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Kiribati consolida su acercamiento a China

Bandera nacional de Kiribati.
Bandera nacional de Kiribati. Fuente: Kahunapule Michael Johns - bajo CC BY-NC-SA 2.0

2024 supone el cierre de una etapa de cambio geopolítico para Kiribati. Año electoral, las sucesivas elecciones parlamentarias y presidenciales afianzan el poder de Taneti Maamau, presidente del país micronesio desde 2016 y principal artífice de la aproximación a China. Los comicios han otorgado al mandatario 33 de los 45 escaños que tiene el parlamento nacional, lo cual, debido a que el reglamento obliga a escoger los candidatos a la presidencia de entre los miembros del hemiciclo, ha provocado que los tres postulantes pertenezcan al partido político del presidente. 

La victoria ha sido contundente. Más de 10 puntos porcentuales de diferencia con respecto a su principal contrincante, Kaotitaake Kokoria –quien cambió de bando en el último momento– hacen de las jornadas electorales de este año un éxito inapelable para Maamau y el Partido Tobwaan. Ante esto, las acusaciones de falsedad en los resultados y de creciente autoritarismo se han desatado en los sectores opositores. Independientemente de la veracidad de las mismas, la coyuntura actual en esta micronación se puede explicar por dos grandes factores: el valor estratégico del país y los cambios estructurales internos. 

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Con apenas 120.000 habitantes, cuenta con una zona económica exclusiva de 3.500.000 de kilómetros cuadrados en mitad del Océano Pacífico, que, además, en su límite norte hace frontera con las aguas territoriales del estado de Hawaii. Su estratégica ubicación convirtió a Kiribati en escenario de la cruenta batalla de Tarawa entre Japón y Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. La contienda cambió el archipiélago de las Gilbert para siempre. Integrados en el esquema de seguridad regional norteamericano, la presencia militar de esta superpotencia generaba la capitalidad de la isla de Tarawa.  

Infraestructuras, sedes gubernamentales y acceso preferencial a la ayuda al desarrollo internacional contribuyeron a la masificación de la ínsula-capital, el surgimiento de una élite kiribatiana y la marginación sistemática de las islas periféricas. En este modelo de país, agotados los yacimientos de fosfatos, la economía empezó a depender del patronazgo de las potencias regionales. De este modo, Taiwán lograría hacerse valer como un socio fundamental de Kiribati durante décadas. No obstante, dos fenómenos exógenos lo iban a cambiar todo. 

El cambio climático y China emergieron a principios de la década de los 2000 a modo de game changers. El primero plantea una amenaza existencial para la totalidad del país, pero especialmente para las islas marginalizadas; mientras que el segundo ofrece una alternativa al proyecto nacional vigente. Los frutos de esta contraposición brotaron en los años posteriores. Maamau, ajeno a los círculos proccidentales de Tarawa, enarbola un discurso que mezcla nacionalismo, crítica al centralismo, preocupación climática y desarrollismo.   

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Todo el gobierno de Maamau órbita alrededor de la “Visión de Kiribati para 20 años”, un programa de shock que pretende reestructurar la economía del país a través de las industrias turísticas y pesqueras. Y es en este punto en donde la geopolítica vuelve a ser protagónica. La pretendida reforma conllevó, como requisito para su cumplimiento, la reformulación de las relaciones con China. En un lustro, Taipei ha perdido un apoyo, Kiribati se ha sumado a la Iniciativa de la Franja y la Ruta y se ha confirmado la presencia de policía china en su territorio en colaboración con sus homólogos locales.  

Desde entonces, la política interna del país oceánico es un conflicto abierto entre Maamau y la antigua facción dominante. El litigio se ha trasladado a la cuestión de la independencia del poder judicial. En este asunto el principal rival del dirigente es el matrimonio Lambourne. Él, David Lambourne, ciudadano australiano y miembro del Tribunal Supremo, recibió una orden de deportación por “mala conducta”, la cual, al ser desestimada por el Tribunal de Apelaciones –que tiene sede en Nueva Zelanda– ha provocado la paralización del sistema judicial. Ella, Tessi Lambourne, originaria de Kiribati y exembajadora en Taiwán, se perfila como la nueva líder de la oposición política.   

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