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La Antártida, un continente aislado... y disputado

La disputa por La Antártida suele pasar desapercibida por la aparente neutralidad del territorio... pero eso podría estar cambiando. Fuente: Depositphotos
La disputa por la Antártida suele pasar desapercibida por la aparente neutralidad del territorio... pero eso podría estar cambiando.

La Antártida, el desierto blanco, continúa siendo el gran olvidado del tablero geopolítico global. A diferencia del Ártico, donde sí existe una soberanía interna y confluyen los intereses de Estados, poblaciones indígenas, infraestructuras y ambiciones económicas, la Antártida permanece “congelada” en este debate.

Sin embargo, allí se concentra cerca del 70% del agua dulce accesible del planeta, se regulan equilibrios climáticos globales y se proyectan, a medio plazo, tensiones jurídicas y políticas aún no resueltas.

El Tratado Antártico, firmado en 1959, logró algo excepcional: desmilitarizar un continente entero y consagrarlo a la paz y a la investigación científica. Pero el cambio climático acelera el deshielo año a año, la tecnología reduce las barreras de acceso a los minerales y el interés por sus recursos crece.

La geografía de la Antártida

La Antártida no es sólo un desierto helado en los confines del planeta. Es una masa continental fija con unas dimensiones inmensas: más de 14.000 kilómetros cuadrados, por encima de Europa o Australia. Aproximadamente el 98% de la superficie antártica está cubierta por hielo, con un espesor medio de unos 1.500 metros, lo que convierte al continente en la mayor masa de hielo del planeta.

Bajo esa capa se esconde una geografía abrupta, fragmentada y dinámica. No se trata de una planicie infinita, sino de un territorio con cordilleras, mesetas, valles profundos y sistemas montañosos que rivalizan en altitud con los de otros continentes. De hecho, la Antártida alberga montañas que superan los 4.000 metros de altitud, como el macizo Vinson, en la cordillera de Ellsworth.

Estas elevaciones, enterradas en gran parte bajo el hielo, condicionan el flujo de los glaciares y el comportamiento del clima regional. A ello se suma la existencia de volcanes activos, siendo el monte Erebus, en la isla de Ross, el ejemplo más emblemático: uno de los volcanes activos más australes del planeta y una prueba de que el continente no es, ni mucho menos, geológicamente inerte.

El clima es el principal arquitecto de esta geografía extrema y, sobre todo, de su inaccesibilidad. La Antártida registra las temperaturas más bajas jamás medidas en la Tierra, con valores que oscilan entre los 0 grados en las zonas costeras durante el verano austral y los 80 grados bajo cero en el interior durante el invierno.

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Paradójicamente, pese a su imagen de territorio azotado por tormentas constantes, es también uno de los continentes más secos del mundo. Las precipitaciones son escasas, especialmente en el interior, donde las nevadas anuales son mínimas y el hielo acumulado es el resultado de procesos que se extienden durante miles de años.

Este régimen climático extremo ha permitido que la Antártida concentre cerca del 70% del agua dulce del planeta, almacenada en forma de hielo. Su estabilidad tiene un impacto directo en el nivel del mar y en los equilibrios climáticos globales. El deshielo de determinadas plataformas o glaciares no es un fenómeno local, sino una variable con consecuencias planetarias.

Pero la geografía antártica no se define únicamente por el hielo y el frío. Bajo la superficie, tanto en el continente como bajo el lecho marino circundante, se localizan importantes recursos naturales.

Diversos estudios apuntan a la existencia de hidrocarburos como el gas y el petróleo en cantidades que podrían ascender a cientos de miles de millones de barriles, así como a una amplia variedad de minerales, entre ellos cobre, uranio, oro, plomo, plata, cromo, estaño y zinc. A esto se suman grandes reservas de carbón, especialmente en determinadas cuencas geológicas del continente.

El Punto de Inaccesibilidad antártico

El caso más extremo es el punto de inaccesibilidad antártico, definido como el lugar del continente más alejado del océano en todas las direcciones. Tradicionalmente se sitúa cerca de 82°06′ S y 54°58′ E, en la meseta antártica oriental.

Aunque el criterio geográfico es similar a los puntos continentales de África, Eurasia, América del Norte, América del Sur y Australia, su naturaleza es cualitativamente diferente, pues, al carecer la Antártida de población permanente, una soberanía nacional efectiva, e infraestructura civil estable, y al estar regida por el Tratado Antártico, presenta unas condiciones diferentes de administración, control y viabilidad dentro de la inaccesibilidad.

Ello, junto a las condiciones ambientales extremas, con una temperatura anual media de 55 grados bajo cero, una altitud elevada, por tanto una presión atmosférica baja, sequedad extrema y meses donde nunca sale el sol, genera que el acceso al punto de inaccesibilidad antártico sea cuasi imposible.

Si bien es cierto que las primeras aproximaciones ocurren en torno al primer tercio del siglo XIX, estas se centran en la costa atlántica, las barreras de hielo y, de forma esporádica, en el Polo Sur geográfico, siendo la primera vez concretamente entre noviembre de 1820 y 1821, cuando John Davis se convirtió en la primera persona en desembarcar en hielo.

Las diferentes exploraciones sirvieron para ir asentando bases, definiendo el territorio y preparando el terreno para futuras reclamaciones terrestres, pero no llegaron más allá, ni tampoco lo hicieron en la primera mitad del siglo XX.

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Sería con la coincidencia de la llegada del Año Geofísico Internacional –desde el 1 de julio de 1957 al 31 de diciembre de 1958–, en el cual más de 30.000 científicos y técnicos de 66 países cooperaron con una serie de observaciones sobre la Tierra y sus alrededores cósmicos, cuando se realizaron expediciones hacia el interior de la Antártida, en plena coincidencia con una fase de tensa rivalidad entre las grandes potencias de la Guerra Fría.

En este contexto se engloba la Tercera Expedición Antártica Soviética, que logró realizar la primera llegada documentada al punto de inaccesibilidad antártico el 14 de diciembre de 1958, constituyendo un hito singular dentro de la exploración polar, al tratarse del acceso a la región continental más alejada del océano y, por tanto, una de las más extremas desde el punto de vista ambiental y logístico.

La decisión de no mantener una presencia prolongada respondió a diversos motivos, como el hecho de que los costes eran desproporcionados o que las ventajas que podía tener establecer una base en tal emplazamiento no eran significativas respecto a otras de interior que sí se preservaron y que corresponden a esta misma expedición soviética, como Vostok –renovada en 2024, y en la cual trabajan 25 personas en verano y 13 en invierno–.

Tras el abandono de la base en diciembre de 1958, no existen evidencias sólidas de llegadas al punto de inaccesibilidad durante varias décadas salvo las realizadas por Estados Unidos en 1965 y por la Unión Soviética en la 12ª Expedición Antártica Soviética en 1967, que sirvieron solamente para constatar que el monumento y la base se encontraban allí.

El Tratado Antártico

El 1 de diciembre de 1959, los doce países que habían llevado a cabo actividades científicas en la Antártida durante el Año Geofísico Internacional firmaron en Washington el Tratado Antártico, que entraría en vigor en 1961, y que ha sido aceptado por otras muchas naciones.

Entre los signatarios del Tratado hay siete países –Argentina, Australia, Chile, Francia, Noruega, Nueva Zelanda y Reino Unido– con reclamaciones territoriales vigentes, congeladas por este mismo tratado, y en ciertos casos –como el argentino y el británico– coincidentes en cuanto a territorio.

Por otro lado, Estados Unidos y Rusia se reservaron fundamentos para reclamar en un futuro (Art. IV), pero son Partes Consultivas del Tratado Antártico, estatus que confiere participación y voto en las decisiones vinculantes que regulan la gobernanza del continente, a cambio de mantener actividad científica sustantiva.

Estación de investigación rusa Vostok en la Antártida.
Estación de investigación rusa Vostok en la Antártida. Fuente: Arctic and Antarctic Research Institute - bajo CC BY 4.0

La expedición soviética de 1958, en la cual se dejó el campamento efímero y el busto de Lenin, declarados Sitio y Monumento Históricos en 1972, desempeña un papel histórico simbólico en la consolidación de la legitimidad de la Unión Soviética –y posteriormente de la Federación Rusa, que mantuvo el mismo estatus y condiciones– como Parte Consultiva con reserva de fundamentos de reclamación futura.

Durante décadas, la inaccesibilidad ha actuado como un amortiguador geopolítico. Sin embargo, en un mundo donde la tecnología reduce distancias, el clima transforma territorios y los intereses de los Estados se pretenden hacer más fuertes que los tratados multilaterales, la Antártida podría entrar en el tablero geoestratégico.

Gobernanza y futuro del continente

El principal dique de contención se encuentra en el Sistema del Tratado Antártico (ATS, por sus siglas en inglés), que constituye un corpus jurídico diseñado explícitamente para evitar el conflicto entre potencias, promoviendo el uso pacífico del continente y la libertad de investigación científica, así como la cooperación internacional en la exploración y el estudio de la región.

Este régimen establece que ninguna actividad puede servir para apoyar, ampliar o establecer nuevas reclamaciones de soberanía mientras el Tratado esté en vigor, y que las reclamaciones existentes quedan “congeladas”.

A diferencia del Ártico, cuyo espacio geopolítico incluye territorios habitados, pueblos indígenas, Estados soberanos con fronteras claramente definidas y un sistema de gobernanza articulado en torno al Consejo Ártico y la UNCLOS, la Antártida presenta un escenario considerablemente distinto, ya que no cuenta con población indígena permanente ni con una soberanía efectiva ejercida por ningún Estado sobre su territorio.

En el Ártico, los Estados ribereños compiten de manera directa por rutas marítimas cada vez más abiertas y por la explotación de recursos emergentes a medida que el hielo marino retrocede; en cambio, el ATS prohíbe expresamente la militarización del continente antártico y la realización de actividades que puedan derivar en tensiones o disputas armadas en suelo antártico.

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La situación actual refleja un equilibrio todavía robusto, aunque con brechas emergentes. Estados Unidos, históricamente una de las potencias con liderazgo científico y diplomático en la región, ha enfrentado desafíos recientes para mantener su presencia operativa –como el retiro de su último rompehielos dedicado al apoyo científico–, lo que podría afectar su posición de liderazgo en la Antártida en el largo plazo.

Por otro lado, potencias como China y Rusia han incrementado sus actividades logísticas y científicas, y en algunos foros han adoptado posturas que complican acuerdos de conservación, lo que indica una competición estratégica silenciosa, aunque dentro del marco del Tratado

El escenario que se perfila no es el de una ruptura inmediata del Tratado, sino algo más sutil: una erosión progresiva del consenso, especialmente si el valor estratégico del continente deja de ser hipotético.

En ese contexto, figuras políticas con una visión transaccional del territorio y los recursos podrían interpretar la Antártida no como un espacio protegido, sino como una anomalía del sistema internacional pendiente de revisión. No se trataría tanto de reclamar soberanía, algo hoy inviable, como de presionar para redefinir reglas, ampliar márgenes de maniobra o condicionar decisiones multilaterales.

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