El rol de la Ruta de la Seda Digital en la estrategia tecnológica de China

Publicidad de Huawei en Zambia. Foto: Waldo Swiegers / Bloomberg

Durante siete décadas, entre 1850 y 1920, las empresas británicas dominaron el mercado de los cables telegráficos submarinos gracias al incondicional apoyo del gobierno de Gran Bretaña. Londres había descubierto que desarrollar una red telegráfica global permitiría apuntalar sus intereses imperiales y decidió subsidiar proyectos liderados por compañías nacionales como Eastern Telegraph Company o Telegraph Construction and Maintenance Company. El control sobre este sistema de comunicación, más rápido y seguro que cualquier otro, facilitó a la Oficina de Asuntos Exteriores y de la Commonwealth respaldar la estructura librecambista del comercio global, establecer la agenda política internacional y coordinar a los ejércitos desplegados en las posesiones coloniales.

Para principios del siglo XX, el gobierno británico había perfeccionado una red de cableado que conectaba Gran Bretaña con Europa, India, América del Norte, Oriente Medio y Oceanía. El objetivo final residía en gobernar el sistema de telecomunicaciones global para, en última instancia, dominar el mundo.

Décadas más tarde, en 2018, PEACE Cable International Network, subsidiaria de las empresas chinas Hentong Group y Huawei Marine Networks, anunció la construcción del cable submarino Pakistán & East Africa Connecting Europe, de 12.000 kilómetros de largo, que conectará China, Pakistán, Kenia, Djibouti, Egipto, Seychelles, Sudáfrica y Francia, entre otros. Aquel mismo año, Huawei Marine Networks también fue elegida para fabricar y colocar en el lecho marino el cable South-Atlantic Inter Link entre Brasil y Camerún.

Emulando las prácticas adoptadas por el imperio británico en los siglos XIX y XX, Beijing ambiciona capitalizar el 60% del mercado internacional de cables de fibra óptica necesarios para, en un futuro, liderar los nuevos sistemas globales de telecomunicaciones -como la inteligencia artificial, la computación en nube, la robótica o el 5G- y, en definitiva, la Cuarta Revolución Industrial. De esta forma, el gigante asiático pretende internacionalizar sus sistemas, normas de gobernanza y estándares nacionales, además de fortalecer la competitividad de las empresas chinas y sus intereses comerciales.

Estas estrategias forman parte de la Ruta de la Seda Digital -DSR por sus siglas en inglés- iniciativa presentada en 2015 vinculada con otros planes como Made in China 2025 o Standards 2035 que se centra en la construcción de infraestructura digital y de telecomunicaciones, así como el fomento conjunto de políticas -como la ciberseguridad-, las finanzas y el comercio electrónico. Si bien suele pasar desapercibido por los medios de comunicación y académicos occidentales, esta vertiente de la Nueva Ruta de la Seda -BRI por sus siglas en inglés- será clave para las aspiraciones políticas y económicas de China en un sistema internacional marcado por la competición tecnológica entre las grandes potencias. En el siglo XXI, quien domine las nuevas tecnologías dominará el mundo, y el Partido Comunista Chino (PCCh) está decidido a conseguirlo.

El cable submarino PEACE (rojo) y el cable de fibra óptica China-Pakistán (azul). Foto: Nikkei Asia

En términos generales, la Ruta de la Seda Digital se centra, especialmente, en liderar tres áreas principales interconectadas:

  • Primero, los cables submarinos y, en menor medida, terrestres de fibra óptica, infraestructura fundamental para el desarrollo de los TIC y la economía digital puesto que transportan aproximadamente el 98% del tráfico intercontinental de los datos de Internet y telefonía móvil. Estos cables permitirán conectar virtualmente las diferentes regiones de la Nueva Ruta de la Seda y crear un ecosistema digital con China como punto central. Las empresas del gigante asiático capitalizan aproximadamente el 50% de los proyectos de cables submarinos planificados en Asia y el 30% a nivel mundial.
  • Segundo, la comunicación y los sistemas de navegación satelitales. En junio de 2020, China finalizó la construcción de BeiDou (BDS), su propio sistema de posicionamiento global “100 veces más preciso” que el GPS estadounidense. Una vez implantado, el gigante asiático está interesado en internacionalizar el BDS, especialmente en África y Asia, para aumentar su influencia sobre los países receptores de la tecnología y la infraestructura digital global. Según medios locales, 30 gobiernos han adquirido el sistema para uso nacional y los productos vinculados han sido vendidos a más de 120 países.
  • Tercero, la “nueva infraestructura” integrada por las redes 5G, los centros de datos, la Inteligencia Artificial, el “Internet de las Cosas”, la robótica, la computación en nube, Blockchain y un largo etcétera. En Oriente Medio, por ejemplo, empresas chinas han firmado contratos para el desarrollo de la red 5G con todos los países miembro del Consejo de Cooperación del Golfo (GCC), a saber, Bahréin, Kuwait, Omán, Catar, Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos.

Influencia histórica en la DSR

La política y la identidad nacional del gigante asiático -cómo se ve a sí mismo y cómo quiere que el resto del mundo le perciba- están fuertemente marcadas por el denominado “siglo de la humillación”. En este periodo, comprendido entre la Primera Guerra del Opio (1839) hasta la proclamación de la República Popular (1949), las potencias extranjeras aprovecharon el atraso tecnológico y científico del Imperio del Centro para exprimir su potencial económico a través de tratados desiguales.

Esta experiencia, caracterizada por la subordinación y la debilidad, ha influido notablemente en la elaboración de las estrategias adoptadas por los nuevos líderes chinos. Beijing cree firmemente que su retorno al centro del sistema internacional solo es posible si logra que el país esté a la vanguardia de las revoluciones tecnológicas actuales. Esta percepción, consolidada entre la élite china, se ha intensificado tras la campaña emprendida por la administración Trump dirigida a debilitar el sector tecnológico y de innovación del gigante asiático. Si China no consigue subirse al tren de la Cuarta Revolución Industrial en un contexto de creciente competición tecnológica, corre el riesgo de volver a ser sometida por las potencias extranjeras.

En este contexto, Xi Jinping ha desarrollado el concepto del “sueño chino” que llama a superar los lastres del pasado y materializar la “gran revitalización de la nación china” para transformarla en “un país socialista moderno, próspero y poderoso”. Entre las ideas específicas que subyacen de este concepto, se encuentra “convertir a China en una ciberpotencia” mediante el desarrollo de las “tecnologías de la información exclusivas y poderosas (…) una buena infraestructura y economía de la información”.

La Estrategia Nacional de 2016 publicada por el Consejo de Estado y el Comité Central del PCCh se encargó de recoger este planteamiento, otorgando a la innovación una posición central en el proceso de modernización del país:

“El destino de la nación está impulsado por la innovación. La prosperidad nacional se deriva de la fuerza en la innovación y la desgracia nacional se deriva de la debilidad en la innovación. Una de las principales causas del estancamiento de China en la era moderna fue que dejó pasar las revoluciones tecnológicas anteriores. Para lograr el sueño chino del gran rejuvenecimiento de la nación, hay que hacer verdaderamente un buen uso de la ciencia y la tecnología”.

De esta forma, el gobierno chino se ha embarcado en un largo y ambicioso camino hacia la excelencia e independencia tecnológicas mientras exporta sus productos, estándares y normas, proceso en el que juega un rol fundamental la Ruta de la Seda Digital. Del mismo modo que el descubrimiento de la brújula, la pólvora, el papel o la imprenta permitieron a China convertirse en el Imperio del Centro, Beijing quiere potenciar una estrategia de impulso dela innovación para “ponerse al día y superar” a Occidente en la guerra tecnológica que se está gestando en el siglo XXI.

Xi Jinping en el II Foro de la Nueva Ruta de la Seda celebrado en 2019. Foto: Wang Zhao / Getty Images

Las claves de la DSR

Desde que Xi Jinping anunció su intención de recrear la antigua Ruta de la Seda con el “fin de reforzar los lazos económicos y la cooperación entre los países de Eurasia”, la iniciativa del PCCh se ha vinculado casi exclusivamente con la construcción de infraestructura tradicional en el extranjero, como ductos, centrales nucleares, puertos, autopistas o vías ferroviarias.

No obstante, Beijing ha confeccionado el BRI como un proyecto multidisciplinar que busca cosechar beneficios estratégicos a corto y largo plazo. Y, teniendo presente que la tecnología se convertirá en la columna vertebral del sistema internacional en el futuro, el gigante asiático también ha mostrado un gran interés en el campo de la innovación a través de la Ruta de la Seda Digital.

En este contexto, China publicó en 2015 el documento Vision and actions on jointly building Belt and Road en el que presentaba oficialmente la DSR:

“Debemos promover conjuntamente la construcción de cables ópticos transfronterizos y otras redes de líneas troncales de comunicaciones, mejorar la conectividad de las comunicaciones internacionales y crear una Ruta de la Seda de la Información [Digital]. Debemos construir redes de cable óptico transfronterizas bilaterales a un ritmo más rápido, planificar proyectos transcontinentales de cables ópticos submarinos y mejorar los pasajes de información espacial para expandir los intercambios de información y la cooperación”.

Desde entonces, la Ruta de la Seda Digital se ha convertido en una parte fundamental de la Nueva Ruta de la Seda y de la política exterior de China. En el II Foro del BRI, celebrado en 2019, Xi Jinping destacó la cooperación en la economía digital y el desarrollo impulsado por la innovación como áreas prioritarias de la iniciativa. Según RWR Advisory Group, entidades chinas han financiado más de 79.000 millones de dólares en proyectos de la DSR como ciudades inteligentes, redes 5G, tecnología de vigilancia, computación en nube, cables submarinos de fibra óptica, inteligencia artificial o robótica. IISS China Connects estima que se han llevado a cabo o planificado proyectos relacionados con la DSR en 137 países de todo el mundo. 

La Ruta de la Seda Digital busca fomentar la conectividad e integración digital entre los países involucrados en el BRI para crear una red sinocéntrica global de nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC) que permita a Beijing liderar el comercio electrónico transfronterizo e internacionalizar sus estándares y normas de gobernanza para representar mejor sus valores e intereses internacionales. La intención final es construir una “comunidad de destino compartido en el ciberespacio”, entendida como un orden global digital en el que los intereses, normas y valores de China se alineen con los del resto de participantes de la DSR.

Producir, controlar y operar la infraestructura imprescindible para la digitalización concederá a Beijing una enorme influencia en el sistema internacional. Carentes de los recursos propios necesarios para la innovación, un gran número de países, especialmente los menos desarrollados, verán al gigante asiático como una de las pocas opciones viables para tener acceso a tecnología puntera. Los bajos costes, la disposición de China de financiar estos proyectos y el principio de no interferencia en los asuntos internos que guía su política exterior son otros beneficios que inclinan la balanza a favor del gigante asiático. Así, la DSR también es utilizada como una herramienta de soft power y diplomacia pública orientada a mejorar la imagen de China en las regiones menos avanzadas.

En la Primera Guerra Mundial, el imperio británico cortó todos los cables telegráficos de Alemania y aprovechó el único que dejó activo para interceptar las comunicaciones germanas. En la actualidad, una de las amenazas percibidas entorno a la Ruta de la Seda Digital consiste precisamente en el temor de que Beijing esté pergeñando una réplica -en esta ocasión, en beneficio propio- de aquella situación. La administración estadounidense, principalmente, teme que China pueda aprovechar la operatividad de las telecomunicaciones para presionar y coaccionar a los países y acceder a una gran cantidad de datos e información sensible que podrían ser utilizados con fines estratégicos.

Si bien la DSR está dirigida en su mayoría por el sector privado, a priori independiente del Estado, esta preocupación parece legítima si se tiene en consideración que la Ley de Inteligencia Nacional establece que todos los ciudadanos y las organizaciones deberán cooperar con los servicios de inteligencia “de acuerdo a la ley”. Además, estos planes son vistos por algunas potencias como un intento de Beijing de someter la gobernanza global del ciberespacio valiéndose de la imposición de normas cibernéticas de naturaleza autoritaria.

Banner de Huawei en Uganda. Foto: Sumy Sadurni 

Por otro lado, la Ruta de la Seda Digital está también estrechamente vinculada con el objetivo del PCCh de crear campeones nacionales que sean competitivos a nivel internacional. Beijing ofrece apoyo político y económico a compañías tecnológicas chinas para empujarlas a invertir y operar en el extranjero en aras de ampliar sus cuotas de mercado. En este escenario, los gigantes tecnológicos de China tienen la oportunidad de aprovechar la Nueva Ruta de la Seda y la Ruta de la Seda Digital para abrir nuevos mercados en los países emergentes que disponen de un enorme potencial aún sin explotar. 

Si bien algunas empresas del gigante asiático, especialmente Huawei y ZTE, están encontrando serios obstáculos para conseguir ese objetivo, motivados en gran medida por la presión ejercida por Estados Unidos, continúan su política de desarrollo amparados por el gobierno chino. Los equipos de Huawei, por ejemplo, constituían ya en 2019 aproximadamente el 70% de la infraestructura de banda ancha inalámbrica en África.

Influencia en los estándares internacionales

La élite académica y política de China cree firmemente que la única forma de liderar la Cuarta Revolución Industrial pasa por crear campeones nacionales que consigan establecer los estándares internacionalesque guían el comercio global. Como dice un refrán popular del gigante asiático, “las empresas de tercer nivel fabrican productos, las empresas de segundo nivel fabrican tecnología y las empresas de primer nivel crean estándares”. Beijing, por lo tanto, ambiciona que las compañías chinas se posicionen en el eslabón más alto de la pirámide. 

Una patente esencial para estándares -SEP por sus siglas en inglés- es un conjunto normas, directrices y características establecidos para un producto que favorecen la globalización y la interoperabilidad del mismo. Así, por ejemplo, Xiaomi debe pagar regalías para poder incorporar en sus ordenadores los conectores USB utilizados universalmente.

Estos estándares son elaborados por organismos globales que han estado dominados durante años por expertos occidentales, especialmente estadounidenses, europeos y japoneses. No obstante, el PCCh está utilizando fondos estatales e influencia política para revertir el status quo y establecer las normas de tecnologías que serán claves en el futuro.

En este contexto, China incluye el desarrollo de estándares como uno de los objetivos de Ruta de la Seda Digital. A través de los proyectos de la iniciativa, el gigante asiático exporta e internacionaliza sus propias normas en el sector de las TIC. Por este motivo, Beijing está interesado en financiar redes de telecomunicaciones, construidas por compañías chinas, en los países del BRI para que estos acepten y establezcan nacionalmente sus estándares. Si estas normas técnicas se generalizan y dominan su sector, las multinacionales chinas conseguirían una importante ventaja respecto a sus competidores, aumentando su competitividad y los beneficios comerciales y normativos. Ericsson, por ejemplo, recibió más de 5.200 millones de dólares mediante la concesión de regalías en 2017, lo que equivale al 20% de sus ingresos.

Asimismo, China ha creado dos organismos en el marco de la Nueva Ruta de la Seda para fomentar la cooperación en el proceso de normalización: Belt and Road co-constructed National Standard Information Platform y Standardization CN-EN Bilingual Intelligent Translation Cloud Platform. En el I Foro del BRI Beijing también firmó acuerdos sobre el reconocimiento mutuo de estándares con 12 países, lista que se amplió a 49 dos años después.

De esta forma, Beijing está incrementando -que no dominando- su presencia en los organismos globales de establecimiento de estándares como la Organización Internacional de Normalización (ISO), la Comisión Electrotécnica Internacional (IEC) o la Unión Internacional de Telecomunicaciones (ITU). Esto le permite, utilizando las palabras de Xi Jinping, “ser parte del juego e incluso tener un papel principal en la construcción de algunos campos de juego (…), siendo redactores importantes de las nuevas reglas“.

Por lo tanto, la DSR se presenta como el conector de los planes Made in China 2025, centrado en transformar el país en una potencia en innovación de primer orden, y China Standards 2035, enfocado en establecer las normas técnicas de la próxima generación de las TIC. En primer lugar, es necesario lograr la autosuficiencia tecnológica en casa. Posteriormente, exportar esta tecnología para que sea ampliamente utilizada. Por último, implantar las SEP con el objetivo de adquirir poder económico, legal, político y discursivo -consolidando la imagen de China como un país avanzado-.

La DSR en el mundo post-pandemia

Meses antes de la aparición de la COVID19 los proyectos de la Nueva Ruta de la Seda ya se estaban enfrentando a retrasos, cancelaciones, renegociaciones y críticas de la opinión pública. En Pakistán, por ejemplo, el Frente de Liberación Baluche, un grupo paramilitar que opera en el suroeste del país, envió una carta al embajador chino Yao Jing advirtiendo que los nacionales chinos pasarían a ser “objetivos legítimos” y exigiendo la retirada de Beijing de la región. En Sri Lanka se produjeron protestas violentas cuando el gobierno arrendó el puerto de Hambantota a China Merchants Port Holdings por un periodo de 99 años a cambio de 1.100 millones de dólares. En Malasia, el ex primer ministro Mahathir Mohamad calificó el BRI como una “nueva versión de colonialismo” y obligó a un contratista chino a reducir en casi un 50% el precio del ferrocarril East Coast Rail Link.

En este contexto la COVID19 ha empeorado la situación del BRI por varios motivos. Primero, la paralización de las cadenas de suministro, especialmente chinas, ha dificultado la llegada de material y suministros a los países del BRI. Segundo, el cierre de fronteras ha originado que los técnicos y trabajadores chinos no puedan entrar en los países integrantes de la Iniciativa. Tercero, los paquetes de estímulo económico y el incremento de la deuda pública han provocado que los gobiernos y bancos centrales sean más cautelosos con los préstamos de Beijing. Algunos, como Pakistán, han pedido la flexibilización de los términos de pago de la deuda contraída con China. Cuarto, las empresas del gigante asiático también desconfían en arriesgar su capital en inversiones en países de alto riesgo como Venezuela o Myanmar.

La presa Myitsone en Myanmar, construida por una empresa china, fue cancelada por la presión de la comunidad local, preocupada por el impacto ambiental del proyecto. Foto: Quinn Ryan Mattingly

En consecuencia, alrededor del 20% de los proyectos del BRI han sido “gravemente afectados” por el virus y aproximadamente el 40% han tenido algún percance durante los meses más duros de la pandemia, según informó el ministerio de Relaciones Exteriores de China. No obstante, como indica el refrán, cuando se cierra una puerta, se abre una ventana. El virus ha puesto de relieve la necesidad de fomentar la infraestructura TIC para hacer frente a los problemas sanitarios y las secuelas que provocan en el ámbito económico. De esta forma, tecnología digital y salud pasan a ser el centro de atención del BRI, como respuesta a su necesidad de transformarse ante la actual crisis mundial.

Por lo tanto, es previsible que el PCCh se centre en estos tiempos convulsos en potenciar la Ruta de la Seda Digital para ocupar el vacío existente en la mayor parte del planeta en este sector. Otro de los motivos que inclinará la balanza a favor de la DSR es que sus proyectos son más atractivos para los gobiernos e inversores chinos puesto que son más rentables, fáciles de construir y monetizar, además de ser menos arriesgados y susceptibles a la oposición de la opinión pública. La infraestructura tradicional -como puertos, presas o ferrocarriles- en general precisa de una mayor financiación y tiempo de construcción, su Retorno de la Inversión (ROI por sus siglas en inglés) es baja y generan más controversia en la comunidad local por su posible impacto medioambiental.

Asimismo, la Ruta de la Seda Digital también está en sintonía con otras políticas que el PCCh priorizará en las próximas décadas enfocadas en posicionar a la industria china en el extremo más alto de la cadena global de valor, a saber, la “circulación dual”, Made in China 2025 o Standards 2035.

En definitiva, la DSR forma parte de un entramado estratégico mucho más amplio que persigue convertir a China en la gran potencia del mañana en un contexto en el que se espera un incremento de la rivalidad tecnológica con Estados Unidos y otras potencias globales. Utilizando las palabras de Xi Jinping como resumen final, la DSR pretende revertir “el peligro oculto de China” que supone “el hecho de que la tecnología central esté controlada por otros”.

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