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El comienzo de la Pax Americana en Oriente Medio

Ejercicios conjuntos entre Estados Unidos e Israel, celebrados en marzo de 2018. El poder militar ha sido uno de los pilares de la Pax Americana en Oriente Medio.
Ejercicios conjuntos entre Estados Unidos e Israel, celebrados en marzo de 2018.

Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945, Estados Unidos siempre ha tratado de mantener una gran presencia en Oriente Medio y ser la potencia dominante en la región por su importancia estratégica, tanto para el comercio marítimo hacia Europa –por el Canal de Suez– como por la centralidad de los hidrocarburos en la economía mundial. Washington ha ido adaptando de distintas formas sus alianzas, en un equilibrio casi siempre precario que nunca ha terminado de estabilizarse, a diferencia de otros teatros como Europa o Asia. 

Oriente Medio se ha presentado así como la región más exterior al dominio estadounidense, un eslabón débil donde siempre le ha costado mantener su presencia, pero esencial como pivote entre este y oeste para consolidar su hegemonía en el globo. Por está razón, en un momento en que trata de orientar sus esfuerzos hacia Asia-Pacífico, Estados Unidos afronta un dilema crucial: no quiere acometer más fuerzas a Oriente Medio, pero tampoco puede permitirse perder este terreno y la flexibilidad que le otorga.

Claves de la Pax Americana en Oriente Medio

Durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial se sentaron las bases de los intereses estadounidenses en Oriente Medio, comenzando a desplegarse una presencia que dura hasta nuestros días. Dos motivos despertarían el interés de Washington por la región: como espacio estratégico en el marco de la guerra y como uno de los principales suministradores de petróleo del planeta.

Por un lado, se trataba de denegar a las potencias del Eje acceso al crudo y una continuidad territorial que pudiera establecer un corredor a través de la India y Persia, mientras se ampliaba la influencia del nazismo en el mundo árabe donde tenían las simpatías de movimientos panarabistas. Por otro lado, mantener la línea vital del Corredor Persa –la única abierta todo el año por su clima cálido–, que servía para proveer a la Unión Soviética de suministros como cereales y equipo militar. 

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Con este motivo en 1942 se desplegaron en Persia 30.000 tropas estadounidenses para ayudar en las labores de logística y mantener el orden, pues Irán había sido ocupado por británicos y soviéticos ante el temor de las simpatías germanófilas del Sah. La presencia estadounidense también ayudaba a calmar los miedos persas a una ocupación prolongada puesto que en ese momento Estados Unidos era visto como una potencia más amigable y anticolonial. Esto permitió fundar una relación prolongada. Durante la guerra Persia también recibió asistencia económica y el personal militar estadounidense ayudó a las autoridades persas a organizar y entrenar sus fuerzas policiales internas. Washington, por su parte, estaba interesado en el petróleo persa, cuyo gobierno solo mantuvo las concesiones a los británicos. 

Las preocupaciones estadounidenses por la escasez del petróleo y su papel vital en el esfuerzo de guerra le llevaron a establecer la relación histórica con la monarquía saudí. En 1945 el presidente Franklin Delano Roosevelt mantuvo una importante reunión con el rey Abdul Aziz ibn Saud, que selló la asociación estratégica basada en el crudo y aseguró las inversiones de las compañías petroleras estadounidenses –Chevron, Texaco, Exxon y Mobil– en el reino con el consorcio Aramco. Ya en 1943 Roosevelt había declarado que la seguridad de Arabia Saudí era un “interés vital” de Estados Unidos.

De esta forma, las dos fuentes de la influencia estadounidense en la región tendrían su continuidad durante la Guerra Fría. Irán como ese cordón de seguridad, que ahora debía contener el avance del comunismo en Oriente Medio, y el hidrocarburo como recurso fundamental para mantener las economías de posguerra, al igual que ocurrió con el esfuerzo bélico durante la contienda. Estados Unidos, al cumplir el papel de garante del suministro energético a través su armada y la gestión de sus empresas petroleras, ocupaba el lugar central para los aliados europeos que se veían compelidos a alinearse con sus posiciones. 

La importancia de Irán como país petrolero y sus tendencias nacionalistas –en 1944 se aprobó una ley que prohibía al gabinete otorgar concesiones petroleras adicionales sin el permiso del parlamento– explicaron el golpe de Estado de 1953. Organizado por la CIA con apoyo del MI6, el golpe contra Mosaddegh buscaba evitar la nacionalización de las explotaciones petroleras británicas y el aumento de la influencia del Partido Tudeh, de corte comunista.

El gobierno prooccidental del Sah permitiría la creación de una OTAN para Oriente Medio en 1955, la Organización del Tratado Central (CENTO), compuesta por Irak, Turquía –que también se unía a la Alianza Atlántica en 1952–, Pakistán, Irán y Reino Unido. La presencia británica era el eje clave que articulaba el proyecto y daba a Estados Unidos un aliado que guardase sus intereses con tropas sobre el terreno. Si bien en declive, los británicos contaban con bases militares en Chipre, Omán, Jordania y Kuwait, además de poseer los enclaves coloniales de Baréin, Qatar, Emiratos Árabes Unidos y Yemen.

Bajo la doctrina Eisenhower (1953-1961) la potencia norteamericana buscó establecer buenas relaciones con los países árabes para promocionar una alternativa al panarabismo de Nasser (Egipto), cercano a los soviéticos. Por esta razón la administración suspendió la ayuda económica a Israel, que era visto como un obstáculo para las relaciones con los países árabes. Esto se vio en la Crisis de Suez de 1956, cuando Washington obligó a los israelíes a abandonar la península egipcia del Sinaí. 

Pese a que Estados Unidos fue un apoyo clave para la creación del Estado de Israel en 1948, no fue su principal benefactor. Hubo muchos que consideraron las decisiones de la administración Truman en este asunto desacertadas al provocar un severo daño a los intereses estadounidenses en Oriente Medio. Los soviéticos fueron sin duda mucho más importantes en el apoyo al sionismo. Los británicos y especialmente los franceses también jugaron un papel destacable y tenían intereses particulares.

Por lo tanto, durante este periodo la orientación proárabe de Eisenhower no era una rareza y respondía a un intento de recuperar la confianza de los países árabes, mientras se contenía a los soviéticos con la CENTO, apoyándose en los británicos, y se aseguraba el control del mercado petrolero.

Los dos pilares de la influencia estadounidense

La doctrina Eisenhower apenas cosechó éxitos a medida que el panarabismo socialista, aliado con los soviéticos, ganaba terreno en Oriente Medio con gobiernos en Egipto, Siria, Yemen e Irak. La CENTO no solo no había servido para contener el avance de la influencia soviética, sino que había comenzado a romperse tan pronto como en 1958 con el golpe de Estado contra la monarquía hachemita y el giro prosoviético del nuevo gobierno iraquí. Tampoco ayudaron los desplantes a Pakistán cuando pidieron repetidamente apoyo a sus aliados en su guerra con la India, pero la orientación de la organización era clara: contener la influencia soviética. La organización carecía de cohesión suficiente para sobrevivir, como se demostraría de nuevo en 1974 cuando ante la invasión turca de Chipre los británicos retiraron sus fuerzas de la alianza, aunque languidecería hasta 1979.

El otro puntal de la estrategia estadounidense en Oriente Medio también comenzó a flaquear con el desvanecimiento del Imperio británico. La decisión de abandonar el golfo Pérsico en 1971, concediendo la independencia a las colonias, creó un vacío de poder en la ruta clave del petróleo. Estados Unidos, que estaba comprometido en Vietnam, no podía destinar tropas para proteger el mercado petrolero internacional –una de las fuentes fundamentales de su posición dominante como líder del bloque euroatlántico–, por lo que tuvo que encontrar a otro Estado que pudiera hacer de policía en la región. 

Aquí entró Irán en la ecuación que ya había empezado a asumir algunas responsabilidades. En 1972 Estados Unidos daría carta blanca a Teherán para que comprase cualquier armamento de la industria militar estadounidense en cualquier cantidad. También comenzaría por intervenir en Omán en 1973 para suprimir el levantamiento comunista en la región de Dhofar. La dinastía Pahlavi pasaría a ser el principal garante de los intereses estadounidenses, protegiendo el suministro de petróleo del golfo Pérsico. Mientras, Washington convirtió a Irán en una potencia militar y daría apoyo a la policía secreta para suprimir las disidencias comunistas y otros grupos de oposición.

Asimismo, durante la década de 1960 se iría formulando la alianza entre Estados Unidos e Israel, abandonando la política proárabe de Eisenhower, en un intento por estabilizar el dominio de la potencia norteamericana. El presidente Kennedy levantó el embargo de armas a Israel y formuló por primera vez el concepto de “relación especial”. 

Francia, que hasta entonces había sido el principal aliado y proveedor de armas de Israel como los vitales cazas Mirage-5, dio un giro a partir de 1962 con motivo de su expulsión de Argelia. Ya sin posesiones en el norte de África, París tomó la decisión de distanciarse de Tel Aviv con el objetivo de intentar mejorar las relaciones con el mundo árabe ahora que ya no les unía unos intereses estratégicos. Esto resultó en la cancelación de varios acuerdos de armas en 1966 y finalmente en un embargo de armas en 1969 después de que Israel atacara Líbano en diciembre de 1968. 

Soldados egipcios capturados por Israel en la guerra de los seis días. La guerra cambió de forma drástica las dinámicas regionales en Oriente Medio.
Soldados egipcios capturados por Israel en la guerra de los seis días, Fuente: Government Press Office (Israel) – bajo CC BY-SA 4.0 DEED

En este contexto, Israel profundizó sus relaciones con Estados Unidos, demostrando su valía con la captura por primera vez de un MiG-21 soviético con la ‘operación Diamante’. El momento decisivo llegó con la guerra de los Seis Días (1967): de un solo golpe el ejército israelí demostró una gran capacidad militar y redujo severamente el poder de los aliados soviéticos. De esta forma se reforzó el pilar militar. Washington comenzó a aplicar su política de la ventaja militar cualitativa a Israel, con dos potencias que también mantenían buenas relaciones, pues el país persa –bastión contra el nacionalismo árabe– era el proveedor de petróleo a Israel ante el embargo de los países árabes.

En la guerra de Yom Kippur (1973), Israel recibió un enorme apoyo militar de Estados Unidos con la Operación Nickel Grass, que fue posible gracias a Portugal, pues el resto de los países de la OTAN se negaron a que su territorio fuese utilizado para apoyar a Tel Aviv. La Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) con Arabia Saudí a la cabeza respondió con un embargo petrolero contra Estados Unidos, pero Israel pudo mantener el suministro de Irán gracias a los estrechos de Tirán en el mar Rojo. De hecho, una de las razones de la guerra de 1967 fue la amenaza de Egipto de bloquear esta ruta. 

Para ampliar: La Guerra de los Seis Días

El petróleo es precisamente el otro pilar que debemos tener en cuenta. Durante las décadas de 1960 y 1970 la posición dominante de Estados Unidos venía declinándose en favor de las nuevas pujantes economías alemana y japonesa, a medida que también el avance de la descolonización, con las luchas de liberación nacional, hizo que con las políticas de nacionalismo económico se redujera la extracción de plusvalor de la periferia al centro.

En este escenario, los países productores de petróleo, que en 1962 ya habían formado su cártel –la OPEP–, fueron reclamando una mayor participación y gestión de la explotación petrolera, apartando a las empresas occidentales como administradoras y principales beneficiaras de este recurso en favor de las burguesías locales. En el contexto del embargo petrolero de 1973, los saudíes empezaron a hacerse con una mayor participación de capitales de Aramco, terminando por nacionalizar el conglomerado en 1980. 

Esto no terminó la relación entre Arabia Saudí y Estados Unidos, sino que la transformó. Aramco dio prioridad a los socios estadounidenses –Chevron, ExxonMobil y Texaco– en la venta de petróleo, ofreciendo tarifas de descuento especiales, para complacer tanto a Washington como a las empresas. Esto significó que Arabia Saudí pasó a administrar el mercado petrolero liderando la OPEP, desplazando a las empresas estadounidenses que pasaron a ser meros intermediarios con el mercado internacional. 

Mientras Washington continuaba siendo el proveedor de seguridad, protegiendo el flujo del petróleo y armando tanto a Arabia Saudí como principalmente a Irán para que protegiese el golfo Pérsico. Así, Estados Unidos contaba para asegurar su presencia en la región con dos pilares: uno militar que daba profundidad estratégica y protegía sus intereses económicos, con Irán e Israel, y otro el petrolero, con Arabia Saudí, que permitía a Washington continuar siendo el árbitro en el acceso al motor de la economía global.

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