Del flujo a la fragmentación

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Seguridad alimentaria: aumento de producción y pérdida de diversidad genética de los cultivos

En 1919, J. Russell Smith, un profesor de geografía económica de la Universidad de Columbia, publicó “The World’s Food Resources”, un panegírico ensayístico donde alababa las virtudes del comercio marítimo como el único y fundamental medio que garantizaría el futuro de la alimentación de la humanidad. Según la visión de Russell Smith, las naciones habían dejado de ser independientes, volviéndose dependientes de un gran tejido comercial. Si ese tejido se destruyera, eso nos llevaría a la muerte (Russel Smith, 1919). Debido a la interconexión del comercio marítimo con el ferrocarril, que había hecho posible el suministro mundial de alimentos, los hombres pudieron asentarse en lugares donde era bueno vivir. Ya no dependían de sus propias huertas, podían comer y reproducirse, independientemente de las cosechas locales; los alimentos provenían de algún lugar lejano si no se producían en casa (Russel Smith, 1919).

Mapa de las principales rutas marítimas (fuente: porteconomicsmanagement.org).

Los sistemas alimentarios mundiales son una compleja retícula a lo largo de la cual interactúan agricultores, insumos agrícolas, plantas de procesamiento, redes logísticas, minoristas, entre otros actores y factores. Por conectar regiones con un potencial agrícola limitado y densamente pobladas a regiones con mayor desarrollo agrícola, el comercio internacional ayuda a reducir los impactos de los choques transmitidos a lo largo de los sistemas alimentarios, al ser determinante en la redistribución de alimentos de áreas con excedentes agrícolas a otras deficitarias. La globalización del comercio es un mecanismo crucial para garantizar la resiliencia contra la inseguridad alimentaria (Bouët & Laborde, 2017).

Las guerras arancelarias de los últimos años, especialmente entre EE.UU. y China, alteraron las rutas del comercio agrícola establecidas desde hace mucho tiempo. Por ejemplo, China pasó a importar de Brasil soja y carne de cerdo, y de Australia carne de vaca y algodón, cuando antes su principal suministrador era EE.UU. Estas disrupciones erosionaron los beneficios del comercio global en términos de acceso a alimentos, nutrición y eficiencia (UBS, 2019).

La hiperconectividad logística de los sistemas alimentarios, su fuerte dependencia del comercio internacional, es el resultado no solo del fin de la agricultura de subsistencia (pocas personas dependen ya de su propia huerta para alimentarse; a esto habría que añadir que, en 2008, por primera vez, la población urbana mundial superó la población rural), sino que los cultivos globales más importantes están concentrados en un número relativamente pequeño de países productores, normalmente referidos como “regiones granero”. Por ejemplo, solo Estados Unidos y China son responsables del suministro del 60 % de la producción global de maíz; Rusia se ha convertido en el principal exportador mundial de trigo y un proveedor clave para el norte de África; Vietnam es el tercer mayor exportador de arroz (Bloomberg, 2020); Brasil, Argentina y el Paraguay concentran la mayor parte de la producción mundial de soja.

Mapa de las áreas de cultivo de maíz, arroz, trigo y soja (fuente: weforum.org).

Además de la concentración de los principales cultivos en geografías específicas, el sistema alimentario mundial depende de un pequeño número de cosechas: más del 75 % del suministro alimentario mundial procede de 5 animales (bovinos, ovinos, caprinos, aves de corral y cerdos) y 12 especies de plantas (WEF, 2018). Si bien exista en el mundo cerca de 382.000 especies de plantas vasculares, de las cuales 6.000 fueron cultivadas para la alimentación humana, tan solo 200 especies tuvieron, en 2014, niveles de producción globalmente significativos, con tan solo 9 especies representando el 66 % de toda la producción de cultivos por peso: azúcar de caña, maíz, arroz, trigo, patatas, soja, mandioca, azúcar de remolacha y fruto de la palma (FAO, 2019a). Por lo que respecta a las especies animales domesticadas para uso alimentario y agrícola, su número también es relativamente pequeño. El banco de datos mundial sobre recursos zoogenéticos de la FAO registra datos sobre 38 especies, del pollo al dromedario (FAO, 2019a).

Área de tierra por tipo de cultivo (fuente: ourworldindata.org).

Atendiendo a todos estos datos, puede deducirse que el cambio de los sistemas de producción tradicionales utilizando las variedades autóctonas y tradicionales a sistemas de producción modernos más eficaces y rentables basados en el desarrollo y disponibilidad de variedades elaboradas a partir de programas de cultivo y reproducción (en los que se incluye la creación de especies transgénicas) está conduciendo a una erosión genética (FAO, 2019a). En este contexto, hay que recordar que el rango de dependencia de España en materia de recursos genéticos para sus cultivos más importantes oscilaba, en 2011, entre el 71,41 % y el 84,84 %; el valor medio para los países miembros de la OTAN era del orden del 87 %. En materia de recursos genéticos para sus cultivos, ningún país del mundo es hoy autosuficiente (Esquinas Alcázar, 2013).

La diversidad biológica de los cultivos agrícolas se configura así como un asunto de importancia estratégica. El control del material genético de plantas cultivadas siempre se definió como un objetivo militar; en este sentido, el comando de recolección (‘Sammelkommando’) integrado en las SS, dirigido por el teniente Heinz Brücher y el capitán Konrad von Rauch, es uno de los casos más estudiados y conocidos. Pero también es asunto de tensiones geopolíticas.

Durante la negociación para la selección de los géneros y cultivos que se incluirían en el Tratado Internacional sobre los Recursos Fitogenéticos para la Alimentación y la Agricultura (en vigor desde junio de 2004), los 67 géneros inicialmente preseleccionados se redujeron a 64, después de que China, como consecuencia de un conflicto con EE.UU., provocado por la invasión del espacio aéreo chino por un avión estadounidense en abril de 2001, retirara la soja del Tratado. En China está situado el centro primario de diversidad de la soja y EE.UU. es uno de sus principales productores. En represalia, el segundo país más afectado por la medida china, Brasil, con el apoyo de Bolivia, retiró el cacahuete, producto que tiene una gran importancia en China y cuya máxima diversidad genética se encuentra en Bolivia. El último género a ser retirado del Tratado, en una presión más sobre China por parte de los países latinoamericanos principales productores de soja, fue el tomate, producto, a su vez, muy importante para China (Esquinas Alcázar, 2013).

Nacionalismos alimentarios

Los sistemas alimentarios mundiales se basan en un conjunto de interdependencias que les hacen particularmente vulnerables si son sometidos a interrupciones. Con la pandemia de Covid-19, las fragilidades inherentes a esos sistemas -amparados en conexiones continuas e incesantes- se ha puesto de manifiesto. Tanto en las prohibiciones y restricciones a la exportación de determinados productos básicos alimentarios impuestas por gobiernos de varios países, como en la falta de mano de obra para la recolección de las cosechas –formada, en su mayor parte, por inmigrantes–. Así, la principal amenaza para la seguridad alimentaria provocada por la pandemia no deriva de una reducción de las cosechas de los principales cultivos (el stock de productos básicos es suficiente y las perspectivas para las cosechas en 2020 son favorables), sino de la interrupción de las cadenas de suministro y de los flujos comerciales y logísticos.

Ratios mundiales de stocks por uso: trigo, maíz y soja (fuente: DG Agriculture and Rural Development. International Grains Council. International Grains Council)

A finales de marzo de 2020, Kazajstán, uno de los mayores productores mundiales de harina de trigo, prohibió las exportaciones de ese producto junto con las zanahorias, azúcar y patatas. De igual modo, Vietnam suspendió temporalmente nuevos contratos de exportación de arroz y Serbia interrumpió la exportación de óleo de girasol (Bloomberg, 2020). También a finales de marzo, decenas de ayuntamientos de la región de Rosario, en Argentina –el principal centro de exportación de granos y cereales del país- bloquearon la entrada y salida a sus pueblos de camiones de transporte de soja para frenar la propagación del virus, provocando la reducción a la mitad del suministro de soja a las plantas de procesamiento argentinas. La interrupción en la producción del mayor exportador mundial de harina de soja para la alimentación de ganado podría cambiar los flujos comerciales mundiales a medida que los importadores buscan proveedores rivales para llenar ese vacío (Reuters, 2020).

Recientemente, el 26 de abril de 2020, Rusia suspendió la exportación de trigo, centeno, cebada, maíz y otros cereales para los países que no sean miembros de la Unión Económica Euroasiática hasta el 1 de julio. El Ministerio de Agricultura ruso cree que las medidas estabilizarán los precios de los cereales y garantizarán las necesidades internas del país (Tass, 2020). Esta decisión debe ser leída a la luz del anuncio, realizado el pasado 21 de enero de 2020, de una nueva doctrina de seguridad alimentaria rusa. Una versión anterior de la doctrina –que venía siendo desarrollada desde marzo de 2019– creaba una reserva del Estado de productos agrícolas para ser utilizada en caso de desastres naturales, climatología adversa y malas cosechas. La versión actualizada traza un camino para que Rusia sea más autosuficiente mediante la producción doméstica, estipulando que, al menos, el 95 % de los cereales consumidos, el 90 % del azúcar, el 90 % de la leche y productos lácteos, el 95 % de patatas y el 95 % de los productos cárnicos deben ser producidos en Rusia (Ria, 2020).

La FAO, a través de su economista jefe, Maximo Torero Cullen, ha alertado que restringir el comercio no solo es innecesario, sino que perjudicaría a los productores y consumidores e incluso crearía pánico en los mercados. Los gobiernos deberían eliminar las restricciones y prohibiciones a la exportación existentes. “Si un país comienza a hacerlo, todos los demás lo seguirán, y sería una catástrofe para los mercados” (Torero Cullen, 2020). Atendiendo a las últimas noticias, nadie ha hecho mucho caso a estas advertencias. Especialmente los países de la Unión Europea, en los que viene observándose la adopción de medidas proteccionistas mediante la promoción de productos agrícolas nacionales, desaconsejando la importación y consumo de productos extranjeros.

Desde mediados de abril se suceden los anuncios de varios gobiernos: Bulgaria, República Checa, Alemania, Austria, Grecia y Francia (Euroactiv, 2020). El último en instar los supermercados a priorizar sus productos nacionales y situarlos en lugares destacados dentro de sus lineales ha sido el gobierno español (eldiario.es, 2020). La Comisión Europea ha expresado su preocupación por los efectos que estas medidas puedan tener sobre la libre circulación de bienes y servicios dentro del mercado interno (Euroactiv, 2020).

En un artículo publicado en el periódico Internazionale, en marzo de 2020, su autor, el periodista Stefano Liberti, preguntaba: “¿Qué pasa si el país ya no puede producir alimentos debido a la falta de trabajadores? Ahora, más que nunca, esta crisis deja al desnudo el hecho incontrovertible de que la industria alimentaria de Italia se basa en gran medida en la mano de obra extranjera, que hoy no puede cruzar las fronteras” (Worldcrunch, 2020). En efecto, según la principal asociación de agricultores de Italia – Coldiretti-, como consecuencia del cierre de las fronteras, este año no podrán trabajar en las cosechas de los diversos cultivos alrededor de 370.00 trabajadores, cuya mayoría procedería de Rumanía, Bulgaria y Polonia. Idéntica falta de mano de obra afectó a distintos países de la Unión Europea, entre los cuales, Francia, Alemania y España. Sugerente fue el llamamiento del ministro de Agricultura francés a que mujeres y hombres que se quedaron sin trabajo y confinados en sus casas (camareros, recepcionistas de hoteles, peluqueros, etc.) se uniesen al gran ejército de la agricultura francesa (El País, 2020).

Proporción de mano de obra agrícola, incluyendo temporeros, en los países de la Unión Europea (fuente:arc2020.eu).

IMPORT-EXPORT: Conflictos sociales

Antes de la pandemia de Covid-19, el informe de la FAO de 2019 sobre seguridad alimentaria y nutrición en el mundo señalaba un aumento de los precios de los alimentos en los mercados internos de determinados países, especialmente de América Latina, a pesar de no preverse fluctuaciones importantes de los precios de las principales materias primas alimentarias en los mercados mundiales, cuya tendencia era bajista teniendo en cuenta el pronostico de cosechas favorables. Este aumento de los precios estaba provocado por la necesidad de proceder a la depreciación monetaria para hacer frente a la disminución de ingresos procedente de la exportación de productos básicos no alimentarios, precisamente por los bajos precios de estos productos (motivados por la escasa demanda internacional).

El citado informe de la FAO mencionaba a Colombia y a Chile como ejemplos de países altamente dependientes de la exportación de materias primas no alimentarias (el petróleo, en el caso de Colombia; el cobre, en el caso de Chile) y, simultáneamente, altamente dependientes de la importación de alimentos, que se han visto obligados a depreciar sus monedas para compensar la pérdida de ingresos procedente de las exportaciones. Esta depreciación monetaria supuso un aumento de la inflación y, consecuentemente, un incremento de los precios de los alimentos en ambos países, habiendo sido una de las principales causas de las protestas sociales registradas en Colombia y Chile en los últimos meses de 2019 (FAO, 2019b).

Variaciones del precio del cobre y del petróleo comparadas con las fluctuaciones del peso chileno y colombiano (fuente: “The State of Food Security and Nutrition in the World. FAO. 2019)

El gran motín del pan, ocurrido en Paris en octubre de 1789, se inició cuando una mujer se negó a pagar el precio del pan de ese día -16 sueldos-, que había subido por la escasez en el suministro de grano. La multitudinaria manifestación que se siguió –liderada por mujeres– y el cerco al palacio de Versalles (incluyendo el asesinato y decapitación de dos guardias del palacio) tuvo como principal resultado la disminución del precio del pan –que quedó fijado en 12 sueldos– y la garantía de abastecimiento, por parte del gobierno, de trigo a la ciudad con sus propios graneros, que contenían grano de buena calidad (Sennett, 2010). El motín de 1789 -uno más entre los denominados motines de subsistencias que sucedieron en Europa entre el siglo XV y el siglo XIX- es un ejemplo histórico de las convulsiones sociales que puede provocar un aumento desmesurado del precio de los alimentos.

Estampa “Avan-garde des femmes allant a Versailles” en la que se ilustra un episodio del motín del pan de 1789, la marcha de las mujeres sobre Versalles (fuente: gallica.bnf.fr).

En sus previsiones a corto plazo para los mercados agrícolas, la Comisión Europea señala que el aumento de los costes logísticos y de transporte puede, tarde o temprano, reflejarse en los precios de los productos alimentarios (EC, 2020). De igual modo, la FAO ha llamado la atención que la pervivencia de bloqueos prolongados en las cadenas de suministro puede producir un aumento repentino de los precios; los países dependientes de la importación de productos alimentarios se volverán cada vez más vulnerables a medida que se reduce la oferta de alimentos y sus monedas se devalúan frente al dólar, reduciendo su poder adquisitivo (Torero Cullen, 2020).

Países exportadores e importadores de alimentos: maíz, trigo, arroz, soja y otros cereales (fuente: bloomberg.com)

La solución tecnológica

Mientras Europa se enfrenta a la constatación que hay algunos trabajos agrícolas que simplemente no pueden ser reemplazados por la tecnología, en China, en los primeros meses de 2020, se registró un aumento de la demanda de productos y servicios de tecnología agrícola, especialmente drones y vehículos no tripulados, con el objetivo de reducir el contacto humano y conservar intacta la cadena de suministro alimentaria. El ministerio de Agricultura chino estimó que esta primavera se desplegarán más de 30.000 drones para la protección de plantaciones específicas.

Es probable que esta diligencia en apoyar la producción agrícola esté relacionada con la tensiones comerciales con EE.UU.; la denominada fase 1 del acuerdo firmado entre China y EE.UU. el pasado mes de enero de 2020 contempla la compra, por parte de China, de por lo menos 32.000 millones de dólares de productos agrícolas estadounidenses a lo largo de los próximos dos años. En todo caso, la modernización del sector agrícola chino está incluida en el plan quinquenal de desarrollo económico para los años 2015-2020. En este contexto debe entenderse la estrategia lanzada por el presidente Xi Jinping en 2017 de “vitalización rural” (CNBC, 2020). Entre las medidas de esta “vitalización rural” se encontraba la creación de animales salvajes para alimentación humana (The Guardian, 2020), precisamente los probables transmisores del virus SARS-CoV-2.

La idea de que la ciencia y tecnología están llamadas a resolver el desafío de suministrar alimentos seguros, nutritivos y abundantes a una población en rápido crecimiento remonta al siglo XVIII, a la pretensión ilustrada del Marqués de Condorcet que la investigación científica podría aumentar los rendimientos agrícolas indefinidamente (Belasco, 2006). Tampoco la inversión china de los últimos meses en tecnología agrícola es novedosa. La llamada agricultura de precisión (que incluye la robotización y digitalización del campo) viene siendo desarrollada desde la década de 1980. Pero, como todo lo que está relacionado con esta nueva enfermedad, su aparición hará acelerar las tendencias que venían aflorando en los últimos años.

Al ser una zoonosis –infección humana que tiene origen en un animal, mediada por un patógeno- y dada la larga relación histórica de la creación agropecuaria con el surgimiento de enfermedades –el propio nombre de las dolencias lleva emparejado referencias al mundo animal, como gripe aviar o fiebre porcina; pero, sobretodo, las epidemias que asolaron Inglaterra en el siglo XVIII originadas por el ganado importado de Europa continental, o la gripe española procedente de cerdos o aves de corral domesticados probablemente en Kansas– es factible que la pandemia de Covid-19 acelere la introducción de nuevas formas de producir carne para consumo humano.

Dentro de esas nuevas formas se encuentra la agricultura celular, un conjunto de tecnologías combinadas para la elaboración de productos procedentes de la ganadería, utilizando técnicas de cultivo en laboratorio. En función de las técnicas empleadas, la agricultura celular puede ser de dos tipos: basada en la ingeniería de tejidos (extracción de materiales originales de animales vivos) o en la fermentación, utilizando bacterias, algas o levadura genéticamente modificadas. Esta última es la que viene registrando una mayor consolidación en el mercado, principalmente mediante la elaboración de proteínas a base de plantas, la denominada carne alternativa o análoga, en cuya elaboración se utiliza, por ejemplo, soja, trigo, hongos, garbanzos, arroz, diversas variedades de algas, habas y lentejas.

Producción de proteínas en la Unión Europea 2020/2021 (fuente: DG Agriculture and Rural Development)

Tanto en la salud como en la enfermedad, todo empieza y acaba en las proteínas: el genoma del virus SARS-CoV-2 codifica 4 proteínas estructurales; la herramienta fundamental en la nueva técnica de edición genética de cultivos (CRISP) es la proteína Cas9; los cambios que está sufriendo, actualmente, la producción agrícola y alimentaria son una disrupción de proteínas impulsada por la economía (Tubb y Seba, 2019). Las proteínas se convirtieron así en las definitivas e irreductibles commodities. Para ellas, el comercio mundial sigue expandiéndose.

BIBLIOGRAFÍA

Belasco, Warren (2006): Meals to come: a history of the future of food. Londres, Los Ángeles, Berkeley, University of California Press. California studies in food and culture. ISBN: 978-0520250352.

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El País (2020): ¡Al campo! Francia llama a los parados por el coronavirus a trabajar en la agricultura. https://elpais.com/economia/2020-03-26/al-campo-francia-llama-a-los-parados-por-el-coronavirus-a-trabajar-en-la-agricultura.html (consultada: 27 de marzo de 2020).

Esquinas Alcázar, José (2013): Biodiversidad y Seguridad en: Cuadernos de Estrategia 161. Seguridad alimentaria y seguridad global. Madrid. Instituto Español de Estudios Estratégicos. Ministerio de Defensa. ISBN: 978-84-9781-798-1

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Torero Cullen, Maximo (2020): COVID-19 and the risk to food supply chains: How to respond? FAO. 29 de marzo de 2020.

Tubb, Catherine y Tony Seba (2019): Rethinking food and agricultura 2020-2030. The Second Domestication of Plants and Animals, the Disruption of the Cow, and the Collapse of Industrial Livestock Farming. RethinkX, RethinkX Sector Disruption Report.

UBS (2019): The food revolution. The future of food and the challenges we face.

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WEF [World Economic Forum] (2018): The Global Risks Report 2018. 13th Edition. Geneva. ISBN: 978-1-944835-15-6.

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Jose Matos

Licenciado en arquitectura por la Universidad de Lisboa y con el curso en análisis de inteligencia del Instituto de Ciencias Forenses y de la Seguridad de la Universidad Autónoma de Madrid. Interesado en historia y geopolítica. En el ámbito de la seguridad, atraído por la seguridad alimentaria.

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