breve que antes, es una manera de sostener el hilo de una historia que se resiste a romperse.
Malula no es solo un lugar: es la prueba viva de que las guerras no terminan cuando callan las armas, sino cuando el miedo logra borrar la memoria de quienes sobrevivieron. Mientras una sola voz pronuncie un Padre Nuestro en arameo, el eco roto de esa lengua seguirá diciendo, tercamente, que aún quedan rastros de un mundo que se niega a desaparecer.
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