
El nuevo primer ministro de Líbano, Nawaf Salam, formó gobierno el 8 de febrero tras tres semanas de intensas y polémicas negociaciones entre los partidos políticos. A pesar de las presiones de Estados Unidos y del partido cristiano Fuerzas Libanesas, las formaciones chiitas Hezbolá y Amal forman parte de la coalición. La enviada especial de la administración Trump llegó a “establecer” una línea roja ante el presidente Joseph Aoun sobre la participación de Hezbolá en el gobierno, posición que no se ha sostenido.
El nuevo gabinete también incluye a un gran número de independientes, así como a Fuerzas Libanesas –que cuenta con 19 escaños, siendo el partido más grande del parlamento– y al druso Partido Socialista Progresista.
Salam optó por llegar a un compromiso con el dúo chií, permitiendo a Amal elegir al ministro de Finanzas, quien tiene poder para bloquear o retrasar cualquier acción gubernamental que requiera asignaciones presupuestarias. A cambio, los partidos chiitas renunciaron a su exigencia de controlar un tercio de los ministros del gabinete, un poder que habían asegurado por la fuerza en 2008 y que les otorgaba derecho a veto.
El bloque chiita retrocede así al Acuerdo de Taif de 1989, donde los chiitas quedan como el grupo más marginado en la ecuación sectaria libanesa al quedarse la presidencia del parlamento frente al cargo de primer ministro para los musulmanes sunníes y la jefatura de Estado para los cristianos maronitas. Hezbolá conquistó esos derechos en el acuerdo de Doha de 2009, tras ocupar la parte occidental de Beirut y desarmar a los grupos sunitas. El gobierno de Salam ha conseguido así pasar el primer obstáculo, ganando la votación de confianza en el parlamento el 26 de febrero.
Hezbolá también ha debido ceder en otra cuestión de importante peso simbólico y político: la declaración ministerial del gobierno no mencionó su condición como actor de la “resistencia”, a diferencia de las anteriores. Así, por primera vez en años, la declaración política del gabinete libanés no incluye la frase “ejército, pueblo y resistencia” que legitima el armamento de la fuerza chií. Por el contrario, pide “un Estado que tenga la decisión de la guerra y la paz”. De esta forma, Hezbolá opta por el pragmatismo, cediendo terreno a la acción del Estado, sobre el cual se cobija.
Israel continúa la ocupación de Líbano
Un Estado que, siempre dubitativo, se niega a presentar resistencia a la ocupación israelí, que continúa en el sur de Líbano. El 18 de febrero, fecha en que Israel debía abandonar su ocupación por segunda vez –tras haber ignorado el plazo del 27 de enero–, el ejército israelí se retiró a cinco lugares estratégicos dentro de Líbano donde anunciaron que permanecerían “indefinidamente”. Todas estas decisiones han sido tomadas unilateralmente por Tel Aviv con el respaldo de Estados Unidos.
Asimismo, Israel continúa llevando ataques sobre Líbano cuando lo considera oportuno. El 19 de febrero, un dron israelí mató a una persona en la localidad de Aita al-Shaab. Las súplicas del presidente Joseph Aoun a Washington y París caen en oídos sordos, socavando la legitimidad del nuevo gobierno. El Partido De Dios, por su parte, aprovecha el emboscamiento tras el Estado, tratando de reconstruir sus fuerzas. Varias acciones recientes sugieren que Hezbolá podría estar retomando protagonismo en el gobierno y la política libanesa.
La primera fue el 26 de enero, en vísperas de la fecha en que el ejército de ocupación israelí debía abandonar el sur de Líbano. Cientos de libaneses desarmados, algunos con banderas de Hezbolá, marcharon a sus pueblos siendo disparados ante la inacción del ejército libanés que debía protegerles. Israel extendió su ocupación unilateralmente, violando el alto al fuego.
La siguiente fue el 14 de febrero, cuando Israel impuso una prohibición para los aviones iraníes de aterrizar en el aeropuerto de Beirut, dejando a cientos de libaneses sin poder volver a su hogar. Esta flagrante violación de la soberanía libanesa fue aceptada por el presidente Joseph Aoun, que implementó la prohibición de los vuelos de las aerolíneas iraníes hacia y desde Teherán. Las protestas en contra de esta decisión se saldaron con enfrentamientos con los cascos azules, siendo herido el comandante adjunto de la UNIFIL, mientras la carretera que lleva al aeropuerto fue bloqueada durante varios días por los manifestantes.

La última muestra de fuerza de Hezbolá ha sido el funeral de su antiguo secretario general, Hasan Nasralá, asesinado por Israel durante la guerra lanzando más de ochenta bombas. En una movilización multitudinaria el 23 de febrero –que también honró a Hashem Safieddine, que ocupó brevemente el cargo– en el estadio de Camille Chamoun, se congregaron, según los organizadores, 1,4 millones de personas. Otras fuentes del gobierno libanés hablan de 450.000 asistentes.
Pese a la diferencia en las cifras, es sin duda el funeral más grande en décadas. Estuvieron presentes en los fastos el presidente del parlamento iraní, Mohammad Bagher Qalibaf, y el ministro de Asuntos Exteriores, Abbas Araghchi. También asistieron al principal estadio deportivo de Beirut el presidente del parlamento libanés y representantes del presidente y del primer ministro. El nuevo secretario general de Hezbolá, Naim Qassem, dio un discurso por vía telemática, diciendo desafiante que “la resistencia sigue presente y fuerte en número y armas, y la inevitable victoria se acerca”.
En respuesta, Israel hizo volar un ala de sus F-15 y F-35 por encima del estadio, lo suficiente cerca del suelo para ser claramente visibles para el publico y perturbar la ceremonia con el potente sonido de sus reactores. Esta violación del espacio aéreo libanés no tuvo respuesta por parte del gobierno de Nawaf Salam.
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