
Desde el 11 de julio, la ciudad de Suwayda, bastión de la comunidad drusa, está viviendo una de las peores crisis y explosiones de violencia sectaria. Las hostilidades estallaron tras una serie de secuestros entre drusos y grupos beduinos suníes, y rápidamente escaló hacia duros combates, lo que obligó al gobierno interino a desplegar tropas en la zona.
Por primera vez desde el cambio de poder, el ejército entró en Suwayda tras llegar a un acuerdo con los líderes religiosos drusos. Mientras tanto, Israel ha realizado ataques aéreos contra posiciones sirias, alegando la protección a la comunidad drusa, pero con un propósito mayor: debilitar al nuevo gobierno sirio y desmilitarizar el territorio cercano a su frontera. Estados Unidos, por su parte, intenta frenar la ofensiva.
Los combates reflejan las profundas divisiones y la fragilidad del nuevo orden en Siria, en un escenario marcado por la continua interferencia de Israel, rivalidades étnicas, impotencia por parte de Damasco de cara a mantener el monopolio de la violencia y falta de instituciones sólidas.
Escala la crisis de Suwayda
La frágil tregua declarada el 16 de julio por las autoridades sirias colapsó en cuestión de horas. Tanto Damasco como los líderes drusos se acusaron mutuamente de violar el alto el fuego.
En respuesta, Israel lanzó nuevos bombardeos sobre Suwayda, intensificando su campaña de ataques aéreos en el sur del país y, posteriormente, alcanzando blancos estratégicos en pleno centro de la capital, incluyendo la sede del Ministerio de Defensa y las inmediaciones del palacio presidencial.
os enfrentamientos han dejado al menos 360 muertos desde el inicio de la violencia, entre ellos niños, mujeres, soldados y civiles. Se han documentado al menos 21 ejecuciones sumarias. Mientras tanto, el número de heridos supera los 200 y miles de personas han sido desplazadas.
La tensión se ha propagado más allá de Suwayda. Beduinos suníes de otras provincias, incluyendo fuerzas tribales de Idlib y Deir Ezzor, se han unido al combate, mientras que el caos alcanza la frontera con los Altos del Golán. Allí, cientos de drusos israelíes han cruzado la frontera hacia Siria para apoyar a sus correligionarios, generando llamados al orden por parte de Benjamin Netanyahu, quien advirtió del riesgo de ser secuestrados o interferir con las operaciones militares.
Israel ataca Damasco
La ofensiva israelí alcanzó un nuevo nivel con los ataques del 17 de julio en el corazón de Damasco. Varios bombardeos destruyeron parcialmente instalaciones militares clave y causaron al menos tres muertos y más de 30 heridos. Tel Aviv advirtió que continuaría sus ataques si el gobierno sirio no retiraba completamente sus tropas del sur del país y aceptaba una zona desmilitarizada.
El gobierno sirio denunció esta exigencia como un intento de imponer su hegemonía y dividir el país. El presidente Ahmed al-Sharaa respondió con un discurso en el que anunciaba el traspaso de la seguridad de Suwayda a líderes locales y comunitarios, y reafirmaba que los drusos son “parte fundamental del tejido de la nación”. Al mismo tiempo, condenó a quienes, desde dentro o fuera del país, buscan sembrar la división, haciendo alusión directa al Estado sionista.
Por su parte, el ministro de Asuntos Exteriores israelí ha ordenado el envío de dos millones de séquels de ayuda humanitaria a los drusos de Suwayda, que incluirá paquetes de alimentos, equipo médico, botiquines de primeros auxilios y medicamentos. La institución no ha especificado cómo llegará la ayuda, pero lo que es seguro es que se trata de una medida más para presionar a al-Sharaa y, de paso, intentar afianzar la lealtad drusa.
Las acciones israelíes han provocado condenas generalizadas. Turquía, Qatar, Egipto, Arabia Saudí y otros países árabes denunciaron los ataques como violaciones de la soberanía siria y un peligro para la estabilidad regional. El presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, acusó a Tel Aviv de actuar como un “Estado terrorista” que busca sabotear el proceso de pacificación en Siria.
Desde Washington, la portavoz del Departamento de Estado, Tammy Bruce, declaró que Estados Unidos no apoyó los últimos bombardeos israelíes y que trabaja activamente con ambas partes para evitar una escalada aún mayor. La administración Trump, que recientemente eliminó a Hayat Tahrir al-Sham (HTS) de su lista de organizaciones terroristas, intenta reinsertar a Siria en el sistema internacional y apoyar su reconstrucción.
Ofensiva beduina y regreso del ejército sirio
Pese a la retirada parcial del ejército sirio de Suwayda tras los ataques israelíes, los combates continuaron. El 18 de julio, fuerzas beduinas han lanzado una nueva ofensiva contra milicianos drusos, la cual tiene lugar en estos momentos, con reportes de abusos y asesinatos contra población civil. Aunque se había pactado una tregua, los líderes tribales aseguraron que esta solo se aplicaba a las fuerzas del gobierno, no a ellos. Paralelamente, el Ministerio del Interior anunció el redepliegue de unidades de seguridad en la gobernación.
Mientras tanto, Israel ha bombardeado un convoy de combatientes beduinos que se dirigía hacia Suwayda desde la región de Palmyra-Homs. Pero más allá del campo de batalla inmediato, el creciente protagonismo militar y político de las tribus beduinas plantea un desafío de fondo para el presidente Ahmed al-Sharaa.
Aunque en esta coyuntura puntual las tribus suníes y el gobierno comparten el objetivo táctico de enfrentar a milicias drusas rebeldes, su autonomía armada y su capacidad para operar fuera del control estatal representan una contradicción directa al discurso de reconstrucción centralizada que al-Sharaa ha defendido desde su llegada al poder.
Durante meses, el mandatario ha insistido en que todas las armas deben estar bajo control exclusivo del Estado, y ha presionado tanto a milicianos drusos como a facciones kurdas para que entreguen su arsenal. Sin embargo, al permitir –e incluso cooperar tácitamente– con tribus fuertemente armadas que actúan con completa independencia, su gobierno corre el riesgo de socavar esa narrativa.
El hecho de que estas tribus exijan libre movimiento, impongan condiciones a Damasco e incluso rechacen integrarse formalmente a las estructuras estatales erosiona el principio de soberanía indivisible que el nuevo presidente intenta establecer. Aunque en el corto plazo su avance pueda ser percibido como útil para contener la violencia sectaria, a medio y largo plazo podrían consolidarse como un poder paralelo que limite la autoridad del Estado en regiones clave.
Este fenómeno, cada vez más evidente en provincias como Suwayda, revela una debilidad estructural del Estado sirio de posguerra: la incapacidad para monopolizar el uso legítimo de la fuerza y para imponer su autoridad sobre actores armados no estatales. Paradójicamente, mientras exige desarme a algunas comunidades, el gobierno parece tolerar –o al menos posponer– esa exigencia con otras, como las grandes federaciones tribales del sur.
La improvisación y la falta de una política coherente frente a estos grupos tribales no solo debilita el relato de reconstrucción nacional, sino que envía una señal peligrosa a otras milicias y comunidades armadas del país: que la fuerza y la autonomía pueden ser negociadas fuera del marco estatal. En un país aún desgarrado por los efectos de una guerra civil de catorce años, este doble rasero puede convertirse en un obstáculo mayor para cualquier proyecto serio de unidad.
Suscríbete y accede a los nuevos Artículos Exclusivos desde 3,99€
Si escoges nuestro plan DLG Premium anual tendrás también acceso a todos los seminarios de Descifrando la Guerra, incluyendo directos y grabaciones.







