Fútbol, la joya de la corona del poder blando de Qatar

Qatar lleva desarrollando desde hace años una campaña de reconstrucción de su identidad pública internacional. El rico emirato catarí busca limpiar la imagen del régimen absolutista que impera en el país desde su independencia con millonarias adquisiciones por todo el mundo. Dentro de esta estrategia diplomática y financiera, el futbol juega un papel fundamental. La compra del PSG o la futura celebración del Mundial de Fútbol de 2022 se presentan como un escaparate idóneo para vender una imagen global de grandes inversores que se gane el corazón del público y llame aún más la atención los inversores internacionales. Lo que se conoce como el soft power.

Uno de los estados donde se celebrarán encuentros del Mundial de Qatar 2022. Fuente: Getty Images

El soft power, o “poder blando”, es un concepto desarrollado por el politólogo estadounidense Joseph Nye en la década de los años noventa. Para Nye, la noción de poder blando nace en contraposición al concepto de “poder duro”, el cual hace referencia a la capacidad de un estado para influir en las decisiones de otros actores a través de la amenaza de la violencia, la fuerza militar directa o la imposición de presión económica. El poder duro es la idea de poder tradicional, en la que las capacidades materiales de un actor determinan su grado de influencia en las decisiones de las demás piezas del tablero. En contraposición se encuentra el soft power, la segunda cara del poder, que se centra en la persuasión. El poder blando no es tangible como el poder duro, sino que es un ejercicio del poder sutil que se fundamenta en la imagen que da un país y su sociedad, fundidos en la idea de unos valores compartidos positivos y ejemplares. Una percepción basada en manifestaciones culturales como la literatura, el cine, sus monumentos icónicos, la música, la tecnología, la gastronomía o el deporte. Por tanto, el poder blando se define como la construcción de una imagen atractiva para el público internacional, motivo de imitación para los demás países y que, en muchos casos, esconde el abuso de poder y de la violación sistemática de los derechos humanos. Para el académico estadounidense, un Estado que logre combinar de forma eficiente ambas caras del poder ejercerá un deseable “poder inteligente” tanto en la esfera internacional como en el ámbito doméstico.

El Estado de Qatar es un ejemplo de uso efectivo del soft power. El pequeño país peninsular obtuvo su independencia del Reino Unido en los años setenta y mantiene desde entonces un régimen político monárquico fundamentado sobre el gobierno absoluto de la dinastía Al Thani. El emir Tamim Al Thani ostenta el trono desde 2013 aunque, como el resto de la familia, se encarga de asuntos de estado desde su juventud. En el aspecto legislativo, en Qatar se aplica rigurosamente la Sharía, mantiene la pena de muerte, impone la flagelación por delitos como el consumo de alcohol y varias organizaciones humanitarias han denunciado los abusos y la explotación laboral que se sufre en el país, la discriminación de las mujeres o la ausencia de libertad de expresión. La relación con sus vecinos tampoco es muy buena. Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Bahréin junto a Egipto, Maldivas, Yemen y Libia rompieron sus relaciones diplomáticas con Qatar en 2017 e impusieron sanciones económicas al emirato, acusando al Estado catarí de relacionarse con grupos terroristas y acercarse demasiado a Irán, enemigo de los sauditas. La razón de las sanciones fueron las acusaciones del régimen saudí a Qatar de “violaciones graves de las autoridades de Doha, en privado y en público, en los últimos años con el fin de romper la unidad interna saudí, incitar al abandono del Estado, poner en peligro su soberanía y la adopción de organizaciones terroristas (…), entre ellas los Hermanos Musulmanes, el Estado Islámico y Al Qaeda”. Qatar sigue su propio camino y no va a permitir que su reputación internacional se vea afectada por las violaciones de derechos humanos o las graves acusaciones públicas y las sanciones económicas que la coalición regional ha impuesto al emirato durante casi cuatro años. El embargo que el grupo de países liderados por Arabia Saudí impuso a Qatar se levantó finalmente a principios de 2021. Gracias a los desorbitados beneficios de su entramado económico y financiero, la batalla de Qatar para consolidar su imagen pública como un gran inversor sigue con las espadas en todo lo alto.

Para ver más: La nueva era de Catar tras el bloqueo.

Para ello, la red financiera institucional de Qatar juega un papel fundamental desde hace más de quince años. Gracias a las extensas reservas de recursos naturales fósiles ocultas en el subsuelo catarí, la pequeña península pérsica es uno de los países con más alto poder adquisitivo del mundo con un PIB de 51.751 dólares per cápita, según un estudio de VisualCapitalist elaborado en mayo de 2021. Las cantidades ingentes de dinero producido en Qatar han ido en buena parte destinados a la Qatar Investment Authority (QIA), el fondo de financiero de la familia Al Thani fundado en 2005. La QIA administra en la actualidad inversiones por valor de más de 30.000 millones de dólares y posee destacadas participaciones alrededor del mundo, como la empresa propietaria del Empire State de Nueva York, el lujoso almacén Harrods de Londres, el 8,3% de la inmobiliaria de alto standing Brookfield, el 11% de El Corte Inglés, el 13% de Tiffany Co. y se sitúa como el tercer mayor inversor de la firma automovilística Volkswagen, con un total de 9.000 millones de dólares en activos. El poder de expansión financiera de Qatar es imparable y desde el principio no se limita únicamente a algunas de las corporaciones más rentables del planeta, sino que abre generosamente sus brazos al mundo del deporte. Antes de su ascenso a la jefatura del Estado, el emir Tamim Al Thani promovió en 2005 la creación de la Qatar Sports Investments (QSI), una sociedad especializada en gestionar las multimillonarias inversiones cataríes en el ámbito deportivo. La QSI es propietaria desde 2011, entre otros, del Paris Saint-Germain, uno de los clubes con la plantilla más cara del panorama futbolístico universal. Hay que decir que la apuesta catarí por el deporte no se limita solo al fútbol, sino que el emir Tamim es también miembro del Comité Olímpico Internacional y presidente del Comité Olímpico Nacional de Qatar. Encabezó hace siete años una intensa campaña para que Qatar acogiese los Juegos Olímpicos de 2020 y consiguió en 2006 el derecho a celebrar los Juegos Asiáticos y el Campeonato Mundial de Natación de 2014. Devolviendo el foco de atención al fútbol, la capital catarí Doha consiguió en 2011 ser la sede de la Copa Mundial de Fútbol de 2022, que se celebrará en invierno por primera vez en su historia por las altas temperaturas que la región alcanza en verano y cuyas obras faraónicas han provocado en diez años la muerte de más de 6.500 obreros de India, Pakistán, Nepal, Bangladesh y Sri Lanka, aunque se sospecha que pueden ser muchos más. En cuanto a los patrocinios futbolísticos, la QSI es responsable de los contratos de la aerolínea Qatar Airways con el Bayern de Múnich y con el FC Barcelona. El club blaugrana rompió el contrato en 2017 por el polémico caso del fichaje de Neymar por el PSG, dirigido por los cataríes, quienes pagaron por el delantero brasileño la cláusula de rescisión más cara de la historia. En definitiva, se puede decir que las apuestas de Qatar en el deporte van orientadas a poner su capital en el centro de atención con la celebración de los más grandes eventos deportivos y a obtener una parte del pastel, o apropiarse, de las estructuras deportivas y clubes más importantes del mundo.

El catarí Nasser al-Khelaïfi, empresario vinculado a la casa real de los Al Thani, se convirtió en presidente del PSG después de la compra del PSG por el fondo financiero del emirato en 2011. Fuente: Reuters

La compra de la mayor parte del Paris Saint-Germain al fondo Colony Capital, sus entonces propietarios estadounidenses, se formalizó en mayo de 2011 por 50 millones de euros. Desde la adquisición del club del Parque de los Príncipes por parte del fondo catarí, el equipo parisino ha estado presidido por Nasser al-Khelaïfi, extenista y empresario muy cercano a la familia real Al Thani. Al-Khelaïfi es también miembro de la directiva de la UEFA y presidente de Bein Sports, la cadena de televisión deportiva de Al Jazeera. El canal ha conseguido firmar importantes acuerdos para la retransmisión de multitudinarios encuentros y grandes competiciones como la UEFA Champions League, la Europa League o las últimas Eurocopas emitidas en Francia. El PSG por su parte ha conseguido en pocos años tener a su servicio una de las plantillas más envidiables y valiosas posibles. La tríada de Neymar, Mbappé y la inesperada incorporación a filas del mejor jugador del mundo, Leo Messi, convierte al conjunto francés en el único club con una línea ofensiva de tan alto calibre en su poder. Para Qatar, la apuesta por el fútbol de élite es un asunto primordial y las cifras así lo confirman. En 2017, el PSG llegó a pagar por Mbappé 180 millones de euros al AS Mónaco mientras que por Neymar pagó la abrumadora cifra de 222 millones, un récord histórico. El traspaso no fue aceptado por La Liga española, que consideró que el club de les parisiens violaba la normativa del fair play financiero con la operación. El presidente de la liga española, Javier Tebas, anunció en agosto de 2017 que presentaría una denuncia ante la UEFA: “(…) lo que se denunciará es la competencia desleal que supone competir contra los clubes/estado, los equipos que reciben inyecciones económicas de países que regalan jugadores a sus aficionados a costa de quitárselos a otros. En cuanto al PSG, es un claro ejemplo de dopaje financiero, de club/estado.” Este año 2021, con los fichajes de Achraf Hakimi, Sergio Ramos, Georginio Wijnaldum, Gianluigi Donnarumma y la llegada de Messi al conjunto parisino, el PSG se consolida como el segundo club más valioso del mercado mundial. El valor de la plantilla solo lo supera el Manchester City, presidido por Khaldoon Al Mubarak, jefe del Departamento de Asuntos Ejecutivos de Emiratos Árabes Unidos y también patrocinador del Real Madrid con la línea aérea Emirates. La fortuna que el régimen catarí mueve con sus numerosas propiedades y la publicidad en la competición futbolística son astronómicas, con el consecuente poder que implica haberse convertido en pocos años uno de los reyes del fútbol universal. Sin embargo, las alianzas que rodean a cómo consiguió el PSG convertirse en uno de los equipos más poderosos y ricos del mundo están envueltas de cierta oscuridad.

Los intereses compartidos de las instituciones deportivas mundiales y las altas esferas gubernamentales francesas son motivo de sospecha, hasta el punto que analistas y periodistas han confirmado que la compra que revitalizó el combinado parisino en 2011 estuvo directamente relacionada con la delegación de la FIFA a Qatar del derecho a celebrar el Mundial de Fútbol de 2022. Una extensa investigación elaborada por los periodistas Philippe Auclair y Eric Champel que fue publicada por la revista France Football en 2013 concluye que la FIFA, la UEFA y la Confederación Africana de Fútbol se aliaron con el ejecutivo presidido por Nicolas Sarkozy alrededor de una compleja trama corrupta plagada de sobornos y tráfico de influencias. El Qatargate, nombre con el que la revista francesa bautizó al caso, acabó proporcionando los votos necesarios a Doha para ser declarada sede de la Copa Mundial de 2022. Con el deber de acoger la celebración de la reina indiscutible de las competiciones internacionales, la monarquía catarí conseguía una oportunidad inigualable para proyectar una imagen de país moderno y exitoso al resto del mundo, millones en publicidad e inversiones. Para seguir limpiando su imagen internacional, Qatar nombró en 2018 a Xavi Hernández embajador global de Qatar 2022, un título que comparte con otras leyendas del fútbol como Zinedine Zidane, Pep Guardiola, Eto’o o Cafú. El exjugador del Barça y actual entrenador del catarí Al-Sadd SC diría en una entrevista concedida a la FIFA en diciembre de 2019 que Qatar “es un país muy fácil para vivir: cómodo, acogedor y seguro”.

Joseph Blatter, presidente de la FIFA en 2011, anuncia que Qatar será la sede del Mundial 2022. Fuente: Walter Bieri

El emirato absolutista de los Al Thani utiliza el deporte para consolidar su estrategia de poder blando. La influencia de la ‘marca Qatar’ es ya conocida por todo el mundo y con la celebración del Mundial del próximo año el soft power de este pequeño Estado pérsico se extenderá aún más, a pesar de las múltiples violaciones de derechos humanos dentro de sus fronteras y haberse destacado en la última década por su agenda independiente a los intereses de la vecina potencia saudí. Cabe destacar que Arabia Saudí ha mirado también hacia el fútbol como una herramienta de poder blando renovando un acuerdo con la Real Federación Española de Fútbol que hasta 2029 llevará la Supercopa a otro de los países más hostiles con las mujeres, las minorías sexuales y los derechos de la clase trabajadora. A pesar de las demás incursiones de otros países de la región en el fútbol, Qatar es el rey incontestable del deporte que más masas exalta el mundo y más cantidades de dinero moviliza. El escaparate que el fútbol proporciona a Qatar es una inmensa apuesta segura para consolidar su parcela de poder global ante las ovaciones de los aficionados y el aplauso de las élites financieras dispuestas a limpiar la imagen de la millonaria dictadura del Golfo.

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