Convulsión política en Perú (IV): Castillo vs Fujimori

Primera parte – Segunda parte – Tercera parte – Cuarta parte

Pedro Castillo, candidato de Perú Libre a las elecciones presidenciales. Fuente: El Comercio.

Por Alejandro López.

Caído el último tapón al fujimorismo, la nueva etapa política de Perú se antojaba más convulsa de lo habitual. La gran irrupción de fuerzas evangelistas fundamentalistas como el FREPAP reabría la puerta a que en el próximo contencioso electoral se normalizase el fujimorismo. Además el Congreso, ya sin mayoría absoluta fujimorista desde 2020 no cesó en su choque con el ejecutivo. La dupla Kuczynski-Vizcarra había sufrido bastante con la multiplicidad de vacancias y conflictos parlamentarios. El último terminó con la destitución de Vizcarra pero ambos estaban, como era ya común en la política peruana, envueltos en escándalos de corrupción.

Primera vuelta de las elecciones

El candidato favorito al comienzo de la campaña para las elecciones de 2021 era el futbolista y empresario, George Forsyth, que se presentó por Victoria Nacional, un partido reconvertido de otro evangelista menor que sirvió de apoyo a la candidatura de Kuczynski en 2011 (Restauración Nacional) y se coaligó con otros democristianos. Forsyth fue perdiendo fuerza en los sondeos según avanzaba la campaña por algunas improvisaciones, aquejando una falta de proyecto sólido y recurriendo al populismo como estrategia política. Apostó sucesivamente por una reforma y por un cambio constitucional, sin dirección en las propuestas. A pesar de la euforia que desató al comienzo del periodo electoral, Forsyth fue acusado de contradictorio y de no tener un programa consolidado, recayendo en un disputado centro político. El candidato Forsyth era el más joven de los numerosos contendientes, cerca de Verónika Mendoza, y apostó por un centro abierto que abarcase las políticas más populares en cada momento.

Junto a él, otros viejos conocidos de la política peruana como Keiko Fujimori y Verónika Mendoza también tenían grandes previsiones. En esta ocasión Mendoza no se presentó con el Frente Amplio sino con Juntos por el Perú, ya que el partido que ella fundó en 2017 con ex miembros de Frente Amplio, Nuevo Perú, apostó por esta coalición con partidos comunistas y socialdemócratas. Frente Amplio se presentó con el ex número dos de Mendoza, Marco Arana. La división de la izquierda fue reseñable pero Arana mantuvo un desempeño menor en la campaña, terminando la misma con un positivo en COVID-19. A pesar de todo, Arana se mostró a la izquierda de Verónika Mendoza, ya que los partidos socialistas de Juntos por el Perú representaban alas más socialdemócratas que algunas remanentes en Frente Amplio. Pero la gran baza de Mendoza sobre Arana sería el voto útil para pasar a la segunda vuelta.

En el ala izquierda, a Mendoza con los socialistas y Arana con los restos de la izquierda verde, se unió Pedro Castillo. Este candidato, líder de Perú Libre, rechazó la unión a estos partidos y apostó por una izquierda más dura e independiente que revolucionó el panorama de la izquierda. A pesar de no haber entrado en el Frente Amplio de 2016, Castillo ya había tratado de entrar en política antes de 2017. En ese año destacó como líder en la huelga educativa durante el mandato de Kuczynski y dio el salto a la política. Tuvo un gran desempeño en la campaña con el partido del lápiz como logo, reviviendo sus orígenes sindicales en la educación, pero sufrió en su imagen institucional por un excesivo personalismo sin un equipo fuerte detrás. El principal ideólogo de Perú Libre era su líder, Vladimir Cerrón, al que los reguladores impidieron presentarse en plancha con Castillo por estar condenado y con el que el candidato se mostraba algo distante por su aparentemente mayor radicalismo izquierdista. Además Castillo definía a Perú Libre como “izquierda marxista” pero sus propuestas quedaban a merced de un vaivén ideológico como el conservadurismo identitario –contrario al enfoque de género y LGTB-, políticas fiscales tibias, consagración de la empresa privada y la suspensión del Tribunal Constitucional. Al igual que otros candidatos, Castillo defiende abrir un proceso constituyente para salir de la Carta Magna fujimorista pero dirige sus críticas sobre el Tribunal Constitucional por el abuso de la aplicación de la vacancia, como en el caso de Vizcarra, permitiendo acusaciones de “incapacidad moral” sin existir aún investigaciones judiciales.

Keiko Fujimori y su Fuerza Popular también vieron su oportunidad de volver a la segunda vuelta, pero la atomización de partidos y los personalismos que los instrumentalizaban acabaron por reducir sus posibilidades. Fujimori se acercó a su padre y trató de retomar el apoyo de las capas liberales, como con su propuesta para privatizar la gestión de las vacunas. Por otro lado, el apoyo democristiano e incluso el más fundamentalista se ponía en juego tras la decisión del FREPAP de no concurrir a las presidenciales, poniendo en riesgo severo su continuidad parlamentaria por el solapamiento de los comicios. El partido evangelista fundamentalista se presentó solo al parlamento esperando la resurrección de su líder mesiánico, Ezequiel Ataucusi, muerto en el año 2000. Ante la tendencia de las elecciones generales de unir el voto parlamentario y el de primera vuelta presidencial, las perspectivas de los partidos menos personalistas se diluían y llamaban a un voto cruzado –diferente para la Presidencia y para el Congreso-. El evangelismo se dividió entre Fujimori y las otras dos derechas más fuertes. Además hay que sumar el apoyo agrario que sostuvo al FREPAP en las elecciones de 2020, de distintivo carácter parlamentario.

C:\Users\Alejandro\AppData\Local\Microsoft\Windows\INetCache\Content.Word\keiko.jpg
Keiko Fujimori, candidata de Fuerza Popular, en el debate electoral para la primera vuelta. Fuente: América Economía.

En algunas encuestas, el candidato líder que rivalizaba por la segunda vuelta en la derecha era Hernando de Soto, un economista de ideología liberal, ex asesor de Alberto Fujimori, que se presentaba con el partido Avanza País, de pasado etnocacerista con los hermanos Humala. Hernando de Soto había mantenido cierto papel técnico con casi todas las administraciones desde el fujimorismo y el antifujimorismo. En algunas ocasiones se acercó a Unión por el Perú, el partido del ex secretario general de la ONU, Pérez de Cuéllar, que posteriormente había apostado por Antauro Humala.

De hecho, Unión por el Perú, ahora bajo la familia Vega, siguió apostando por esa corriente del etnocacerismo más tradicionalmente indígena y hacia la izquierda que reivindicaba Antauro Humala. Mientras el partido apostaba por la excarcelación de Antauro con José Vega de candidato, su hermano Ollanta Humala se quedó en posiciones más socialdemócratas y no destacó apenas en la campaña con su Partido Nacionalista Peruano. José Vega, de hecho, fue uno de los fundadores del partido junto al mencionado Pérez de Cuéllar. A pesar de que la enmienda a la validez de la Constitución fujimorista comenzó a tomar fuerza en la campaña previa a la presidencia de Ollanta Humala en 2011, ahora eran ya múltiples candidatos los que reivindicaban el proceso constituyente o la reforma tras la negativa a acometer su promesa por Humala durante su presidencia, aunque ya no se propone el retorno a los términos del 79. El abandono de Humala de la proposición abolicionista de la Constitución del 93 quedaba ahora en manos de un George Forsyth venido a menos y de un constituyente Pedro Castillo.

El otro candidato de derecha fuerte era Rafael López Aliaga, de la conservadora Renovación Popular -antes Solidaridad Nacional- cuyo derechismo ya no era muy distante del de Fujimori. Ambos tenían apoyo evangelista, aunque se habría decantado más por Keiko Fujimori. López Aliaga sostenía su conservadurismo en posiciones muy religiosas del Opus Dei, sobre todo en católicos pero también en evangelistas. Tanto López Aliaga como Fujimori o De Soto podrían apoyarse en una segunda vuelta, especialmente asequible para cualquier derechista que no se apellidase Fujimori.

Otro candidato relevante en las encuestas era Yonhy Lescano, de la renovada Acción Popular. Este partido había mantenido un perfil menor en la política peruana hasta 2020, cuando logró la primera posición y un resultado que les devolvía a la palestra –por primera vez en cuatro décadas-. Este resultado les permitió situar a Manuel Merino en puestos de gran relevancia y después protagonizar la crisis política de la vacancia contra Vizcarra. Sin embargo, para entender el nuevo poder de Acción Popular se debe analizar el éxito del partido en la alcaldía de Lima en las elecciones municipales de 2018, ya que la capital concentra una porción poblacional sustancial de Perú. El independiente pero poco conocido Jorge Muñoz tuvo un gran desempeño entre los jóvenes y en los debates, logrando una victoria por 16 puntos de ventaja que aupó al partido en las elecciones de 2020. Aunque Muñoz ha mantenido con algunas obras públicas el legado de su antecesor, muy popular por el desarrollo urbano, ha perdido el furor durante la pandemia. La reforma que impedía la reelección hizo que el anterior alcalde, Luis Castañeda, con gran empuje en población mayor, tuviese que dar un paso a un lado. Castañeda, envuelto en polémicas por la licitación de las importantes obras de Lima, desde el partido Renovación Popular de López Aliaga (antes Solidaridad Nacional), ya había intentado dar el salto a la política nacional, sin éxito, por lo que un perfil potente como Jorge Muñoz convenía más en la alcaldía de Lima. Dentro del partido Acción Popular hubo debate interno para elegir al candidato. Jorge Muñoz seguía siendo un candidato independiente más a la derecha, palpable en su pasado como alcalde de Miraflores –de las zonas más pudientes de Lima- y la línea dura de Manuel Merino con el uso excesivo de la fuerza policial fue criticada por bastantes sectores del partido. De esta manera, el veterano congresista Yonhy Lescano logró desde el ala más a la izquierda del partido moderado, la candidatura ganadora para concurrir con Acción Popular. El ala más derechista sí apoyaba a Merino pero su animadversión a Vizcarra le granjeó una mala imagen interna.

Del mismo modo que la pandemia desgastó la alcaldía de Lima, lo mismo ocurrió con el Presidente de Perú, Francisco Sagasti. A pesar de que la vacunación avanzaba a un ritmo meridianamente aceptable para las débiles infraestructuras sanitarias peruanas, Sagasti se vio cuestionado por su inacción. Y así su Partido Morado, con el candidato Julio Guzmán, uno de los fundadores del partido en 2017, también perdió posiciones en la primera vuelta de las elecciones. Sagasti no pudo presentarse por esa limitación a la reelección de mandatos desde la época de Fujimori. Sin embargo, Guzmán no supo aprovechar ni la posición centrista del Partido Morado, ni su papel más técnico ni su situación oficialista. Situado en un centro más orientado a la izquierda, Guzmán tenía sus esperanzas en ese voto cruzado para lograr apoyo parlamentario a pesar de la posible derrota presidencial. Además, se vio lastrado por las críticas contra Sagasti debido al escándalo Vacunagate que afectó a Vizcarra y al entorno político de Sagasti. También muy polémica había sido la posición de Sagasti contra el Congreso, que buscaba aprobar la Ley para el retiro de dinero de la AFP (sistema privado de pensiones) de manera adelantada en el contexto de la emergencia pandémica. Mientras en el Congreso se buscaba permitir el retiro completo, Sagasti logró retrasar su tramitación devolviendo la norma a la cámara, que finalmente la aprobaría con un límite. Toda esta polémica posteriormente motivaría un intento para vacarle que no prosperaría. Por lo tanto la figura presidencial no estaba resultando un gran apoyo para la reputación de gestión en el Partido Morado.

Otros candidatos menores eran Daniel Urresti, ex Ministro de Ollanta Humala y ahora en Podemos Perú, partido conservador. El partido nacido en 2018 sufrió las dinámicas de Lima, como se vio en que su fundador se apartó por las investigaciones en torno al ex alcalde de Lima, Luis Castañeda; y su sucesor, Daniel Urresti llegó a las generales tras perder ante Jorge Muñoz en las municipales de 2018. Además, la fuerza de Urresti residía en su experiencia de gobierno con Humala, como militar derechista y apoyando medidas de fuerte militarización social. También logró una mayor popularidad al principio de la campaña.

Por otra parte, Daniel Salaverry trató de aprovechar el tirón de Martín Vizcarra con una candidatura conjunta por Somos Perú, yendo el primero a por la presidencia y el segundo al parlamento. Salaverry mantuvo un perfil derechista dentro de su etapa aprista y posterior paso por el fujimorismo de Fuerza Popular, a pesar de que Somos Perú surgió al calor del antifujimorismo. La difícil conjugación del nuevo liderazgo de Somos Perú sufrió aún más con la inhabilitación de Martín Vizcarra para ser parlamentario durante una década. El choque de Vizcarra con el Congreso seguiría y el ex Presidente calificó el acto de “ilegal e inconstitucional” y lo comparó con una dictadura. La lucha de Vizcarra contra el legislativo se dilataría después de su caída.

El aprismo tuvo que retirar su candidatura y entre su salto a la indiferencia, sus alas se dividieron de manera poco relevante entre diversos apoyos como por ejemplo los derechistas Rafael López Aliaga o Hernando de Soto y el ala más moderada sobre Yonhy Lescano, entre otros.

C:\Users\Alejandro\AppData\Local\Microsoft\Windows\INetCache\Content.Word\conteo rápido.jpg
Conteo rápido de las elecciones en primera vuelta en Perú. El resultado final sería Pedro Castillo (18’9%), Keiko Fujimori (13’4%), Rafael López Aliaga (11’8%), Hernando de Soto (11’6%), Yonhy Lescano (9%) y Verónika Mendoza (7’9%). Fuente: IPSOS/América TV.

Segunda vuelta de las elecciones

El estallido de candidaturas en Perú había dejado 18 perfiles compitiendo por 2 plazas en segunda vuelta, ya que era impensable que ninguno llegase al 50% de los votos en tal escenario de extrema fragmentación. Dado el estrechísimo margen entre las numerosas posibilidades, ninguna encuestadora parecía fiable. Incluso los sondeos a pie de urna eran incapaces de determinar quién pasaría a segunda vuelta. El consenso durante la noche electoral era la victoria de Pedro Castillo, que llegaría casi al 19% y a liderar el Congreso en minoría. Pero mientras en la izquierda se daba por confirmado el naufragio de Verónika Mendoza y Marco Arana frente a Pedro Castillo, esta previsión no se mantenía en la derecha y se arrojaba un empate entre el liberal Hernando de Soto y Keiko Fujimori. Posteriormente el conteo rápido situaría a Rafael López Aliaga por encima de Hernando de Soto. El resultado final decantaría de nuevo la balanza del lado de Fujimori pero López Aliaga, a un punto y medio, pediría un recuento de los votos.

En un primer momento después del shock electoral, la derecha comenzó a romper los tabúes. Se acababan los cordones sanitarios al fujimorismo tras décadas de apoyo a candidatos “mal menor” de izquierda como temían los liberales sobre Ollanta Humala y, en menor medida, Alan García. En cambio, los liberales habían logrado el apoyo de las izquierdas cuando el antifujimorismo lo representaban Alejandro Toledo o Pedro Pablo Kuczynski. El radicalismo derechista de candidatos como López Aliaga, con bases evangelistas cercanas al fujimorismo, permitió que el líder de Renovación Popular fuera el primer gran candidato en ofrecer su apoyo a Keiko Fujimori. El liberal Mario Vargas Llosa, que había dado su apoyo incluso al izquierdismo de Ollanta Humala en 2011, no pasaría por el aro con Pedro Castillo. Con el paso de los días se les uniría Hernando de Soto. Entre Fujimori, López Aliaga y De Soto habían logrado casi un 37% de los votos en primera vuelta. López Aliaga mantenía una perspectiva presidencial prefiriendo hacer un paso por la Alcaldía de Lima, a la que pretendía presentarse para dejarla a mitad de mandato.

Para entender esta normalización política del fujimorismo se encuentran varios factores. Para empezar está la derechización del discurso político durante dos décadas, que ha permitido que otras opciones muy conservadoras obtengan grandes resultados. Por otro lado, el izquierdismo de Pedro Castillo resultaba mucho más amenazante en según qué propuestas de lo que habría podido representar Ollanta Humala. Keiko Fujimori tuvo que pedir un permiso especial para poder hacer campaña tras su salida de prisión acusada de financiación ilegal, pero tantos otros líderes de derecha estaban demostrando que su verdadera campaña era ser el nuevo “mal menor” de Perú. Y es que los intereses que representaban De Soto o López Aliaga se encontraban en consonancia a los que representaba Fujimori. Incluso César Acuña, de la Alianza para el Progreso, y el aprismo apoyaron el voto fujimorista. Mientras tanto Castillo suponía una amenaza, una “sociedad comunista” según Vargas Llosa, a la espera de si se materializaban sus propuestas en un hipotético gobierno. Por todo ello era cuestión de tiempo que el fujimorismo volviera a ser útil a los intereses de las clases altas, poniéndosele la única condición de respetar las instituciones democráticas. Keiko Fujimori incluso tuvo que declarar que no superaría el límite legal de mandatos, dado el miedo que despertaba su legado familiar. El temor a que Keiko pudiera representar un nuevo Alberto Fujimori sería el siguiente paso a desmitificar. O quizá el siguiente paso a normalizar. Sin embargo, no le ayudaría a este propósito su justificación de las 300.000 esterilizaciones forzadas durante el periodo presidencial de su padre, calificándolas de “planificación familiar”.

Pedro Castillo seguía flojeando en Lima, punto indispensable de cualquier victoria electoral dado su importante peso demográfico, pero se apoderó de sectores importantes en las áreas rurales, en las clases bajas, en el centro y en el sur del país. Además Castillo sumaría el apoyo de la izquierda más moderada en acuerdos firmados con Frente Amplio, Juntos por el Perú y Nuevo Perú, el partido de Verónika Mendoza. Perú Libre desde ese punto comenzó una campaña conjunta donde se dieron sonados desencuentros entre las tres alas: una reformista más cercana a Juntos por el Perú, una más radical que encarnaba el líder del partido, Vladimir Cerrón, y otra que trataba de mediar bajo la dirección del propio Pedro Castillo. Cerrón popularizó las propuestas impositivas para los más ricos pero Castillo aseguró que lo que buscaba era que las empresas paguen lo que deben y, además, desautorizó a Cerrón asegurando que el Presidente no sería él. La diferencia radica en que no se pretendería un incremento sustancial de la presión fiscal, a diferencia de la mayor justicia social a la que hacía referencia Perú Libre, sino un reclamo de la deuda fiscal de las empresas. Esa “justicia” por lo tanto suponía la búsqueda de un pago que no se estaba produciendo por parte de las grandes empresas, dando seguridad jurídica a las mismas. Parecía bastante improbable que se diera un gobierno rupturista bajo Perú Libre, especialmente sin controlar el parlamento. Sin embargo, sí se buscaba limitar el inmenso poder que la concentración de la propiedad había conformado con el monopolio de la prensa, así como eliminar el Tribunal Constitucional y la Defensoría del Pueblo.

Vladimir Cerrón (izquierda), líder de Perú Libre, y Verónika Mendoza (derecha), líder de Nuevo Perú. Fuente: El Comercio.

Con este programa, la oposición no dudó en buscar vínculos entre Perú Libre y Sendero Luminoso, con Vladimir Cerrón como principal objetivo. Entre los sectores más radicales de Perú Libre, se encontraba Guillermo Bermejo, elegido congresista con el mayor apoyo del partido por Lima. En la campaña fue publicado un audio donde Bermejo auguraba que si llegaban al poder, no lo dejarían y la nueva Constitución serviría de paso previo para abrir un “proceso revolucionario”. La Fiscalía retomó investigaciones contra él por afiliación a organización terrorista en supuestos vínculos con Sendero Luminoso en el VRAEM (Valle de los Ríos Apurímac, Ene y Mantaro). Bermejo aseguraba estar perseguido por su defensa del territorio de las poblaciones en el VRAEM, donde se querría construir una base militar estadounidense, y sus críticas a la DEA por su nula actividad contra la droga. El 24 de abril se produjo una masacre en Ayacucho, precisamente en el VRAEM, en la que el Militarizado Partido Comunista de Perú, heredero de Sendero Luminoso, mataba a 18 personas en un llamamiento para no votar por Fujimori. La conveniencia para frenar el ascenso de Castillo, tras unas semanas de retroceso, era evidente. Efectivamente, Keiko Fujimori aprovechaba para señalar las acusaciones contra Castillo y su equipo por “vínculos con el terrorismo”. Castillo respondía recordando sucesos en otras campañas como la de Ollanta Humala y preguntándose por qué estos hechos “se dan en escenarios políticos”. De hecho, apenas a unos días de la cita electoral la Fiscalía abría una investigación por lavado de dinero contra Vladimir Cerrón, quien ya fue condenado sin pruebas por negociación incompatible. Desde luego en general todo lo expuesto ayudó a igualar demoscópicamente a los dos candidatos, volatilizando la amplia ventaja con la que Pedro Castillo y Perú Libre contaba previamente.

Los intereses de cada grupo estaban servidos. Gobernase quien gobernase, no tendría el control parlamentario por lo que, salvo cierre o puenteo constituyente, no podrían realizar reformas rupturistas ni dirigir ese régimen constitucional, abierto por Fujimori, en una u otra dirección.

Antropólogo, profesor y biólogo especializado en gestión de socioecosistemas. Ahora me dedico al análisis de política internacional.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.