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Caos en Haití: caída del gobierno, auge de los grupos criminales y posible intervención extranjera

Bandera de Haití.
Bandera de Haití. Fuente: Caribb – bajo CC BY-NC-ND 2.0 DEED

¿Qué ocurre y que puede ocurrir en Haití? Parecería que esta pregunta es obligada vista la escalada de violencia que el país caribeño está experimentando y que desembocó, el 11 de marzo de 2024, en la dimisión del primer ministro y presidente en funciones Ariel Henry. Sin embargo, de mayor pertinencia aún que este interrogante, en absoluto baladí, es otro adicional y anterior en el tiempo: ¿qué ha pasado en Haití desde 2021? Si se asume la perspectiva interna de los haitianos, la respuesta es que nada de lo sucedido desde el 7 de julio de 2021, día del asesinato del presidente Jovenel Moïse, es nuevo ni sorpresivo en su historia reciente. 

La historia de Haití: caos e inestabilidad

La población haitiana ha vivido sumida en la violencia y la inestabilidad durante décadas. La caída del régimen autoritario protagonizado por el clan Duvalier –primero por François Duvalier (1957-1971), Papa Doc, y después por su hijo Jean-Claude Duvalier, Baby Doc (1971-1986)– no dio paso a la democratización del país. En cambio, surgió un patrón de alternancia entre gobiernos inestables, como el liderado por Leslie Manigat o Henry Namphy, cuyo mandato fue considerado como un “duvalierismo sin Duvalier”.

Para ampliar: Perspectiva postcolonial para el Haití contemporáneo

La única esperanza para los partidarios de la democratización pareció estar representado por Jean-Bertrand Aristide y su movimiento de base popular, Lavalas –“la avalancha”–. No obstante, la presión internacional contra su programa de gobierno, centrado en acabar con el expolio de recursos y capitales nacionales desde el exterior, incomodó a demasiados actores que actuaron para frustrar su primera legislatura (1991), mediatizar su regreso al poder (1993-1994) y acelerar su caída en desgracia en el segundo y último mandato (2001-2004), como reflejó Peter Hallward en su estudio sobre el personaje

En cambio, si optamos por una perspectiva internacional para responder a la cuestión planteada al principio, la contestación es bien sencilla: en Haití no ha pasado nada nuevo, porque nada se ha hecho para resolver la situación interna del país. En la explicación de la inacción internacional confluyen diversos factores: primeramente, una larga tradición neocolonial impregnada en la mentalidad del resto de las naciones, sobre todo occidentales, despreocupadas por el destino de un país que, como señaló Michel-Rolph Trouillot, desde su nacimiento tuvo la consideración de un actor cuyo trato había de evitarse para evitar cualquier tipo de “contagio” ideológico o revolucionario. 

En segundo lugar, la agenda internacional se ha visto “ocupada” por otros conflictos de no menor repercusión, hacia los cuales se ha girado la atención del público, bien porque los escenarios implicados tienen un mayor valor estratégico, como es el caso de la invasión rusa de Ucrania o guerra de Gaza, o bien porque los actores afectados por el conflicto tienen una relación directa con los occidentales o europeos. Por último, da la impresión de que la inestabilidad haitiana no es del todo inconveniente en las dinámicas regionales, en la medida en que Haití, en ausencia de un Estado sólido y carente de ejército propio desde el año 1995, se muestra como un escenario propicio para el tráfico de mercancías ilegales entre los países de Sudamérica y la costa sur de Estados Unidos. 

Para ampliar: La agonía de Haití: punto de partida y de llegada de la crisis actual

Así pues, al tiempo que la población se ha ido acostumbrando a la autogestión como herramienta de solución de la carestía y la necesidad, las cuales han dejado de ser coyunturales para convertirse en estructurales, se ha consolidado desde 2021 una situación inédita; el país ha sufrido el magnicidio de su presidente sin que, tres años más tarde, la situación de provisionalidad se haya resuelto mediante una nueva convocatoria electoral; todo ello sin dejar de lado, ni mucho menos, la lentitud y desidia con la que ha avanzado la investigación sobre el asesinato de Moïse. Durante todo este tiempo, quien ha detentado el poder de la nación más pobre del hemisferio norte ha sido Ariel Henry, nombrado por Moïse, poco antes de su asesinato, como sucesor del entonces primer ministro Claude Joseph. 

El ascenso de Henry y los grupos criminales

Las circunstancias en las cuales tuvo lugar el ascenso al poder de Henry ya fueron controvertidas. Sus detractores alegaron que el asesinato del Moïse, llevado a cabo antes de que Henry pudiera prometer su cargo oficialmente, dejaba sin efecto su nombramiento. En cambio, él optó por destituir a su predecesor y asumir la presidencia en funciones, posponiendo, según alegó, la celebración de elecciones hasta que la situación interna del país se estabilizase.

Precisamente su intención de mantenerse al frente de Haití y posponer la convocatoria electoral sine die ha suscitado sospechas sobre su implicación en el complot que acabó con la vida del presidente en 2021, circunstancia de la cual él habría sido el principal beneficiado. En esa misma dirección apunta el testimonio de la ex primera dama, Martine Moïse, herida en el atentado contra su esposo, y recientemente señalada como posible inductora del mismo. Ella, por su parte, se ha defendido de las acusaciones en su contra tachándolas de maniobra de despiste para ocultar el supuesto complot urdido por Felix Joseph Badio, funcionario del Ministerio de Justicia, y el propio Henry.

Con independencia de la hipotética implicación de Henry en la muerte de Moïse, lo innegable es tanto la debilidad de sus argumentos para evitar la convocatoria de elecciones, pues la inestabilidad ha sido la constante en Haití hasta donde alcanza la memoria, como su incapacidad para reconducir la situación interna del país. Ello pese a ser un personaje con una dilatada trayectoria de apoyo a la “democratización” y la “liberalización” de Haití durante la última legislatura de Aristide, al frente de la Convergence Démocratique y, por ello, beneficiario de la simpatía y el respaldo de Estados Unidos. Quizá esta conexión ayude a explicar la inoperancia del vecino del norte ante la crisis creciente haitiana, inspirada por el miedo a desautorizar a una figura nacional que, en el pasado, había colaborado con los intereses estadounidenses y, mientras estuviese en el poder, podría favorecerlos de manera directa o indirecta.

Para ampliar: Magnicidio en Haití: complot, golpe y lucha por el poder

Mientras Henry evidenciaba su incapacidad de restaurar un cierto orden dentro de las fronteras haitianas, crecía la presión de las bandas armadas, entre ellas la G9, encabezada por el ex policía Jimmy Chérizier, alias Barbecue. Otro personaje de pasado oscuro, Chérizier había medrado como jefe de policía a la sombra del gobierno de Moïse, a quien la oposición acusó, entre otras circunstancias, de estar configurando un cuerpo de policía leal a su persona como paso previo para perpetuarse en el poder de manera ilegítima. A ello contribuyeron episodios como la matanza de La Saline en 2018, también conocida como la masacre de Puerto Príncipe, en la cual más de 70 personas murieron a manos de la policía y otras 400 resultaron heridas. Un año más tarde, los hechos se reprodujeron en el barrio capitalino de Bel Air, mereciendo por ello Chérizier la condena y la sanción de Estados Unidos. Probablemente estas acusaciones movieron a Moïse a mantener una actitud más distante hacia Chérizier, el cual, operando ya al margen de la ley, adoptó una posición beligerante contra el gobierno, al que acusó de tibieza.

La muerte de Moïse en trágicas circunstancias ha transformado el reparto de papeles en el escenario social y político haitiano. Sin embargo, el mismo Chérizier que se volvió contra su supuesto protector Moïse ha alzado su voz en las últimas semanas como el máximo defensor de su legado y su memoria. De hecho, la escalada de violencia experimentada desde comienzos del mes de marzo en Puerto Príncipe ha estado protagonizada por él y por sus compañeros de la G9, quienes han atacado las estaciones de policía y han bloqueado el aeropuerto. Esta maniobra reviste carácter estratégico, pues estaba encaminada a impedir el aterrizaje en Haití de Henry, de viaje oficial la semana previa en Kenia con el objetivo de acelerar las negociaciones para que el país africano iniciase la misión militar prometida en octubre de 2023 dirigida a restablecer el orden en las calles haitianas. 

Jovenel Moïse en un viaje oficial a la República Dominicana cuando era presidente de Haití.
Jovenel Moïse en un viaje oficial a la República Dominicana cuando era presidente de Haití. Fuente. Gobierno Danilo Medina – bajo CC BY-NC-ND 2.0 DEED

Recuérdese que entonces el ministro de Exteriores keniano había anunciado enviar un total de 1.000 efectivos, hasta que una misión remitida a Haití determinó que habría que proceder a la pacificación total del país, contando además con la colaboración de fuerzas enviadas desde Bahamas, Jamaica, Antigua y Barbuda, España, Senegal y Chile. El hecho de que el país “al rescate” fuese Kenia vuelve a colocar a Estados Unidos en la vigilancia desde la sombra, pues nos encontramos ante una de las naciones africanas con un vínculo más estrecho con Washington, especialmente desde 2002. 

El proyecto de bloquear la vuelta de Henry a Haití desde Kenia resultó todo un éxito, pues el todavía dirigente haitiano tuvo que aterrizar en Puerto Rico. Si bien pidió ser acogido en la República Dominicana, recibió la negativa por respuesta del presidente Abinader, quien se había apresurado a cerrar la frontera dominico-haitiana. Mientras desde este último país se lanzaba un grito de ayuda para aplacar la situación de la nación vecina, concebida como una amenaza directa a la seguridad interna dominicana, y al mismo tiempo que algunas voces, significativamente la del salvadoreño Nayib Bukele, se ofrecían a resolver la situación, llegó el momento para la intervención de la CARICOM, el bloque comercial de la región.

¿Transición hacia la estabilidad?

El pasado 11 de marzo de 2024, el organismo caribeño convocó una reunión de urgencia en Jamaica, a la cual estuvieron invitados Estados Unidos, Francia, Canadá y Brasil, para resolver de manera transitoria la situación de Haití. El resultado inmediato de aquella reunión de urgencia fue la dimisión de Henry, el 12 de marzo, y el nombramiento inmediato de un Consejo de Presidencia. Este organismo está compuesto por siete miembros con derecho a voto y dos sin derecho a voto, y se encargará de gobernar Haití junto con un presidente interino hasta que las circunstancias permitan una nueva convocatoria electoral. En paralelo, Antony Blinken, secretario de Estado de Estados Unidos, anunció la puesta a disposición de 100 millones de dólares para financiar una fuerza multinacional en Haití, junto con 33 millones adicionales en ayuda humanitaria.

Aunque, en apariencia al menos, la situación esté en vías de apaciguarse, la perspectiva no puede ser optimista en exceso: ni los líderes de las bandas criminales que operan descontroladas, como la de Chérizier, ni buena parte de la población haitiana reconoce un gobierno nombrado por agentes externos; antes bien, todos ellos exigen la convocatoria de elecciones para que el gobierno resultante sí sea la expresión de la voluntad popular. 

Para ampliar: Haití: crisis humanitaria y sus consecuencias geopolíticas

De hecho, los alegatos en contra de la reciente decisión de la CARICOM son los mismos que se han emitido contra Henry en los últimos tres años: puesto que no se trata de un gobierno salido de las urnas, no se reconoce su autoridad. Asimismo, considerando el devenir reciente de la nación caribeña, tradicionalmente las situaciones de provisionalidad que han implicado la intervención exterior solo han significado dos cosas: una oportunidad para hacer negocio, con la excusa de la ayuda al desarrollo, por parte de las naciones implicadas en la intervención; y una prolongación innecesaria de la circunstancia provisional que ha empujado a nuevas crisis y episodios de violencia, con desenlaces dramáticos para el único gran perjudicado de todo, el pueblo haitiano.

En resumen, la inoperancia internacional, movida en buena medida por la conveniencia de mantener a Henry como títere al frente del país, ha concluido de manera súbita. En una reacción pendular, se ha pasado de la no intervención a la intervención, sin dar el paso decisivo hacia lo que los haitianos demandan: que su voz sea oída en la reconstrucción y la recuperación del país al margen de cualquier injerencia extranjera y que dicha labor se acometa con recursos humanos y materiales propios, con la única salvedad de la inyección de capital necesaria para que el inicio sea posible.

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